Guerra y paz

Desenjaula las palabras:

no las cuentes ni las rimes”

Estos dos inéditos octosílabos podrían ser, merecerían ser, el comienzo de un bello poema de amor. Yo voy a utilizarlos como inicio de la reseña del apabullante libro que es Guerra y Paz. Y digo libro porque si el propio Liev Tolstói no quiso calificar su obra como novela no seré yo quien así la catalogue aunque seguro que alguna vez a lo largo de este texto de este modo la llamaré.

Os estaréis preguntando tal vez el porqué de la elección de estos dos versos, qué he visto en ellos que me haya llamado la atención. Intentaré explicarlo.

Imagino que al igual que un amante precisa en algún momento dar rienda suelta, desenjaular, todas sus alegrías, todas sus penas, todas sus tristezas, todas sus emociones, Tolstói debió en algún momento sentir que “necesitaba” poder expresar, dejar constancia escrita , de todo ese caudal, que a veces nos parece incontinente, de emociones. Ciertamente que tampoco contó sus palabras, y a fe que debemos estar contentos de que no lo hiciera, hemos de agradecerle que se desbocara, que casi no pusiera límite a su relato. ¡Y que no optara por utilizar la rima!

No es Guerra y Paz una lectura fácil. Posiblemente sea necesaria una relectura para poder siquiera acercarse a todo lo que Tolstói quiso reflejar. De entrada su extensión, casi dos mil páginas en las ediciones convencionales, un lentísimo avance en “los tantos por ciento” en las más tecnificadas, hace que lanzarse a por la obra sea tarea de riesgo. Más aún acostumbrados como estamos todos a la facilidad de lo inmediato, al mando a distancia que nos permite disfrutar, ¿disfrutar?, del cambio de canal sOlo por el mero hecho de cambiar; de los libros sencillos de leer; de las conversaciones virtuales reducidas a palabras apenas semiescritas acompañadas de emoticonos ( ¡jamás pensé que utilizaría esta expresión!)…

Estudio de Tolstoi en Yásnaia Poliana

Recuerdo que hace muchísimos años un amigo de la mili, ya veis si es cierto lo que decía de los muchísimos años, cuando encargué en una librería cordobesa los siete tomos de En busca del tiempo perdido me preguntó qué pensaba hacer con esos ladrillos. Y lo recuerdo porque Guerra y paz es, como la obra de Proust, uno más de esos ladrillos que terminan conformando la gran historia de la literatura. ¡Palabras mayores!

Cuando terminamos su lectura nos felicitamos como quien consigue haber superado un reto, no bien acabas de cerrar por última vez el libro y ya estás empezando a agradecerte a ti mismo y a quien te lo recomendó el haberlo leído. Lo que en algún momento nos disgustó, esas disquisiciones entre filosóficas y religiosas, entre materialistas y místicas, entre desengañadas y clarificadoras, teñidas siempre de ese casi socialismo de índole humanista tan propio de algunas conciencias rusas con las que entrevera Tolstói sus capítulos, adquieren ahora una nueva dimensión. Caemos ahora en la cuenta de que tales digresiones eran necesarias…y yo caigo también ahora en lo que nos gusta a todos el entreverado cuando el jamón es bueno. Alguien podría decir que estos capítulos son prescindibles, que la lectura sería más cómoda si se atuviera Tolstói solamente a narrar la vida de Andrei, de Pierre, de Natasha, de María… ¡Qué fácil nos resulta enmendar la plana a los genios!

Y ese Epílogo que es por sí mismo superior en su extensión a un libro “normal” ¿también era necesario? Acaso no es verdad que cuando llegamos a él nos parece un nuevo muro que debemos afrontar. ¿No podía el bueno de Tolstói haber puesto fin a su obra con esa muestra de amor, amor tradicional sencillo y hasta convencional, entre dos de las parejas protagonistas? Pues claro que podía… ¡pero no quiso! Cuentan que incluso Flaubert, admirador profundísimo de la obra del ruso, llegó a comentar que este Epílogo, al menos en parte, era superfluo. Cuentan también que el propio autor realizó varias versiones de su obra, poniendo y quitando añadidos. Hasta que la dio por concluida. Así es si así os parece… ¡por cierto, palabras de raíz shakesperianas que en algún momento pensó Tolstói en utilizar como título para su obra!

Se dice también que el autor en un primer momento quiso escribir una obra en la cual narrara los sucesos acontecidos en torno a la conocida como Revolución de 1825, a veces llamada la Revolución decembrista por el mes en el que se produjo, y que enfrentó, a la muerte del zar Alejandro I, (el de Guerra y Paz), y con motivo de su sucesión, a imperialistas y reformadores. Este hecho, la Revolución a la que de modo tan sumario me he referido, era el objeto primero de Tolstói. Luego cayó en la cuenta de que para conocer lo acontecido en 1825 debía remontando a hechos anteriores, así, retrocediendo en busca de las raíces de lo ocurrido a fines de ese año, llegó hasta los comienzos del siglo, al momento en que Napoleón iniciaba su expansión por Europa y a las consecuencias que para Rusia y los rusos tuvo aquella deriva napoleónica.

