Effi Briest de Theodor Fontane

Que Antonio Ávila recomendara esta novela era una buena presentación sin duda. Que Thomas Mann dijera de ella que sería una de esas novelas que se llevaría sin dudar a una isla desierta si sólo le permitieran llevar seis, también. La cosa se fue estropeando un poco cuando leí en la contraportada del libro que un famoso crítico, (famoso entre los lectores alemanes, claro), Marcel Reich-Ranicki, la incluía entre las veinte obras maestras de la literatura alemana de todos los tiempos. Visto lo que antecede, opté por dejar de investigar más en esa dirección.

Thomas Mann pensando qué seis obras habría que llevarse a una isla desierta

¿En qué deberíamos fijarnos a la hora de redactar una reseña de Effi Briest ? Una reseña académica hablaría del autor de la obra, del periodo en el que se escribió, del tema que nos narra…

En esa tesitura poco podría avanzar desde mi casi total desconocimiento de la literatura alemana. He de confesar de entrada que de Theodor Fontane no conocía más que el nombre. Algo que hubiera podido resultar suficiente caso de que participara en un concurso y me preguntaran aquello de “Con la F: Nombre de un famoso escritor alemán…”, pero que no daría mucho más juego ni me permitiría, sin duda, completar el rosco.

Fuera de Goethe, de Schiller y del ya mencionado Mann, pocos autores alemanes conozco. Vale, me he dejado algunos, ahora asoman por mi cabeza, Marx y Engels, Brecht y Hesse, Süskind y Grass, Nietzsche y … ¡pero, bueno, tampoco tantos! Evidentemente no habría sabido citar ninguna obra por Fontane escrita, aunque sí que conocía el nombre de Effi Briest, vía película de Rainer Werner Fassbinder.

Puestos a investigar y suplir carencias habría clasificado, (¡qué palabra tan fea esta de clasificar cuando nos movemos en el terreno de lo artístico!) a Fontane entre los autores europeos de finales del XIX, que se mueven a caballo entre el Realismo y el Naturalismo. Una distinción a veces evidente pero otras tan sutil que puede provocar confusión.

Por el tema de la obra, Effi Briest podría ser incluida entre las llamadas genéricamente “Novelas de adúlteras”, donde compartiría estante con otras grandes obras del tipo de Ana Karenina, La Regenta, Madame Bovary o El primo Basilio. Por cierto, que palabra tan mal escogida esa de “adúltera”, tan denigrante, para calificar a estas mujeres. ¡Qué mal suena!… ¡y cuánta ideología machista subyace en su uso continuado!

A partir de lo ya escrito, ¿qué más podría añadir?

Una de dos: o me dispongo a extenderme en lo anterior, tarea vacua por cuanto tendría de repetitivo y sería escasamente interesante o me olvido, en todo o en parte, de lo expuesto y me lanzo por el terreno de indicar lo que a mí me ha parecido atractivo de la lectura. Esta segunda opción, obviamente, no tiene por qué resultar interesante al ocasional lector, pero a mí al menos me permite no tener que recurrir a frecuentar en exceso las visitas a la Wikipedia. Me exime también de tener que justificar mi ignorancia ante el lector avezado, lo que expreso es simplemente lo que me sugiere la lectura…y en este terreno las opiniones, si bien siempre discutibles, no siempre han de ser refutables.

Así que…

Comenzaré por una afirmación de entrada: Effi Briest me ha gustado y he disfrutado con su lectura. La primera razón es muy elemental: me gusta porque considero que está muy bien escrita. Este no es un detalle insignificante ni baladí a la hora de referirse a una lectura. El lenguaje de Effi Briest es un lenguaje hábilmente depurado, un lenguaje que consigue a veces, en las descripciones de jardines, ríos o paisajes, pongamos por caso, imágenes de tal belleza que por sí solas son pequeños monumentos literarios, un homenaje a ese sortilegio del que gozan las palabras cuando son utilizadas de manera precisa, un tributo a la búsqueda de la palabra justa y adecuada, una pequeña muestra del reconocimiento agradecido que todos debemos al admirable hecho de que nuestros diccionarios, nuestras lenguas, contengan tal variedad de matices y tonos.

