Derecho natural: una reseña ligera para una novela ligera

Del Triki,triki,triki,triki,triki, mon amour,triki,triki,triki,tri… al Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así.

He de confesar que cuando toca leer un determinado libro en el Club, si no tengo referencias previas suficientes del autor o de la obra busco en internet, casi al azar, alguna opinión para saber algo de la obra y del escritor antes de adentrarme en la lectura. De Derecho natural sólo sabía que era una novela recién parida y de su autor, Ignacio Martínez de Pisón, apenas un par de datos: que un familiar que vivía en Zaragoza me hablaba bien de él cuando bajaba a Granada y que en una de sus obras se basó una película, Carreteras secundarias, en la que Antonio Resines y su hijo adolescente recorrían media España en un viejo coche, en una especie de aventura on the road que, cuando la vi, por momentos me recordó a las andanzas de nuestro Lázaro de Tormes. También recuerdo que hace ya varios años tuvimos ocasión de leer una recopilación realizada por Martínez de Pisón de relatos breves sobre la Guerra civil, Partes de guerra, lectura que a mí me sirvió para conocer por vez primera un texto de Chaves Nogales. Si hago memoria me viene a la cabeza que Martínez de Pisón participó como guionista en una película animada de Fernando Trueba, Chico y Rita, en la que Javier Mariscal ponía imágenes a una historia de amor en la tórrida Habana.

Pocos más datos tenía. Me llamó la atención el escaso número de reseñas de la obra (ahora, pasados un par de meses, el número ha crecido considerablemente) y cómo las críticas en secciones especializadas de diarios y revistas insistían en destacar de esta novela que Ignacio Martínez de Pisón era un escritor que escribía con mucho oficio.

De manera inevitable se hizo presente el título de la famosa obra de Pavese. ¿Qué sería eso de escribir con oficio? Aquella expresión, repetida por varios críticos literarios, no me gustó. Supuse que querría decir algo así como que Martínez de Pisón tiene gran facilidad para hilar sus historias y que es capaz de componer una prosa fácil de leer y correcta en sus formas. No es eso poco, sin duda, pero…

Ahora, después de leída la novela y comentada en la reunión del club, pienso que esa afirmación era cierta. La novela está bien escrita, se lee con facilidad, es amena y distraída, enlaza situaciones dramáticas con otras cómicas, apela a nuestra memoria sentimental…Y sin embargo, Derecho natural no me ha terminado de gustar. Me ha sonado a esas obras a los que los artistas llaman alimenticias, obras que sus autores deben realizar en un tiempo establecido por contrato y que, caso de la literatura, debe tener un número mínimo de páginas. Puede que hasta el tema haya sido insinuado por la editorial, el galerista o el productor.

Derecho natural cuenta la historia de una familia, los Ortega, en los años de la Transición española y a caballo entre las dos ciudades, Madrid y Barcelona, que por razones diversas fueron emblema de esta época tan reciente. Tan reciente y tan mitificada por algunos como denostada por otros.

La historia no llama a engaño. Desde sus primeras palabras ya nos anuncia de qué va. “Mi padre no siempre se pareció a Demis Roussos”. Ya imaginamos que se acabará pareciendo. Y, ¿en qué se va a parecer al gran Demis? Pues digo yo que será o en el físico, o en el modo de vestir, o en las canciones que cante o en una mezcla de todo ello.

¿Quiénes son los integrantes de la familia que protagoniza esta historia?

Comencemos por los progenitores:

Un padre. Ángel Ortega. Padre a tiempo muy, pero que muy parcial. Continuamente pone en práctica aquel popular dicho de “voy a comprar tabaco” y desaparece largas temporadas. Padre, aunque no esposo de la madre, de tres hijos (el número después, no adelantemos acontecimientos, se verá incrementado). Actor de serie B, participa en spaghetti-westerns y en películas de vampiros.

Se le supone vivales y gracioso, pues cuenta con la amistad que, por cierto, le vale de poco para prosperar en su carrera, de personajes como Paco Rabal, Asunción Balaguer, Fernando Sancho o Emma Cohen, Seguramente, Fernando Fernán Gómez de haber sido solicitado como amigo habría dicho a nuestro protagonista aquello tan conocido de “¡A la mierda!”. Emma debía ser más cumplida.