Para contar el tránsito por este periodo Tolstói toma como hilo conductor la vida de varias familias de la nobleza rusa de la época. Personajes de ficción pero que pudieron ser reales se entremezclan con personajes reales que tal vez hubiera sido mejor que no existiera. Pero esa es otra historia.

  Valiéndose de capítulos muy cortos y de final abierto que siempre dejan al lector con ganas de adentrarse en el siguiente, Tolstói va dando continuos saltos de lo particular a lo general, del suceso familiar, individualizado podríamos decir al hecho histórico de relevancia social. Y, de vez en cuando, como decía antes, una pequeña parada para exponer su punto de vista, el del propio autor que así parece elevarse sobre su obra, acerca de las razones, los motivos y las consecuencias de tales actos.

Compone así Tolstói una especie de gran mosaico que recoge prácticamente la totalidad de una época. Si avanzamos por la novela, ( ¡ya apareció la palabra!), sabremos de fiestas cortesanas y recepciones diplomáticas , de tácticas y estrategias militares, de logias masónicas y de popes ortodoxos, de médicos modernos y de santeros, de cacerías en la nieve y de matanzas en los campos de combate, de borracheras sin fin y de ascetismo evangélico, de la riqueza más vergonzante y del hambre que convive junto a ella, de la cobardía y del heroísmo, de la presunción y de la modestia, de la necesidad y del azar, de lo humillante y de lo redentor… sabremos en definitiva del ser humano.

Y para Tolstói, al menos así lo entiendo yo, el ser humano no es más, ni menos, que la suma de múltiples contradicciones. De casi todos los personajes que aparecen en el libro con un papel significativo podríamos decir cosas buenas y malas sin faltar a la verdad. Es cierto que en algunos de los protagonistas parece predominar la virtud, pero ese predominio no evita la existencia de ”vicios y defectos”, entrecomillo porque sé que no son los términos adecuados, que los hacen, sin duda, más humanos y reales. Es como si Guerra y Paz no fuera sólo el título del libro, una referencia gráfica expresiva a un periodo histórico, sino también el anuncio de lo que acontece en la vida de cualquier persona.

Aunque en esta visión del hombre hay un elemento que me parece destacable. Después de tantas fatalidades, de tantos desengaños, de tantas muertes, sobrevive una apuesta decidida por el optimismo, una fe inquebrantable en el género humano, la creencia absoluta de que a todo podremos sobreponernos.

Tumba de Tolstoi

Hace tiempo escribí que imaginaba cómo redactaría sus cuentos un buen amigo. Sacaba de unos cajones las palabras más bellas, más sonoras, más poéticas… seleccionadas varias de ellas las disponía sobre una mesa y, al modo como los impresores antiguos agrupaban las letras, las combinaba y ordenaba hasta dar con una frase perfecta.

A Tolstói lo imagino también ante una gran mesa, en ella ha desplegado un gigantesco mapa, un mapa de operaciones militares, allí aparecen Austerlitz y Friedland, Jena y Wagram, Borodinó y Berezina… Adopta Tolstói el papel entonces del experto jugador de ese juego de rol tan conocido , el Rysk, una especie de Monopoly de las guerras, en el que el objetivo final del juego es,” lógicamente”, derrotar al adversario. Sitúa los ejércitos, distribuye húsares y ulanos, establece puestos de mando, levanta parapetos, excava trincheras, da órdenes de ataque….finalmente lanza los dados y al hacerlo el gesto del escritor esboza una mueca irónica y desengañada. ¡Cuánta miseria en las guerras!

Desencantado vuelve a su mesa de trabajo, a su escritorio, echa un vistazo a los bosques que se ven por la ventana en busca de inspiración y de súbito, febrilmente, se lanza como poseído a por las hojas en blanco.

Cientos de personajes serán también desenjaulados. Tantos que las diferentes ediciones de Guerra y Paz suelen acompañarse de una guía final recordatoria. Guía que, al menos, la que yo he visto, tiene sus carencias. Intrigado por la aparición en el libro de un general Sebastiani y queriendo saber si era éste el general francés que ocupó Granada, fue, recuerdo, quien mandó demoler una de las torres del Monasterio de San Jerónimo para construir el Puente Verde, acudo a la guía y el general no aparece. La Wikipedia me ofrece la respuesta a mi duda. El mismo que demolió y creó jardines en Granada luchó en Rusia. Este hecho, anecdótico por otra parte, no hace más que constatar lo enciclopédico del libro. Me pregunto cómo, sin ordenadores, pudo “tener en la cabeza” tamaña cantidad de elementos y no perder el hilo.