Cuenta Effi Briest la historia de su protagonista desde que siendo casi una niña debe abandonar la casa de sus padres, para contraer matrimonio con un hombre que le supera ampliamente en edad y del que apenas conoce nada, sólo que es “un buen partido”, hasta la muerte de Effi, vuelta a la casa paterna, abandonada por su marido tras una historia de adulterio.

Este argumento, que no deja de ser un lugar común en la literatura de casi todas las épocas, pero que adquiere categoría propia durante el siglo XIX, sirve a Fontane para componer una obra maestra y convertir a Effi en una heroína a la altura de Ana Ozores, Emma Bovary o Ana Karenina. Calificar a estas mujeres, como a Luisa, la protagonista de El primo Basilio de la que Unamuno decía que “le suspendía el respiro”, como heroínas puede ser un atrevimiento, sí, pero, en mayor o menor grado, son mujeres que intentan rebelarse contra la dictadura social, burguesa y machista, que se les impone. Creo que esa valentía les ha de ser reconocida. Mujeres, además, que pagaron con creces, en algunos casos con su vida, la deuda que contrajeron con su actitud.

Indagar un poco en las similitudes en la trama de estas novelas y de estos personajes femeninos es una tarea sugerente… Comparar cómo era la sociedad en países tan distintos en unos años que casi se superponen… Averiguar a la luz de estas obras cuál era la influencia que en cada uno de ellos tenía la iglesia… Buscar, incluso, lo que cada escritor conocía de los otros…

¡Cuánto me gustaría disponer de la energía necesaria para ponerme manos a la obra!

Parece que Fontane se basó en un hecho real, que conocía por la amplia difusión que tuvo en los periódicos alemanes, para elegir el tema de su novela y que lo utilizó como leit- motiv para su obra, limitándose, ¿limitándose?, a adaptar personajes y circunstancias a las características propias de una construcción literaria.

La obra es tanto una crítica a la moral burguesa propia de la época (recordemos que transcurre en el periodo inmediatamente posterior al de la unificación alemana promovida desde el campo prusiano por el que después sería Kaiser Guillermo I y su mano derecha, el futuro Canciller Bismarck), como un canto cuasi romántico a los mitos del amor.

A través de las páginas del libro, Fontane muestra, si bien de manera no especialmente ácida, una continua crítica a la rígida moral conservadora, típicamente protestante, del periodo.

Las relaciones familiares, sociales y hasta políticas, se enmarcan en una estructura fuertemente jerarquizada que obligaba a la asunción obligada de ciertas actitudes por parte de los personajes. Así vemos desde la imposición por parte de los padres de Effi a esta a aceptar el matrimonio con el barón Innstetten por mero interés económico a la política arribista que ha de seguir el propio barón para conseguir ascender en un escalafón social más propio de regímenes aristocráticos que de un país industrializado, moderno podríamos decir, como ya lo era Alemania.

Esta crítica alcanza también a otros aspectos tales como las relaciones “de salón” tan parecidas a las de los palacios rusos retratados en Guerra y paz; el trato que recibe el enigmático chino cuya historia, y el recuerdo particular que de ella se tiene, a la manera de espina dorsal de la narración, se adivina a lo largo de toda ella; la forma de tratar a la servidumbre que mantienen los personajes de mayor rango (tratamiento del que escapa Effi con su más amiga que criada Roswitha); la doble moral que se manifiesta en ese “haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga”, que se muestra en toda su crudeza cuando , conocidas las cartas entrecruzadas entre Effi y Crampas, alguien se pregunta si es que esa chica no sabía para qué servían las chimeneas o, finalmente, en la actitud de desdén, que la hija de Effi, condenadas ambas a no verse, manifiesta ante la madre. Por cierto, ¿imaginaríamos a Effi respondiendo de igual manera?

Esta crítica, de forma explícita en algunos casos y en otros más latente se manifiesta en numerosos episodios siendo por ello más chocante aún ese final diseñado por Fontane, ¡al fin y al cabo es el autor el que decide cómo da fin a su obra!, en el que Effi parece aceptar y asumir que, puesto que cometió un error, “ lógicamente” ha de pagar por ello y no buscar más culpables que ella misma.

