Las uvas de la ira

Dos linajes solos hay en el mundo, decía una abuela de Sancho, que son el tener y el no tener. Que esa frase no es meramente retórica lo demuestra la lectura de Las uvas de la ira, la obra en la que John Steinbeck convierte en ficción una realidad que la superaba y de la que también dio cuenta como reportero.
En toda la travesía que la familia protagonista (si cabe ese concepto en una obra en la que la idea de la importancia de lo colectivo es crucial) realiza a través de la mítica ruta 66, el gran río que con multitud de afluentes cruza los Estados Unidos de este a oeste, desde Oklahoma a California, en un viaje narrado a la manera de una road-movie, los Joad no encontrarán más ayuda que la de sus iguales, aquellos que están tan desposeídos como ellos, aquellos a los que se refiere Mamá Joad como la gente, aquellos a quienes les está reservado el futuro.
Si bien el arranque de la novela se hace algo duro por la minuciosidad con la que Steinbeck describe la dramática sequía que asola los maizales, provocada por ese fenómeno meteorológico conocido como dust bowl -literalmente, “Cuenco de Polvo”-, pronto, sin embargo, remonta y consigue engancharnos. Rápida, inexorablemente nos sentimos uno más de los Joad subidos en ese trasto con mil achaques en el que avanzan a un ritmo similar al de la simbólica tortuga que muy al principio de la historia protagoniza un capítulo completo. Tan despacio a veces que querríamos adelantarnos al desarrollo de la historia, comidos por el deseo de saber cómo les va a ir en el próximo destino, en la próxima parada.
Steinbeck relaciona de forma armónica, perfectamente engarzados, los tres planos en los que se desarrolla la narración: de una parte la historia familiar, similar a la de otras muchas familias atrapadas por el crack del 29 y obligadas a vagar desesperadas en busca de trabajo; de otra, la situación política, social y económica de los Estados Unidos, tras el estallido de la primera gran burbuja financiera que llevó al desastre no solo económico, también moral, a una sociedad crecida en la creencia de su superioridad; por último, un detallado relato agrario, una especie de Calendario zaragozano, sobre técnicas y sistemas de cultivos, sobre ritmos y ciclos, sobre tormentas y bonanzas.
Cuando Jonh Steinbeck escribe esta novela en 1939 en pleno new deal -la solución a la gran depresión, basada en un intervencionismo estatal extraño a lo que dictaba la ética política norteamericana, pero que supuso una considerable mejora en el plano social-, lo hace desde el conocimiento exhaustivo de la situación. Había sido recolector de fruta en su juventud y había comprobado en sus carnes el rigor del trabajo a destajo. Había escrito, además, varios artículos periodísticos para cuya redacción precisó de una profunda documentación y que fueron recogidos posteriormente en el volumen Vagabundos de la cosecha. Esta obra se publicó ilustrada por las fotografías de la gran Dorothea Lange, una de las pioneras en el campo del retrato social, creadora de imágenes de enorme dramatismo que a nadie dejan indiferente.lange-4
Así, los Joad son personajes de ficción pero a la vez son personas de carne y hueso como el resto de los cientos de miles de okies que acudieron a la tierra prometida al reclamo de buenos salarios y promesas de casitas blancas y que, como antes filipinos, chinos y mexicanos, vieron que la realidad era bien diferente y como, en asuntos de dinero, ellos, a pesar de ser blancos y norteamericanos, no eran tratados de manera distinta.
Y es que las leyes que rigen el capitalismo son implacables.
En esta desolación, Steinbeck retrata a sus personajes a muy grandes trazos, destacando en ellos los valores del trabajo, la abnegación y la solidaridad; personas llenas de dignidad cuya fuerza surge de la familia, del grupo, de la gente. Además de los miembros de la familia Joad aparecen secundarios de lujo, personas, no es redundancia, con una gran carga de humanidad, como Jim Casy el predicador que realmente predica cuando piensa que ya ha dejado esa tarea, como los Wilson o los Wainwright, como Mae, la camarera que da dos caramelos por el precio de uno a los chicos o como Jim Rawley, el director de esa especie de falansterio utópico que es el campamento de Weedpatch. Personas, todas ellas, con algo en común: son gente.

