Club de lectura: La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri

Joaquín Medina Ferrer

Imaginemos por un momento que en un lugar de la Pampa de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que pudiera perfectamente ser O’Connor (perdón por el tinte cervantino), se reunieran durante una corta temporada Rafael Azcona y Luis García Berlanga para pergeñar el guion de una película.

Imaginemos que en aquellos días, la Argentina (así la hemos llamado siempre en España, la Argentina, como si ese artículo de delante contuviera en solo dos letras la inmensidad de su descomunal tamaño) estuviera en el pleno apogeo de aquel episodio que se dio en llamar “El corralito”. Su particular burbuja inmobiliaria.

Imaginemos que , paseando por las calles de O’Connor, Rafael y Luis, se toparan con algunos hombres a punto de entrar en la ancianidad.

Imaginemos que se detuvieran un momento a escuchar de qué hablaban.

¡Los muy boludos planeaban el robo del siglo!

Rafael y Luis se mirarían, como diciéndose uno al otro: ¿estás pensando lo mismo que pienso yo?

Y es que, al menos para mí, leer esta novela ha sido como volver a ver una de aquellas películas españolas en blanco y negro en las que, buscando cómo solventar los problemas que la censura planteara, repletas de tristura y humor ácido, -películas de perdedores-; se mostraba, a quien quisiera verlo, la situación real de la España franquista.

Películas en las que aquellos grandes secundarios del cine español se mostraban, como mínimo, a la altura de los mejores intérpretes italianos neorrealistas o franceses nouvellevaguianos. Perlassi podría ser perfectamente José Luis López Vázquez; Fontana, Manuel Alexandre; Rodrigo, Emilio Gutiérrez Caba; Manzi, José Bódalo; Lorgio, José María Rodero; Silvia, Tina Sainz; Alicia, Chus Lampreave; Florencia…¿quién sería Florencia?…

Cuando vi que la propuesta de leer esta novela, La noche de la Usina, venía de mi buen amigo Paco Pineda y sabedor de su irreductible militancia, esperaba, evidentemente un libro comprometido. Leyéndolo supe que ahora que Paco es, no sé cómo decirlo, ¿“jubilata militante activo” ?, había elegido un libro muy adecuado.

Eduardo Sacheri

Antes de comenzar la lectura y dado que desconocía cualquier dato referido a su autor, Eduardo Sacheri, busqué alguna referencia a su obra. Me dio la impresión , de entrada y aunque tampoco disponga de muchos elementos de juicio, de que el autor no era demasiado conocido ni siquiera en su Argentina natal. Indagando supe de él que era responsable del guion de una muy excelente película ( por razones obvias el uso del superlativo excelentísimo me lo tengo prohibido, ¡hay quien piensa que el pasado siempre vuelve! ), El secreto de sus ojos, premiada con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

El secreto de sus ojos

Película con escenas memorables en la que Ricardo Darín ofrece, como siempre, un curso de interpretación. Película cuya visión, que recomiendo encarecidamente, y que , sin duda, sería más gratificante que la lectura de esta reseña, es también un repaso a la aún reciente y no olvidada historia argentina de secuestros y desapariciones, de guerras y de expolios, de robos y saqueos bajo la dictadura militar. Videla, Galtieri… ¡otros excelentísimos!

Es también Sacheri autor de relatos cortos, relatos en los que el fútbol, y todo lo que rodea a este mundillo tan particular, es elemento primordial.

Poco más necesitaba yo para intuir que La noche de la Usina me acabaría gustando.

El argumento de la novela, si nos vemos forzados a contarlo con pocas palabras, es bien simple: unos honrados obreros estafados deciden recuperar lo que les robaron. Y lo acaban consiguiendo.

Vayamos por partes:

Unos perdidos trabajadores en un poblado perdido en mitad de la nada, viendo cómo el paro y la desolación asolan Argentina, deciden hacerse emprendedores. Aportan todo el dinero del que disponen, con una entrega y disposición absoluta, para la compra de la vieja granja que, renovada, habrá de ser sede de la nueva empresa. Depositan en el banco todo el dinero como aval necesario para la concesión del crédito que precisan. El malhadado “corralito” les sorprende y el dinero depositado queda retenido. Ni hay dinero ni hay , obviamente, préstamo. A otros no les va tan mal. En connivencia con el gerente del banco alguien, Fortunato Manzi, un mal tipo, sacó el dinero y además en dólares. El “corralito” será para él la ocasión de aumentar su riqueza. Enterados los jubilados de que Manzi guarda “su dinero”, el de ellos, en una especie de zulo, buscan la manera de recuperarlo. Lo consiguen finalmente.

Después del “rerrobo”, ¡quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón!, nuestros protagonistas siguen siendo tan honrados, y tan pobres, como antes.

