Suite francesa

Por Jesús Fernández Durán

Es esta una novela que personalmente me ha resultado muy interesante. ¿Por qué? Porque junto a las emociones que se espera debe despertar cualquier obra literaria, incide en un hecho histórico poco conocido y posiblemente silenciado de manera interesada, que la autora vivió en primera persona, y que tuvo el valor y la sangre fría de contárnoslo en tercera persona; “vamos, como si con ella no fuera”. Algunos de los argumentos que dan valor a esta novela desde mi personal punto de vista seria entre otros, el que, es una obra escrita por alguien que viviendo unos hechos dramáticamente radicales, tiene la suficiente imaginación, temple y capacidad para entretejer una fabula que da testimonio de ellos: detalla lo relevante y sustancial mediante una ficción en medio de una gran tragedia. A través de una serie de personajes imaginarios ­­- pero muy reales- la autora da fe casi notarial, de un país socialmente desarbolado, donde las disputas están a la orden del día y solo generan insolidaridad y egoísmo en vez de la empatía social necesaria que hace falta para hacer frente a las dictaduras que generalmente tienen los objetivos más claros y por tanto suelen mostrarse más disciplinadas. Es lo que tiene la pluralidad democrática. Una muestra de toda esa descomposición se puede leer en el ensayo de Manuel Chaves Nogales La Agonía de Francia cuando según el autor, un oficial de las tropas coloniales se dirige a los reclutas alistados que formaran el ejército francés: “Uno de aquellos oficiales, buen comandante de tropas marroquíes, había recibido a los reclutas que para formar su unidad le había enviado el centro de movilización con estas o análogas palabras: — Sé que sois rojos casi todos. Pero no me importa. Yo soy eso que ustedes llaman un fachista. Tampoco les importa a ustedes. Pueden ustedes tener las ideas que quieran; yo tendré las que se me antoje. Pero aquí quien manda soy yo y haré de vosotros lo que me dé la gana. Os llevaré al combate cuando y como me parezca bien, obedeceréis ciegamente y lucharéis bajo mis órdenes sin la menor vacilación, , sin rechistar siquiera. Tanto me da que seáis comunistas como si fueseis senegaleses o malgaches. Iréis hacia adelante o marcharéis hacia atrás cuando yo lo mande y me seguiréis, igual si os llevo contra las líneas alemanas que si os doy la orden de marchar sobre París. No quiero en el batallón ciudadanos conscientes, sino soldados que obedezcan como autómatas. Para mí sois una tropa como otra cualquiera. Haré con vosotros lo que me dé la gana. Y alzando despectivamente los hombros volvió la espalda a sus hombres después de esta breve y contundente arenga. El soldado comunista que me refería esta escena comentaba con no menor desprecio: —El comandante sabía que no tenía nada que esperar de nosotros y por eso hablaba así, pretendiendo imponerse por el terror. Es igual. Haremos lo que mande mientras no haya más remedio, pero si alguna vez entramos en fuego la primera bala que salga de nuestros fusiles será para él.”

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El ejército alemán marcha sobre París

