Amor de lector, de Isabel Castillo: relato ganador en la categoría ESO

Me he aislado de todos y de todo en una búsqueda desesperada de lo que es el mundo y de mí mismo. He encontrado en esas palabras todo lo que necesitaba para vivir con cordura. La sociedad me decepciona a cada paso que da. Primero fue reírse de alguien por cualquier cosa que lo hiciera diferente, más tarde vino ser criticado por tener perfiles en todas las redes sociales disponibles hasta la fecha, y por último está, ser considerado en función del número de seguidores o de las personas a las que se supone que les ha gustado esa foto que has colgado hace cinco minutos. No nos damos cuenta que nos asfixiamos a nosotros mismos, y aún menos de que estamos a tiempo de escapar de esa jaula que nos hemos creado.

No pude darme cuenta de que todo lo que creía se fragmentaría en tan poco. Estaba eligiendo un nuevo libro que leer, ¿qué digo para leer?, para vivir, cuando alguien a mi lado me acerca un libro.

-Prueba con este- me susurró sonriendo.

Lo tomé sin saber muy bien qué decir. Me quedé mirando a la portada, de un color burdeos. Cuando levanté la vista el misterioso personaje había desaparecido. Fui a sentarme y abrí el libro por la primera página. Lo hojeé un poco, no tenía el sello de la biblioteca. De repente cayó de su interior un papelito. Imaginé que un día habría sido el marca-páginas usado por ese lector despistado que no tenía nada mejor a mano. Me reí, aunque en realidad me daba cierta lástima ya que, si bien se parecía a mí, no se lo había terminado y una historia sin final… es un poco triste. Me agaché a recogerlo y me di cuenta de que en el fragmento de papel cuadriculado de libreta había escrito algo: “Ven mañana aquí a las 5.00 pm, estaré en el rincón más apartado que puedas encontrar”.

La revelación me heló la sangre, en cierta parte porque me relaciono de forma notable con un número máximo de tres personas: mi madre y los dos locos que se unieron al club del libro que siguen intentando tener vida social. Con esto así expuesto, tal vez el que está mal aquí sea yo… Y en cierto modo ya lo sabía aunque no fuera completamente consciente de ello y seguramente se deba a esto que aceptara la misteriosa invitación.

No tenía muy clara la localización de “el rincón más apartado que puedas encontrar”, así que tomé asiento en una solitaria mesa a esperar la cita. Como de costumbre saqué el libro que estaba leyendo (curiosamente, el que ese ser me ofreció). Levanté ligeramente la vista al oír como en la silla enfrentada a la mía se sentaba alguien. En ese momento todos mis músculos se tensaron, mis ojos casi se salen de las órbitas y mis gafas casi se estampan contra el suelo. Parecía que alguno de esos perfectos personajes de las novelas juveniles había salido de las hojas llenas de letras y se presentaba ante mí con una tierna sonrisa.

Me tomó un rato (unos pocos segundos, pero que a mí me parecieron eternos), volver a moverme y no precisamente de una manera normal… parecía un robot… no he pasado tanta vergüenza en toda mi vida… creía que me moría…

Sacó un cuaderno y comenzó a escribir algo: “Te veo a menudo por aquí completamente solo. Nunca he llegado a verte relacionarte con alguien. ¿Por qué ese hermetismo?”. Su letra era suave y dibujaba las palabras con gran virtuosismo.

Este mundo se ha convertido en un falso reflejo de lo que en realidad es. Prefiero mostrar lo mínimo, antes que seguir con el juego de llamar a las cosas por un nombre que no es el suyo, que no les pertenece.”

Ya no quedan muchos que hablen así. ¿Es por eso que, digamos, te refugias en los libros?”

Los libros siempre tendrán algo, una pureza especial. Son como…”, a su lado mi caligrafía apenas consistía en unos pobres trazos, “como…”.

¿Como una puerta abierta a la salvación, tal vez?”, terminó de escribir lo que yo no había podido.

