Club de lectura: Un lugar pagano, de Edna O’Brien

Joaquín Medina Ferrer

No recuerdo cómo Un lugar pagano fue la propuesta escogida para ser leída en nuestro club. No sabía nada de esta novela  y de su autora, Edna O´Brien, solo  tenía el conocimiento, vía lectura de alguna revista tipo Mercurio o similar, de que parte su obra había sido publicada recientemente en su primera traducción  al español  por una editorial de las consideradas de culto, minoritaria por tanto, y recibida con muy buenas críticas.

La contraportada de la edición de Errata naturae (es de justicia dar el nombre de esta editorial, aunque esta contribución mía tampoco vaya a aportar mucho al reconocimiento y difusión  de su labor) señala tres  referencias interesantes:

Por una parte, compara la novela de Edna O´Brien con las de James Joyce y en especial con Dublineses y el Retrato del artista adolescente. Llegado ya a este punto es el momento de confesar que pertenezco al amplio grupo, nada selecto,  de los que no han podido terminar con el casi enciclopédico Ulises (pese a que para animarme y facilitar la lectura  adquirí un ejemplar bellamente ilustrado por Eduardo Arroyo).

También se señala en la contraportada que la novela tiene carácter autobiográfico. Algo que, a mi juicio, no deja de tener algo de presunción por parte de quien haya redactado ese texto.

Finalmente se indica como valedor de la novela  una cita, “… es un libro excepcionalmente memorable…”, de un historiador de arte recientemente fallecido, John Berger. De este autor había visto los cuatro  capítulos de una serie documental, Modos de ver, en la que Berger analizaba, de manera desprejuiciada, pero crítica a la vez, la reacción de la gente ante determinadas obras de arte. He de reconocer que fue esta opinión de Berger la que me animó a leer el libro con especial interés.

¿Y qué es lo que nos cuenta Un lugar pagano?

La novela narra la historia del paso del tiempo, de  la infancia a la pubertad y a la adolescencia, de una chica irlandesa a la que en ningún momento se la llega a identificar con un nombre propio. Podríamos decir que cuenta la vida. Este tránsito del tiempo que, en otras obras podría dar lugar a una típica novela de iniciación, se ve fuertemente mediatizado por el espacio y el tiempo en el que transcurre la acción. Nos encontramos en el corazón de lo que podríamos llamar la Irlanda profunda a mediados de los años treinta del pasado siglo. Hay quien observa  en esa imagen el reflejo norteño de lo que vería  la España de aquel tiempo si se mirara al espejo.

Catolicismo exacerbado que se introduce por cualquier grieta. Machismo igualmente opresivo. Violencia, también sexual, que continuamente parece flotar en el ambiente. Diferencias sociales abrumadoras tanto entre las personas como entre los lugares, entre ricos y pobres y entre pueblos y ciudades. Enfrentamiento político al hilo tanto del conflicto anglo-irlandés como del enfrentamiento bélico entre democracias occidentales y nazismo

En este medio transcurre la vida de una chica. Si la reciente lectura de Effi Briest nos proporcionaba la visión de un modelo de infancia en el seno de una familia burguesa, esta novela muestra el envés. La del paso del tiempo dentro de una familia que, aunque puede que hoy nos resultara extraña, no era, entonces, seguro, tan especial.  Pero no hay dramatismo, ni siquiera infelicidad, en la narración. Son nuestros ojos, no los de la chica protagonista, los que tiñen de desolación la historia que se narra. Es ese,  el milagro de ver  la realidad con una mirada ausente de dolor,  una capacidad infantil que perdemos, por desgracia,  prontamente.

Edna O’Brien en 1966

Y para contar este paso del tiempo recurre Edna O´Brien a dos recursos muy hábilmente utilizados, ambos extraños en la narrativa  tradicional.

El primero de estos recursos  es el empleo  de la narración en segunda persona. Si bien, a veces, en la descripción de paisajes sobre todo, esta segunda voz se llega a confundir con la narración en tercera persona mucho más convencional; el uso del “tú” permite esa conversación, no encuentro ahora una palabra más precisa, entre  la persona adulta que narra  y la  persona de menor edad, aportándole a la novela un tono que mezcla el distanciamiento con la cercanía. Estoy fuera, pero te conozco. Sé quién eres. Sé lo que hiciste. Sé lo que  sucedió en tu vida.

La utilización de la segunda persona permite también modular y adaptar el lenguaje y las palabras  a la propia evolución de la chica. Conforme avanza el libro y crece la niña  cambia la manera de dirigirse a ella por parte de la narradora. Acabo de darme cuenta de que he escrito narradora. No he escrito narrador. Y no lo he hecho porque admita de entrada que puesto que la autora del libro sea una mujer sea mujer también quien habla en la novela. Puede que,  de manera inconsciente, haya terminado aceptando  que realmente la novela es autobiográfica o que la narradora y la chica son la misma persona en diferentes etapas de su vida. Como si habláramos al nosotros que fuimos antes. Algo que no es tan inusual en nuestras vidas aunque sí lo sea en la literatura.