Vuelvo atrás. Decía antes que Tolstói contemplaría las guerras con una mirada irónica y desengañada. Igual que hacía el que para mí es el auténtico héroe de la novela: El Serenísimo, el anciano general Kutúzov, un hombre que parece haber sido viejo y descreído toda su vida, que de derrota en derrota llega a la victoria final, que es capaz de sobrevivir entre arribistas y aduladores, que es poseedor de un carácter bonachón, de lágrima fácil, que es pragmático a la manera poética de nuestro Sancho Panza, que tiene siempre una palabra de consuelo para quien la necesite sea un mujik, un joven soldado o un oficial. Un general al que le duelen los muertos propios y los muertos ajenos. Me han impresionado, porque no es toque de humor sino el corolario ideal a la vida del personaje, casi un epitafio, esas palabras, cito de memoria, de Tolstói con las que liquida a Mijail Kutúzov: ” …cuando tenía que morir, se murió”. Nada más. Nada menos. Tout vient à point à qui sait attendre.

También me ha llamado la atención, las palabras anteriores tienen que ver con ello, el uso del idioma francés en el libro. Muestra por una parte esa contradicción continua de la nobleza rusa entre el temor que le inspira la llegada de Napoleón que, de seguro, habría de acabar con sus privilegios, y la distinción que les ofrece el creerse poseedores, aún tan artificialmente, de la charme et le bon goût. También sirve para demostrar cuán ridículos y engreídos podemos ser los humanos.

De cualquier modo la inclusión de esos párrafos en francés, con los escritos en alemán no puedo decir lo mismo, no dificulta la lectura… aunque siempre se echa de menos tener alguien a tu lado que pueda mejorar la traducción propia.

Escribo “francés” y “alemán” y me vienen a la cabeza esas disputas entre generales en las que Tolstói, de modo burlón, incide sobre los modos de ser que derivan de las categorías nacionales. Los alemanes son así, los franceses asao… para todos, ingleses, austríacos, italianos, prusianos , polacos o rusos tiene nuestro autor una palabra cercana al estereotipo… en estos tiempos que corren de procés , de Freedom for Catalonia y de Catalonia is not Spain me seduce pensar cómo habría descrito Tolstói la situación.

Me han interesado también las referencias que hace Tolstói a las similitudes entre Rusia y España. Tanto en que ambas naciones, extremos de Europa, con regímenes sociales que a los comienzos del siglo XIX ya eran obsoletos fueran las que derrotaran a las tropas francesas, como en destacar la importancia del papel de la iglesia en las revueltas contra el invasor. Los capítulos en los que habla de los ataques contra los convoyes franceses a la manera de las guerrillas hispanas, mezcla de arrojo y crueldad, es también otro elemento común. Incluso, en un momento determinado, Tolstói crea, no sé si sería un personaje real, su propia Agustina de Aragón, Vasilisa, la mujer de un stárosta, que mató a centenares de franceses.

Y, como profesor de historia, no puedo menos que referirme a esa visión que de los acontecimientos históricos tiene Tolstói. No es preciso explayarse en lo que expone, pero sí que convendría, como él hace, dejar de prestar tamaña atención a tanto héroe, como aún se sigue haciendo en los libros de texto al uso, y fijarnos todos en el papel de los hombres comunes. Acompañemos a Tolstói cuando de manera sarcástica desmitifica la grandeur de les grands hommes :

Si dependía de la voluntad de Napoleón presentar o no batalla en Borodino , si de él dependía hacer esto o lo otro, es evidente que el resfriado que influía en la manifestación de su voluntad, pudo haber sido la causa de la salvación de Rusia y , por consiguiente, el ayuda de cámara que olvidó dar a Napoleón las botas impermeables fue el salvador de Rusia.”

Son sin duda muchos los temas que se quedan descolgados. Es tanta la complejidad de Guerra y Paz que infinidad de matices se quedan en el camino. Para ello hay una solución sencilla, poner de nuevo manos a la obra. Quienes lo han hecho aseguran que la relectura de Guerra y paz es siempre gratificante. Una poeta polaca, Wislawa Szymborska, dejó escrito que   “En esta escuela del mundo ni siendo malos alumnos repetiremos un año, un invierno, un verano. No es el mismo ningún día, no hay dos noches parecidas, igual mirada en los ojos, dos besos que se repitan”. Igual sucede con los buenos libros.

Ya termino. Hoy es 14 de septiembre. Justamente hace doscientos cinco años Napoleón entraba en Moscú. La ciudad ardía abandonada por sus habitantes. Pierre Bezujov se esforzaba por evitar que una niña muriera presa de las llamas.

¡Gracias, Liev Tolstói, por tanto como nos has enseñado!

Joaquín Medina Ferrer

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2 pensamientos en “Guerra y paz

  1. comercioieslbc

    Me emociona e instruye todo lo que nos escribe Joaquín, que suerte es tener este arte ya que con las palabras, hacen los eruditos en el tema, que otros nos culturicemos con los contenidos que nos transmiten. Muchas gracias. Que tenga un buen día artista.

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  2. bibliotecalbc Autor de la entrada

    Gracias por leer y comentar, M° Carmen. Y sí que es de agradecer el tiempo que se le dedica a compartir lo que una obra nos ha sugerido. El club de lectura y sus ramificaciones resultan de lo más enriquecedor.

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