Como se ve los oficiales del ejército francés pensaban y actuaban exactamente igual que sus homólogos alemanes, pero con la salvedad de mandar un ejército en un país democrático. Otra vez las inefables contradicciones nos salen al paso. Volviendo a la novela, si algo tiene de crítica, esta se centra más en esa sociedad burguesa, hipócrita, angustiada, e incrédula que sólo se preocupa por no perder su estatus y sus riquezas; por el contrario los invasores son tratados por la autora como seres humanos a los que la necesidad obliga, pero que siente y padecen. Esta conjunción sentimental queda reflejada por la autora en uno de los diálogos que la peluquera del pueblo de Bussy tiene con Lucile, – personaje central en la segunda parte- cuando esta le reprocha su relación con un soldado alemán. “Usted tiene cultura. Trata con gente fina. Para los demás, todo es trabajar y matarse. Si no existiera el amor, más valdría tirarse de cabeza a un pozo. Y cuando digo amor no crea que sólo pienso en lo que ya sabe. Mire, el otro día ese alemán estuvo en Moulins: pues me compró un bolso de imitación de cocodrilo. Otra vez me trajo flores, un ramo que me compró en la ciudad, como a una señorita. Parece una idiotez, porque aquí en el campo lo que sobra son flores; pero es un detalle bonito. Hasta ahora, para mí los hombres sólo habían sido para lo que ya sabe. Pero éste… no sé cómo decirle… Haría cualquier cosa por él, lo seguiría a cualquier parte. Y sé que él me quiere… … He tratado con bastantes hombres como para saber cuándo te mienten. Así que, como comprenderá, que me digan «¡Es un alemán, es un alemán!» no me da ni frío ni calor. Es una persona como las demás“. La novela tenía que haberse articulado en cinco partes; de ahí el nombre musical de “suite” – conjunto de obras que siguiendo un orden son interpretadas de una vez dentro de una misma tonalidad_, pero Nemirovsky solo pudo escribir dos de ellas antes de que la detuvieran y deportaran.

Irène Nemirovsky y sus hijas

Irène Nemirovsky y sus hijas

En la primera parte, llamada “Tempestad en Junio” utilizando un estilo más dinámico y narrativo cuenta la salida caótica y desordenada de Paris de una serie de familias y personajes cuyas aventuras narradas en un estilo ágil, atrayente y sugestivo muestran situaciones límites como la muerte de un sacerdote por los propios alumnos que tutelaba, o la de la señora Péricands que se deja olvidado al suegro por el ansia de no perder los objetos materiales que acarreaban El segundo movimiento de la suite, ” Dolce”, se desarrolla en un pueblo llamado Bussy, y en ella utilizando una forma o estilo más descriptivo narra la llegada de un regimiento del ejército de tierra alemán (La Wehrmacht), y su acantonamiento dentro de la población, con las relaciones de servidumbre que acarrea para los vencidos que se encuentran en la obligación de alojarlos en sus propias casa, siendo ahí, -en esa relación forzada- donde aparece el material dramático de esta segunda parte.

manuscrito

Manuscrito de la obra

Esta parte destaca por su ritmo más lento pero lleno de detalles, reflexiones de los personajes y metáforas que enriquecen la narración y el estilo de esta novela. Entre las metáforas hay algunas perlas como las que siguen: “Era la casa más hermosa de la región; tenía cien años. Baja y alargada, estaba construida en una piedra amarilla y porosa que, a la luz del sol, adquiría un cálido tono dorado de pan recién horneado” o “La luz iba debilitándose poco a poco y las ramas de los cerezos se volvían azuladas y etéreas como borlas de maquillaje llenas de polvo“. Reflexiones filosóficas como las que hace Lucile después de dialogar con Bruno el oficial alemán que alojan en la casa, y que enfrenta lo individual y lo social, lo pasajero y lo eterno: “Entretanto, Lucile pensaba: «¿Individuo o comunidad? ¡Ay, Dios mío! Eso no es nuevo, los alemanes no han inventado nada. Nuestros dos millones de muertos en la otra guerra también se sacrificaron por el espíritu de la colmena; Murieron, y veinticinco años después… ¡Qué mentira! ¡Qué fatuidad! Hay leyes que rigen el destino de las colmenas y los pueblos, ¡y ya está! Seguramente, el espíritu del pueblo está gobernado por leyes que se nos escapan, o por caprichos que ignoramos. Pobre mundo, tan hermoso y tan absurdo… Pero si algo hay seguro es que dentro de cinco, diez o veinte años, este problema, que, según él, es el de nuestro tiempo, habrá dejado de existir, habrá cedido el sitio a otros… Mientras que esta música, ese repiqueteo de la lluvia en los cristales, esos ruidosos y fúnebres crujidos del cedro del jardín de enfrente, esta hora tan maravillosa, tan extraña en mitad de la guerra, esto, todo esto, no cambiará… Es eterno…» Las contradicciones que acompañan a Hubert el hijo adolecente de los Péricands después de haber sido testigo de la desunión y fariseísmo de sus compatriotas, sobre todo en su propia familia; pero también el feliz asombro que experimenta ante la fortaleza y suficiencia que proporcionan las situaciones límites cuando por primera vez son superadas y aprendidas. “Y pensar que nadie lo sabrá, que alrededor de todo esto se urdirá tal maraña de mentiras que aún acabara convirtiéndose en una página gloriosa de la historia de Francia … Con lo que yo he visto…” Había adquirido una valiente experiencia; y ahora sabía y, ya no de una manera, abstracta, libresca, sino con su corazón que tan alocadamente había latido; con sus manos que se habían despellejado ayudando a defender el puente de Moulins; con sus labios, que habían acariciado a una mujer mientras los alemanes festejaban la victoria… Ahora sabía lo que significaban las palabras peligro, coraje, amor. Ahora se sentía bien se sentía fuerte y seguro de sí mismo…” Estas son algunas de las razones por las que me ha gustado la novela; hay más, y quizás más importantes, pero en definitiva todas ellas me han dado la sensación de estar leyendo eso que llaman una “obra de arte” porque me ha emocionado, enseñado y me ha invitado a la reflexión. Una crónica corta sobre la obra de Manuel Chaves Nogales se puede encontrar en esta dirección: La agonía de Francia

