Club de lectura: Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes

Joaquín Medina Ferrer

Con esta monumental obra, continúa Almudena Grandes la ardua tarea de novelar una parte del siglo XX español a lo largo de seis entregas. Recordemos que, de la serie, a la que titula Episodios de una guerra interminable, ya van publicados cuatro volúmenes, Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, Las tres bodas de Manolita y esta que comentamos, Los pacientes del doctor García.

Almudena Grandes ya ha elegido nombre para los dos títulos que aún le faltan por publicar: La madre de Frankestein y Mariano en el Bidasoa. No deja de sorprenderme el hecho de que estando los libros sin alumbrar ya les haya puesto nombre; pero no sé si la de titular antes de escribir será una práctica habitual entre los escritores o una particularidad de Grandes.

Entre las diferentes acepciones que la R.A.E. muestra para la palabra episodio hay cuatro de alguna manera relacionadas con lo literario y cuyo conocimiento puede servirnos para desbrozar qué quiso conseguir Almudena Grandes al llamar así a su obra:

Episodio:

1. m. En una obra narrativa o dramática, cada una de las acciones parciales o partes que la integran.

2. m. Acción secundaria de una obra narrativa o dramática.

3. m. Incidente, suceso enlazado con otros que forman un todo o conjunto.

A estas definiciones habría que añadir la locución, usada en México, “hacerla, o hacérsela a alguien, de episodios” y cuyo significado sería el de complicar un relato añadiendo incidentes provenientes de la imaginación.

Pues bien, a todas estas acepciones, incluida esa última, más coloquial y localista, podría corresponder la manera en la que nuestra autora nos presenta la historia de España. ¿Es una historia global y totalizadora la que nos describe? ¿Es la suma de múltiples sucesos más o menos conexos? ¿Son estos episodios contados, secundarios? ¿Eran todos necesarios? No creo que haya una única respuesta posible. Puede que pese más la opinión que del conjunto de la obra se haga cada lector y que dependa de dónde fije su atención.

Es evidente la idea de nuestra autora de enlazar su obra con aquellos Episodios Nacionales galdosianos, como si ella, Almudena Grandes, fuera al igual que lo fue Benito Pérez Galdós del siglo XIX, la cronista de este periodo histórico. Pueden rastrearse similitudes con la obra del autor canario tanto en la “repetición“ de personajes más o menos protagonistas que aparecen en las diferentes novelas como en el uso de un lenguaje sencillo y directo, fácilmente comprensible, que hace amena su lectura. Amén, claro es, de hacer protagonistas de la historia a personajes de ficción que conviven junto a personas reales, de carne y hueso, y con mayor o menor incidencia histórica.Aunque, pese a esas coincidencias aparentes, difiere Almudena Grandes de Galdós al no hacer de un personaje concreto el hilo central de toda la serie, como hizo el casi Nobel español con Gabriel de Araceli, Salvador Monsalud y Fernando Carpena en cada una de las tres series que conforman su grandiosa, por tamaño y valor literario, obra.

En algo más se muestra Almudena Grandes opuesta a la técnica narrativa del canario. De modo contrario, a diferencia de los primeros Episodios Nacionales breves y ligeros, con un motivo muy concreto cada uno de ellos, la extensión de estos nuevos episodios es abrumadora, algo que a mí no acaba de gustarme si bien me consta que este tipo de novelas-río suele goza de una amplia y fiel clientela.

Pensemos, por ejemplo, en cuando Tolstói fabula Guerra y paz: el escritor ruso narra una historia ramificada en una multitud de pequeñas historias adyacentes, colaterales, que, sin embargo, no hacen olvidar la historia principal; Almudena Grandes, siguiendo un modelo distinto, introduce en su novela elementos que si bien aparecen formalmente reunidos y enlazados, podrían perfectamente haber dado para varias novelas independientes. Lo que en Lev Tolstói es necesario, en Grandes es accesorio…y no acabo de entender ese interés en hacer novelones.