Le miré directamente a los ojos, sorprendido por las palabras intercambiadas en el cuaderno. Fue más que suficiente para darle a entender que había dado en el clavo. Mis ojos debían de brillar con toda la luz dorada de media tarde.

Buzz… buzz…”, miré de inmediato mi teléfono. Tenía un mensaje de los chicos del club. Había una firma de libros en la librería de la calle Petunia y habíamos quedado para ir.

Tengo que irme, ¿qué tal si nos vemos el domingo?”

Mejor el lunes, mismo lugar, misma hora. Por favor, ven solo.”

Aunque su último mensaje me extrañó mucho, no tenía tiempo como para hacerle todas las preguntas que hubiera podido tener rondando por la cabeza. Intenté expresar mi gratitud con una amplia sonrisa y corrí al encuentro de mis compañeros.

Al cabo de media hora ya tenía la colección entera del autor en cuestión bajo el brazo y me había encontrado con mis acompañantes. Resulta que se trataba de mi escritora favorita. Sin embargo, tenía la cabeza en otro lado. Mi mirada se perdía en el infinito, en la nada y no sabía hacer otra cosa que suspirar. Se podría decir casi que era un muerto viviente.

-¿Quieres decirnos ya qué te pasa, Robert? Parece mentira que sea la única de la que posees su obra al completo…

-¿Dormiste bien anoche?

-Sí, es solo que… creo haber conocido a alguien salido de esas páginas propias de una novela de amores juveniles…

-¿Qué? ¿Te has enamorado? Eso no me lo hubiera esperado de ti. Y bien, ¿quién es ella? ¿La conocemos?

-¿Quién ha dicho que sea “ella”? No, no, no es “ella”, es “él”.

-Espera, ¿qué? Eso sí que no me lo esperaba.

-Lo conocí en la biblioteca y por alguna razón no me lo puedo sacar de la cabeza…

-Oh, dios…

-¡Me pido padrino en la boda!

-¿Ehh? ¿Cómo que padrino? ¡Ese seré yo!

Aquellos dos seguían vociferando, pero yo hacía ya rato que ignoraba lo que salía de sus bocas. Solo podía pensar en la frase que, como si supiera lo que estaba pensando, había completado por mí.

Los días pasaban lentos, inconscientes de las ansias que yo sentía porque llegara la tarde del lunes, pero por fortuna ese anhelo llegó a su fin. A pesar de todo ese deseo que me consumía, casi no llego a tiempo a mi cita. Me apresuré a subir las escaleras para encontrar el apartado remanso de paz que podría proporcionarme un aliento de vida.

Criadora de pájaros (para la cabeza). Ilustración de EvaLí

No había nadie aún. Cerré la puerta, tomé asiento y abrí el libro sin apartar la mirada de la habitación en la que me encontraba. Al poco de acomodar las páginas se fue formando ante mí una imagen. Era él. Salía de ese libro y se materializaba justo delante de mis ojos. Me miró y comprendió que sabía lo que estaba pasando.

-Lo lamento. Ciertamente estoy atado a ese libro y nunca podré salir de él…

-¿Qué más da? Si he de llevar algo el resto de mi vida, que sea este ejemplar para poder sentir algo que no sea repulsión por una persona. No te puedo regalar la vida más hermosa que existe, pero te puedo ofrecer compartir la mía, espero que sea suficiente.

-¿Por qué no iba a serlo? No me estás ofreciendo un sueño, me estás ofreciendo todo lo que tienes y eso es muy valioso.

No pude evitarlo. Me acerqué aún más y cerramos esa promesa con un beso, más poderoso que cualquier palabra, más eterno que cualquier maldición. Un pacto tan puro como la luz plateada del alba.

El libro se quedó un rato abierto por esa página que, más tarde, comprobé que tenía algo subrayado por mi querido amigo: “En este mundo de máscaras que ocultan nuestro verdadero rostro, esa era una de las pocas personas que la han tirado”.

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