Club de lectura: El cuento de la criada, de Margaret Atwood

Joaquín Medina Ferrer

Te eché de menos, Paco. Todos te echamos de menos. Eché de menos tus comentarios siempre acertados. Eché de menos esa forma tuya de hablar tan durqueña. Eché de menos tus palabras sinceras, sencillas y sensatas. Eché de menos tu presencia.

A todos nos contó arrancar. Íbamos a hablar de distopías y la realidad se imponía implacable. Es muy difícil hablar del futuro cuando el presente se nos hacía tan doloroso. Nosotros hablando de literatura mientras tú te enfrentabas a un momento tan duro y para el que es imposible buscar justificación. La vida.

Quien más quien menos todos habíamos oído hablar del Cuento de la Criada. La versión televisiva de esta novela ha alcanzado tanto éxito que inevitablemente ha repercutido en conseguir que esta novela escrita hace más de treinta años se haya convertido casi en un best-seller. También ha servido para que una autora, Margaret Atwood, a la que ya se le había otorgado en España el premio Príncipe de Asturias de las Letras, haya vuelto a ocupar un lugar preponderante en la nómina de los escritores contemporáneos más celebrados.

Y no deja de ser cierto que esta obra tenía difícil obtener tanto reconocimiento. Se dice que las comparaciones son siempre odiosas, ¡qué me vais a contar a mí!, y en este tema que se desarrolla en El cuento de la criada son varias las obras con las que, evidentemente, se establecería un amplio repertorio de similitudes y diferencias tanto en lo puramente argumentativo, ese futuro que se vaticina, como en lo formal, ¿tiene la obra de Atwood similar nivel literario al de otros autores que se adentraron por caminos parecidos?

Fue Tomás Moro, allá por el siglo XVII, quien compuso una obra, Utopía, que narraba un futuro idílico. Obra, por cierto, traducida al español por Francisco de Quevedo. En sentido contrario, en el de plantear un futuro descorazonador para la humanidad, ha ido apareciendo desde entonces un amplio catálogo de obras que, agrupadas en el género “distopía”, han obtenido repercusión tanto por su calidad literaria como por la de abrir interrogantes a cuál será el futuro que nos espera.

¿Qué es entonces una distopía? La palabra no ha aparecido recogida en el R.A.E. hasta fecha reciente y a instancia de un escritor, José M.ªMerino, al que ya conocimos en nuestro Club. Distopía etimológicamente sería un no-lugar, un mal lugar.

Utopía y distopía serían pues la cara y la cruz de una misma moneda. Por eso soy yo muy reacio a identificar la distopía como una posiblidad real entendida como un futuro extendido por el planeta. Solo he conocido un caso en que la cara y la cruz se hayan movido de manera independiente. Hace años un medallista olímpico español de balonmano dividió en dos, respetando la forma circular, la medalla que había obtenido para compartir de ese modo el triunfo con un compañero que no pudo acudir a los juegos por hallarse lesionado (datos estos extraídos de mi particular Biblioteca de los conocimientos inútiles). Bello gesto sin duda, pero difícil de suponer en el tema que nos ocupa. Utopías y distopías caminan de la mano, por suerte… y por desgracia podría añadir. Pero así es. .

Tienen las obras distópicas al menos tres características comunes además, lógicamente, va de suyo, de situarse en un futuro más o menos cercano en relación al tiempo en que fueron creadas:

En primer lugar estas obras suelen escribirse en momentos de la historia especialmente gravosos, casi como una manera de decirnos a todos, no solamente a los lectores, que si ya estamos mal aún podemos estar peor; que nos vayamos preparando para lo que el futuro nos deparará.

Un segundo aspecto recurrente es el de que este futuro deshumanizado estará regido por una estructura dictatorial del Estado. Se admiten incluso distintas versiones, desde la más absolutista e implacable hasta un modelo benevolente que justifica esa manera de gobernar en la búsqueda del bien común.