5 pensamientos en “Suite francesa

  1. Inma Gutiérrez López

    La lectura de Suite francesa está ineludiblemente condicionada por la historia textual del libro, tan apasionante, si no fuera por las terribles circunstancias que la propiciaron, que hace cierto aquello de que la realidad supera a la ficción. Para bien o, como en este caso, para la más espantosa de los manifestaciones del mal. Que un manuscrito abigarrado, arrastrado por internados por dos niñas fugitivas, tratando de huir del mismo destino terrible que las había dejado huérfanas, sobreviviera durante casi cincuenta años sin que nadie supiese qué contaba no resulta tan inverosímil como que su autora muriera, como otros seis millones de personas, por el solo hecho de ser judía.
    Al margen de esas circunstancias, la obra inacabada de Irène Nemirovsky, atrapa sin remisión a todo tipo de lectores. Como Jesús escribe, no se trata solo de la luz que que la obra arroja sobre un episodio tan oscuro de la historia de Francia (uno más en la larga e inexplicable serie de miserias que parecen componer la peor cara de la especie humana) y de los interrogantes que abre sobre la capacidad de respuesta ante situaciones límite; sino de la extraordinaria sensibilidad de una mujer para pintar tan vívidamente un panorama que abarca desde la más absurda crueldad (la muerte de Philippe a manos de esos pupilos a los que pretendía, sin éxito, comprender y amar) al conmovedor amor conyugal de los Michaud (“Su marido la esperaba en la escalera. La atrajo hacia sí y, allí mismo, sin decir palabra, la estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que ella soltó un pequeño grito de dolor.”), pasando por la sensibilidad artística pero desposeída de alma de Corte (“Odiaba la guerra, que amenazaba algo mucho más importante que su vida o su bienestar: a cada instante destruía el universo de la ficción, el único en que se sentía feliz, como el sonido de una terrible y discordante trompeta que derrumbaba las frágiles murallas alzadas con tanto esfuerzo entre él y el mundo exterior.”), Langelet (“Mentalmente, se comparaba a un romano huyendo de la lava y las cenizas de Pompeya tras abandonar a sus esclavos, su casa y su oro, pero llevando entre los pliegues de la túnica una estatuilla de terracota, un vaso de forma perfecta, una copa moldeada sobre un hermoso pecho. Sentirse tan diferente del resto de los hombres era reconfortante y amargo a la vez”) o el teniente alemán alojado por (“A partir de ese momento, esa mujer podría mostrarse fría u hostil hacía él; no le afectaría, ni siquiera lo advertiría. Lo único que le pedía, a ella como a todo lo que la rodeaba, era que le procuraran un placer puramente estético, que conservaran aquella iluminación de obra maestra, aquella luminosidad de la carne, aquel terciopelo del fondo”).
    Asombra cómo se puede disfrutar de la belleza que Nemirovsky vierte tan inesperadamente entre las páginas desoladoras de su Suite (algunos de los ejemplos aportados por Jesús son muy ilustrativos). Asombra y casi llega a reconciliarnos con nuestra especie. Y repito uno de los fragmentos esogidos por Jesús para demostrarlo: los pensamientos de Lucile escuchando la sonata de Scarlatti que Bruno interpreta para ella tras hablar del “espíritu de la colmena” y de la guerra como “la obra común por excelencia”:
    “Pobre mundo, tan hermoso y tan absurdo… Pero si algo hay seguro es que dentro de cinco, diez o veinte años, este problema, que, según él, es el de nuestro tiempo, habrá dejado de existir, habrá cedido el sitio a otros… Mientras que esta música, ese repiqueteo de la lluvia en los cristales, esos ruidosos y fúnebres crujidos del cedro del jardín de enfrente, esta hora tan maravillosa, tan extraña en mitad de la guerra, esto, todo esto, no cambiará… Es eterno…”

