El mar, John Banville

Joaquín Medina Ferrer

Como un mar que devuelve cadáveres en ofrenda pagana a algún dios…”

Hay quienes llaman al mar El reincidente. No es mal calificativo. El mar, la mar. Siempre repetido, siempre previsible. Y a la vez, sin que suponga contradicción alguna, siempre novedoso y siempre inesperado. Una metáfora. La metáfora perfecta de lo que es la vida. Una vida que creemos y sentimos como propia, pero que, al fin y al cabo, está, como los guijarros y las conchas de la orilla que parecen bailar movidos por el oleaje, sujeta al albur del destino.

De este continuo movimiento, flujo y reflujo, marea calma y extraña marea, extrae John Banville el motivo necesario para narrar la vida, iba a escribir parte de la vida, pero no, es “toda la vida”, de una especie, deduzco, de álter ego del autor, Max Morden.

Y digo que narra la vida, así en su totalidad, porque, a la postre, qué es la vida sino la eterna confrontación entre lo que fue y lo que pudo haber sido, entre lo que tenemos y lo que esperamos un día tener y no tuvimos. Ni tendremos.

 John Banville escritor FOTO JOSE LUIS ROCA

Solo sabía de este escritor irlandés, John Banville, que había recibido en el año 2014 el premio Príncipe de Asturias; que siempre aparece su nombre entre la nómina de señalados para un futuro premio Nobel; que, como los gemelos Chloe y Myles de la novela, se desdobla bajo el pseudónimo de Benjamin Black y que con este ¿heterónimo a lo Pessoa? tiene una prolífica carrera de escritor noir que alterna con la obra, de más enjundia, que firma con su auténtico nombre. Sé que hace poco, puede que el pasado año, participó en Granada, en el Centro Federico García Lorca, en unas jornadas literarias…

Aunque doy por sentado que detrás de un escritor siempre hay un mentiroso, grande cuando hablamos de un gran escritor, solo embusterillo cuando de un modesto aprendiz se trata; puede resultar interesante leer cómo John Banville habla de sí mismo y de esa particular pareja Jekill- Hyde que ha ido conformando en su obra. Wikipedia habemus:

“El arte es una cosa extraña. Bajo el sombrero de Banville puedo escribir 200 palabras al día. Un día decidí que podía convertirme en otro y bajo ese segundo sombrero, en esa segunda piel, puedo irme a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez 2.000, y disfrutar con ello. Es increíble descubrir cómo otro tipo puede vivir tu vida y usar tus manos y deleitarse con eso. Escribir es un trabajo peculiar… Escribir es como respirar. Lo hago por necesidad. Por mi propia boca, y ahora también por la de Black”.

Habiendo sido ya elegida la novela El mar como lectura de nuestro club y antes de que me pusiera a la tarea de reseñar el libro, mientras conducía precisamente de camino al mar, emitieron en un programa cultural, puede que Radio 3 fuera la emisora, una entrevista a Banville. De sus palabras, entre repetidos elogios a Cervantes y a Shakespeare, me llamaron la atención aquellas con las que contestaba a la pregunta de qué condiciones debía reunir según él un buen libro. Banville respondía algo que era más que una frase ingeniosa. Venía a decir que los buenos libros eran aquellos que, al ser publicados, han servido para hacer mejor el mundo. Argumentaba que después de leer una obra se preguntaba si ese libro era necesario. Si la respuesta era afirmativa…

Quitando lo que de boutade pueda tener esa especie de aforismo hay que reconocer que mucho de cierto hay en ella. Y no deja de ser arriesgado que la frasecita provenga de un narrador en activo, sujeto, en vivo y en directo, a que le sea aplicado el mismo filtro que él propone.

Escribo antes de saber qué opinión merecerá esa novela al resto de contertulios. No sé por tanto si habrá sido del agrado o no de los integrantes del club. Desconozco si pensarán que El mar forma parte de esa selecta selección, si se admite la redundancia, de aquellos libros que si que se merecieron ser escritos. De las obras que, de no haberse realizado, serían echadas en falta.

Adelanto que a mí El mar me ha gustado. Mucho. Muchísimo.

¿Cuáles son las razones? Intentaré exponerlas sabiendo de antemano lo difícil que es expresar por escrito sucesos, imágenes y recuerdos que tanto afectan a los sentimientos:

Me ha gustado cómo Banville integra en una sola obra lo que, con frecuencia, precisa de varias.

