¡Miedo me das! (Lecturas para el Día de los Difuntos)

Ya se va acercando noviembre. El mes más otoñal del año aunque en tiempos como estos que corren el frío no haya hecho aún su aparición. Mes de recuerdo de los familiares muertos y de santos. Mes de adecentar y alegrar con flores las tumbas de los cementerios. Mes de acudir a las confiterías  en busca de esos pastelitos a los que llamamos huesos de santo. Mes de rebuscar por los bosques las castañas que luego, en casa, comeremos asadas y tan calientes que se nos quemarán las manos y la boca. Mes  en el que desde hace unos años  jóvenes y no tan jóvenes festejamos Halloween…

Halloween, curiosa festividad, tan criticada por algunos como  celebrada por otros. Grupos de adolescentes que recorren las calles ataviados con disfraces que oscilan entre lo tétrico, lo macabro, lo sangriento o el despropósito. Competición de maquillajes entre lo efectista y lo terrorífico. Y como fin de fiesta un recorrido por las viviendas cercanas. Llamada a la puerta de los vecinos. ¿Truco o trato? Una carcajada o un desaire por respuesta.

Los que ya vamos teniendo cierta edad observamos con indisimulable distanciamiento esta reciente moda. Moda que, desde luego, si ha venido lo ha hecho para quedarse. ¿Interés comercial? ¿Burda copia de costumbres extrañas? ¡Qué más da! No está la vida como para hacerle ascos a una jornada de fiesta, jolgorio y diversión. Ya pasó el tiempo en el que “las personas mayores” criticábamos “Jalogüín”. Sí, así lo escribíamos y así lo pronunciábamos. En parte por nuestra ignorancia  (… que hasta hace poco los españoles presumíamos de no hablar inglés, ¡esa lengua de piratas!). En parte también para mostrar nuestro desacuerdo con una moda que pensábamos importada.

Yo cambié de opinión respecto a Halloween  el día que un familiar algo mayor que yo me contó que en su pueblo de Jaén, cuando era pequeño, se dedicaba con sus amigos en estos días a vaciar calabazas y trazar en ellas bocas y ojos. La pulpa la aprovechaban las madres para cocinar algún dulce. En el interior de  la corteza ya dispuesta se introducía una vela. Luego de encendida la calabaza se dejaba en las aguas del Guadalquivir para que, flotando suavemente, llegara (es lo que tiene la imaginación) al Atlántico.  Me imagino a aquel muchacho fantaseando con las peripecias que la calabaza viviría en su recorrido. Pensé entonces que hasta sería posible que Halloween fuera un invento español y los americanos se hubieran limitado a copiarnos. Podría ser.

Estos días son también un buen momento para leer alguno de los muy buenos libros de terror que encontramos en las bibliotecas. Leer es también una fiesta. Y si nunca es mal momento para abrir un libro y disfrutar de su lectura, Halloween nos da una excelente excusa para ponernos manos a la obra.

¿Y con qué libros podríamos  comenzar ahora?  Pues, lógicamente, con alguno que diera mucho miedo. Que nos hiciera temblar de miedo. Algunos de estos libros son clásicos de la literatura. Y además tienen versiones cinematográficas muy fieles al espíritu del original escrito.

Yo voy a recomendar sólo cuatro. Tampoco es cuestión de asustarnos demasiado con tanta lectura. De los cuatro guardo ese recuerdo del miedo que pasé  leyéndolos cuando era mucho más joven que ahora y el recuerdo de algunas de sus historias que todavía hoy me conmueven.

Los cuatro como he dicho son grandes clásicos. No son ni mejores ni peores que otros. Son, simplemente, mi selección. Ya que estamos en Halloween son “mis cuatro libros de terror favoritos”

Empecemos con Drácula. El vampiro de afilados colmillos al que se debía  matar con una estaca clavada en su corazón. Cabezas de ajo y balas de plata. Drácula, el nombre que ha hecho de Transilvania la región del miedo y el terror y de los Cárpatos la cordillera más desasosegante jamás creada. Con precipicios a los que las diligencias siempre están a punto de caer. Con lobos que aúllan en la noche. Con nubes tan negras que oscurecen la luna… De la obra de Bram Stoker yo recordaré siempre el temor  que me producía leer la palabra empalar. Todavía hoy la escribo en el ordenador y un escalofrío recorre mi espalda. Empalar….

Podemos seguir con Frankenstein,  pequeña novelita en extensión, casi un cuento, escrita por la novelista Mary Shelley en una noche de tormenta en un albergue de Suiza. No voy a explicar aquí cómo se gestó esta obra. Quién tenga interés en saberlo se llevará una sorpresa curiosa.

Todos conocemos la historia de Frankenstein. No voy ahora a contárosla de nuevo. Sólo avisaros de que en una novela de miedo se encierra una de las escenas más tiernas jamás escritas: el encuentro del monstruo con una niña que, junto a un lago, cortaba florecillas. Y no. Frankenstein no era un monstruo. Si leéis este libro veréis que no lo era.

¿Y qué decir de los cuentos de Edgar Allan Poe? El bueno de Edgar escribió decenas de cuentos de terror. Elegir uno es difícil. De algunos, caso de El cuervo, existen incluso sobrecogedores vídeos en las redes sociales (imprescindible oírlo en inglés antes de buscar la versión del primer especial de Halloween de los Simpsons). A mí me impresionó uno que ambientaba en Toledo en tiempos de la Inquisición. El pozo y el péndulo se titula. En el relato un condenado  espera que un péndulo de hoja afilada descienda hasta el banco en el que está atado. El tiempo que transcurre, corto y a la vez eterno, el tiempo que lo separa de la muerte, lo vivimos con angustia, como si el condenado pudiera ser  cualquiera de nosotros. Y hasta aquí puedo contar…

El último de los libros que recomiendo que leáis podrá parecer extraño  a mucha gente. No se considera a Las aventuras de Tom Sawyer como un libro de terror. Más bien suele decirse de él que es un libro alegre y desprejuiciado. Vale. Es así. Pero cuando nuestro héroe debe enfrentarse al malvado indio Joe en la oscuridad de una caverna por defender “a su chica”, pasas miedo…os lo aseguro. Yo lo pasé. Y no creáis que era un cagón.

Mark Twain, el creador de Tom Sawyer era un tipo peculiar. Dejó escrita una frase a la que yo he hecho caso muchas veces. Puede que demasiadas veces. “No hagas mañana lo que puedas dejar para pasado mañana”.

No tenéis que hacerle caso.

Cuanto antes os pongáis a leer cualquiera de estos libros, cualquier libro, antes comenzaréis a disfrutar. Muchos de nuestras mejores amistades  las encontraremos escondidas entre sus páginas. Y siempre, en Halloween,  podréis vacilar al que se disfrazó preguntándole si sabe quién era Frankenstein o Drácula.

Joaquín Medina Ferrer

 

 

 

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