    ¡Y muchas gracias, Jesús, por tu estupenda reseña y por tu generosa disposición!

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  2. Joaquín Medina

    Aquí dejo un artículo de Vargas Llosa que puede ser interesante

    Artículo escrito por Mario Vargas Llosa y publicado en El País. 22/08/2010
    “Bajo el oprobio”
    Irène Némirovsky conoció el mal, es decir el odio y la estupidez, desde la cuna, a través de su madre, belleza frívola a la que la hija recordaba que los seres humanos envejecen y se afean; por eso, la detestó y mantuvo siempre a una distancia profiláctica. El padre era un banquero que viajaba mucho y al que la niña veía rara vez. Nacida en 1903, en Kiev, Irène se volcó en los estudios y llegó a dominar siete idiomas, sobre todo el francés, en el que más tarde escribiría sus libros. Pese a su fortuna, la familia, por ser judía se vio hostigada ya en Rusia en el tiempo de los zares, donde el antisemitismo campeaba. Luego, al triunfar la revolución bolchevique, fue expropiada y debió huir, a Finlandia y Suecia primero y, finalmente, a Francia, donde se instaló en 1920. También allí el antisemitismo hacía de las suyas y, pese a sus múltiples empeños, ni Irène ni su marido, Michel Epstein, banquero como su suegro, pudieron obtener la nacionalidad francesa. Su condición de parias sellaría su ruina durante la ocupación alemana.
    En los años veinte, las novelas de Irène Némirovsky tuvieron éxito, sobre todo, David Golder, llevada al cine por Julien Duvivier, le dieron prestigio literario y fueron elogiadas incluso por antisemitas notorios, como Robert Brasillach, futuro colaboracionista de los nazis ejecutado a la Liberación. No eran casuales estos últimos elogios. En sus novelas, principalmente en David Golder, la autora recogía a menudo los estereotipos del racismo antijudío, como su supuesta avidez por el dinero y su resistencia a integrarse en las sociedades de las que formaban parte. Aunque Irène rechazó siempre las acusaciones de ser un típico caso del “judío que odia a los judíos”, lo cierto es que hubo en ella un malestar y, a ratos, una rabia visceral por no poder llevar una vida normal, por verse siempre catalogada como un ser “otro”, debido al antisemitismo, una de las taras más abominables de la civilización occidental. Eso explica, sin duda, que colaborara en revistas como Candide y Gringoire, fanáticamente antisemitas. Irène y Michel Epstein comprobaron en carne propia que no era fácil para una familia judía “integrarse” en una sociedad corroída por el virus racista. Su conversión al catolicismo en 1939, religión en la que fueron bautizadas también las dos hijas de la pareja, Denise y Elizabeth, no les sirvió de nada cuando llegaron los nazis y dictaron las primeras medidas de “arianización” de Francia, a las que el Gobierno de Vichy, presidido por el mariscal Pétain, prestó diligente apoyo.
    Irène y Michel fueron expropiados de sus bienes y expulsados de sus trabajos. Ella sólo pudo publicar a partir de entonces con seudónimo, gracias a la complicidad de su editorial (Albin Michel). Como carecían de la nacionalidad francesa debieron permanecer en la zona ocupada, registrarse como judíos y llevar cosida en la ropa la estrella amarilla de David. Se retiraron de París al pueblo de Issy-l’Évêque, donde pasarían los dos últimos años de su vida, soportando las peores humillaciones y viviendo en la inseguridad y el miedo. El 13 de julio de 1942 los gendarmes franceses arrestaron a Irène. La enviaron primero a un campo de concentración en Pithiviers, y luego a Auschwitz, donde fue gaseada y exterminada. La misma suerte correría su esposo, pocos meses después.
    Las dos pequeñas, Denise y Elizabeth, se salvaron de milagro de perecer como sus padres. Sobrevivieron gracias a una antigua niñera, que, escondiéndolas en establos, conventos, refugios de pastores y casas de amigos, consiguió eludir a la gendarmería que persiguió a las niñas por toda Francia durante años. La monstruosa abuela, que vivía como una rica cocotte, rodeada de gigolós, en Niza, se negó a recibir a las nietas y, a través de la puerta, les gritó: “¡Si se han quedado huérfanas, lárguense a un hospicio!”. En su peregrinar, las niñas arrastraban una maleta con recuerdos y cosas personales de la madre. Entre ellas había unos cuadernos borroneados con letra menudita, de araña. Ni Denise ni Elizabeth se animaron a leerlos, pensando que ese diario o memoria final de su progenitora, sería demasiado desgarrador para las hijas. Cuando se animaron por fin a hacerlo, 60 años más tarde, descubrieron que era una novela: Suite francesa.