La tercera característica es la presencia en estas novelas, al menos en la mayoría de ellas, de un personaje protagonista que se rebelará ante esta imposición basada en la eliminación de la libertad individual. Un héroe que, a mí, fiel seguidor de las películas del Far West, de las buenas y hasta de las malas, me recuerda al Shane de Raíces profundas, luchando en solitario, melancólico y desesperanzado, por restablecer el buen orden en una comunidad del oeste americano.

Es también propio de la novela distópica el encontrase en un límite fronterizo con el de la novela de ciencia ficción. Puede que la diferencia más notable sea que en la distopía prime el elemento psicológico, el más humano, mientras que en los grandes títulos de la ciencia ficción predomine la máquina y el elemento artificial. No sería yo sin embargo capaz de afirmar con rotundidad que distopía y ciencia ficción sean géneros del todo independientes.

¿Cuáles son las grandes obras de referencia en el género?

Es evidente que hacer un listado de obras favoritas es siempre algo tan subjetivo que se corre el riesgo de olvidar sin querer alguna que otro lector pueda considerar obra maestra. Hecha esta salvedad, así, a vuela pluma, ahí van las que a mí más me han llamado la atención: mi particular top ten de la novela distópica:

1.- 1984, de George Orwell. Aunque la escribió en 1948, el propio autor reconoce haberla “pensado” durante los años centrales de la Segunda guerra mundial. Las alianzas extrañas entre bloques, recordemos el pacto entre Hitler y Lenin, parecen estar en el origen de la obra. Fascismo versus comunismo. Ambos enfrentados en Europa como años antes lo estuvieron en España. Que el protagonista se llame Winston también tiene relevancia. Todo un clásico de la distopía. Todos controlados por el Gran Hermano que, como un nuevo Ojo de Dios, todo lo vigila y todo lo sabe. Obra premonitoria, aunque también es cierto que eso de premonitorio puede predicarse de todas y cada una de las obras mencionadas o por mencionar. Lástima que hoy mentar al Gran Hermano en casi cualquier conversación implique hablar de la Milá y de algo tan etéreo y tan concreto a la vez como La Casa. Más que un mundo distópico un submundo estrafalario. ¡Pobre George!

John Hurt en la versión cinematográfica de 1984

2.- Un mundo feliz de Aldous Huxley. Escrita en 1932 cuando los Estados Unidos salían de la Gran Depresión y Henry Ford y su nuevo modelo de producción (aplicado a la fabricación en serie del Ford T) establecía las pautas de la industrialización moderna. Un futuro donde la reproducción vía probeta es la usual y en el que se ha cambiado de forma radical la conformación social. El título puede inducir a engaño. Huxley lo toma prestado de unos versos de Shakespeare:

¡Oh qué maravilla!
¡Cuántas criaturas bellas hay aquí!
¡Cuán bella es la humanidad!

Oh mundo feliz, en el que vive gente así.

La felicidad de ese nuevo mundo se obtiene previa desaparición de la diversidad cultural, de la discrepancia, del arte, de la filosofía. Una humanidad sin guerras ni pobreza, pero desprovista de lo que es inherente al ser humano: la duda y la subjetividad. Difícil se nos hace no pensar en Chaplin y sus Tiempos modernos al recordar esta novela.

3.- El planeta de los simios. Obra creada en 1963 por Pierre Boulle en pleno apogeo de los viajes espaciales que llevarían al hombre a pisar la Luna. Una catástrofe nuclear ha llevado al dominio de los simios sobre los humanos en una especie de vuelta atrás involutiva. El éxito comercial de la novela y de la película subsiguiente, con aquella memorable escena de la Estatua de la Libertad hundida en la arena de la playa, propició varias secuelas que se alargan hasta el día de hoy. El protagonista de la novela, casualmente, se llama Ulises. La distopía avanzando el futuro, pero anclándose en el pasado.