El segundo recurso al que me refería es esa especie de encabalgamiento que se produce entre el final de un capítulo y el comienzo del siguiente. O´Brien termina los capítulos, sobre todo en la primera parte del libro, haciendo referencia a un hecho, a veces tan solo a un objeto, que le sirve de base para el inicio del siguiente. Esto, el empleo de ese recurso literario, da a la novela un tono salmódico, casi repetitivo, casi a modo de letanía, que contribuye también a dar a la obra ese “carácter bíblico” al que muchas críticas hacen referencia. También, a mi modo de ver, incide en que ese lugar innominado sea además de pagano, “circular”.

Un lugar pagano  y circular. Así califica nuestra autora al espacio en el  transcurre la historia, ese espacio irlandés en el que germina la trama de la novela. Y esta definición ya plantea diversas interpretaciones. Un análisis puramente literal, y plenamente válido  por otra parte, diría que ese espacio es pagano en referencia a que en él, cito de memoria, se celebraron en el pasado ritos druidas, es un lugar dejado de la mano de Dios. Lo de circular podría venir de cómo recordamos lugares como Stonehenge, grandes losas de piedra,  con un peso infinito, distribuidas en forma de círculo, en el que antiguos pobladores celebraban diversos actos relacionados, así se cree, con solsticios y equinoccios.

Escribiendo el párrafo anterior, dudaba en si calificar o no tales actos como sagrados. No lo he hecho así por no descalificar de antemano esa consideración de pagano al que antes me referí.

Y sin embargo, decir del lugar que es pagano y circular por lo ya expuesto, me parece incompleto. Creo que los adjetivos pagano y circular pueden tener otro sentido distinto cuando de calificar a ese lugar se trata.

Pagano pudiera ser que tuviera que ver no con un elemento religioso, o no solo con ese elemento, sino con la condición rural del sitio. No creo que sea descaminada esta interpretación. Si buscamos en el diccionario de la RAE, encontramos  esta definición y etimología de pagano  que muestra cómo pagano deriva de pago:

Pagano: Del lat. tardío pagānus  ‘pagano2‘, en lat. ‘aldeano’, der. de pagus ‘aldea’, ‘pago2‘, por alusión a la resistencia del medio rural a la cristianización.

  1. adj. Que no es cristiano ni de ninguna de las otras grandes religiones monoteístas. Especialmente  referido a los antiguos griegos y romanos. U. t. c. s.
  2. adj. Dicho de una persona: Que no ha sido bautizada. U. t. c. s.

Y si hacemos lo mismo con pago, encontramos que, en su segunda acepción, pago procede del latín pagus y  significa:

  1. m. Distrito determinado de tierras o heredades, especialmente de viñas u olivares.
  2. m. Pueblo pequeño o aldea.
  3. m. Lugar o región. U. m. en pl.
  4. m. Arg., Bol. y Ur. Lugar en el que ha nacido o está arraigada una persona. U. m. en pl.

Aunque cada vez sea menos  (re) conocido su uso en esta acepción,  todavía utilizamos esta expresión  para designar lugares  tales como Pago de Almaraes, de Carraovejas, de Larraínzar… nombres todos ellos de evidentes resonancias vitivinícolas.

Sobre el uso del adjetivo circular aplicado a ese lugar, que en la novela, al igual que sucede con el nombre de la protagonista, no llega a identificarse con un nombre propio, entiendo que la palabra puede hacer referencia no tan solo a una determinada forma del espacio, sino a cómo los acontecimientos que se narran tienen un carácter cíclico, como si todos los acontecimientos vividos fueran repetidos en el tiempo a lo largo de generaciones.

Un lugar pagano y circular que, indefectiblemente, siempre ha de ser así. Por los siglos de los siglos. Por la gracia de Dios, podría añadir. Un lugar del que no hay escapatoria posible. ¿O sí?

La novela presenta tres posibles salidas, tres posibilidades factibles de realizar. Cada una de ellas será llevada a la práctica por alguno de los personajes  de la familia protagonista.

El padre de la chica sale de su realidad bebiendo. Pese a ser juez de paz, de ser en algunos instantes reconocido como un hombre de importancia en relación a su trato con los vecinos, su vida está tan constreñida que solo en el alcohol encontrará la forma de salir de ahí. A lo largo de la novela son múltiples las ocasiones en las que se muestra como el padre, antes de adoptar cualquier determinación  recurre a la bebida como si ella fuera el factor preciso previo a la acción.

La hermana, Emma, la única de la familia a la que se llama por su nombre, consigue salir  yéndose a la ciudad. Lo que pudiera sonar a evidencia, sale porque se va, en realidad implica la imposibilidad del cambio. No se puede modificar este ambiente enrarecido. La única salida posible, para quien se atreva, es la huída, nos dice Enma.  Emma hace suyo aquel aforismo tan citado cuando de las estructuras sociales medievales se habla, “el aire de la ciudad te hará libre”.  En la ciudad, mientras es criticada por los que dejó atrás, parirá  en libertad. Libre de ser juzgada será, de alguna manera, envidiada también por la decisión que fue capaz de tomar.