    No una novela cualquiera: una obra maestra, uno de los testimonios más extraordinarios que haya producido la literatura del siglo XX sobre la bestialidad y la barbarie de los seres humanos, y, también, sobre los desastres de la guerra y las pequeñeces, vilezas, ternuras y grandezas que esa experiencia cataclísmica produce en quienes los padecen y viven bajo el oprobio cotidiano de la servidumbre y el miedo. Acabo de terminar de leerla y escribo estas líneas todavía sobrecogido por esa inmersión en el horror que es al mismo tiempo -manes de la gran literatura- una proeza artística de primer orden, un libro de admirable arquitectura y soberbia elegancia, sin sentimentalismo ni truculencia, sereno, frío, inteligente, que hechiza y revuelve las tripas, que hace gozar, da miedo y obliga a pensar.
    Irène Némirovsky debió ser una mujer fuera de lo común. Resulta difícil concebir que alguien que vivía a salto de mata, consciente de que en cualquier momento podía ser encarcelada, su familia deshecha y sus hijas abandonadas en el desamparo total, fuera capaz de emprender un proyecto tan ambicioso como el de Suite francesa y lo llevara a cabo con tanta felicidad, trabajando en condiciones tan precarias. Sus cartas indican que se iba muy de mañana a la campiña y que escribía allí todo el día, acuclillada bajo un árbol, en una letra minúscula por la escasez de papel. El manuscrito no delata correcciones, algo notable, pues la estructura de la novela es redonda, sin fallas, así como su coherencia y la sincronización de acciones entre las decenas de personajes que se cruzan y descruzan en sus páginas hasta trazar el fresco de toda una sociedad sometida, por la invasión y la ocupación, a una especie de descarga eléctrica que la desnuda de todos sus secretos.
    Había planeado una historia en cinco partes, de las que sólo terminó dos. Pero ambas son autosuficientes. La primera narra la hégira de los parisinos al interior de Francia, enloquecidos con la noticia de que las tropas alemanas han perforado la línea Maginot, derrotado al Ejército francés y ocuparán la capital en cualquier momento. La segunda, describe la vida en la Francia rural y campesina ocupada por las tropas alemanas. La descripción de lo que en ambas circunstancias sucede es minuciosa y serena, lo general y lo particular alternan de manera que el lector no pierde nunca la perspectiva del conjunto, mientras las historias de las familias e individuos concretos le permitan tomar conciencia de los menudos incidentes, tragedias, situaciones grotescas, cómicas, las cobardías y mezquindades que se mezclan con generosidades y heroísmos y la confusión y el desorden en que, en pocas horas, parece naufragar una civilización de muchos siglos, sus valores, su moral, sus maneras, sus instituciones, arrebatadas por la tempestad de tanques, bombardeos y matanzas.
    Irène Némirovsky tenía al Tolstói de Guerra y paz como modelo cuando escribía su novela; pero el ejemplo que más le sirvió en la práctica fue el de Flaubert, cuya técnica de la impersonalidad elogia en una de sus notas. Esa estrategia narrativa ella la dominaba a la perfección. El narrador de su historia es un fantasma, una esfinge, una ausencia locuaz. No opina, no enfatiza, no juzga: muestra, con absoluta imparcialidad. Por eso, le creemos, y por eso esa historia fagocita al lector y este la vive al unísono con los personajes, y es con ellos valiente, cobarde, ingenuo, idealista, vil, inteligente, estúpido. No solo la sociedad francesa desfila por ese caleidoscopio de palabras, la humanidad entera parece haber sido apresada en esas páginas cuya maniática precisión es engañosa, pues por debajo de ella todo es dolor, desgarramiento, desánimo, tortura, envilecimiento, aunque, a veces, también, nobleza, amistad, amor y generosidad. La novela muestra cómo la vida es siempre más rica y sutil que las convicciones políticas y las ideologías y cómo puede a veces sobreponerse a los odios, las enemistades y las pasiones e imponer la sensatez y la racionalidad. Las relaciones que llegan a anudarse, por ejemplo, entre muchachas campesinas y burguesas -entre ellas, algunas esposas que tienen a sus maridos como prisioneros de guerra- y los soldados alemanes, uno de los temas más difíciles de desarrollar, están narradas con insuperable eficacia y dan lugar a las páginas más conmovedoras del libro.
    Sobre la Segunda Guerra Mundial y los estragos que ella causó, así como sobre la irracionalidad homicida de Hitler y el nazismo se han escrito bibliotecas enteras de historias, ensayos, novelas, testimonios y estudios y se han hecho documentales innumerables, muchos excelentes. Yo quisiera decir que, entre todo ese material casi infinito, probablemente nadie consiguió mostrar de manera más persuasiva, lúcida y sentida, en el ámbito de la literatura, los alcances de aquel apocalipsis para los seres comunes y corrientes, como esta exiliada de Kiev, condenada a ser una de sus víctimas, que ante la adversidad optó por coger un lápiz y un cuaderno y echarse a fantasear otra vida para vengarse de la vida tan injusta que vivió.