4.- El señor de las moscas. Publicada en 1954, aunque no alcanzó el éxito de forma inmediata, hoy es un clásico de lectura obligatoria en los colegios ingleses. William Golding plantea un curioso argumento. Unos niños, únicos pobladores de una isla tras un accidente aéreo, (que tiene lugar en los días posteriores al lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima), han de organizarse para sobrevivir. ¿Hallarán la paz y la armonía en sus relaciones? Lejos de encontrar esa felicidad idílica los niños repiten los modos de conducta de los mayores siendo aún más sanguinarios en sus comportamientos. Quien tiene la caracola tiene un tesoro. La democracia frente al autoritarismo. Civilización frente a barbarie. Imposible no recordar la película que dirigió Narciso Ibáñez Serrador, ¿Quién puede matar a un niño?, tan desoladora como de extrema crueldad.

5.- Fahrenheit 451. De Ray Bradbury. Publicada en 1953. Obra que ha hecho que cualquier persona mínimamente instruida sepa a qué temperatura arde el papel. Retrato de una sociedad en la que los libros han de ser quemados por peligrosos y en la que unos pocos hombres-libro luchan por guardar los grandes textos. Que en la novela finalmente sean los intelectuales los que deban reconstruir la sociedad no deja de ser muestra de una ternura infinita y de una confianza ciega en el hombre. Nuestro buen Cardenal Cisneros, de haber vivido, hubiese disfrutado aunque aguantando la rabia porque un hereje americano le copiase la idea, con la lectura de este libro antes de lanzarlo a la pira en Bib-Rambla. Savonarola,también.

Me viene ahora a la cabeza que el gran escritor granadino Ángel Olgoso suele acudir a las presentaciones de sus libros acompañado por un fiel amigo que recita de manera dramatizada ante los asistentes alguno de los cuentos que en el libro a presentar aparecen. La demostración palpable de que los hombres-libro no han de esperar a un mundo distópico. Existen en este.

6.- ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Obra escrita en 1968 por Philip K. Dick. El texto en la que se basó la mítica Blade Runner de Ridley Scott. Un mundo desasosegante, infestado de contaminación radioactiva tras una explosión nuclear, en el que humanos y replicantes deben encontrar su sitio. Escrita cuando en el mundo real planeaba la sombra de una Tercera guerra mundial, la Guerra Terminal de la novela. Memorable la escena final, esa en la que, en el cine, Rutge Hauer “se come” a Harrison Ford:

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Escribo / corto y pego esta cita y me viene a la cabeza el soniquete de la llamada a la Tierra de los M-Clan murcianos… ”He visto una luz, hace tiempo Venus se apagó…”

7.- Rebelión en la granja. El gran Orwell repite. Escrita en 1945. La guerra termina y

el estalinismo triunfa. Utilizada en Estados Unidos como elemento de denuncia del comunismo. ¡Orwell al servicio del capitalismo! Entre la sátira y el drama una crítica mordaz de los totalitarismos. Además, escrita cuando había que tenerlos bien puestos para contrariar al temible Iósif. Los animales expulsan a los humanos de una granja metafórica. Al tiempo, los cerdos que han tomado el poder devienen peores que sus antecesores. En la obra, aclaro, la palabra cerdo tiene valor puramente zoológico. Para el recuerdo, los siete mandamientos implantados por los animales tras la toma del poder:

  1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.

  2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es amigo.

  3. Ningún animal usará ropa.

  4. Ningún animal dormirá en una cama.

  5. Ningún animal beberá alcohol.

  6. Ningún animal matará a otro animal.

  7. Todos los animales son iguales.

Después, tiempo después y ya humanizado, Napoleón, (de nuevo el recurso historicista), jefe de los animales, los modificará a su antojo:

Ningún animal dormirá en una cama con sábanas.

Ningún animal beberá alcohol en exceso.

Ningún animal matará a otro animal sin motivo

Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.