Todos sabemos de la existencia de novelas iniciáticas, aquellas en las que el narrador cuenta aquello que pudiéramos llamar “el despertar de la pubertad”, ese tránsito marcado en gran parte por los primeros aprendizajes sexuales, la influencia de camaradas y amigos y la sempiterna confrontación con los progenitores.

Hay también novelas en las que el narrador echa la vista atrás y, a modo casi de diario, repasa su vida adulta intentando justificar en lo anteriormente sucedido la realidad de su presente.

Hay novelas introspectivas, como una especie de descenso a los infiernos que sirven de catarsis y liberan del peso del pasado al autor.

Esta tipología, no necesariamente acorde con los modelos que encontraríamos en un estudio de este género literario, podría prolongarse casi sin fin siguiendo en definitiva la idea de quien haga la clasificación.

¿Qué me gusta de El mar? : Que de todos estos tipos participa. Es una novela tan diversa que resulta inclasificable. Este adjetivo puede utilizarse tanto como crítica peyorativa como, y para mí es el caso, ejemplo de la obtención de un hallazgo muy sugerente.

Me ha gustado también de esta novela los distintos registros empleados por Banville y que a lo largo de su desarrollo se suceden de manera nunca forzada. Descubrimos así un Banville lírico, otro zafio, otro cuasi crítico de arte, otro sentimental, otro escéptico, otro meramente descriptivo, otro que actúa como narrador omnisciente, otro que se dirige directamente al lector e incluso lo interpela…

Estos cambios de registro se unen a lo que es otro hallazgo del autor irlandés: los cambios temporales que se suceden a lo largo de la novela y que logra engarzar Banville de una manera tan natural, tan mínimamente forzada, que no deja de ser admirable. Nunca echamos en falta una separación mayor entre párrafos, un distinto tipo de letra, una referencia indicativa… La prosa de Banville fluye sin problemas, adelante y atrás en el tiempo como un río que pudiera a su antojo cambiar el sentido de sus aguas.

También me ha llamado la atención la forma en la que Banville define los personajes de la novela. Una vez leída sabríamos decir de cada uno de ellos cómo es. Y a ello llega, exceptuando, claro, el caso del personaje principal, Max Morden, que se eleva por encima de todos los demás, de una manera que podríamos decir casi pictórica. Banville dibuja los personajes y lo hace al modo en el que los impresionistas pintaban, capturando momentos. De esta forma consigue que nosotros, lectores, tengamos una idea precisa de cómo son, “por dentro”, los partícipes de esta larga historia.

MADRID 03 05 2018 John Banville escritor FOTO JOSE LUIS ROCA

No es casualidad que elija Banville como supuesto motivo que justifica la presencia de Max Morden en Los Cedros la redacción de un estudio sobre Pierre Bonnard uno de los pintores impresionistas menos conocidos y llamado de forma casi despectiva “el pintor de las mujeres en el baño”. Libro que, podría añadir que lógicamente, no termina por escribir. Aunque puede que si lo escribiera. Intento explicarme. Si por un momento nos olvidamos de lo que sería el componente específicamente artístico de las creaciones de Bonnard, es decir, si nos olvidamos de cuál era la paleta de colores que usaba, qué tipo de pinceladas aplicaba, cómo reflejaba la luz en sus obras, etc. y nos centramos en el análisis de la persona en sí, encontramos más de un paralelismo entre ambas existencias, la de Max Morden y la de Pierre Bonnard. Pudiéramos decir que intentando escribir acerca de la vida de Bonnard, Morden termina narrando la suya.

Me ha gustado también la forma en la que Banville teje una novela que desde el comienzo puede ser interpretada en clave de lucha de clases. Cómo Banville hace un sucinto, literario, sí, pero tan certero como lo haría un politólogo, análisis de las diferencias de clase y del desclasamiento social. Primero desde el punto de vista de un chico, Max Morden, de familia modesta que, desde la atalaya de su modesto veraneo ve la manera ostentosa en que muestran la riqueza los chicos a los que envidia. Más tarde cuando a través del matrimonio Max alcanza una posición desahogada sin hacer asco alguno al modo por el que su suegro, y él de paso, se enriquecen.