Un Winfield y una Ruthie reales

Un Winfield y una Ruthie reales

No se presta siquiera Steinbeck a denigrar a los que se quedan en el camino; para ellos
– Connie es el mejor ejemplo-, aplica aquello de que no hay mayor desprecio que el olvido. Una vez que han demostrado no estar a la altura no hay que perder una sola línea en recordarlos.
Novela sin final feliz, no podía ser de otra manera, fue rápidamente llevada al cine por otro John, el gran director John Ford. En dos años consecutivos, 1939 y 1940, tuvimos una gran novela y una gran película y desde entonces y para siempre Tom Joad será Henry Fonda.
Decía más arriba que la novela narraba las vicisitudes de los Joad como si de una road-movie se tratase; pero a mí, devoto seguidor de cualquier película del oeste me parece más bien una obra en la línea de las que contaban las vicisitudes de las míticas caravanas que atravesaban el Far West buscando las tierras propicias en las que establecerse y levantar sus ranchos, historias en las cuales había tiempo para la lucha, para el amor, para el sacrificio, para la amistad…e imagino que la ruta 66 podría ser sin problema cualquiera de los caminos polvorientos que surcan Monument Valley.
Han pasado más de setenta y cinco años desde que la novela se publicó, John Steinbeck logró el Nobel años después, Ford y Fonda varios premios Óscar…pero todavía podrían escribirse obras como Las uvas de la ira, novelas que podrían llevarse al cine con crudeza similar. lange1
Días atrás veía Home, el magnífico documental que Yann Arthus-Bertrand rueda desde el cielo mostrando en bellísimos imágenes el sufrimiento de la tierra y de sus pobladores. En él, en una más de esas pinceladas con las que repasa prácticamente todos los países del mundo, máquinas cosechadoras estadounidenses trabajan día y noche recogiendo miles y miles de toneladas de algodón. Esas máquinas, como las descritas por Steinbeck, ni sienten ni padecen. El siguiente fotograma , en cualquier país africano, unos niños, carne de yugo, juegan sobre las montañas de algodón que han recogido sus padres a lo largo de todo un día sin más ayuda que sus propias manos. Bertrand diagnostica lo evidente: el algodón subvencionado en los Estados Unidos lleva a la ruina a los productores nativos africanos.
Un “hoy por ti, mañana por mí” trágico que lleva a tantos y tantos primero al desierto, luego a la patera, y más tarde, si han tenido suerte y han conseguido llegar a la nueva California, a la miseria y la desesperación.
En clave de humor la irreverente South Park dedica un episodio, Over logging, a mostrar el viaje que una familia realiza desde el Este americano hacia Silicon Valley, ¡de nuevo California!,  en busca de los megas prometidos. En este capítulo los guiños paródicos a Las uvas de la ira son constantes, familia viajera, campamentos, carteles que avisan de que no hay internet para todos…
Yo, que no entiendo demasiado de navegación por los mares de internet para encontrar en castellano ese capítulo ni sé nada de esa lengua de piratas necesaria para comprender el original, me quedo con el recuerdo de los Joad, con la rabia que da ver cómo el destino siempre maltrata a los mismos, pero también con la esperanza de que tal vez algún día se cumpla lo que Madre soñaba.


Y mientras pienso en todo esto viene a mi cabeza una vieja canción. Escucho, -este inglés si lo entiendo-, al viejo y melancólico Woody Guthrie, otro de esos okies a los que maldijo el mismo Dust Bowl que a los Joad, cantar una de esas canciones de desposeídos This land is your land

4 pensamientos en “Las uvas de la ira

  1. Antonio Ávila

    En 1962, en su discurso de aceptació0n del premio Nobel de Literatura, Steinbeck pronunció las siguientes palabras: “El escritor está obligado a celebrar la probada capacidad del hombre para la grandeza de espíritu y la grandeza del corazón, para la dignidad de la derrota, para la compasión y para el amor.” Es seguro que con estas palabras está pensando en los personajes de Las uvas de la ira (1939). Pero también tiene que estar pensando en sí mismo, por el compromiso que como escritor asume para hacer visibles a los desheredados de la tierra (los granjeros desahuciados), o a su mejor aliado, Tom Collins, quien levantó el primer campamento de acogida, financiado con dinero federal. En él pudieron vivir (o reponerse) dignamente algunas de aquellas familias que llegaban en un coche polvoriento, cargado con los escasos y deteriorados enseres que habían podido acarrear después de malvender lo que habían salvado de la ruina de la prolongada sequía y del viento negro en los estados del Medio Oeste. Como se comenta en la reseña, un periodista denominó a esta región azotada por las tormentas con el término Dust Bowl (cuenco de polvo). Fue una tragedia más que se unió a los efectos de la Gran Depresión.
    Tres años antes de la aparición de la novela, Steinbeck publicó durante el verano de 1936 una serie de reportajes que aparecerían más tarde con el título de Los vagabundos de la cosecha.
    Al hilo de la lectura de estos dos libros, me vino la idea de relacionar la denuncia que hace Steinbeck con la que Lorca hizo en su libro Poeta en Nueva York. Bien es cierto que, cuando este viaja a los Estados Unidos en 1929, todavía no se han hecho evidentes las consecuencias de la Gran Depresión. Pero Lorca viaja inmerso en una profunda crisis personal y estética, siente la necesidad de un cambio en su vida y en Nueva York encuentra el lenguaje y los motivos para afrontar con éxito la situación. Nueva York es la ciudad de la modernidad y del capitalismo financiero y su especial sensibilidad social le lleva, por un lado, a la fascinación; por otro, a la denuncia de la explotación.
    Es este segundo aspecto el que me llevó a seleccionar uno de sus poemas, “Nueva York. Oficina y denuncia”, para introducir la tertulia del libro de Steinbeck, aunque solo sea porque en estos versos hay un compromiso con los oprimidos que pone de manifiesto la perversión de un sistema que destruye al hombre y a la naturaleza.
    Este el poema y los comentarios que Lorca hizo en las conferencias en que aclaraba la génesis y sentido de los poemas.