A partir de una historia tan elemental, tan básica, tan como de guion de cine, Eduardo Sacheri elabora una trama en la que se entremezclan pequeñas y grandes historias de solidaridad, de amor, de relaciones de amistad, de afecto… historias que pasan, sin sucesión de continuidad, de lo particular de la existencia de cada uno de los personajes a lo general de la situación de un país en crisis. Crisis, todo hay que decirlo, inducida y generada por los gobernantes del país. No hay crack del 29 ni subida del petróleo a los que achacarles la culpa. Todo se debió al deterioro político. Al latrocinio institucionalizado.

Me ha gustado mucho la caracterización de cada uno de los personajes. Destaca entre ellos Perlassi. La gloria futbolera de O’Connor. El que mira como con desdén y un poso de escepticismo la época en la que su imagen sirvió de portada a revistas y su rostro fue cromo de coleccionistas.

El ideólogo. Me gusta su historia de amor. Su desolación.

A su lado, Fontana, el gomero que pese a todo sigue esperando un futuro mejor de mano de los políticos. Creo que más que seguir creyendo es que se ve obligado a decirlo. ¡Qué desamparado queda uno cuando ve, a su alrededor, el derrumbe de los ideales! ¡Qué difícil aceptar el fracaso de aquello en lo que creímos!

Y Belaúnde. Y Lorgio. Y Rodrigo. Y Medina. Y los hermanos López. Y…

Un amplio repertorio de personajes en una novela coral, berlanguiana, donde llama la atención la casi total ausencia de elementos femeninos. Muerta Silvia, la gorda, apenas nadie. Florencia.

Un inciso. Un “sin embargo”. Resulta, a la luz de la lectura de este libro, una temeridad enorme que a algún turista o visitante ocasional le dé por alquilar un coche para transitar por las carreteras argentinas. ¡Qué de accidentes! ¡Qué de imprudencias! Estremecedor. ¡Y eso que suponemos que las carreteras son llanas y rectas!

Y entre tanto fracasado, entre tanto perdedor, entre tanto drama en el que no se halla ni un resquicio para la esperanza, fuera de la reivindicación de la bondad como norma de conducta, surge ese humor ácido, más blanco en la narración del joven Rodrigo universitario convertido en experto jardinero al par que pretendiente de la bella secretaria; tirando más al negro en el desarrollo de todas las peripecias sucesivas por las que pasan nuestros personajes en el intento de desactivar la alarma.

Desesperanza también al afirmar que a los muchos Manzi que en el mundo hay, a la mala gente, nunca les irá mal. Siempre, así lo dicen, caerán de parados.

Y Hernán. ¡Qué capullo! Menos mal que no acaba viniéndose para España, ¡que tenemos aquí el cupo completo! y que, como El Dioni, prefiriera Río de Janeiro. Como él, Sabina dixit, lo primero que haría al llegar a Río sería mirarse al espejo y decir ¡qué tío! ¡llamarle boludo sería un halago!

Y ese final en el que, creada la empresa que dio pie a la novela, todos siguen viviendo de manera humilde y discreta, también nos remite al cine hispano. Los ladrones somos gente honrada.

Un aspecto más me ha resultado profundamente interesante. El uso tan libérrimo de la lengua española. Si hay quienes se sienten dueños del idioma, si hay quienes se creen depositarios del mismo y únicos responsables de su uso y esplendor, si sigue habiendo quienes piensan que los hispanoamericanos nos son deudores eternos y que deben estarnos, a los españoles, siempre agradecidos, la lectura de libros como este, fuera ya de sencillos ejercicios aritméticos, nos debe hacer reflexionar. Como mucho, copropietarios. Y cada vez con menor participación accionarial.

Comencé a anotar aquellas expresiones locales, argentinas, que iban apareciendo. Esperaba, además de la inevitable acentuación aguda de los indicativos algún macanudo, alguna cuadra, alguna mina, algún laburo… Pero la riqueza de expresiones propias, también nuestras en razón a esa especie de ósmosis que debiera ser admirada, me hizo desistir del registro cuando apenas llevaba leída una cuarta parte de la novela.

La sucesión de palabras y expresiones tan bien traídas, tan apropiadas, tan sugerentes, era como un caudal irrefrenable. Así que preferí en lugar de anotarlas , disfrutar de ellas.

Pero, ya que empecé a hacerlo, (anotar y registrar), no me resisto a mostrar algunas de ellas:

Lapicera, plata, mueblería, playón, pava, nomás, cebar, computadora, ponchada, guita, estar en la lona, táper, quilombo, milicos, acopiadora, chacareros, tercerizar, gomería, galpón, manga, cuadra, ripio, remís y remiseros, boludo, pelotudo, cricket, pinchadura, videoclubista, yuyos, banquina, ventolina, potreros, traste, enganchar, manejar, pibe, verborragia, epa, sofrenar, desgano, aporteñado, parador, me cacho, rubros, alfajores, fierro, entibiar, pocillo, escribanía, tránsfuga, pavada, la mar en coche, custodio, maroma, mango, nafta, abollado, batir el parche, boletín radial, velorio, vereda, chorros, pelado de barba, los vidrios de las cajas, coimas, combis, chiflete, bochinche, cagarnos, sorete, accionar el encendido, tambo, chicotazo, boleado, estar más cerca del arpa que de la guitarra, macanudo, box, ley de acefalía, hambreado, quedar con el culo apuntando al norte, emparchar, renguera, gauchada, estación de morondanga, barrial, sabiola, patacón, diagnóstico cuidadoso, mina, puestero, changa, no entrar ni el loro, meta y meta construir, vaina, acovachar, fajar, sanata, repodrido, me llené la paciencia…y todo ese tesoro en apenas el veinticinco por ciento del libro electrónico. ¡Ganas me dan de seguir apuntando!

Siempre vimos los españoles a Argentina como un país de posibilidades infinitas y nunca desarrolladas. Siempre la observamos desde la distancia de un océano intermedio como diciéndonos que si nosotros tuviéramos lo que tienen ellos…. Poca población, gente joven, grandes extensiones de terreno productivo, recursos inagotables, diversidad de climas, educación y cultura…¡ y menuda clase política también!

Y ese mito de cuánto los argentinos habían ayudado a España cuando nadie nos ayudaba.

Una anécdota: hace muchos años, cuando hacía la mili en Córdoba, me vi obligado durante tres o cuatro días a faenar en la cámara frigorífica del cuartel. No recuerdo ya si fue un castigo que se me encomendó por leer o el azar de un turno de trabajo. Ya había terminado Magisterio y estudiaba Historia Contemporánea. Algo sabía de esa ayuda argentina. Perón, eso decía la historia oficial, fue el único que ayudó y socorrió a la hambrienta población española cuando todo el mundo, a instancias de Estados Unidos y de la pérfida Albion nos marginaba. Aquello sucedía a fines de los 50. El general Juan Domingo Perón y la encantadora Evita nos mandaban carne y trigo. Los productos de La Pampa.

Cuando yo estaba en Córdoba transcurría 1980. Habían pasado más de veinte años de aquello, de aquellas remesas caritativas.

En la cámara frigorífica de aquel cuartel, uno más entre tantos,colgaban del techo sujetos por ganchos que amenazaban abrirse por el peso, cantidades ingentes de vacas y bueyes desollados. Una estampilla circular de un color azul oscuro muy desleído en la parte trasera de cada animal mostraba su procedencia. Donación del gobierno argentino,1956. A ambos lados del Atlántico, ¿cuántos serían los que se aprovecharon, coimas y comisiones mediantes, de aquellos envíos tan fraternales?

 

Luego, tiempo después, volvimos a saber de Argentina gracias al fútbol. Los campos de césped hispanos se poblaron de jugadores argentinos, oriundos les llamaban, que podían jugar con nacionalidad española en razón a sus orígenes. Hubo alguno que declaró sin ruborizarse, al bajar del avión, que estaba emocionado por pisar la tierra donde nació su abuelo. La ciudad en la que el avión había aterrizado se llamaba Celta de Vigo.

Un libro , de un autor que si bien no es granadino, sí que ejerció, con su buena dosis de malafollá incluso, en tiempos de granadinista, José Vicente Pascual; Palermo del cuchillo, que encontré en un puesto de ocasión, narra en parte aquellas historias. Algunos de aquellos oriundos dejaron huella en la mitología local. Aguirre Suárez, Echecopar, Oruezábal, el del Chiquito…

Poco más supimos de Argentina. Estábamos ocupados en otras cosa y Borges, Sábato, Campanella, Piazzola, Carpani, Cortázar, Madres de Mayo y Malvinas siguen siendo perfectos desconocidos. Aún hoy. Messi, solo Messi. ¡Ah! Y Mascherano. Y Maradona. Y El cholo Simeone. ¡ Y Francisco!

Al parecer, los sólidos lazos de hermandad hispamo-argentinos no son más que débiles piolines.

Vuelvo al cine. Entre el Atraco perfecto de Kubrick y el Atraco a las tres de Forqué, recordemos que Perlassi halla la manera de perpetrar, ( es este un verbo muy feo para lo que no es más que un acto de justicia), la entrada en ese búnker en el que Fortunato Manzi atesoraba el producto de sus rapiñas, tras ver y revisar decenas de películas en las que se describían las más variadas técnicas de acceso a lo que es prácticamente imposible acceder.

Este atraco del que preveíamos que pudiera resultar una total chapuza, abocado a la mofa y la risa, termina siendo el leit motiv de una historia disparatada, cómica a veces, pero siempre profundamente humana.

La historia que comienza con los modestos fuegos artificiales en los que uno gastó sus últimos ahorros termina con los fuegos artificiales vistos a kilómetros de distancia provocados por el incendio de la Usina.

Pura metáfora. Un símbolo, la Usina.

A veces la mejor manera de crear es destruir.

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