Concurso de relato (categoría A): El robledal

Publicamos el relato de Emilio López Brochard,  alumno de 1º de ESO B, que ha resultado ganador en la categoría A (ESO y PMAR). La fotografía que lo ilustra es de Paula Hurtado, alumna de 2º B, y es una de las que han conseguido uno de los tres accésit que el jurado ha determinado otorgar. Esperamos que lo disfrutéis:

El robledal

Emilio López Brochard

“Gustavo se preparaba para subir al coche cuando se acordó de su juguete preferido (un conejito de peluche al que Gustavo llamaba “Riot”). Gustavo salió corriendo del coche ya en marcha provocando que su padre diera un brusco frenazo. Recorrió velozmente los cinco metros que separaban el coche de la puerta de la casa. La abrió con fuerza y subió las escaleras de dos en dos. En una ocasión estuvo a punto de caerse, pero con un ágil movimiento siguió subiendo. Al llegar a la segunda planta giró a la izquierda y entró en su habitación. Estaba completamente a oscuras. Alzó la mirada y consiguió distinguir a Riot entre los libros de su colegio. Se subió a la cama y alcanzó al conejo con un pequeño salto. Salió corriendo de la casa con el peluche en las manos y se metió en el coche donde lo esperaba su padre. Gustavo se dio cuenta de que le miraba fijamente con cara de pocos amigos. Acto seguido su padre se irguió y volvió a arrancar el motor del coche por segunda vez. Al salir del aparcamiento vio como su padre suspiraba. Esta era la tercera vez que tenían que mudarse en siete años. Gustavo pudo observar como los mozos de la mudanza entraban y salían de la casa cargando cosas en un camión. El también estaba triste. Por séptima vez iba a dejar a sus amigos a un lado para conocer a otros. Para cuando el chico volvió de sus pensamientos a la vida real, ya habían recorrido una distancia de unas tres manzanas. Su nueva casa no estaba muy lejos de la que estaban dejando atrás, pero si lo suficiente como para cambiar de colegio y de pueblo. Un cuarto de hora después estaban plantados delante de la nueva casa. Era bastante más grande que la antigua. No obstante, se situaba en un pequeño pueblo en mitad de la nada. El pueblo tenía un nombre francés “Exideuil”. Gustavo entró con ganas a la casa para ver como era. El padre no tan entusiasmado, prefirió quedarse en la entrada, esperando a los mozos de la mudanza. La casa era inmensa, incluso más grande de lo que parecía, pero lo que más le gustó al chico fue el jardín. Era como medio campo de fútbol, solo que tenía arboles e incluso consiguió distinguir a lo lejos un pequeño río con un banco de madera al lado. El chico no lo dudo y echó a correr por el jardín. También fue arbusto por arbusto oliendo sus flores. De repente Gustavo sintió como si alguien le hubiera clavado en la espalda algún tipo de objeto punzante y casi sin poder evitarlo pegó un chillido. Su padre alarmado bajo al jardín corriendo. Vio a Gustavo corriendo por el jardín y sin parar de gritar. El padre se acerco al chico y le preguntó que qué le ocurría. El chico le respondió señalándose la espalda de forma inquieta. El padre le levantó la camisa y vio a una pequeña avispa arremetiendo contra la espalda del muchacho. Sin pensarlo dos veces la aparto del cuerpo del chico y le dijo que le acompañara.

Nada más llegar el primer mozo de carga le preguntó por la pomada para las avispas. El hombre le dijo que no tenía ni idea de donde podría estar. Poco después se acercó una mujer ofreciéndole una pomada al padre. El muy agradecido la cogió y se la echo al chico. Los dos le dieron las gracias y la mujer dio media vuelta y se marchó por donde había venido.

Conforme los mozos de carga iban llegando, pusieron las cosas donde le ordenaban el padre y el hijo. Cuatro horas después las personas que los habían ayudado a transportar todo y a colocarlo donde querían en su nueva casa, se marchaban de vuelta a su antiguo pueblo. Tanto padre como hijo se quedaron solos.

Ya se iba haciendo de noche así que el padre entró en casa a preparar la cena mientras que Gustavo miraba al horizonte en el porche. Sin poder evitarlo sonrió pensando que le esperaban cosas muy buenas. Durante la cena el padre le comento a Gustavo que el próximo fin de semana irían de pesca a un lago cercano a Exideuil. También comentaron la vuelta al colegio, donde el muchacho conocería a gente nueva. Gustavo se fue a la cama a las nueve y media, sin embargo, no pudo dormir en toda la noche.

A la mañana siguiente su padre encontró a su hijo despierto, con los ojos rojos y apretando con todas sus fuerzas a Riot. Este se sentó en la cama y Gustavo giró poco a poco la cabeza hasta que los dos miradas se cruzaron. Acto seguido el chico parpadeo varias veces y empezó a levantarse. El muchacho estaba agotado, y no tenía ganas de ir al cole, pero sabia que no podía faltar el primer día de clase. Su padre bajo con él a la cocina y allí desayunaron los dos juntos. A pesar de que Exideuil era un pueblo bastante pequeño había un gran colegio con grandes clases y con un laboratorio para ciencias. Gustavo quedó impresionado por el colegio, ya que pensaba que sería mucho más rura, o que incluso lo recogería un autobús que lo llevara a un pueblo cercano más grande donde hubiera un colegio.