    “Los dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad son: arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia. En una primera ojeada, el ritmo puede parecer alegría, pero cuando se observa el mecanismo de la vida social y la esclavitud dolorosa del hombre y la máquina juntos, se comprende aquella típica angustia vacía que hace perdonable, por evasión, hasta el crimen y el bandidaje.”
    “Lo impresionante por frío y cruel es Wall Streeet. Llega el oro en ríos de todas partes de la tierra y la muerte llega con él. En ningún sitio del mundo se siente como allí la ausencia total del espíritu: manadas de hombres que no pueden pasar del tres y manadas de hombres que no pueden pasar del seis, desprecio de la ciencia pura y valor demoníaco del presente. Y lo terrible es que toda la multitud que lo llena cree que el mundo será siempre igual, y que su deber consiste en mover aquella gran máquina día y noche y siempre.”

    NEW YORK. OFICINA Y DENUNCIA
    Debajo de las multiplicaciones
    hay una gota de sangre de pato.
    Debajo de las divisiones
    hay una gota de sangre de marinero.
    Debajo de las sumas, un río de sangre tierna;
    un río que viene cantando
    por los dormitorios de los arrabales,
    y es plata, cemento o brisa
    en el alba mentida de New York.
    Existen las montañas, lo sé.
    Y los anteojos para la sabiduría,
    lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
    He venido para ver la turbia sangre,
    la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
    y el espíritu a la lengua de la cobra.
    Todos los días se matan en New York
    cuatro millones de patos,
    cinco millones de cerdos,
    dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
    un millón de vacas,
    un millón de corderos
    y dos millones de gallos,
    que dejan los cielos hechos añicos.
    Más vale sollozar afilando la navaja
    o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías,
    que resistir en la madrugada
    los interminables trenes de leche,
    los interminables trenes de sangre
    y los trenes de rosas maniatadas
    por los comerciantes de perfumes.
    Los patos y las palomas,
    y los cerdos y los corderos
    ponen sus gotas de sangre
    debajo de las multiplicaciones,
    y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
    llenan de dolor el valle
    donde el Hudson se emborracha con aceite.
    Yo denuncio a toda la gente
    que ignora la otra mitad,
    la mitad irredimible
    que levanta sus montes de cemento
    donde laten los corazones
    de los animalitos que se olvidan
    y donde caeremos todos
    en la última fiesta de los taladros.
    Os escupo en la cara.
    La otra mitad me escucha
    devorando, cantando, volando en su pureza,
    como los niños de las porterías
    que llevan frágiles palitos
    a los huecos donde se oxidan
    las antenas de los insectos.
    No es el infierno, es la calle.
    No es la muerte, es la tienda de frutas.
    Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles
    en la patita de ese gato quebrada por el automóvil,
    y yo oigo el canto de la lombriz
    en el corazón de muchas niñas.
    Oxido, fermento, tierra estremecida.
    Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina
    ¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
    ¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
    que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
    No, no; yo denuncio.
    Yo denuncio la conjura
    de estas desiertas oficinas
    que no radian las agonías,
    que borran los programas de la selva,
    y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
    cuando sus gritos llenan el valle
    donde el Hudson se emborracha con aceite.

    “Yo solo y errante, agotado por el ritmo de los inmensos letreros luminosos de Times Square, huía en este pequeño poema del inmenso ejército de ventanas donde ni una sola persona tiene tiempo de mirar una nube o dialogar con una de esas delicadas brisas que tercamente envía el mar sin tener jamás una respuesta.”