Nuestro antiguo presidente Felipe González recurrió a la cita de este último mandamiento en más de una ocasión a lo largo de sus mandatos. Apelación a la igualdad muy apropiada tratándose como se trataba, de ello no hay duda alguna, de un gobernante socialista.

8.- La naranja mecánica. Publicada en 1962 y obra de Anthony Burgess. Una ficticia jerga adolescente, el lenguaje nadsat, sirve al autor para idear una obra atemporal. El placer que provoca la violencia gratuita en los jóvenes protagonistas, integrantes de una banda liderada por Alex, los drugos, ¡mens-drugos los habría llamado yo. tirando de mi imposible inglés!, es el hilo conductor de la novela. El autor abre la puerta al positivismo esperanzado planteando la posibilidad de una regeneración de los violentos y la elección moral del bien tras el necesario tratamiento terapéutico.

La obra parece basarse en un incidente sufrido por la esposa de Burgess, atacada y robada en una calle londinense por cuatro soldados norteamericanos.

Puesto que Alex relaciona la pulsión violenta que lo domina con el hecho de escuchar música clásica, Beethoven y su Novena sinfonía siempre presente, me permito recordar aquí, (una cosa lleva a la otra) y como homenaje a mis queridos 091, que José Antonio García, cantante de los Cero, formó parte de un grupo, los TNT, cuyo primer y último disco se tituló Directo a Nadsat; en él cantaba unas coplas manriqueñas pasadas por el tamiz de Luis G. Montero. (Datos igualmente procedentes de esa atrabiliaria Biblioteca mía).

9.- La carretera. La más reciente entre las obras citadas. Escrita por Cormac McCarthy y que vio la luz en 2006. Conocí la obra de McCarthy, eterno aspirante al Nobel, por medio de la lectura de Todos los caballos hermosos. Me gustó sobremanera, si bien es un novela que podríamos definir como “de amores”, casi romántica a diferencia de La carretera, obra de carácter apocalíptico. Tras un cataclismo del que no se da dato alguno y del que por tanto no sabemos si es debido a circunstancias naturales o a la actuación humana, un padre y su hijo recorren unos Estados Unidos casi despoblados, sin vestigios de civilización alguna y donde impera la ley del más fuerte. Paisajes ennegrecidos, ciudades en llamas, lucha por la supervivencia, ausencia de cualquier principio ético….

10.- Y cerrando esta lista tan arbitraria una obra de Julio Verne, puede que de las menos conocidas ya que durante muchos años permaneció oculta, traspapelada entre hojas sueltas. París, siglo XX. Aunque fue escrita en 1863 no fue hasta 1993, ciento treinta años después cuando fue editada. Una curiosa historia hay detrás de ello. Amante como he sido siempre de la obra del gran autor francés su lectura, podría decir que fuera de la edad juvenil, añadió una nueva perspectiva a lo que Verne significa para mí. En París, siglo XX el prolífico escritor imagina qué grado de desarrollo habría alcanzado la sociedad francesa llegado ese siglo. Ascensores, escaleras mecánicas, drones…artefactos que casi en su totalidad se han hecho realidad recorren los bulevares y los cielos parisinos. Pero por encima de estos inventos novedosos y magníficos se eleva la visión de una sociedad donde, dicho de manera convencional, las ciencias han acabado por imponerse a las letras. Ha desaparecido la literatura en aras de lo provechoso. Algo similar a lo que dicen nuestros estudiantes de hoy. ¿Para qué sirve la literatura? ¿Qué placer podemos obtener leyendo?

El protagonista elogia la obra de todos los grandes autores franceses desde Ronsard hasta Victor Hugo. Pero Voltaire ya no es Voltaire, ahora es Voiture. La Wikipedia acierta. Transcribo:”En el París de 1960, la literatura ya no transgrede. Está subvencionada y controlada por el Estado. (…). Escritores, intelectuales y artistas convertidos en burócratas…”. ¿Haríamos nuestras estas palabras hoy?