Resulta también muy logrado todo el relato del descubrimiento de la sexualidad de la mano de esa Chloe que participa sin duda de del desbordamiento erótico de la Lolita nabokoviana, y como Lolita, nínfula dispuesta a perder urgentemente lo que en ella quedara aún de infancia. Relato hábilmente complementado con la atracción que en un primer momento Max siente por Constance, la madre de Chloe, y que remite de manera inequívoca a aquella célebre película, El graduado, en la que un joven Dustin Hoffman queda transido contemplando como una otoñal Anne Bancroft juguetea a su costa subiéndose lenta y maliciosamente las medias. Por cierto que en esta película Dustin termina también enamorándose de la hija… Al final va a resultar que todo está más que inventado.

Hay en El mar una continua referencia a pintores que, será deformación profesional, me ha interesado especialmente. Así, además de Bonnard, del que se hace una detallada mención aparecen Vuillard y Denis, De la Tour y Gericault, Duccio y Picasso… y, sin citarla explícitamente, una referencia que impregna todo ese periodo vacacional, la más conocida obra de Edouard Manet.

Constance tendida en el prado a la manera de un Dejeuner sur l´herbe irlandés. Espontánea a lo que parece. El marido, distraído, lee el periódico. Max, el amigo de los hijos, disimula subida de colores y suponemos que disimula alguna subida más. Myles parece que está en otro mundo. Chloe, calculadora y fría, sopesa la situación. Y mientras, Rose… ¡ay, Rose! Rose es la joven sirvienta. Le toca sufrir.

En esa escena, en ese cuadro remedo del célebre desayuno legado por Manet, imagen de un momento congelado en el tiempo, se condensa la narración de Banville. En esa escena típicamente impresionista por su temática festiva, su soleada iluminación y su carácter prefotográfico, se contiene y se adivina toda la elaboración posterior de la historia.

Poco después la novela nos llevará a uno de esos momentos humorísticos, podríamos decir que en la más pura tradición british, que Banville nos presenta. Soliviantado con Rose, harto de su vigilancia, que a los niños parece obsesiva, Myles pintarrajea en la pared dos monigotes y una leyenda: R. V. ama a C. G. Al tiempo se entenderá el sonrojo con el que Rose debió contemplar el grafiti infantil. Se intuye asimismo la cara de sorpresa que mostraría Carlo Grace al verlo. – ¿Rose y yo? – se preguntaría.

Otro guiño. ¿Quién es realmente Max Morden? En un momento dado la madre de Max se queja de que Anne lo llame así y no por su verdadero nombre. Max contesta con un seco y cortante: “Ahora sí”. No sabremos cuál es la respuesta a esa pregunta. Y alguna intención ha de haber en ello. En que ese enigma aparentemente mínimo se mantenga. Como decían que dijo el gran Flaubert en respuesta a la tan manida pregunta de quién era la Madame Bovary de su novela puede que Max Morden c´est moi aussi.

También es de una gran belleza y, a su manera, rebosante de ternura, la narración que hace Banville de la relación entre Max y su esposa Anne. Narración que, de nuevo ese mar que se mueve de manera sincopada, va de lo sentimental a lo materialista, del amor al desprecio… Relato que de manera abrupta, tal como ocurrió con Chloe y Myles, finaliza de modo trágico. La muerte de Anne, víctima de un cáncer, como casi todos fulminante, sirve para que Max dé rienda suelta a la tensión emocional que le aprisiona. ¡Puta!, llama, con una palabra que es más ruego que imprecación, a la mujer recién muerta antes de preguntarle por qué le dejó.

Muy interesantes también esos momentos en lo que Anne, hospitalizada, se dedica a recorrer, atada a sueros y medicamentos, las diferentes salas para fotografiar de manera compulsiva a quienes sufren. Y esa constatación posterior: a los enfermos no les molesta, solo le importa a los familiares. Elogio de la desolación. Fotos que, palabras de Anne, son su “acusación contra todo”.

También me han gustado esas reflexiones de borracho por así llamarlas en las que Max intenta hallar en la bebida un consuelo que sabe que no va a encontrar. Más desolación. Saint- Exupéry ya lo adelantaba en El principito cuando en uno de los planetas que visita el protagonista se encuentra con un bebedor:

– ¿Qué haces ahí? – le dijo al bebedor, que se hallaba instalado en silencio ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas.

– Bebo – respondió el bebedor, con aire lúgubre.

– ¿Por qué bebes? – le preguntó el principito.

– Para olvidar – respondió el bebedor.

– ¿Para olvidar qué? – inquirió el principito, que ya lo compadecía.

– Para olvidar que tengo vergüenza – confesó el bebedor bajando la cabeza.

– ¿Vergüenza de qué? – preguntó el principito deseando ayudarlo.

