La sombra de Prometeo

Estamos siendo compelidos desde hace dos décadas por una ola de empuje ineluctable hacia un nuevo paradigma cultural del que empezamos a ser conscientes y sobre cuyas consecuencias ya se reflexiona. El movimiento –como en otras ocasiones anteriores– tiene su origen en ciertas innovaciones tecnológicas todas incluidas en el ámbito ya conocido como mundo digital. No es algo inédito en la historia de nuestra especie que la técnica modifique nuestra existencia. Ocurre desde que el homo empezó su tránsito evolutivo hasta llegar a ser sapiens. Ateniéndonos a las evidencias paleoantropológicas no se puede negar que la técnica ha contribuido de manera decisiva a convertirnos en lo que somos (para bien y para mal).

Y de esto parece consciente la humanidad si rastreamos en el subconsciente colectivo, y acudiendo a las fuentes mitológicas de nuestra cultura, buscamos entre los primeros balbuceos que trataban de dotar de sentido la propia existencia, respondiendo a la pregunta sobre los orígenes. Los antiguos griegos, cuya mitología –se sepa o no– constituye parte esencial de nuestro ADN cultural, rendían culto al titán Prometeo, amigo de los mortales, adorado por éstos por ser él quien robó el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres; el fuego, el símbolo del control sobre la naturaleza, condición necesaria para el artificio, esencia de la técnica, base innegable de nuestra supervivencia.

Pero Prometeo no es recompensado por dicha hazaña, sino que es objeto de un cruel castigo decretado por Zeus, que lo condena a ser encadenado a las montañosas rocas del Cáucaso por toda la eternidad. Esa figura patética del titán padeciendo las consecuencias de su rebelde acción representa, en cierta forma, el temor inveterado de que el poder que le confiere la técnica al ser humano pueda tener efectos negativos para él. En época más reciente de nuestra historia el mito de Prometeo fue recuperado por el romanticismo en la obra señera de Mary Shelley, Frankenstein, cuyo título se completa con la frase “o el moderno Prometeo”. En este libro la fusión entre ciencia y técnica, esto es, la tecnología moderna, engendra un monstruo que nada más abrir sus ojos se enfrenta a su creador para reprocharle su soberbia traición a los sagrados dictados de la naturaleza.

frankenstein
Así hemos caminado con la sombra del mito griego hasta nuestra época más reciente; es decir: con la sospecha de que los instrumentos que creamos no son meras prótesis que potencian nuestras capacidades innatas, sino que de modo esencial redefinen lo que llamamos vida humana.
En este recién estrenado milenio la reflexión sobre este tema parece haberse intensificado en el ámbito de las tecnologías de la información y la comunicación. Hay magníficos libros al respecto, aunque a mí me parecen especialmente significativos por pertenecer a la cultura de consumo de masas los productos audiovisuales, como las películas.

Men_Women_&_Children_poster

Entre éstas, recién ha sido estrenada Hombres, mujeres y niños del norteamericano Jason Reitman, una historia poliédrica, muy ambiciosa en las cuestiones que plantea, y que se construye a través del hilo conductor de las susodichas tecnologías que muestran su enorme poder de influencia sobre las conductas humanas, sobre todo en lo referente a una tan principal para la vida social como la comunicación. El filme sabe exponer de manera descarnada la doblez de la pantalla, territorio promisorio donde poder jugar con la ilusión de la ruptura de la jaula espaciotemporal que delimita nuestra condición mortal, espejo mágico en el que alumbrar identidades alternativas protagonistas de mundos virtuales donde se cumplen todos nuestros deseos (para bien y para mal). Una grieta también por la que nuestra atención se dispersa ante el reclamo plural y diverso de incontables ventanas que tienden a confundir nuestro criterio para discernir lo que realmente importa de lo que no, contribuyendo así a la frivolización de nuestras inteligencias; desguarneciendo a las familias, por cuanto internet es esa matriz a donde no alcanza el cordón umbilical que los padres temen siempre romper con sus hijos adolescentes, los cuales tienen en sus móviles el continente de todo cuanto conforma su mundo. Del proceder de todos los personajes del filme se pone de manifiesto que lo que principalmente les motiva a buscar en el ciberespacio, a ofrecerse en las mil y una pantallas que nos rodean –exponiendo inconscientemente en la plaza pública las entrañas de la propia intimidad–, a escribir compulsivamente mensajes en esas botellas “inteligentes” de cristal táctil, es recibir el afecto de los otros, el reconocimiento de quienes amamos, la aprobación del grupo del que anhelamos ser parte integrante. Necesidades todas que, en verdad, sólo son plenamente satisfechas mediante el rostro compasivo, la voz amable, el abrazo emotivo que las frías pantallas no pueden dar.

