Afán, de Marta Rodríguez Camacho (Relato ganador de la categoría B)

Publicamos el excelente relato de Marta, quizás el relevo de Alicia Giménez Bartlett o la Dolores Redondo granadina. La foto que ilustra la entrada, que tan bien consigue transmitirnos el placer de la lectura, es de Andrea Cañizares, alumna de 2º de ESO B y es otro de los acccésit del concurso de fotografía.

Esperamos que lo disfrutéis.

detectives-privados-madrid

“El inspector Xavier Sants era un hombre alto y fornido, de piel oscura y expresión feroz. Era fuerte y ágil casi por naturaleza, algo que lo hacía muy apto para su trabajo. Pero si poseía una cualidad que destacara por encima de las demás, era la inteligencia. En sus ojos negros y su media sonrisa condescendiente se reflejaba su astucia, y esa confianza del que se sabe dotado con algo especial. Sants tenía la plusmarca de malhechores llevados a la cárcel. Nadie sabía cómo lo hacía, pero ello le había valido la fama del mejor policía del cuerpo. Sin embargo, no faltaban los detractores que sugerían que sus métodos no eran del todo limpios, que ni siquiera la mitad de los que acaban entre rejas eran culpables de algún crimen, y que Xavier tenía más de delincuente que de agente. Estas acusaciones venían, sin duda, provocadas por la gran incógnita que envolvía al hombre. Poco se sabía de su pasado o de su presente fuera del trabajo. Para todos, Xavier Sants era el detective, y nada más. De una manera o de otra, nadie se quejaba, y él continuaba haciendo su trabajo.

Los recuerdos de la última noche en la que había recibido a María seguían frescos en su memoria. Había sido hacía una semana, aproximadamente. El reloj de su oficina marcaba las doce y media de la noche, pero Xavier seguía despierto en su salón, esperando. Había recibido una llamada, así que la visita de la mujer no era una sorpresa. Lo que sí despertaba su curiosidad era el motivo de su cita. Llevaban conociéndose ya varios años, y cuando ella venía a su casa, las veladas se pasaban en su habitación. Pero María le había advertido que en aquella ocasión sería ella la que contratase sus servicios.

Cuando sonó el timbre del apartamento, el detective se levantó, pasándose la mano por el pelo que llevaba peinado hacia atrás, y abrió la puerta. Dejó pasar a María y la guió hasta la sala de estar. Se acomodó en el sofá mientras observaba cómo la muchacha se quitaba su viejo abrigo y se sentaba en frente de él cruzando las piernas. No pasaron desapercibidos para él el olor a sexo y perfume barato, ni sus movimientos nerviosos.

-¿Qué trae a una chica como tú a un lugar como éste? – Xavier llamó su atención con sarcasmo, obligándola a empezar a hablar. María casi saltó en su silla, antes de alzar la mirada para clavarla en el detective.

-Siento hacerte recibirme tan tarde para un asunto como este… Pero ya no sabía a quién acudir. Tengo miedo, ya no puedo salir a trabajar sin sentir que mi vida está en peligro. Me persiguen, Xavier… –

Así empezó a relatar la historia. María afirmaba no saber qué había hecho mal. Pero según ella, últimamente se estaba viendo acosada por unos tipos que eran bien conocidos por los agentes de la ley. Era una banda de crimen organizado que actuaba en la ciudad. Eran pocos, pero funcionaban como una familia. Realizaban sus estafas con la mayor eficacia e impecabilidad que se podían imaginar, y eran casi invisibles, puesto que todo lo que hacían lo camuflaban en el negocio familiar, el mejor casino de la ciudad. Pero eran un cártel peligroso, no vacilaban en matar a aquel que resultara una amenaza o un obstáculo. La mujer sabía que Xavier tenía influencias dentro de la policía, y por lo que sugería, incluso dentro de la banda. Por eso había acudido por su ayuda. Pretendía que él la protegiera, manipulara la situación y detuviera a los delincuentes.

Sants prácticamente la echó de su casa, pero tan envuelta en palabras dulces y gestos tranquilizadores que María se sintió a salvo por primera vez en mucho tiempo. Le ordenó que no saliera de casa a menos que él la visitara en persona. El inspector cerró la puerta tras de sí y fue a su habitación, relamiéndose los labios como un depredador al acecho de una presa. Mientras pensaba en lo que había pasado, se preparó para irse a dormir.