En Los pacientes del doctor García hay al menos tres novelas que podrían perfectamente haber tenido vida propia: una ambientada en España, con el telón de fondo de nuestra Guerra civil; otra en Estonia, con los desvaríos de la División azul y una más en Argentina, con todo lo que atañe a la caza de los nazis protegidos en tiempos de Perón. Enlazarlas e intentar integrarlas en un todo es, evidentemente, una opción de la escritora, pero yo no dejo de ver en esa aparente necesidad de dar a las novelas un tamaño descomunal una especie de prurito “profesional”….- ¡fijaos lo que he sido capaz de escribir! – o bien la atención de satisfacer una petición editorial que determine que la obra ha de tener un elevado número de páginas.

Claro que, ya puestos, también hubiera sido capaz Almudena Grandes, de habérselo propuesto, de unir en una sola obra los seis volúmenes de la colección, desde Inés y la alegría a Mariano en el Bidasoa. Me sonrío para mis adentros. Escribo esta reseña, ¡voy con muchísimo retraso!, el día en el que Mariano Rajoy, Emepuntorajoy lo llaman algunos, abandona, y de aquella manera, La Moncloa.

Por otra parte, y reconozco que esta es una opinión muy personal, me cuesta mucho comprender cómo en una novela de base histórica se hilvanan sin ningún problema, de manera desenfadada, encuentros y sucesos casuales cuando en la vida real de las personas normales las casualidades, si llegan a darse, lo hacen en momentos contados, salpicados e imprevisibles… ¡son tan azarosas las casualidades! “Cuando ya nada se espera”… que escribía el poeta.

En relación a esas tres novelas dentro de la novela de las que hablaba antes me voy a permitir hacer referencia a tres obras que muestran, desde distintos puntos de vista, momentos concretos recogidos por Almudena Grandes y que vemos presentes también de la mano de escritores menos renombrados y reconocidos, pero también de innegable valor literario.

Vayamos por partes:

Sobre la vida en el Madrid de la Guerra Civil, Madrid, de corte a checa de Agustín de Foxá, uno de los escritores de cabecera del régimen franquista a pesar de su amistad inicial con autores como Alberti o Federico. Es evidente que se trata de un libro con una fuerte carga ideológica, para nada con medias tintas, aunque sí con muchas medias verdades. De esta obra escribía Andrés Trapiello en Las armas y las letras: “… ( la novela) contravenía la primera norma de un novelista moderno: no se puede leer si no es con entusiasmo y no se puede escribir si no es con escepticismo. Foxá la escribió con entusiasmo. Es lógico que hoy se lea con escepticismo.”

Léon Degrelle, uno de esos personajes reales que aparecen en la novela, sería buen ejemplo de la situación tan grata en la que han vivido los nazis, en la España de Franco y de la que quedan aún, ¡tantos años después!, abundantes muestras en urbanizaciones y colonias costeras repartidas por el litoral mediterráneo. De ello se ocupa una de mis autoras favoritas de los últimos tiempos, Clara Sánchez que, en Lo que esconde tu nombre, plantea una especie de triángulo formado por una pareja de jubilados nazis y una chica que los conoce casi por casualidad. Una vida de retiro placentero pero, a la vez, con el miedo siempre latente de que pudiera ser puesta al descubierto por algún cazanazis.

La tercera novela, de Ignacio del Valle, autor del que son muy destacables sus cuentos, es Silencio en la nieve, obra en la que un soldado integrante de la División azul, investiga los sucesivos asesinatos que se cometen en el seno de ese cuerpo tan bizarro y tan patrio, tan nuestro. Al hilo de las investigaciones se hacen curiosas indagaciones acerca de la vida cotidiana en el seno de la División, indagaciones que dan pie a un estudio cuasi etnográfico de los modos particulares de relación entre mandos y soldados y de las diferentes motivaciones que los llevaron a alistarse en ella.