– ¡Vergüenza de beber! – concluyó el bebedor que se encerró definitivamente en el silencio.

Y el principito se fue, perplejo.

Los adultos son decididamente muy pero que muy extraños, se decía a sí mismo durante el viaje. “

¡Y tan extraños!

Algunas cuestiones se me quedan un poco perdidas tras la lectura. Puede que no sean importantes. Puede que este afán en redactar una reseña que intenta ser matizada y personal me lleve a plantearme cuestiones nimias.

Una de esas cuestiones es la pregunta que Banville no contesta del porqué de esa pérdida de habla de Myles de quien en alguna ocasión escribe que parece que va a hablar pero nunca termina haciéndolo.

Sé que cosas así pueden pasar. Algún caso he conocido. Sé de niños que sin ningún problema fonador, a raíz de una situación más o menos traumática, enmudecen para siempre. ¿Pero cuál es el trauma vivido por Myles? ¿Es Myles solo el contrapunto a su hermana Chloe de la que sospechamos ha de ser “rabúa” hasta el exceso?

De nuevo puede que Banville se nutra de elementos que ya ha leído o ha visto. Así, de memoria, me viene a la cabeza, Alan Ladd, el célebre Shane de Raíces profundas, que protagonizando en El rebelde orgulloso a un padre que en el duro Far West recorre todo el Oeste en busca de un médico que cure el enmudecimento de su hijo. Como es lógico el hijo recupera el habla y nuestro protagonista encuentra a la mujer a la que amará para siempre. No sé si Banville será amante de ese tipo de películas. Cosas más raras ocultan los genios.

Otra pregunta que me hago es quién demonios es el coronel Blunden que comparte con Max régimen de alojamiento. ¿Cuál es la razón de su presencia en Los Cedros? De nuevo se me hace difícil entender el porqué de su presencia. Puede que la pregunta no esconda más que una respuesta simple. Si solo hubiera un alojado ¡menudo negocio sería el que regenta la señorita Vavaseur! Pero a mí la respuesta simple me resultaría extraña.

A lo mejor lo que escribo resulta ser una barbaridad. A decir barbaridades solo se arriesga el que las dice, claro. Puede que la novela no sea solo una mirada proyectada hacia el pasado desde el presente. Puede que Banville anticipe en la figura de ese coronel del que no se narra participación bélica alguna y que solo vive pendiente de que su hija se digne acudir a visitarle lo que Max Morden será en el futuro. Como si quisiera encerrar en un círculo una vida completa.

Tampoco le encuentro excesivo sentido a dos de los personajes que aparecen en la novela y para los que no hallo demasiada razón de existir… Puede que con el paso de los días la memoria empiece a flaquear y me pierda algo. Tampoco soy yo quien para enmendar la plana al autor, pero me parece que tanto la señorita Bollo, amiga de Rose y a lo que parece propietaria de la casa de Los Cedros y de la que la propia Rose Vavasour no da demasiados detalles, lo que hace intuir una fallida y lejana relación amorosa, como la misteriosa Avril que habita en la casa que antaño fue lechería y con la que nuestro protagonista mantiene una conversación sobre lejanos recuerdos son personajes perfectamente prescindibles.

Para terminar me queda una duda casi existencial después de leer la novela. ¿Cómo habría contado su vida Rose Vavasour? ¿Cuál habría sido la mirada al pasado de esa otra auténtica protagonista de El mar?

Rose y Max participan, a mi entender, de una posición literariamente similar. Ambos vieron pasar ante sus ojos todo lo que aconteció en aquel lejano verano en Los Cedros. Ambos también entienden lo que pasó. Y cargan dolorosamente con esa mochila que todos llevamos a la espalda y a la que vamos añadiendo los recuerdos de nuestras particulares historias. Historias, las más de las veces, de amor y muerte, historias importantes. Tan importantes que a nadie importan.

¿Quién mejor que el propio Max para describirlo?:

Y de hecho no había pasado nada, una memorable nada, tan solo otro de esos grandes encogimientos de hombros con que el mundo manifiesta su indiferencia”

Acabó como empecé. Volviendo a un compositor granadino, José Ignacio Lapido, al que en alguna otra reseña he citado. Pongo el punto y final, guardo la copia en el ordenador y vuelvo con mis recuerdos. A rebuscar en el fondo de mi mochila.

Y me quedo de nuevo “a solas con mis recuerdos, los falsos y los verdaderos”.

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