No necesitó reflexionar mucho para llegar a una conclusión, pero si había tenido alguna duda acerca de lo que había pasado, acabó con todo más que claro. No había pasado toda la semana intentando desentrañar el misterio de la historia que María le había contado, ni siquiera forzando a la policía a iniciar investigaciones contra los delincuentes. Sants había estado moviendo los hilos y haciendo uso de sus contactos para asegurarse de que todo saldría como él quería. Había salido de su casa como un policía dispuesto a cumplir con su deber y había llegado a su destino siendo un criminal con suerte. Para sus conocidos al otro lado de la ley, él era una especie de conexión, un infiltrado en la policía. La relación con algunos de ellos había comenzado antes de que él entrara en el cuerpo, por eso sabían que no los traicionaría, sabían que sólo se había hecho detective porque era la mejor de sus opciones. Mientras, sus compañeros de trabajo y muchos ciudadanos pensaban que creía fielmente en el ideal de justicia, y que era una suerte que hubiera acabado siendo agente.

La verdad fuera dicha, no sabía por qué María había acudido a él. En cierto modo, le apenaba descubrir que la pobre había desarrollado algún tipo de confianza en él. Pero, al fin y al cabo, no era culpa suya si no podía salvarla. Tampoco sabía por qué todos a su alrededor eran tan estúpidos. No era ningún dios, pero quizás él era mejor que el resto; aquella parecía la explicación más razonable. Lo que lo llevaba a pensar esto era lo fácil que le resultaba, y que siempre le había resultado, manejar las cosas a su antojo. Cualquier otro no habría podido hacerlo; no habría podido empezar desde cero, desde el barrio ruinoso en el que había crecido, llegar a donde él había llegado, y aún tener expectativas de ser más. Sin embargo, si una cosa era cierta, era que no se podía alcanzar el cielo sin jugar sucio. Así era como funcionaban las cosas, o ascendías a costa de otros, o ascendían a tu costa. Y Xavier Sants no estaba dispuesto a quedarse en la miseria por tener escrúpulos.

Muchos dirían sin duda que lo que iba a hacer era traición, y lo calificarían de rastrero, arribista, y otras cosas más desagradables. ¿Y qué? Él no había dado a nadie razones para confiar en él. Un policía que tenía amigos delincuentes no podía ser de fiar. Pero realmente él no tenía amigos, ni en uno ni en otro bando. Xavier consideraba al resto peldaños que lo llevarían a su éxito, a un futuro de comodidad y seguridad. Esto era lo único que lo movía, la verdadera razón por la que hacía todo: salvarse a sí mismo.

Los últimos rayos de sol iluminaban el horizonte de la ciudad con un color cobrizo que se difuminaba al mezclarse con el azul de la noche. Visitó a María sin previo aviso. Su excusa era que quería hablar con ella acerca de su problema. No sintió ningún tipo de remordimiento antes de sugerir dar un paseo, y comenzar a guiarla a través de las calles hacia la casa de juego que era la base de operaciones de los miembros de la banda criminal. Mientras caminaban, la forzó a contarle la historia al completo, y se confirmaron lo que había oído de boca de uno de sus contactos. María había estado jugando con amistades peligrosas, había creído que podría acercarse a la banda y obtener beneficios sin mezclarse con ellos. Se había infiltrado, se había vendido a ellos, pero había intentado tomar más de lo que habían querido darle. Era un error estúpido, provocado por la avaricia. La mujer no era una mala persona, pero los otros sí lo eran, eran crueles y vengativos. Una pena.

Con un vistazo a su alrededor supo que todo estaba preparado. Veía policías en cada esquina. También a ellos les había mentido para conseguir que atacaran al cártel; les había dicho que la joven que verían acompañándolo pertenecía a la banda, pero estaba cooperando con ellos, y que los guiaría hasta allí de forma segura para que pudieran tener éxito. La mirada que María le dirigió cuando llegaron se dio cuenta de a dónde la había llevado habría conmovido a cualquiera que tuviera un mínimo de compasión, pero Xavier no se inmutó. Todo sucedió muy deprisa después. Los policías iniciaron la operación para detener a los criminales, pero la respuesta de estos no se hizo esperar. Pronto el casino se convirtió en el escenario de un tiroteo. Ninguno de los criminales estaba dispuesto a entregarse, a pesar de que los policías los superaban en número. Aun así, hubo bajas entre los agentes; el propio Xavier recibió un tiro, aunque tuvo la suerte de que sólo atravesara su mano derecha. Inútil cómo estaba en ese momento, retrocedió hasta el exterior. Divisó el cadáver de María cerca de la entrada, pero aún no pudo sentirse culpable.

Días más tarde, sentado en una cafetería, Xavier Sants leía el periódico mientras sostenía un cigarro entre los dedos de la mano izquierda. Tendría que aprender a vivir con el muñón que antes era su diestra. Un cualquiera se acercó a él después de reconocer su cara. Recibió los elogios de siempre con una sonrisa. Después se levantó, pagó el café y se alejó con el periódico bajo el brazo. Él podía ser el único que sabía que no era ningún héroe, y que no merecía las condecoraciones, el ascenso, los buenos tratos. Pero, ¿a quién le importaba? A él no. A él le esperaba la buena vida.”

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