Su maestra se llamaba Alejandra. Eso era todo lo que sabía Gustavo sobre su nueva tutora. De repente la puerta del final se abrió con fuerza sobresaltando a toda la clase. Tranquilamente la mujer se sentó en su silla y nos dio la bienvenida a todos. A Gustavo le resultaba familiar su cara. Como si la hubiera visto hace poco. Alejandra movió lentamente la cabeza de derecha a izquierda, pero antes de terminar se quedó mirando fijamente a Gustavo. Entonces el chico la reconoció al instante. Alejandra empezó a sonreír y siguió observando al resto de la clase.

El padre del muchacho le preguntó que como le había ido su primer día de clase. Este le contestó que genial, había conocido a su primer amigo (Fred) y ya eran inseparables. Gustavo le preguntó a su padre si mañana podía volver de camino con su nuevo amigo. Le dijo que tenían que ir por un sitio diferente que era un poquito más largo que el camino que el cogía para volver a casa. El padre aceptó con la condición de que volviera antes de las tres en punto.

Gustavo siguió a Fred hasta su casa. El chico, junto con su nuevo amigo, tuvieron que adentrarse en un robledal que estaba al lado del colegio. Al muchacho le llamó mucho la atención el lugar donde vivía Fred. Vio que había varias casas pero nada más. Parecía un lugar tranquilo.

Cuando llegaron a la casa de Fred, este le ofreció un mapa a Gustavo. No obstante este lo rechazo diciendo que podía volver solo a su casa sin la ayuda de nadie ni de nada. El chico miró su reloj y se sobresaltó al ver la hora que era. Con prisa se despidió de Fred y salió corriendo por donde su amigo y él habían venido.

Lo único que recordaba Gustavo a la mañana siguiente era que se había perdido en un bosque con muchos robles. De repente el chico abrió sus ojos como nunca antes lo había hecho, y pudo contemplar que… ¡seguía perdido!, y no tenía ni idea de donde estaba. Pasó horas intentando buscar una salida, pero sus esfuerzos fueron en vano.

Ya eran las dos y media de la tarde y Gustavo estaba hambriento y también sediento. Siguió caminando a duras penas.

El padre del chico estaba hecho polvo. No encontraba a Gustavo por ninguna parte. Hasta incluso intentó ir a la escuela para hablar con el amigo de su hijo, pero no lo encontró. La policía había realizado una campaña para ayudarlos a encontrarlo. Ya eran las siete de la tarde y el padre seguía sin tener noticias de nada.

Sediento, solo, perdido, hambriento. Así se encontraba Gustavo. En varias ocasiones le pareció oír un riachuelo, pero siempre era parte de su imaginación. Estaba totalmente desorientado. No lograba saber donde estaba. Desde hace horas a dejado de buscar la salida del robledal para encontrar alguna de las casas que vio en su estancia con Fred.

El padre vio un chico y lo reconoció al momento gracias a la foto que le dieron los policías.

-¡Fred! gritó entre sollozos.

El chico se acerco corriendo para averiguar que era lo que ocurría.

-¡Por fin!, ¡Por fin te encuentro!

-¿Me conoce? -preguntó el chico desconcertado.

-¡Dónde esta mi hijo! -exclamó eufórico.

-¿Su hijo?, ¿quién es su hijo? -volvió a preguntar desconcertado.

-¡Gustavo!, ¡mi hijo Gustavo!, ¡dónde está! -dijo el padre cada vez más desesperado.

Fred se quedó petrificado. Su amigo se había perdido, y se imaginó donde.

Gustavo se encontraba tirado en el suelo, con los ojos entreabiertos mirando al horizonte.

-Otra vez no -dijo.

De fondo se escuchaba un ligero sonido. Un sonido como de agua.

-Otra vez no -repitió.

Se levantó de mala gana y giró la cabeza hacia el origen del sonido. Sin previo aviso Gustavo se levanto de un brinco. Corrió como nunca antes lo había hecho. Se arrodillo. Lo primero que hizo fue llorar de alegría, después fue hundir las manos en el agua y limpiarse toda la suciedad de la cara. El chico bebió durante minutos sin despegar la boca del pequeño río. Había conseguido encontrar agua. Estaba feliz hasta que recordó que por mucha agua que tuviera, seguía perdido. Entonces, entonces fue cuando escucho la voz más bonita de todas. Era su padre, y por lo que parecía no iba solo. Había como otras cuarenta personas pronunciando su nombre. El chico gritó todo lo que pudo, sin embargo no obtenía ni la más mínima articulación. Poco a poco pudo oír como las voces se iban acercando, hasta llegado el momento en que incluso… ¡podía ver su padre!

Llorando corrió hacia su padre, y este debió de haberlo visto también, porque hacía exactamente lo mismo.

Eran las siete de la tarde y Gustavo ya estaba en casa. Su padre había preparado una cena a lo grande en el jardín donde invitó a todo el mundo que le había ayudado a encontrar a su hijo.

Esa fue la historia de como padre e hijo empezaron una nueva vida, en una nueva casa, en un nuevo pueblo.

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