La voz dormida

Joaquín Medina Ferrer

«Y contar la historia, para que la locura no acompañe al silencio.»
 

Comienzo a escribir esta reseña creyendo que no me va a salir bien del todo (¡vaya manera de empezar!). Y es que además de que mis habilidades literarias sean más bien escasas se une algo que pienso que va a lastrar todo el desarrollo de la reseña. No soy mujer.

Porque puede que sea necesario ser mujer para saber extraer del libro de Dulce Chacón todo su contenido poético y emocional, puede que sea necesario ser mujer para destilar y aquilatar suficientemente la ternura y la sensibilidad que se muestra en cada una de las pequeñas y a la vez grandes historias que se relatan a lo largo del libro.

Intentaré apelar a lo que de sentimental quede en mi alma para poder comentar el contenido de La voz dormida. Creo que en el mismo no debiera ser lo principal ni un análisis estilístico ni una comparativa con otros libros de temática similar ni ver si se corresponde con mayor o menor fidelidad a unas situaciones concretas.

Duce Chacón

Dulce Chacón llama directamente a la puerta de cada uno de nuestros corazones y espera que los abramos de par en par, que dejemos salir a que se aireen y ventilen los miedos y las frustraciones por décadas guardados, que recordemos sin ánimo de venganza pero también sin miedos los dolores de nuestro pasado. Dulce Chacón da la palabra a quienes durante tanto tiempo solo tuvieron a su alcance silencios, a quienes ni en susurros pudieron contar su historia y permite, ¡por fin!, que narren su existencia sin tapujos, sin falsos heroísmos ni almibaradas complacencias, quienes sufrieron en su piel la dureza de la derrota.

Resulta curioso que, cuando de comentar en un grupo de lectores este libro se trata, surjan de inmediato los recuerdos que nosotros guardamos de ese pasado, pasado que aún sigue, por desgracia, siendo pretérito imperfecto; recuerdos que nos narraron “cuando por fin se pudo hablar”, como si fueran cuentos crueles, -“había una vez”-, nuestros padres y abuelos, nuestras madres y abuelas, recuerdos de quienes hicieron nuestra historia. Miserias y vilezas incontables junto a también innumerables grandezas y heroicidades.

Y en cuanto estos relatos de vivencias propias o ajenas se desgranan, aún hoy, casi ochenta años después del fin de la guerra, vuelven siempre, repetidas como si de un mantra se tratase, opiniones que cuestionan si merece la pena recordar “aquello”. Opiniones que defienden que “aquello” ya nos hizo sufrir bastante como para volver ahora a hablar de lo que sucedió y de sus porqués…

Puede, yo al menos así lo pienso, que no sea tarea principal entrar a elucubrar qué habría pasado si la guerra la hubieran ganado “los otros”. Puede, no estoy yo muy de acuerdo con ello, que, como a veces de manera apresurada se afirma, la naturaleza humana sea igual “de natural “en todos y cada uno de nosotros. Puede, tampoco a esto daré mi conformidad, que ya se haya escrito bastante sobre nuestra guerra incivil….

Mas personalmente tengo claro que relatos como los que compone Dulce Chacón esta obra siguen siendo absolutamente necesarios para comprender nuestro pasado porque aportan un punto de vista que va más allá del meramente académico o historicista para ahondar directamente en lo humano.

La historia recogida en La voz dormida, que mezcla sucesos y personajes reales con hechos que aunque pudieran ser ficticios tienen para nosotros el valor indudable de que efectivamente pudieron suceder si no en la madrileña cárcel de Ventas sí en cualquier otra de cualquier otro lugar de España, muestra la situación de España cuando de la guerra se decía que ya había terminado, evidenciando bien a las claras como lo que para algunos eran ya años triunfales para otros eran la constatación de que el célebre parte de guerra, “cautivo y desarmado…” contenía al menos una gran mentira: la guerra seguía en nuestro país y habría de seguir durante algunos años más. Demasiados años más.

Si como metafórica imagen gráfica podía decirse de aquel periodo inmediatamente posterior al primero de abril que toda España era como una gran cárcel cuyas cercas casi intraspasables eran las fronteras y en cuyo interior convivían, malvivían, reos y carceleros, carceleros también en gran parte presos; las cárceles de paredes y barrotes tangibles constituían un universo especial. Una especie de microcosmos donde se escenificaban de forma más virulenta aún los enfrentamientos sociales que estuvieron en la base del conflicto armado.

Un dato escalofriante nos revela la crueldad y el ensañamiento con unos vencidos que sin solución de continuidad pasaron de la derrota militar a la humillación civil. Paul Preston, uno de los historiadores foráneos que han dedicado gran parte de su obra al estudio de la guerra civil y sus consecuencias cifra en casi 150.000 las personas que murieron en las cárceles hispanas una vez finalizada oficialmente la contienda y hasta el año 1944.

Alrededor de una de estas cárceles, una más entre las veintiuna que hubo en el Madrid de la postguerra, ¡más de veinte cárceles para una población que a la altura de 1940 apenas sobrepasaba el millón de habitantes!, transcurre gran parte de lo que cuenta Dulce Chacón.

Que muchas de estas cárceles “de urgencia” fueran antaño colegios o bibliotecas señala todavía más lo repulsivo del contexto en el que esta represión tuvo lugar. Que algunas de ellas fueran antes escuelas y que las órdenes religiosas las cedieran como muestra de colaboración resulta aún más difícil de calificar.