Curiosamente, las nueve primeras de las novelas relacionadas, han sido llevadas a la pantalla con gran éxito y reconocimiento de la crítica. Supongo que el guion de París, siglo XX estará en el cajón de algún productor es espera de que le llegue el momento. Verne lo merece. Esperemos que el rodaje no se demore otros ciento treinta años. El guiño es obvio: ¡Que se ruede ya, más Nantes que después!

Difícil lo tenía Margaret Atwood para lograr hacerse un hueco entre tanta obra consagrada. Y a mí me parece que no alcanza el nivel de estas novelas que he señalado, aunque acepto de entrada que mi punto de vista puede estar mediatizado por el carácter casi mítico de las obras reseñadas. Puede que El cuento de la criada precise de una segunda lectura. Me ha gustado tanto el argumento de la obra como la forma de desarrollarlo, pero como digo no me ha parecido una obra maestra que vaya a gozar de una reputación futura similar a la de las enunciadas.

La narración de la vida de Defred, una mujer desposeída hasta de su nombre en virtud de lo dispuesto por lo mandamases de no se sabe bien qué régimen teocrático, condenada a vivir como vientre gestante, plantea numerosos interrogantes acerca de la condición de la mujer en las sociedades actuales, tanto en las occidentales, modernas y supuestamente democráticas e igualitarias como en las orientales que tildamos de islamistas, atrasadas y dictatoriales en las que la mujer se ve tan sojuzgada.

Al hilo de lo que se debatió recupero dos preguntas que nos hicimos:

¿Es posible una sociedad como la que describe Atwood? Voces se alzaron diciendo que lo imaginado por la autora ya estaba sucediendo y que ello es un aviso de hacia donde nos encaminamos si no ponemos coto. No estoy yo de acuerdo del todo con tal aseveración. Es innegable que existen sociedades con un nivel de machismo exacerbado, a todos nos vienen a la mente los nombres de Arabia Saudí, Boko-Haram, Ciudad Juárez y otros tan deplorablemente similares. Es también visible como en sociedades supuestamente avanzadas el acoso contra la mujer no ceja, trátese de casos de violencia doméstica, de asaltos hollywoodienses, de publicidad denigrante o de maneras de tratar a impúberes gimnastas. Pero pese a todo ello (y la lista de atentados sería extensísima) creo que hoy la situación de la mujer en este mundo tan globalizado es manifiestamente mejor que la de hace solo unas décadas. Negarlo sería tan injusto como negar que la eliminación del machismo no se ha producido aún y que va para largo incluso en los países más avanzados y comprometidos.

¿Es El cuento de la criada una novela feminista? También esta pregunta tiene enjundia. Las posturas no están claras. Hay quienes ven en ella un alegato cargado de radicalidad feminista. No lo tengo yo tan claro. De entrada no todas las mujeres del cuento están sojuzgadas, o al menos hay diferentes niveles de subordinación…pero es que tampoco los hombres ostentan esa posición de superioridad que en una sociedad machista se les debiera suponer. Ni Luke, el marido de Defred, del que esta no sabe si está detenido o muerto; ni Nick, el chófer del Comandante, resignado a ver pasar los días pasándole la gamuza al capó de un vehículo; ni tan siquiera el propio Comandante, paradigma de la más elevada posición social pero que ansía más que una relación sexual que no puede satisfacer el saberse querido y el poder disfrutar junto a una mujer de una modesta partida de Scrabble pueden considerarse, pienso, especímenes machistas. Que esa sociedad distópica que es Gilead tenga tantísimas sombras que oscurecen la vida de las mujeres no la convierte en una novela feminista. Con cincuenta de ellas hicieron un bodrio, pero no un bodrio feminista. Con estas, una buena novela, ¿pero feminista?