Nuestra protagonista sale de ese mundo opresivo de una manera un tanto metafórica, circular también, podríamos decir. Tras el incidente, y escribir incidente no es más que un eufemismo, con el cura joven y atractivo y la llegada de las monjas que ofrecen como si de un Paraíso se tratara la marcha a las misiones, la chica  acepta ilusionada acudir a una localidad belga a prepararse antes de “dar el salto a África”. La misma religión que se mostraba dominante y opresiva, ofrece una vía de escape. ¿Podíamos esperar otra salida distinta? ¿Una rebelión en toda regla? ¿Un enfrentamiento radical?… Esta salida no debe extrañarnos, aunque, cuando la lectura nos la muestra, nos parezca poco heroica.

Con esta decisión, me voy a las misiones,  adoptada por la chica, todo parece volver a su ser originario. Ella se irá, pero el lugar del que salió  seguirá siendo  pagano y circular por siempre.

Recuerdo, ¡llegamos al terreno de las anécdotas personales!, que en una visita a Toledo, cuando el profesor de Arte, al que escuchaba absorto y embobado, explicaba las claves para entender ese diseño en  espiral de los ángeles pintados por el Greco, que ascienden al cielo como girando sobre sí mismos, terminaba citando a Ortega, nuestro filósofo de cabecera, para decir que de una ciudad así, casi isla rodeada por el Tajo, solo se podía escapar volando y que el genial pintor cretense se había topado, sin pretenderlo, con eso que hemos dado en llamar “el alma de la ciudad”. Una ciudad cerrada en sí misma, un lugar religioso y circular, de donde nunca es fácil salir… ¡salvo que seamos capaces de volar como los ángeles, claro!

El Greco: Vista y plano de Toledo

Puede que Un lugar pagano exija una segunda lectura, una lectura más meditada y tranquila, para extraer todo el jugo, toda la riqueza que esta  obra atesora.  Sucede a veces que las novelas en las que el ritmo de la acción no es precisamente trepidante, tienden a ser juzgadas muy a la ligera, como si nos dijéramos a nosotros mismos que ya que el ritmo no es rápido, vamos a serlo nosotros en el juicio.

Y puede también que ese deseo, volver en algún momento futuro, a encontrarme  con esta chica irlandesa que nos cuenta,  de manera morosa, cómo era la vida en  esa tierra tan castigada por  la historia y por los hombres, tan dejada de la mano de Dios, cuando, curiosamente, (o quizás por eso), tanta presencia ha tenido el catolicismo en ella; no se vea cumplido.  También suele pasar.

Llevo un ladrillo sobre el hombro para que el mundo sepa cómo era mi casa”. Con esta cita del autor alemán  Bertolt Brecht abre Edna O´Brien su novela. La cita no es casual. Un lugar pagano, el libro, es el ladrillo que porta sobre su hombro la autora irlandesa. Al leerlo sabemos también cómo eran su casa, su tierra y su gente. Y si prestamos atención escucharemos, mientras leemos,  cómo nos invade de manera sucesiva la suave melancolía de las canciones de Enya, el desgarro de las de Van Morrison, el sonido festivo de The Coors, el compromiso social de las letras  de Bono y U2, los violines mágicos de The Cranberries, la dureza de Thin Lizzy y hasta las contradicciones de aquella, en tiempos,  transgresora cantante que fue Sinead O´Connor capaz de manifestar  en una entrevista que “ lo que más me gusta de mi madre es que está muerta”, frase esta que , de alguna manera, también sonaría  apropiada en el transcurso de  la historia contada.

Sinead O’Connor

Cuando voy a despedirme del libro, antes de dejarlo en la estantería, observo por última vez la portada. Una chica dormita tumbada al sol sobre un manto verde del que brotan  campánulas anaranjadas. De repente caigo en la cuenta. ¿Qué imagen me recordaba esta portada? ¿Qué había rondado por mi cabeza desde la primera vez que vi esa fotografía? Eran las estrofas de una canción de 091. “Me tumbé en el suelo solo para oír crecer la hierba y hasta mí vinieron todos los sonidos de la tierra. Escuché a los insectos en sus mil rituales y las plegarias que cayeron del cielo, ¡quién sabe!, si haciendo espirales…La noche que la luna salió tarde.

Y comienzo a notar cómo, mientras termino esta particular reseña,  me va invadiendo, poco a poco,  la tristeza. ¡Son  tantas las personas que pasaron multitud de noches esperando una luna empeñada en salir tarde para ellas!

 

 

 

 

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Un pensamiento en “Club de lectura: Un lugar pagano, de Edna O’Brien

  1. Antonio Ávila

    Joaquín, siempre tan preciso y acertado en tus comentarios; y generoso en el esfuerzo de aclarar y profundizar en la lectura del libro.
    Gracias por el trabajo que nos entregas cada mes.

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