    VUELTA DE PASEO
    Asesinado por el cielo,
    entre las formas que van hacia la sierpe
    y las formas que buscan el cristal,
    dejaré crecer mis cabellos.
    Con el árbol de muñones que no canta
    y el niño con el blanco rostro de huevo.
    Con los animalitos de cabeza rota
    y el agua harapienta de los pies secos.
    Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
    y mariposa ahogada en el tintero.
    Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
    ¡Asesinado por el cielo!

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  2. Joaquín Medina

    Muy bueno el comentario y muy precisa la información que añades. Creo que el elemento social en la obra de García Lorca nunca ha sido del todo comprendido, cuando no intencionadamente relegado, y poemas como los que ilustran tu comentario nos hacen ver con total claridad que también Federico estaba, como Steinbeck, del lado de los desposeídos, del lado de “La Gente”.
    Como el escritor norteamericano también Federico tuvo su particular Tom Collins , también Federico recorrió los pueblos más humildes. Por desgracia su vida no alcanzó para recibir, como él, el premio Nobel.
    ¡ Gracias, Antonio!

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  3. bibliotecalbc Autor de la entrada

    Las palabras, las ideas, los sentimientos y las emociones que se apoderan del lector de Las uvas de la ira darían para comentarios inagotables. Podrían resultar casi demagógicas en lo económico (aunque sorprende que, siendo una lectura divulgada en la cultura popular estadounidense hasta inspirar episodios de South Park o escenas de los Simpson, su mensaje no haya calado en la monstruosa maquinaria capitalista de la que EEUU sigue siendo el engranaje fundamental) o ridiculizables por oídas y previsibles en lo psicológico. Pero son tan verdad que te calan como si fuera la primera vez que te pararas a pensar sobre ello.
    Uno de los aspectos que no se han comentado aún (y que no sé si se pudieron abordar en la tertulia) es el personaje de la Madre y, con ella, el papel de las mujeres en la obra. Mamá Joad (cuyo nombre nunca es mencionado) es aparentemente imperturbable en su inmensa fortaleza. Capaz de encajar el hambre y el agotamiento, como las muertes, los abandonos y la imprevisible certeza de un futuro en el que lo único que no cabe cuestionarse es la esperanza. Secundarias de lujo en un mundo de hombres, las mujeres sujetan en la obra, no la mitad del cielo, sino la totalidad de la tierra.
    Ellas saben lo que importa: que no se puede renunciar a los recuerdos, pero que hay que fluir en el cambio y seguir haciendo de cada momento una vida y de cada inhóspito reducto un hogar.
    Hay fragmentos profundamente conmovedores en ambos sentidos: “Los hombres eran implacables porque el pasado se había echado a perder, pero las mujeres sabían que el pasado les llamaría en días venideros (…) Las mujeres se sentaron entre las cosas descartadas, dándoles vueltas, mirando a lo lejos y de nuevo a sus cosas. Este libro. Era de mi padre. A él le gustaba tener un libro. El progreso del peregrino. Solía leerlo. Puso su nombre en él. Y su pipa… sigue oliendo a rancio. Y este cuadro… un ángel. Yo solía mirarlo antes de que llegaran los tres primeros… parece que no me sirvió de gran cosa. ¿Crees que podríamos meter este perro de porcelana? Lo trajo la tía Sadie de la feria de San Luis. ¿Ves? Escrito en el mismo perro. No, creo que no. Aquí hay una carta que escribió mi hermano el día antes de morir. Aquí un sombrero antiguo. Estas plumas… nunca llegué a usarlas. No, no hay sitio. ¿Cómo podremos vivir sin nuestras vidas? ¿Cómo sabremos que somos nosotros si no tenemos pasado? “ y “—No —sonrió Madre—. No es así, Padre. Y eso es otra cosa que las mujeres saben, lo he notado. El hombre vive a sacudidas… un niño nace y muere un hombre y eso es una sacudida… compra una granja y pierde su granja y eso es una sacudida. La mujer fluye, como un arroyo, con pequeños remolinos y pequeñas cascadas, pero el río sigue adelante. La mujer lo ve así. No vamos a extinguirnos. La gente sigue adelante… cambiando un poco, quizá, pero siempre adelante.”