Mujeres rapadas en Montilla

La cárcel de Ventas inaugurada durante el periodo republicano por Victoria Kent obedeciendo a las directrices regeneracionistas que impulsó Concepción Arenal y a la que suponemos por tanto en mejores condiciones que otras más antiguas y descuidadas se convierte en el eje del relato. Junto a la vida carcelaria, la autora hace un relato preciso de la miseria y hambruna de aquel tiempo. También de la vida casi salvaje en la montaña de los integrantes del maquis.

Con gran habilidad Dulce Chacón coge esos tres hilos, Pepita y doña Celia en la calle, Hortensia y Tomasa en la cárcel, el Chaqueta negra y Felipe en el monte para tejer, con el gris de la grisura y la pobreza, el rojo de la camaradería y la sangre derramada y el verde de la esperanza un tapiz coral, en el que si la trama es un relato de maltratos y desafueros, la urdimbre es la historia de un amor a medio camino entre la desesperación y el romanticismo.

Es posible que Dulce Chacón en su novela abuse de una caracterización excesivamente maniquea de los personajes, lo cual por otra parte no dejaría de tener su lógica, ¿qué es si no una guerra civil más que la muestra de un radicalismo exacerbado? Es posible que la autora en su papel de narradora omnisciente se exceda tomando claramente partido ella y preparándonos para que tomemos partido nosotros los lectores, también esto sería comprensible. Es posible que algunos personajes, especialmente los que están por así decirlo en tierra de nadie, queden a medio perfilar… pero por encima de todo ello es de admirar el tono que sabe darle la autora a su relato, sentimental sin caer en el melodrama, heroico sin caer en el buenismo, crudo sin caer en el aspaviento.

Y más de admirable es aun, un auténtico hallazgo creativo, que Dulce Chacón elija, rompiendo con lo que es usual en la novela de postguerra, como protagonistas de su novela casi de manera exclusiva a mujeres. Esta elección unida de modo inequívoco a la condición de mujer de la escritora nos va a permitir penetrar en ese “universo femenino” creado a partir de un doble desgarro: el de las personas que sufren un doble dolor, el dolor por ser mujeres y el dolor por ser vencidas.

Así comprendemos, o tal vez solo creemos comprender, a ello me refería al comienzo cuando decía que no ser mujer podría ser la causa de que no pudiera entender del todo la belleza desgarradora y el dolor no menos desgarrador de las historias contadas, a la mujer que llora desconsolada, casi sin derramar lágrimas, como si estuviera seca por dentro, cuando le llega la menopausia sin haber podido ser madre. Así comprendemos, o tal vez solo creemos comprender a la mujer que ansía ver el mar, ese mar al que debieron llegar los cadáveres de sus hijos ajusticiados. Así comprendemos, o tal vez solo creemos comprender, a las mujeres que esperan ver el trozo de tela de la ropa del marido o del hijo fusilados para, al menos, tener la certeza de que, efectivamente, han muerto. Federico, Manrique, el Romancero renacidos en la obra de Dulce Chacón.

De manera superpuesta, como si buscara de modo inconsciente encontrar aquellas intersecciones de conjuntos que estudiábamos antiguamente, leí las páginas finales de La voz dormida cuando comenzaba a leer Los girasoles ciegos. Este libro, para mi gusto de una calidad literaria exquisita en algunos pasajes cuenta también la historia de una derrota y se adentra al igual que La voz dormida en el paisaje de la postguerra. Son dos maneras distintas de contar hechos similares ocurridos en el mismo espacio temporal.

Alberto Méndez elige como protagonistas de los hechos a soldados vencidos para narrar cuatro derrotas individuales que son también derrotas colectivas. Son soldados que fueron asesinados, encarcelados, muertos en vida…

”La muerte matando muertos”, decía Gloria Fuertes.

Cuando Méndez se refiere a la vida en las prisiones vemos a las claras las diferencias entre ambas obras, diferencias que traducen al lenguaje literario esas dos maneras de entender la vida,- y la muerte-, propias, aunque no me atrevo a calificar de radicalmente excluyentes, de hombres y mujeres. Por seguir con el símil, me niego a creer que la intersección de los conjuntos Hombres y Mujeres sea un conjunto vacío.

En la cárcel de Porlier, donde transcurre alguna de las derrotas de Los girasoles ciegos, se hacinan en condiciones iguales de precarias a las de Ventas grupos de soldados vencidos. Soldados revestidos de una dignidad infinita, de comportamiento viril, que comparten con sus camaradas presas la esperanza de que una victoria aliada dé al traste con el franquismo a la vez que de una u otra manera mantienen viva la llama del afianzamiento ideológico mediante lecturas de Mundos Obreros clandestinos, asambleas y charlas informativas. No hay sin embargo atisbo de un comportamiento similar en solidaridad, humanidad podríamos decir, al de las reclusas recreadas por Dulce Chacón en la ya para siempre nuestra voz dormida.

Pepita Patiño, la Penélope cordobesa de ojos azulísimos

Que esta novela tenga una cierta continuidad cuando constatamos que Pepita y Paulino existieron de verdad, que se casaron y vivieron juntos hasta que el tiempo sufrido en la cárcel pasó factura al mítico y a la vez humano Chaqueta negra, que Pepita votó en las primeras elecciones respetando la voluntad de su marido en una por así decirlo “votación por poderes” no hace más que engrandecer la figura de todas las personas , hombres y mujeres, que lucharon y dieron sus vidas en defensa de unos ideales de igualdad y justicia.

Gracias por vuestro ejemplo.

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2 pensamientos en “La voz dormida

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