Es muy de agradecer por otra parte la inmensa tarea de documentación que se esconde detrás de cada una de estas novelas. Documentación exhaustiva tanto en lo relativo al estudio del contexto histórico en el que se desarrollan las diferentes acciones, como en los aspectos biográficos de los personajes reales que aparecen en la obra. He disfrutado especialmente con la minuciosa recreación de situaciones concretas tales como las ejecuciones sumarias, la visión dantesca de Berlín en ruinas u otras algo menos dolorosas y más costumbristas como la del combate de boxeo celebrado en la cubierta de una gabarra en la ría de Bilbao. Menos acertadas me han parecido otras que, aunque anecdóticas, me han chocado… ¡no consigo hacerme a la idea de imaginar a Guillermo comiendo pipas con su familia en un cine de la Gran Vía madrileña en mayo del 68!

La combinación de personajes reales junto a personajes de ficción como protagonistas de la historia es un recurso que Grandes maneja con soltura. Una combinación puede que justificada en los casos de los Azcárate, Negrín, Clara Stauffer… pero algo más forzada en otros como el del médico canadiense Norman Bethune, médico del que Almudena Grandes “desperdicia” el meritorio y principal papel que este auténtico héroe de la solidaridad desempeñó en el suceso conocido como La desbandá, para convertirlo en el impulsor de las transfusiones “a pie de guerra”. Algo, por otra parte, que no está definitivamente comprobado.

Aprovecho para recordar, por si alguien no lo sabe, que es conocida como La desbandá la marcha a pie por la carretera de la costa que, ante la inminente llegada de las tropas franquistas y la previsible represión añadida, llevaron a cabo miles de malagueños que pretendían llegar a la Almería aún republicana. Miles de civiles, ancianos y niños en proporción importante que, como he dicho, a pie y portando sus muy escasas pertenencias son bombardeados, nunca mejor dicho, por tierra, mar y aire en un macabro ejercicio de puntería. Un brutal tiro al plato que contó con el beneplácito de las más altas autoridades militares. Norman Bethune acompañó como médico, en un acto de humanidad extrema a estas pobres gentes, dejando constancia de lo sucedido en un relato titulado El crimen de la carretera Málaga-Almería:

Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan vivido nuestros tiempo”.

Y a propósito de lo contado, un inciso. Hasta para morir hay que tener suerte. Lo de Guernica y su bombardeo fue atroz, sí. Pero si las desgracias se miden atendiendo al número de los que las sufrieron, universalizar “La desbandá” como ejemplo de la miseria humana hubiera sido más lógico. Que Picasso, malagueño y comunista, “se desinteresara” de lo que sucedió en su tierra y que aún hoy La desbandá permanezca en el olvido es algo que me duele íntimamente. Es como una espinita clavada en mi admiración por el pintor.

Unir como si se tratara de una tarea de síntesis personajes reales y ficticios es algo que ya hizo en el cine Robert Zemeckis en Forrest Gump, con aquella escena destacada en la que Forrest comparte cartel con Martin L. King en la explanada del Capitolio o, a nivel más hispano, Manuel Gómez Pereira al inventarse a una Penélope Cruz que recibe a los Beatles en Madrid antes del famoso y único concierto en la Monumental en El amor perjudica seriamente la salud. Dentro del terreno musical también hubo un tiempo en el que se puso de moda algo parecido, unir en una sola canción mediante avanzados recursos tecnológicos la voz de un cantante fallecido con otro vivo. Recuerdo haber visto cantar a Nat King Cole con su hija un dúo imposible. Sería, posiblemente, AnsiedadEn el mundo cinematográfico este recurso, que suele utilizarse combinando la imagen moderna y en color con el blanco y negro del documental, comienza a resultar frecuente en un intento de dotar de mayor verosimilitud a lo contado. En el ámbito musical son usuales en esa especie de romántico recuerdo del pasado que son los “Tributos a…”

