A propósito del Día de la Paz

En Málaga existe un barrio conocido como barrio de La Paz, aunque su denominación completa es Barriada veinticinco años de paz. Su construcción data de 1965 y consta de varios edificios no demasiado altos en forma de H que conforman unas pocas calles. Es la materialización propagandística del éxito del régimen franquista en mantener la paz durante nada menos que un cuarto de siglo en un país como el nuestro, tan dado en su historia a la confrontación fratricida. Aunque en una de las fachadas de las casas lucía un cuadro de azulejos (no sé si se mantendrá o lo habrá borrado el reseteo de la historia oficial) sobre cuyo fondo aparecía el susodicho nombre de la barriada, Veinticinco años de Paz, adornado con algún símbolo fascistoide, cuando uno se adentraba en sus calles y se paraba a identificarlas se tropezaba con los nombres de egregios militares (Comandante Román, Sargento Crooke López, Sargento García Noblejas, etc.) de la sacrosanta cruzada nacional exportada a la otra punta de Europa, donde las hordas comunistas lucharon contra la civilización cristiana representada por las huestes de la Alemania nazi.Como se ve todo muy congruente con la conmemoración de la paz ganada con mil sacrificios por el Generalísimo para bien del pueblo español. Un año antes de la perpetración de este contradiós simbólico, el poeta y pacifista mallorquín Llorenç Vidal instauró una jornada educativa no gubernamental como punto de partida y de apoyo para una educación no violenta y pacificadora de carácter permanente y que se practica el 30 de enero de cada año, en el aniversario de la muerte de Mahatma Gandhi asesinado a tiros, como se sabe, por un integrista hindú en 1948. Muestran estas referencias coetánes lo problemático de la paz en la plasmación concreta de su celebración.

gandhiEn una de sus obras señeras, titulada El crepúsculo de los ídolos, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche nos advierte sobre el fetichismo del lenguaje. Cuando la palabra sustituye la realidad que significa, adulterando la esencia genuina de lo que expresa, la palabra pierde el sentido de su ser y el sujeto cae en la confusión fundamental que le lleva a creer que está hablando de realidades cuando en verdad está reificando el lenguaje. Así, el pensamiento se esclerotiza, rígido en su entramado categorial genera y retroalimenta una realidad ilusoria que responde a etiquetas conceptuales que toman el lugar de las cosas en sí, de naturaleza éstas siempre lábil, compleja y preñada de matices inabarcables por muy rica que sea una lengua. La palabra fetiche mata el libre pensamiento, dado que éste tiene entre sus ingredientes característicos el juicio crítico de las proposiciones a la luz de los hechos, de modo que tal juicio queda desactivado si pierde su vínculo con la realidad objetiva. En este punto, huir de la palabra fetiche se torna vital para no poner en riesgo el vigor de un pensamiento emancipador, esto es, eficaz contra todo intento de alienación, que muy frecuentemente –y más en el actual contexto de abrumador ruido informativo– pasa inadvertido por lo que desgraciadamente se hace más difícil de combatir.
Quizá se me entienda ahora si digo algo tan poco políticamente correcto como que la celebración de esos días señalados por la oficialidad (lo que quiera que sea este ente metafísico) me generan un cierto malestar entre la suspicacia y la irritación. Y es lo que siento ante la inminente celebración en todos los centros educativos del día de la paz; quizá algo parecido a lo que un lúcido contemporáneo podía experimentar, que no expresar, ante la citada barriada cuando se construyó como loa tangible a los méritos pacificadores del caudillo salvapatrias. La paz como fetiche, la paz como valor en el que hay que creer, sustancia -dado que es un sustantivo- que se ha destilado por obra y gracia del devenir natural de la historia, ideal compacto que, si se posee, ha de ser preservado mediante la ritualización discursiva, mejor si es protocolizada desde las competentes instituciones políticas. Por esta vía nos abstraemos de su compleja realidad concreta y queda hipertrofiada en una hornacina para su perfecta adoración a salvo del libre pensamiento que pudiese desvelar su problemática naturaleza, inducidos a un tiempo a la agradecida genuflexión ante quienes se erigen en los tutores abnegados que miran por que nunca nos falte, y que encontrarán amparo en ella cuando sea menester justificar según qué maniobras de poder.
¿Queremos la paz? Para quererla primero tenemos que saber qué es de verdad. Y para saber qué es debemos pensar sobre ella. Desandando el camino que la ha elevado a los altares de las abstracciones de obligado culto, me atrevería a afirmar que la paz es un producto, el resultado de un arduo trabajo. Como la virtud, que decía Aristóteles, con la que uno se va haciendo acción tras acción, trenzando hábitos que bruñen el carácter. La paz se realiza (se hace real) o no con cada una de nuestras acciones concretas y cotidianas, que –en el caso de quienes enseñamos– tiene valor ejemplar, el verdadero asiento de la autoridad. Por eso es incomprensible que los mismos que promueven desde la oficialidad su celebración pasen por alto la desigualdad creciente, la injusticia como estado crónico, la exacerbación de las identidades nacionales, la penuria ética, el premio al servilismo y la mediocridad, la reducción de la democracia a su mera cáscara formal corroído ya su espíritu por la plutocracia; todos males con suficiente poder cada uno para que la paz se coloque en serio peligro. En una sociedad en la que predomina la moral del espectáculo, y ya es un hecho consumado la suplantación de la realidad por su representación virtual, resulta más efectiva (¿o habría de decir efectista?) la celebración nominalista del día señalado en el calendario políticamente correcto que la tarea trabajosa de todos los días de la que la paz real resulta, tarea en la que se empeñó Mahatma Gandhi durante la mayor parte de su vida.

José María Agüera Lorente, Profesor de Filosofía

Un pensamiento en “A propósito del Día de la Paz

  1. Pedro Guerrero Heredia

    Muy importante reflexionar sobre esto, que no solo ocurre con respecto a la paz, sino como has mencionado en la práctica de la democracia, y más aún diría yo en la individualidad de cada uno, que buscamos en muchas ocasiones la feliciad como concepto (Un buen trabajo bien pagado y que no nos disguste demasiado, una gran casa, muchos hijos correteando por el jardín y un buen coche del que presumir) y no lo asumimos en la práctica de disfrutar de nuestra breve existencia.

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