El más grande de los youkais: relato ganador del concurso de narrativa

Fotografía ganadora del concurso "El alma de la lectura", por Carla Loubet Martínez

Fotografía ganadora del concurso “El alma de la lectura”, por Carla Loubet Martínez

Isabel Castillo Pérez 2º C

En un momento indefinido de la historia japonesa, durante una de las múltiples guerras que ocurrieron en este país, algunos de los espíritus llamados “youkais” solíamos mezclarnos entre los humanos. Todos nos temían porque nuestro orgullo, incomprensiblemente, nos llevaba a matar a todo aquel que nos desafiara. Pero, sigo sin comprender cómo aquella joven no parecía temerme… vino a una cabaña que en ese tiempo yo habitaba, quería refugiarse de otros humanos que estaban saqueando su aldea y se refugió allí. La encontré profundamente dormida, y cuando despertó, simplemente se disculpó por entrar así y me contó su historia.

-¿No me temes por ser un youkai?

-Si no me has demostrado agresividad, ¿por qué debería tenerlo?

-A cualquiera que me acerco, me teme. Allá a donde valla, sin importar lo que tenga que decir, simplemente gritan y huyen.

-No lo entiendo, eres amable con los demás. ¿Por qué quisiera nadie huir de ti?- dijo tocando mis orejas de zorro.

-Por mi mala fama,- me miró sin saber que decir, mientras yo intentaba escapar de su mirada- los youkais tenemos fama de matar por antojo. Además mi aspecto es el de un joven, temen que con este poder y el razonamiento del ser humano les haga sufrir, para luego fulminarlo todo.

-¡Eso es imposible!- se levantó y me agarró el kimono obligándome a mirarla,- ¡Sé que no serías capaz de matar a nadie, ni siquiera a un insecto por gusto! ¡Además si eso fuera así, dime, por qué estoy aquí! ¡Dime por qué no he huido o por qué sigo viva! ¡Si lo que dices fuera verdad…!

La miraba desde abajo estupefacto. Es probable que la expresión de mi rosto fuera lo que la hiciera callar. Aun así, era inevitable que me sorprendiera, esas palabras tan dulces le arrebataron a mi corazón un siglo de soledad, miseria y la imagen de sangre derramada que siempre me atribuían.

En ese momento no supe hacer otra cosa que abrazarla. La sujetaba con delicadeza y procuraba no rozarle con mis afiladas uñas. Las lágrimas corrían por mis mejillas y mojaban levemente su kimono. Sus intentos para que cesara mi llanto eran nulos, sus caricias en mi pelo eran las primeras que recibía de alguien que no me consideraba una bestia.

Cuando, al fin, dejé de llorar era ya muy tarde y no era seguro que se fuera sola por ahí.

-Te he entretenido demasiado,- dije secándome las últimas lágrimas- a estas horas es cuando más youkais hay y no te recomiendo salir. Los que haya a estas horas no buscan nada bueno.

-Pero tengo que volver, tengo que saber si todos están bien. Quiero saber si mi hermana sigue viva… no sé si también pudo huir…

La idea de hombre matando a otros me llenaba de odio y de repulsión, a la vez que me preocupaba. No me lo pensé mucho.

-Yo te llevaré. Ponte esto no te vaya a dar frío.

-¿Eh?- fue lo único que le dio tiempo a pronunciar, un segundo después la cogí y salí corriendo como ningún youkai lo hubiera hecho antes.

El simple pensamiento de la mirada distante de la muchacha me llenaba de las fuerzas que no tenía para seguir a delante, corriendo. Notaba a mi acompañante fuertemente agarrada a mí.

-No has de temer, no vas a caer. Puedes abrir los ojos.

Estoy seguro que lo primero que acertó a ver fue mi sonrisa que intentaba inspirarle esperanzas. Estábamos sumergidos por una oscuridad repleta de mis semejantes, la diferencia es que estos seres no tenían corazón.

-No te lo he dicho aun, mi nombre es…

-No lo digas aquí, -la interrumpí- estos seres tienen una gran vista al igual que su agudo oído. No quisiera que te causaran daño alguno tras buscarte.

En ese momento sé que me miraba con dulzura, aunque yo no la miraba. Me había contado donde estaba su aldea y tenía que asegurarme no equivocarme de camino. Y en pocos minutos llegamos a las ruinas de lo que había sido el hogar de la joven. La dejé en el suelo suavemente.

-¿Hay alguien?- gritó con toda su voz.

-¿Yuuki?- dijo alguien asomándose por la puerta de una casa que seguía en pie.

-¡Sacerdotisa Akame! ¿Se encuentra bien? ¿Cómo están todos? ¿Mi hermana pudo escapar?

Una multitud de personas salieron de esas ruinas. Y sabía que no ocurriría nada bueno cuando me vieran aparecer de entre la oscuridad. Realmente tenía miedo.

La chica a la que llamaban Yuuki era la joven a la que había llevado hasta allí y de la que sin quererlo me había enamorado. Se había alejado para ver a los que eran su familia y amigos. Me sentí solo otra vez, vacío al no saber qué hacer. Solo podía contemplarla desde la distancia.

-¡Un youkai! ¡Matadlo!

Me hizo despertar ese grito para hundirme en el oscuro final que me temía.

-¡Alto! ¡Si lo matáis a él también tendréis que matarme a mí!

Un grito todavía más fuerte fue sin lugar a dudas mi salvación, no solo por la muerte que intentarían darme, sino porque me sacó del negro vacío en el que me encontraba. Yuuki corría hacia mí y se interpuso a todos sus vecinos.

-Él me ha traído hasta aquí corriendo tan rápido como ha podido y, ¿así le agradecéis su preocupación?

-Hermana, ¿es eso verdad? ¿Este chico youkai te ha traído hasta aquí? ¿Por qué?

-¿Por qué no le preguntas a él? A fin de cuentas no es mudo.

Todos los presentes me miraban en ese momento esperando una respuesta, seguramente con malas intenciones, para fulminarme con rapidez.

-Porque estaba preocupado, ella es la primera que no me mira como el youkai que soy y todo lo que le ocurra me importa. No quiero dañarla, no quiero que nadie la dañe. Tenía que miedo que a su hermana le hubiera pasado algo y yo no hubiera podido hacer nada. Ella es lo mejor que me ha pasado en siglos de vida. ¡La amo!

El silencio absoluto me indicó que había hablado suficiente. Me dispuse a marcharme, pero al darme la vuelta para irme llorando como el más débil de los youkais, Yuuki me sujetó por la espalda, abrazándome.

-¡No te vayas! ¿Cuántos crees que me traerían hasta aquí a estas horas por voluntad propia?

Me giré a mirarla, ella lloraba. Me daba la sensación de que era culpa mía, así que la abracé mostrándole que lo que había dicho no era mentira.

-Te amo, Yuuki. Si me he de ir para que puedas vivir en paz, simplemente recuerda que el youkai Hotaru te amaba y te amará hasta el día en el que la muerte acabe con él.

-¡Hotaru! ¡No te vayas! ¡Yo… yo te amo!

En ese momento fui reconocido como parte de todos ellos, parte de su familia. Por primera vez tenía hogar y me trataban como uno más. Les hice una promesa que jamás romperé: protegeré la aldea hasta el fin de mis días. Al final va a parecer que me he convertido en el más grande de los youkais al poder convivir con los humanos.

 

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