Ángel, en uno de esos abandonos del hogar, coincidente con el rodaje de una película, aprovecha, como quien no quiere la cosa, para  casarse con una primera y antigua novia, (de Burgos). Y tiene otra hija antes de que la esposa fallezca en un accidente de tráfico. Reaparece, malherido,- él también iba en el vehículo accidentado-, casi contrito, para casarse, ahora sí, con la madre de tres de sus  hijos.Viendo que su carrera como actor no da mucho más de sí, prueba como guionista (¡va a ser que no!) y termina creando una agencia de representación de artistas…Su momento de éxito llegara cuando, obeso y sin pelo, imite en clubes costeros a Demis Roussos.

Una madre. Luisa. A veces, Luisa Pilar. Ahora no recuerdo si en algún momento de la novela se dice su apellido. Puede que sí. Sí. Seguro. Se apellidaba Remiro (el apellido materno sale a colación cuando pone a sus tres hijos como primer apellido el paterno). Acepta con naturalidad (recordemos estamos en la España machista del franquismo) que su hombre la deje preñada, la abandone, vuelva, la preñe….y siempre lo espera con una sonrisa (es lo que tiene la abnegación). Sumisa siempre, cuando anda escasa de dineros (recordemos, “su hombre” se ha marchado de casa y…) tiene novios que le duran pocos días, algunos una sola noche. ¿Qué por qué los novios le duran tan poco? No, por nada, porque tiene cargas familiares y ya sabemos cómo son los hombres para estas cosas. Luego se casa con el padre de sus hijos, ya viudo. (Sólo hay que aguantar algún tiempo para que la felicidad conyugal llegue a los hogares). En cierto momento, no viene al caso el cuándo, rompe con ese estereotipo tan convencional y se muestra como una mujer liberada y tan adelantada a su tiempo (puede que sea que en Barcelona se adelantaron antes, ¡perdón por la redundancia!) y dirige con mano diligente y firme esa empresa de representación de la que hablaba más arriba después de quedársela cuando menos con malas artes. Para algo tenía que valer que en Cataluña prime, entre los cónyuges, la separación de bienes sobre los bienes gananciales. La pela es la pela.

Y ahora los descendientes:

Cuatro hijos. O tres. Vete a saber. Tres nacidos del pecado y previos por tanto al matrimonio de Ángel y Luisa… Éstos son Ángel (como el padre, ¿cómo iba a ser de otra manera si ésta era la muy hispana tradición?) y Manuel. Una hija, (¿la llamo hijastra?, ¿hermanastra tal vez? ¿medio hermana?), Paloma, que Ángel (el padre), viudo, aporta al matrimonio y que Luisa (la madre de los otros tres, pero no de ésta, acoge sin reservas, ¡lo que hay qué hacer por mantener el hogar!) . Y otra hija más, Cristina, tampoco nacida como Dios manda, es decir fruto del matrimonio católico, apostólico y romano; completa la lista de hijos. La boda, tanto tiempo perseguida por los abuelos como anhelada por Luisa habrá de esperar un tiempo. Imagino la cara del cura celebrante.

¿Algún detalle de cada uno de ellos? Venga, vamos:

Ángel Ortega. Pese a tanto antecedente que justificaría que el niño saliese rana, Ángel es estudioso y aplicado. Trabajador infatigable. Responsable, tanto que con poco más de diez años “sabe” que sobre él va a recaer la ardua tarea de recomponer continuamente la unidad familiar. También es buen andarín, recorre Barcelona de un barrio a otro (es que era otra época, muy segura para los niños cuando salían a la calle) de casa al colegio y del colegio a casa. Destaca tanto en los estudios que logra una beca para finalizarlos en Madrid (donde conoce a Gregorio Peces-Barba, aunque a Norberto Bobbio ni saludarlo puede, ni tan siquiera hacerse una foto con él…no llega a tiempo, ¡la familia!). Sobresale como estudiante desde el primer curso. Tenía, digamos, una cierta facilidad congénita, pero escondida entre los genes más profundos; quiero decir que de los padres, de ambos, no se esperaban grandes alardes para los libros. Esa dedicación al estudio no le impedirá tener ya durante el primer curso varias novietas, de variado pelaje, (es que a una de ellas para distinguirla de otra de igual nombre la llamaba “la rubia”). Además tenía un amor anterior que durante cierto tiempo fue amor platónico, Irene, una estudiante universitaria que se alojaba en la misma pensión donde los Ortega (sin el padre) vivieron algún tiempo. Luego ese amor se consuma (perdón por el palabro). Sí, vale que Irene tuviera diecisiete años cuando Ángel tenía doce…pero es que Irene, atenta y solícita, jugaba con él al Scalextric…y cantaban a dúo canciones de Jeannette… ¡cómo! ¿qué a vosotros no os ha pasado algo parecido? Ay….

Manuel Ortega. Manolo. Le gusta llamar la atención. Y aunque Ángel (el hermano mayor, no el padre, ya sabéis) pone todo su interés en cuidarlo cuando la madre está trabajando, aprovecha la menor distracción para escaparse y robar en unos grandes almacenes, casualmente en El Corte Inglés, donde la madre trabaja. ¡Pobre niño! piensa la madre que, lógicamente, siempre lo disculpa poniendo en juego sus “armas de mujer”. ¿Una vez? No. Siempre. Manolo no es buen estudiante, es muy distinto a Ángel (en las familias tiene que haber de todo). Lo expulsan de los colegios. Busca redención en grupos religiosos. En el ejército (por alejarse de la familia). En el catalanismo radical… Pero, moraleja, si persistes siempre hay alguna posibilidad de redención para el desgraciado. En un momento dado se le presenta la Virgen. Le sale un trabajillo. Tiene que acompañar a españoles a los que desde el extranjero, las diferentes embajadas repatrían. ¿Oposiciones? No, no son necesarias. Es un enchufe. Un detalle de un amigo. Conozca mundo a gastos pagados.

Cristina y Paloma. Si fue idea de Martínez de Pisón hacerlas casi gemelas no seré yo quien las separe. Al principio se llevan bien. La madre (la madre de una, de la otra no, recordad) intenta hacer de ellas un dúo de artistas. Las Pili y Mili de la Transición. Llegan a protagonizar, tras superar uno de esos castings tan difíciles de superar, (son tantos los niños, y las niñas, que a su madre le dicen eso de “Mamá, quiero ser artista”…) un conocido anuncio de Danone (“Toma Danone, ¡qué rico que está!”)

El éxito no se ve repetido (y mira que la madre pone interés). Las hermanas(o hermanastras o medio hermanas) se quieren, inventan un lenguaje propio… pero no terminan bien, en el fondo son distintas. Una de ellas, ¿cuál? ¿qué más da? es esbelta y estilizada, la otra, tampoco importa mucho su nombre, es rechoncha y robusta. Por diferentes razones, Cristina sigue en su casa (la de siempre) y Paloma termina en un centro de acogida (el padre de nuevo estaba “fuera del hogar” y los Servicios Sociales de la Generalitat (no estaban tan adelantados como creíamos en Barcelona) la recluyen en casa de una familia dedicada a tal tarea (la de acoger, claro) pese a los intentos y buenos deseos de Ángel (el hermano, o hermanastro, o medio hermano, tan responsable).

Fuera de estos protagonistas y respetando siempre el reconocimiento de que hay dos que destacan sobre el resto, obviamente los dos Ángel, apenas hay más personajes con papel importante. Sólo Irene y los abuelos.