José Mª Agüera

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2 pensamientos en “La sombra de Prometeo

  1. Inma Gutiérrez López

    Un tema interesantísimo, casi inabordable, del todo inabarcable. Los usos de las redes son tan numerosos y diversos como lo son sus usuarios y cada uno de ellos es uno diferente no solo en función de su heraclitiano momento, sino de la red (más que nunca, el medio es el mensaje). Quiero entender el abismo que ese mundo que escapa a casi cualquier control abre ante los ojos incrédulos de los que sois padres; pero no puedo opinar desapasionadamente sobre el tema, dado que soy víctima convicta y confesa de esa herramienta, que no adicción (creo). Habituada al comentario breve y superficial, no voy a extenderme en este. Solo quiero añadir que estoy del todo de acuerdo con la idea final: nada puede sustituir a una mirada, un abrazo, una mano que podamos estrechar. Pero hay cosas que solo somos capaces de decirnos a través de una pantalla: a las pruebas me remito…

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  2. Joaquín Medina

    El tema que propone Chema es como siempre interesante;comienza Chema hablando de que desde hace dos décadas nos vemos abocados a un nuevo paradigma cultural, pero ¿se puede fechar un momento desde el cual “los avances técnicos han comenzado a ser un problema”?
    Creo que desde siempre los humanos hemos necesitado un espacio en el que poder jugar a ser otros y que tan “virtual” era pintar bisontes en las paredes de las cuevas como vivir hoy permanentemente “conectados”, tal vez el problema sea de medida, yo también necesito , como dice Inma en su comentario, una mirada, un abrazo, una mano que poder estrechar…si alguien no lo precisa y por eso se siente afortunado !allá él!
    Debemos también relativizar todo un poco; entré en el “mundo facebook” para poder saber algo de cómo les iba a mis alumnos de mi anterior instituto…en pocos días “tuve” más de doscientos “amigos” e incluso muchas solicitudes de amistad de personas a las que no creo conocer…¿debo sentirme satisfecho? ¿necesito que alguien me prevenga y me indique que la amistad es mucho más que eso?…si así fuera, el problema no sería de internet ,.. !sería mío!
    Por cierto , lo más emocionante, lo más humano , lo menos virtual ,al menos para mí, que le sucede a la criatura creada por ese moderno Prometeo es el encuentro con la muchachita, María, con la que juega a arrojar flores al agua como si fueran barquitos desde la orilla del lago, y que James Whale graba de manera enternecedora en una de las primeras versiones de Frankenstein…!de 1931! !mucho antes del triunfo de la moderna tecnología aplicada al cine!…¿será por eso la visión más humana?
    Saludos

    Ayer, el diario El País publicaba un editorial en el que de alguna manera trataba el tema objeto de comentario y que os pudiera resultar interesante

    Cuando la tecnología lo permita, ¿quién querrá conocer su futuro? Sus aptitudes para la compresión lectora o la abstracción matemática, sus tendencias a la adicción o a la delincuencia, su impulsividad para reincidir en hábitos insanos o su respuesta al tratamiento psicológico o a los fármacos. Puede dar miedo, y lo da, pero el caso es que la tecnología para predecir todos esos comportamientos ya existe. Se llama neuroimagen, y todo el mundo ha visto algunos de sus resultados: esas secciones virtuales del cerebro donde una zona u otra se ilumina en colores cálidos cuando el voluntario se somete a una prueba psicológica que le exige entender, reaccionar, planificar, resistir a la tentación o, simple y llanamente, mentir como un trilero. Estamos desnudos ante esas máquinas que filman nuestro pensamiento en acción cerebro, y los resultados de esas decenas de miles de experimentos se pueden ya usar para predecir el comportamiento futuro. Se puede hacer, pero ¿se debe?
    Así lo acaba de proponer un grupo de neurocientíficos del Massachusetts Institute of Technology (MIT) ¿Qué pretenden en realidad? Construir un Big Brother global que va mucho más allá de las actuales cámaras de seguridad al registrar no ya nuestros actos, sino nuestras intenciones? ¿Se han tomado en serio estos científicos el argumento de Minority Report? La tecnología ya permite este escenario, ¿cuáles son los riesgos? Hay sobre todo uno: que se utilicen esas predicciones para seleccionar a niños y adultos que vayan a alcanzar el éxito con mayor probabilidad, o para descartar a quienes puedan caer en la adicción o en el delito. Para detener al delincuente antes de que haya hecho nada. Terrorífico, ¿no es cierto?
    Los científicos, sin embargo, proponen su proyecto de adivinación con la mejor de las intenciones: ayudar a la gente. Las neurociencias ya permiten saber si un niño va a ser disléxico a las 36 horas de nacer, es decir, ocho años antes de que su dislexia se revele. Ocho años que pueden ayudar a dedicar a esos niños los programas que necesitan para superar su traba. Si podemos hacer eso, ¿tenemos derecho a no hacer nada? ¿Y por el mero hecho de que una técnica valiosa se puede usar mal?

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