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  3. Violeta Ponde

    Valga como comentario un poema de Elena Medel, incluido en su poemario, Mi primer bikini, por el que obtuvo el Premio Andalucía Joven de Poesía en 2001. Curioso, cuando menos, la elección del personaje y de los instantes de su vida intuida y de las de sus personajes, en una chica de dieciséis años.

    Para Benjamín Prado

    Yo soy Elisabeth Gille llorando tu marcha:
    éstas son mis cartas de cumpleaños quemadas.
    Yo soy tu hija pequeña sin regalos de Navidad.
    Persiguiendo a los nazis, saltando la valla.
    Yo soy David Golder arruinado tras tu muerte.
    Yo soy un acorde de piano cualquiera
    que, de repente, en Issy-L’Evêque suena.
    Yo soy Danièle Darrieux tirándose a un ministro nazi.
    Yo soy la familia Kampf en un baile malogrado.
    Yo soy las lágrimas que derramaste
    en una cámara de gas en Auschwitz.
    Yo soy el espíritu de la mala suerte.
    Yo soy, como tú, una judía atea.
    Yo también me exilié por la guerra.
    Y soy un susurro al oído y un cuento de Chejov
    y las moscas del otoño en un suburbio de Moscú
    y soy un perro y soy un lobo
    y soy un trago de vino de soledad…
    Y soy tu todo y soy tu nada.
    Y soy el cabrón alemán que te mató.
    Y el germen de la semilla de tu ser.
    Yo también me marché de Kiev.
    Yo soy tú y a la vez yo.
    Yo soy un insecto que por noviembre
    merodea en los crematorios.
    Yo soy la elegancia, el clasicismo y la frescura
    de la boca que Hitler mandó callar un día.
    Yo soy Grasset quemando todos tus fonemas
    cuando tus hijas aún duermen a tu sombra.
    Soy tu mano que acaricia sus cabellos
    y que, dedos traviesos, imagina un nuevo cuento.
    Y digo que este poema es Irène Némirovsky
    lo mismo que yo soy Finlandia en 1918
    y tú eres un corazón más en un mundo vacío.