¿Qué decimos de los abuelos? Los abuelos (de Ángel, de Manolo y de Cristina, de Paloma, no; pero también la quieren) ¿qué hacen? Pues como casi todos los abuelos. A veces malmeten, a veces echan una mano. A veces soportan estoicos las gracietas de Ángel. (No, el nieto no. El yerno. Bueno, el yerno cuando se casa. Cuando se casa con Luisa, claro. Antes era el querido. O el amante). ¡Ah! No lo he dicho, son los padres de Luisa. A veces parecen fachas. Otras, catalanistas, como el Tarradellas, de casa de toda la vida. Y la abuela sabe que el abuelo morirá antes que ella…

¿Irene? No se me puede olvidar hablar de Irene. Aunque no lo esperaba se alegra de que Ángel (el hijo, ¡podía haber sido el padre!) la encuentre en Madrid. Era periodista. Era. Tiene inquietudes. No le gusta su trabajo. Es más bohemia. De la movida y eso. Se “mete en la droga”. Pero lo supera, Ángel (el hijo) le ayuda. Era muy responsable. (No, Irene no, Ángel) Y cuando consigue superar su adicción (un tiempo sin salir a la calle y todo se cura) larga a Ángel (de nuevo el hijo)… Lo quiere, pero no lo ama. ¡Pobre Ángel! ¡Un dramón!

Al final parece que todo (o casi todo) se arregla, Ángel mediante (el hijo, ¡qué nombre tan acertado!), entre los miembros de la familia…y se abrazan… y se confían secretos… y se quieren… aunque no se lo digan entre ellos.

Y esta historia, real como la vida la misma y originalísima (ya lo escribió Tolstói: “Todas las familias felices se parecen, las desgraciadas lo son cada una a su manera”- o algo así, que internet va regular y no voy a buscar la cita-) se entrevera con la historia de España, la historia de la Transición. Una Transición contada entre lo profundo y lo superficial, entre lo cómico y lo dramático. Alguien comentó que narrada a la manera de Cuéntame. Yo añadiría que contada en un sólo capítulo.

Otro de los miembros del club dijo que para contar bien ese periodo harían falta muchas más páginas. Agradezco a Martínez de Pisón que decidiera ahorrárselas. Hubo quien dijo que era una historia muy cercana a los que rondamos los sesenta años de edad. A mí me falta poco para alcanzar esa edad. Sé de qué va la Transición. La he sufrido y la he disfrutado, si no a partes iguales sí de manera alternativa. O conjunta. Es cierto que recordar aquellos tiempos tiene algo de evocación sentimental. Ara que tinc vint ans. Gil de Biedma. Cuando fuimos los mejores.

Pero ¿es esa una virtud de un libro? ¿Qué sólo apele a la sentimentalidad (o al sentimentalismo) de los que tenemos sesenta años? Yo pondría lo anterior en el debe de la novela. Leímos con anterioridad Guerra y paz. Si yo hubiera sido un húsar o un ulano en las tropas napoleónicas o rusas, un mujik o un aristócrata, ¿debería valorar más por ello la novela?

Es indudable,- soy de los que piensan que el “Oficio de escritor “, (vuelvo a Pavese), es siempre respetable y meritorio-, que Derecho natural puede tener lectores que difieran de lo que yo he expuesto. También yo veo aciertos en la narración. Me ha agradado sobremanera la imagen de ese sosias de Demis Roussos cantando sus canciones (las de Demis) a petición de su público (también el de Demis) en diferentes idiomas; un juego infantil por otra parte, pero que Martínez de Pisón, a mi juicio recupera de manera hilarante.

También me ha gustado ese ejercicio casi poético de alterar las palabras de un refrán a medias entre la rechifla y lo serio. Ya, llegados a este punto, os propongo otro juego con refranes. No cuento con que Martínez de Pisón pueda leer esta modesta reseña. Él se lo pierde, podría valerle para una próxima entrega: Añadid a cada una de las partes que normalmente conforma un refrán las expresiones “bajo las sábanas” y “entre las piernas”. El refrán mejora sin duda. ¿Queréis ejemplos?: No por mucho madrugar bajo las sábanas, amanece más temprano entre las piernas. ¿Otro?: A quien Dios se la dé bajo las sábanas, San Pedro se la bendiga entre las piernas. En fin…

Me ha gustado esa manera en la que Ángel (el padre) intenta hacer entender al otro Ángel (el hijo) cuáles son las razones que mueven a los seres humanos (a él y por extensión a todos) a hacer cosas por amor que el resto de los mortales jamás entendería. No me ha gustado (no hablo en términos literarios) que Ángel (el hijo) después de parecer entender esta petición de clemencia de su padre dé marcha atrás o al menos dude.