Postura esta de que los errores se pagan aceptada también, como garantía del mantenimiento de un status social, por los padres de Effi, quienes se niegan en un primer momento a permitir que Effi regrese al hogar familiar una vez se ha producido el divorcio/ abandono. Incluso el padre de Effi dice en algún momento que su hija y el barón formaban una buena pareja y era una lástima que ese suceso (el adulterio) se hubiese inmiscuido en sus vidas.

Solo Roswitha, la criada siempre agradecida, sin duda, por la acogida que Effi le había dispensado cuando la encuentra sola en el cementerio tras la muerte de su anterior patrona; pero también sufridora de una situación afectiva en algún aspecto similar a la de Effi, que provoca esa relación tan empática; seguirá a Effi en su exilio.

Effie con Rollo en un fotograma de la película de Fassbinder

¿He dicho solo Roswitha? También Rollo, el perro fiel, se mantendrá al lado de Effi hasta su muerte, sabedor de la realidad que se escondía, según Fontane porque ya había envejecido; sería, digo yo, que la edad le hacía ver lo sucedido con un distanciamiento terapéutico. Rollo y Argos. “A él (al perro) le ha afectado más hondamente que a nosotros. Ha dejado de comer (dice la madre de Effi). Siempre estamos a vueltas con el instinto, y a fin de cuentas eso es lo mejor, es instinto (responde el padre).”

Pero decía más arriba que la obra de Fontane está también imbuida de un fuerte espíritu romántico. Pese a adscribirse el autor al Realismo que se desarrolla en prácticamente toda Europa en los años finales del siglo XIX sin duda la sombra alargada de Goethe y su Werther revolotea sobre la novela. Y creo que ello no es solo por el tema en sí.

La división tan nítida en tres escenarios tan distintos y que se corresponden con cada una de las tres fases temporales en que transcurre la novela, permite relacionar la existencia de Effi con una etapa doméstica concreta.

Así la primera parte de la vida de Effi trancurre en un escenario paradisíaco, es la que acontece en la casa familiar, en Hohen-Cremmen, donde todo es sueño, juego y diversión (con esa referencia tan explícita al columpio en el que Effi subía para volar y llegar al cielo), podríamos estar tentados de decir que este lugar idílico responde a lo que en lenguaje literario se denomina locus amoenus.

Y frente al paraíso el infierno, la etapa vivida en Kessin, ciudad oscura, siempre fría e inhóspita y de la que Effi con toda su alma desea salir. Ciudad provinciana, como lo eran Vetusta o Yonville, que condena a sus moradores al chisme y la maledicencia.

Será en Berlín donde nuestra protagonista de algún modo “normalice” su existencia , donde pasee con su hija, donde tenga una casa luminosa y alegre, donde reciba con ánimo la visita de su madre y de su primo… pero también esta ciudad será el lugar en la que se desarrolle el episodio dramático del descubrimiento del adulterio, donde se geste el duelo posterior que acabará con la muerte de Crampas y también donde deba vivir Effi casi oculta y escondida del mundo tras el abandono al que se ve forzada .

El círculo se cierra cuando, finalmente reconciliada con sus padres, vuelve Effi a su casa donde morirá joven y enferma. Que se la entierre en el jardín donde de niña jugaba, recuperando entonces en la lápida su apellido “de soltera” no deja de tener un significado simbólico.

En esta línea romántica incluyo también aquello que se relaciona con ese chino del que escribía que su presencia planea sobre toda la novela. Venía a mi cabeza cuando leía esta novela una película del gran Alfred Hitchcock, Rebeca; la película se basaba en la obra de igual título de Daphne du Maurier y en ella Rebeca es la protagonista de la cinta sin aparecer ni una sola vez , es su recuerdo el que guía todo el argumento de la obra. Rebeca, muerta, dirige todos los actos de su marido y de la muchacha, (la inolvidable Mrs. de Winter en uno de los papeles más acertados de Joan Fontaine), con la que se casa tras enviudar. La presencia de Rebeca, su espíritu se hace manifiesto de manera sofocante en cada escena.