    La feminidad confiere a las mujeres un poder que solo se revela completamente en el final de la novela en esa especie de epifanía sobre la que no podemos hablar sin hacer spoiler. Desde esa Ruthie que “sentía el poder, la responsabilidad y la dignidad que le conferían sus pechos desarrollándose (mientras) Winfield seguía siendo un chaval silvestre como un animalillo”, hasta la joven futura madre convertida, por obra de ese embarazo que le hace concebir un mundo preñado como ella, en una criatura “equilibrada, cuidadosa y sabia” pasando, sobre todo, por la mujer que podríamos imaginar demasiado golpeada por la vida, pero que saca de no se sabe dónde la fuerza y la firmeza para que nadie pierda de vista el horizonte necesario, bajando la cabeza cuando tiene que luchar contra las ganas de llorar: “No te preocupes, Rosasharn. Toma aire cuando lo necesites y expúlsalo cuando sea necesario.” Tan sencillo: Pablo Coelho vende cientos de miles de libros para decir lo mismo. A la tortura de John con su culpa, a ese “toda la vida he tenido secretos. He hecho cosas que nunca he contado”, responde un inapelable “pues no empieces ahora. Díselas a Dios. No abrumes a los demás con tus pecados. No es decente (…) Vete al río, mete la cabeza bajo el agua y murmúraselos a la corriente.” Cuando las lágrimas surgen de nuevo de los ojos de Rose of Sharon, continúa con firmeza: “muévete. Hay veces en que aunque te encuentres mal tienes que guardártelo para ti misma. “ o “haz el favor de controlarte. Aquí estamos muchos. Contrólate. Ven acá a pelar patatas. Sientes lástima de ti misma.” Y no pueden dilapidarse las fuerzas en la autocompasión. “¡Curioso! (se dice “el cabeza de familia”) Una mujer haciéndose con el control de la familia. Una mujer diciendo haremos esto, iremos allá. Y ni siquiera me importa.” La explicación es sencilla y consoladora: “La mujer tiene la vida en los brazos. El hombre la tiene toda en la cabeza. No te importe.”
    Hay una profunda religiosidad en las páginas del libro a la que desde el principio el predicador nos quiere convertir (“¿Qué es esta llamada, este espíritu? Es amor. Amo tanto a la gente que a veces estoy a punto de estallar. Y pienso: ¿No amas a Jesucristo? Le di vueltas y más vueltas y al final me dije: No, no conozco a nadie llamado Jesús. Sé un puñado de historias, pero sólo amo a la gente. A veces tanto que casi estallo y quiero hacerles felices, así que predico algo que pienso que les hará felices). La religión del amor a una tierra que no vale nada, salvo por la vida y el amor que albergó: la hondonada donde Tom se acostó con una chica por primera vez, el sitio donde un toro corneó a Padre y en donde sigue su sangre, ell cuarto donde nació Joe: cosas reales que siguen en el lugar donde sucedieron. La religión de todos los desheredados a quienes, si sintieran la misma rabia, nadie podría acorralar: la de la solidaridad de quien descubre que no tiene un alma que sea suya, que solo tienea un pedacito de una enorme alma y que el desierto (ni el camino) no sirve para encontrarse, porquesu pedacito de alma no sirve, a menos que esté con el resto, y esté entera. Porque un hombre no sirve para nada si está solo.
    Y eso es lo que entienden las mujeres. Más allá de verdades económicas tan aterradoramente reales, del banco-monstruo que muere cuando deja de crecer, de la propiedad que te deja congelado para siempre en el yo y te separa para siempre del nosotros, está la verdad del ahora con todos los que contigo son la Gente. Lo dice Tom cuando cuenta lo que aprendió en la cárcel y el narrador cuando le dedica unas líneas al despertar de Madre.

    “- Te voy a decir una cosa que aprendí estando en la cárcel. No puedes dedicarte a pensar cuándo vas a salir. Te volverías loco. Tienes que pensar en el día que estás, luego en el día siguiente, en el partido del sábado. Vive día a día.”
    “Ella miró a la ventana durante un momento. Y luego apartó la manta y cogió su vestido. Todavía sentada, se lo metió por la cabeza, puso los brazos en alto y dejó caer el vestido hasta la cintura. Se puso de pie y tiró del vestido hacia abajo. Después, descalza, se acercó con cuidado a la ventana y miró afuera y, mientras miraba a la luz creciente, con dedos rápidos destrenzó su cabello, lo alisó y lo volvió a trenzar. Entonces juntó las manos delante de sí y se quedó inmóvil un momento. La ventana iluminaba intensamente su rostro. Se volvió, andando con cuidado entre los colchones y cogió el farol. La pantalla chirrió y ella encendió la mecha.”
    Somos ahora y somos con todos: “las estrellas tan bajas y cercanas y la tristeza y el placer tan juntos, en realidad la misma cosa.” Es Lorca en Nueva York, desazonado por la crueldad de la civilización sin entrañas y es Vallejo en Masa llamando a todos a decir “no te mueras”.

    Gran obra.

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