Sin embargo el uso de este modo peculiar de unir ficción y realidad no es habitual en el terreno literario. Y se arriesga a presentar a veces imágenes tales como la de imaginar al doctor Juan Negrín, presidente en el exilio de la II República española, disfrutando de opíparas cenas mientras en España caía la que estaba cayendo. Que Negrín tuviera fama en vida de ser un hombre especialmente disfrutón con la buena mesa no obsta a que resulte rara tanta familiaridad.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención en Los pacientes del doctor García es algo que no sé si es intención de la autora, algo a lo que todo el mundo lector le pudiera parecer así o, simplemente, algo nimio en lo que yo me he fijado. Me refiero a que me parece que en la novela hay como una especie de espejo a doble cara. Por una de ella se miran los protagonistas buenos, los heroicos. Por la otra, los malos, los malditos. En qué lado del espejo está cada uno de ellos obedece en gran parte de nuevo a la casualidad. Los personajes apenas están definidos y si lo están, es con unos trazos muy gruesos, olvidando todos esos matices que son, en definitiva, los que nos hacen a los hombres (y a las mujeres) iguales y diferentes a la vez. Son tan planos, tan elementales en sus comportamientos, tan previsibles, que acabas creyendo que Guillermo Medina pudo, perfectamente, haber sido El tigre de Treviño de haber nacido en el lugar adecuado. O, visto de otro modo, de no haberlo hecho en un lugar inoportuno. Hay como una especie de fatalismo histórico que hace que apenas quede margen para la opción personal, para la defensa de la propia ideología como una adquisición creada por el pensamiento individual. Hay un algo profundamente inquietante en esa visión. En estos días asistimos a un cambio de gobierno, vía moción de censura, en nuestra vida política. No deja de extrañarme, no porque no sea lo usual, cómo absolutamente todos los que opinan sobre este cambio, sean actores del mismo, tertulianos, comentaristas o gente del común, muestran su opinión sabedores de que han de decir lo que se piensa que “deben decir” en función de una posición previa.

También me ha llamado la atención esa ilusión de simetría entre los protagonistas principales de ambos bandos, dos hombres y una mujer. Por un lado Guillermo, Manuel y Amparo. De otro, Adrián, Alfonso y Agneta. Aunque, evidentemente, la historia se centra mucho más en la conexión entre los personajes masculinos, son importantes siempre las relaciones amorosas que se establecen, en gran parte se trata de un amor dolorido, pero también romántico. Amores de perdedores, que son usuales en las novelas de Almudena Grandes.

Un último comentario. Esta obra suele ser calificada, incluso en la propaganda editorial previa a la publicación, como novela de espías o como thriller. No estoy muy de acuerdo con esa definición. La considero más bien una novela que ensalza la amistad y el compromiso, planteada al estilo de una cadena de favores, en la que, al modo de la canción de Jorge Drexler “cada uno da lo que recibe….y luego recibe lo que da”. Los diferentes eslabones de esa cadena son los que terminan engarzando gran parte de la historia.

Es cierto que esto vale solo para una parte de los protagonistas del libro. Los buenos. Identificados con un grupo. Los rojos. Un grupo que incluye tanto a los militantes convencidos como a aquellos que lo son, podríamos decir, sin saberlo, sin ser conscientes ideológicamente de ello. Por contra, los malos, los nacionales, los azules, no participan de esta solidaridad. Creo que esa dicotomía tan marcada, por encima de la opción concreta, y sabida, de la autora, lastra algo esa pretensión de verosimilitud de la historia narrada.

La novela deja tras su lectura la convicción de lo necesario que se hace en España dar una salida digna al tema del enfrentamiento civil. Reafirma al lector en la idea de que, como defiende Almudena Grandes, la guerra interminable solo terminará el día en que, de verdad, se proyecte luz sobre todas sus circunstancias y se pongan al descubierto todas las interrogantes que siguen presentes. El día en que la memoria histórica actúe libremente y sin cortapisas. ¿Seremos capaces los españoles de permitirlo?

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