A la luz de todo lo anterior es fácil adivinar que no ha sido ésta una novela con la que haya disfrutado especialmente. Repito que disfruto leyendo casi cualquier cosa (prospectos y guías de teléfonos incluidos). Solamente hay una cosa con la que no puedo: las instrucciones sobre cómo funcionan los aparatos eléctricos cuando el origen del dichoso aparatito (sea cual sea) es chino y ha sido traducida por un ídem. A todo lo demás, Derecho natural incluido, no le hago ascos.

De cualquier modo ¿qué me ha resultado más llamativo por forzado en la novela?

Hay dos cosillas. Me ha costado mucho entender (de hecho no lo entiendo aún) qué pintan las escatológicas escenas de la moneda que se traga una de las niñas. ¿La caga? ¿No la caga? Moneda que se traga Cristina y que acaba cagando Paloma (o al revés, no tiene trascendencia alguna) años – el corrector propone “anos”, ¡qué listo!- después. Seguro que algún significado simbólico ha permanecido oculto a mis ojos. La expresión “cagar” también me resultó desafortunada. No soy escrupuloso con el lenguaje, pero me sonó raro, muy inadecuado, su uso.

La otra es la descripción de quienes acogen en su casa a Paloma cuando es retirada, tras denuncia paterna, esa especie de custodia que, sobre la niña tenía Luisa. Felip y Conchita. A lo que se ve, matrimonio mixto de charnega andaluza y catalán profundo, pujolista de los de siempre, de los de toda la vida; que de haber tenido descendencia propia hubieran podido ser padres de algunos de estos Jordis Sánchez tan conocidos en días como éstos, hijos muchos de humildes “paletas” pero, hablo en general, hoy tan proclives a hablar de robos y agresiones estatales. Martínez de Pisón los retrata casi a la manera de aquellos personajes de Dickens empeñados siempre en hacer infelices a los niños desamparados…sólo le faltó añadir a su descripción que al viejo le goteaba la nariz. Escribe, a propósito de ellos (de Felip y Conchita), Martínez de Pisón en la novela que “Les faltaba un punto de verosimilitud. Era como si en realidad estuvieran interpretando un papel y el director de la función no hubiera acertado en la selección de los actores; si él era como era, ella tendría que haber sido de otra manera, y viceversa. Tenía la vida doméstica algo de puesta en escena, de simulación

Pues eso.

Hay lectores de la novela que ven en la misma una continua interrelación (y confrontación también) entre los diferentes tipos de Derecho, el natural y el legal, el positivo y el consuetudinario…e intentan aplicar las diferencias entre ellos a la trama de la historia, tanto en lo particular, la vida de los Ortega, con sus enfrentamientos por cuestiones matrimoniales, de “posesión” de la empresa familiar o de custodia de los hijos; como en lo público, la España de la Transición, y el continuo debate (que llega hasta nuestros días) entre lo que en tiempos se dio en llamar reforma o ruptura. Pero los apuntes no pasan de ser eso, meros apuntes.

¿Se puede estar al mismo tiempo triste y alegre? Todos lo estamos cuando disfrutamos por última vez de algo que amamos”.

Esta frase de la novela, escrita a modo de sentencia, sintetiza, de alguna manera, la levedad del argumentario de Martínez de Pisón. Años cruciales de nuestra historia narrados al compás de una extraña familia.

¿Un relato más o menos realista? ¿Una parodia ácida y almibarada a un tiempo? ¿España como resultado de la suma de tantas y tantas familias? ¿La familia Ortega como compendio y síntesis de lo español?

No sé. Me parece que pretendo llegar más lejos con mis preguntas de lo que pretendió el propio Martínez de Pisón con su obra.

Termino. Con un recuerdo a ese Romancillo de mayo, a medias ya y para siempre de Hernández y Serrat, que la familia Ortega canta a coro en sus momentos felices:

Son otras las intenciones
y son otras las palabras
en la frente y en la lengua
de la juventud temprana.

Cuatro versos, Veinte palabras. Puede que versos y palabras suficientes para entender aquella época.

Joaquín Medina Ferrer

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