Algo similar ocurre con el personaje del chino en Effi Briest. Tanto vale como héroe de una historia de amor romántico, en alguna medida parecido al Leonardo que retrata Lorca en Bodas de sangre, que como causante de ese miedo cerval que Effi experimenta cada vez que escucha un ruido en el salón inutilizado de la casa. Así, El Chino (sí, con mayúsculas), simboliza tanto ese deseo pasional tan propio de un espíritu juvenil como el de Effi que aparece cuando esta deja volar su imaginación como es un elemento represor cuando, en manos de Innstetten, es utilizado para mantener a su joven y bella esposa cerca de sí; temeroso, pedagógicamente temeroso, de su incapacidad para retenerla, ausente la fuerza del amor, a su lado.

El modo en el que Innstetten decide resolver la cuestión del adulterio resulta tragicómico, casi en línea con ese carácter dual al que yo aludía al hablar de la identidad del chino. ¿Está Innstetten realmente dolido con Effi? ¿Con Crampas? ¿Consigo mismo? Vete a saber. Yo creo que reta a Crampas sabedor de que le derrotaría. Si hubiera tenido un atisbo de duda de cuál habría sido el resultado habría “perdonado” a Effi. En ese momento, el del duelo, el marido cornudo, si se me permite la expresión, demuestra menos dignidad que el crápula y vividor don Juan.

Me ha llamado la atención la sutileza con la que Fontane conduce toda la historia. Todo está apenas sugerido. Tan solo refleja con toda su crudeza en la novela el momento del duelo a muerte. Es casi el único instante en el que sabemos claramente lo que ha pasado. El único instante en el que hay dolor verdadero.

Fuera de este episodio Fontane deja en manos del lector, más bien deja a la imaginación del lector, decidir qué está sucediendo.

No sabemos nada de la relación que habían sostenido el barón Innstetten y Luise, la madre de Effi. Tampoco sabemos si entre Effi y su primo Dagobert existía algo más que una buena relación familiar. Desconocemos la auténtica historia de la novia que abandonó a su marido antes de la noche de bodas. Apenas intuimos qué tipo de educación estaba recibiendo la hija de Effi, Annie, para tener esa respuesta tan carente de afecto ante la desgracia, no encuentro otra palabra, de su madre. Y del adulterio, de las relaciones que mantuvieron Effi y el mayor Crampas apenas nos da Fontane unas pinceladas someras.

Además de los personajes que han ido apareciendo a lo largo de la reseña son de destacar algunos otros.

Entre ellos me quedo con el doctor cachazudo de impronunciable nombre, Rummschüttel, que receta sensatez en vez de medicinas y que me ha recordado al doctor al que acudía hace años con mi hijo cuando presumíamos que tenía alguna dolencia.

-¿Para qué vamos a ir al médico? – me preguntaba Pablo. Si ya sé lo que me va a decir, que me vendría bien nadar y jugar al baloncesto.

El otro personaje que destacaría es el viejo Gieshübler rendido, y no tan secreto, admirador de Effi sin que lo avanzado de su edad disminuya la cuantía de su amor. Este anciano me ha hecho acordarme del atento y siempre educado Frigilis de La Regenta.

Son muchas sin duda las cuestiones que se quedan atrás en este tintero virtual. Es lo bueno de estas lecturas grupales. Del mismo ovillo salen hilos muy distintos. Y en una reseña no conviene tirar de todos ellos si pretendo que alguien llegue a leer hasta el final.

Termino como finaliza Effi Briest.

“Briest dijo con calma:

-En fin, Luise, déjalo… Es un tema demasiado amplio.”

Joaquín Medina Ferrer

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Un pensamiento en “Effi Briest de Theodor Fontane

  1. Antonio Ávila

    Joaquín has hecho muy bien en abandonar el camino académico de la crítica literaria. Es más interesante la experiencia personal de la lectura, que en este caso es sensata, sensible y acertada; y, además, cercana a la lectura que cada uno haya hecho.

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