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  4. Joaquín Medina

    Llevaba tiempo con la idea de escribir algo acerca de “Suite francesa” y, aunque sea tarde, quería exponer algunas cosillas que me surgieron tras la lectura de este excelente libro, pero, lógicamente, lo primero es lo primero, tengo que felicitar a Jesús Durán por la reseña tan elaborada y precisa que hizo.

    La historia que cuenta Irene Nemirovsky, narrada de una manera a juicio de algunos distante y desapasionada, incompleta por razón de las trágicas circunstancias sufridas por la autora, no hace a mi juicio más que mostrar la realidad de la condición humana, condición que es independiente del origen , la religión profesada, la ideología o el ámbito social en que nos movamos e Irene , permitid que por razones obvias omita el apellido, elabora como distintos lienzos, escenas breves que se superponen y donde esa condición se hace patente.

    Todos tendemos a identificarnos en la ficción leída con “el personaje bueno”, con quienes representan los valores que cada uno de nosotros cree tener…sin embargo la realidad demuestra continuamente que puestos en una situación concreta cada uno de nosotros podría ser nazi, colaboracionista , resistente, ocupante , exilado… que ser judío, francés o alemán no es una elección y que ni tan siquiera es una opción totalmente libre la de ser banquero, marchante, probo funcionario o prostituta.
    ¿Debería Irene haber mostrado de manera más dramática la dureza de los años de ocupación alemana? ¿Tendría que haber denunciado de manera más vehemente a quienes traicionaron a la patria francesa? ¿Pudo haber evitado hacer el retrato de un alemán a quien le gustaba tocar el piano? ¿Debió omitir que unos niños franceses dieran muerte a pedradas a su maestro?
    Todo eso era posible, puede que se le pasara por la cabeza, pero entonces Irene hubiera escrito otra novela distinta.
    Y es que tal vez la naturaleza de la condición humana se establezca a partir de la suma de tantas y tantas contradicciones…sin olvidar que en las guerras, en cualquier guerra, un inesperado giro del destino, el azar o la casualidad pudo convertir a los vencedores en vencidos y a los derrotados en victoriosos.
    ¿Cómo imaginamos España si los Reyes Católicos no hubiesen conquistado Granada? Sobre ello hay pistas en textos serios, “Reivindicación del Conde don Julián” de uno de los Goytisolo y en textos humorísticos como los que escribió José Luis Coll.

    La misma Irene representa esa pura contradicción. Su peripecia vital, digna de ser la sexta parte de esa sinfonía inacabada, lo muestra de manera clara.
    ¿Qué era realmente Irene? ¿Qué no era? ¿Era rusa? ¿Era francesa? ¿Era judía? ¿Era cristiana? ¿Qué ideas políticas tenía?
    Visto desde fuera, como espectadores de algo que no nos afecta directamente ¿nos parece ético y digno que para intentar salvarla del horror de los campos de concentración su marido, en las cartas que envía en petición de ayuda, continuamente insista en que no tiene nada que ver ni con judíos ni con bolcheviques ofreciendo como prueba de ello citas de los textos que Irene había escrito en sus obras? ¿pensaríamos igual si fuésemos nosotros los judíos o los bolcheviques encerrados en los campos?