La novela dio también para un interesante, y para nada contenido ni mesurado, turno de intervenciones acerca de la bondad o no de lo que se entiende por gestación subrogada y los llamados vientres de alquiler. Algo sobre lo que el feminismo tampoco se pone de acuerdo. Intervenciones vehementes que a mí me demostraron cuán grave es el error de pontificar sobre sentimientos y necesidades.

En los días inmediatamente siguientes a la lectura se produjo una situación que me hizo de nuevo interesarme por este tema del feminismo. Me refiero a la publicación en Le Monde de un Manifiesto que, por así resumirlo, venía a decir que “muchas veces las mujeres nos pasamos de frenada criticando a los hombres”. El escrito lo encabezaban dos Catherines, Deneuve y Millet, que hasta esa fecha gozaban de cierto predicamento entre el pensamiento feminista. Una, la gran dama de la escena francesa, siempre comprometida con la igualdad. La otra, reputada crítica de Arte, reconocida adalid de la liberación sexual femenina. Como mínimo ambas, (y el Manifiesto susodicho, de paso), fueron tildadas de inoportunas. Como máximo, traidoras a la causa.

Una acusación, esa de traidora a la causa feminista, a la que también se ha visto abocada la propia Margaret Atwood. Casi de modo coincidente con la publicación de ese Manifiesto al que hacía referencia, nuestra autora se vio obligada a dar a la prensa un artículo que tituló Am i bad feminist? en el que se veía en la necesidad de dar explicaciones por ciertas actuaciones suyas en un tema, supuestamente, de violencia machista. Una escritora española, Elvira Lindo, no ha dudado en defender públicamente la actitud de Atwood en alguna columna periodística.

Que una misma persona, cuyas ideas respecto al tema que nos ocupa no han variado en exceso en el tiempo, sea a la vez defendida por unos como feminista y atacada por otros por no serlo, o al menos por no serlo de forma suficientemente explícita, no deja de ser una especie de metáfora de lo intrincado del camino que el pensamiento feminista debe afrontar en los momentos actuales. Camino que, por otra parte, es indispensable y urgente recorrer.

A mi juicio El cuento de la criada más que un alegato feminista es una crítica, como casi todas las obras citadas en esta reseña, al totalitarismo, a la imposición forzada de una ideología que convierte a los disidentes en traidores y no permite, pues, el menor atisbo de duda. Atwood denuncia que con mimbres similares es imposible que pueda trenzarse una buena cesta. Y en esa radical oposición al totalitarismo coincide con Orwell, con Huxley y con tantos otros autores.

Recientemente he acudido al cine a ver, a disfrutar, con la última película de Spielberg, Los archivos del Pentágono, maravillosa película que sin duda se verá recompensada con algún Oscar y que de alguna manera conecta con el argumento general de las novelas distópicas.

Un solo pero le encontré. Al igual que Margaret Atwood pensó que debía indicarnos en la novela cómo supo de lo acontecido en Gilead gracias al encuentro casual de esas cintas de casette en las que Defred dejó constancia de su tristísima historia; el gran director estadounidense sintió que debía explicarnos que después del asunto de los archivos acerca de la intervención en Vietnam y la ocultación de pruebas y datos sobre la guerra, llegaría el episodio Watergate. Con ese aviso terminaba la película. Creo que tanto Margaret como Steven deberían haber confiado algo más en la inteligencia de sus lectores y espectadores. Ambos epílogos, para mí innecesarios, creo que desmerecen la calidad de ambas obras.

Cité más arriba al fraile dominico Savonarola. Lo imaginaba disfrutando gozoso viendo cómo ardían en la pira los libros clásicos junto a las obras que juzgaba impúdicas de Botticelli. Hoy, 7 de febrero, es el aniversario de aquel sinsentido. Savonarola creyó que el fuego destruiría la inteligencia humana. Quiso hacer real y presente en la Florencia que se abría al mundo renacentista la distopía, su distopía. Parece que no lo consiguió.

Joaquín Medina Ferrer

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