    En la novela los Michaud hacen del reconocimiento de su propia libertad interior la salvaguarda que los libera de la opresión exterior. En la Francia ocupada muchos serían los Michaud que pensaran de igual modo, que ellos no se plegaban a los ocupantes nazis puesto que mantenían intacta “la certeza de su libertad interior”, pero…estas personas reales, ¿nos parecen tan dignas como las de la novela?…
    Frente al desprecio con el que la abuela trata a las hijas de Irene, la actitud desinteresada y solidaria de la nodriza que arriesga su vida y vagabundea por toda Francia con la única intención de protegerlas…
    Mientras unas instituciones serias se desmoronan en un sálvese quien pueda una escuela, del mundo real, acoge a las niñas y las oculta bajo nombre falso. En la ficción unos niños asesinan a su maestro que mostraba por ellos un interés que excedía lo meramente profesional…
    Benoit es tal vez el personaje que mejor ejemplifica esta contradicción permanente en la que el ser humano se desenvuelve, celoso, tosco y algo bruto en sus relaciones personales, lo que le hace parecer desagradable, planta cara sin embargo a nobles y alemanes en una actitud de enorme dignidad, muriendo en defensa de sus ideales políticos luego de ayudar a los que llamaba camaradas. ¿Qué parte de Benoit tenemos cada uno de nosotros?

    De la novela he rescatado algunas frases e imágenes que desde diferentes perspectivas recogen algo de esa idea de contradicción permanente:
    -Recordando a nuestra Carson Mc Cullers, autora de “El corazón es un cazador solitario”, “un tiovivo en una ratonera”.
    -La expresión “ciudades en llamas” que trajo a mi cabeza una espléndida canción de José Ignacio Lapido.
    -Un aforismo, “no es que sean malos, es que no conocen la vida”, que casi suena a refrán de la abuela.
    -De gran belleza estética, “sería una muerte hermosa por una causa perdida”
    -Con evocaciones literarias muy precisas, Rostand, “es mucho más hermoso cuando es inútil”…y Shakespeare, “¿es que no entendían nada? La vida era shakesperiana, maravillosa y trágica, y ellas la degradaban sin motivo”.
    -Como extraída de un manual de Filosofía, “la confusión que puede causar en el ánimo del pueblo ver gente que no piensa como es debido pero practica la virtud”.
    -Qué podemos esperar del futuro si creemos que los niños, como los de la “Suite “, “ni siquiera lo escuchaban (al maestro); comprendió (el cura maestro) que nada que pudiera decirles, ya fuera para animarlos, corregirlos o educarlos, conseguiría penetrar en sus almas, porque estaban cerradas, tapiadas, sordas y mudas…pero igual pregunta podía hacerse respecto a los maestros que de esa forma piensan, ¿qué podemos esperar del futuro?
    -Y hablando de ideales, “muertos por partida doble, porque habían muerto por nada”
    Otras frases muestran la dureza de corazón, ¡ también contradictorio el corazón ¡, que podemos llegar a tener los humanos:
    -Rompiendo con la idea de madre no hay más que una, “presas del pánico, algunas mujeres soltaban a sus hijos como si fuesen molestos paquetes y salían huyendo”…
    -O la madre preocupada por la suerte de su hijo que busca entre los muertos, “siempre cree una que va a ver al suyo”.

    También las hay de resonancias bíblicas, “dichosos los que pueden amar y odiar sin disimulos, sin vacilaciones, sin matices”.

    Otras parecen aptas para la cinematografía, así me suenan como a “Casablanca”, “sólo toco bien cuando tengo público” o “la llevaré a visitar un montón de países”.

    Aunque siempre es posible que, aun en los momentos de mayor sufrimiento, aparezca la poesía, “una pequeña mariposa blanca volaba sin prisa de flor en flor”, imagen que sin saber exactamente el porqué me ha hecho recordar el Guernica picassiano acompasado con el cante de Lole y Manuel…”sobre un clavel se posó una mariposa blanca…”

    Y es que en definitiva y utilizando las mismas palabras que usó Irene, “en el fondo todos juzgamos a los demás según nuestro propio corazón”.

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