Luces de bohemia

Joaquín Medina Ferrer

Normalmente suelo tener claras las líneas conforme a las que voy a ir desarrollando la reseña de cada uno de los libros que en nuestro club vamos leyendo. El proceso es bien fácil. Antes de comenzar la redacción de la misma hago un breve repaso mental sobre ciertos datos. Algún recordatorio de la vida y obra del autor de turno. Algunas anécdotas personales que le den a la reseña un carácter más intimista. Algunos toques académicos acerca del anclaje histórico de la obra. Algunas referencias muy sui géneris a otras obras, sean estas literarias, musicales, pictóricas o cinematográficas, que pienso que de alguna manera pudieran estar relacionadas con la obra leída… También, todo hay que decirlo, suelo dar un ligero paseo por entre algunas de las críticas que se nos ponen a nuestra disposición en este impagable Gran rincón del vago en el que a menudo se convierte internet.

A continuación, a la manera, (así lo quiero imaginar yo aunque la realidad sea bien distinta), de un experto barman, mezclo todos los ingredientes en la coctelera y agito con cuidado. O a lo bruto, que de todo hay entre las reseñas que forman la viña del señor. Debo cuidar que la proporción de cada uno de los ingredientes sea correcta, que ningún sabor o aroma enmascare el de los demás. Debo también tener cuidado con que el contenido no rebose la copa… aunque, ¡es lo que tiene no pasar de aspirante a escritor! siempre habrá quien entienda excesivo el “metraje” de la reseña.

Y recién escrito lo que antecede caigo en la cuenta de que Ramón María del Valle- Inclán, don Ramón o simplemente Valle, depende de la confianza que tengamos, sí que fue un auténtico barman del lenguaje. Él sí que supo mezclar ingredientes dispares para elaborar con ellos una combinación que, por seguir con el argot, nos resulta del todo redonda cuando la probamos. Una bebida en la que nada sobra y en la que nada falta.

Recuerdo que siendo muy joven supuso para mí toda una sorpresa la lectura de la Sonata de primavera. Esta Sonata era libro de lectura obligatoria en la Escuela de Magisterio. Algo que, a priori, nos hacía a todos los estudiantes leer con recelo. Con el transcurrir del tiempo apenas conservo de aquella lectura más que la memoria desvaída de aquel Marqués de Bradomín, álter ego de nuestro autor, junto a descripciones palaciegas de acentuado barroquismo. Y algo que nunca podré olvidar: la emoción que me embargaba cuando absorto escuchaba recitar/declamar a quien era mi profesor de Literatura, Pepe Heredia. Pasados los años he olvidado qué decía, sin embargo jamás olvidaré el cómo.

Pasados muchos años, demasiados años sin duda, leí, con ocasión precisamente de su lectura en este club, Tirano Banderas. De nuevo la sorpresa ante un lenguaje desbordado en el que americanismos indígenas convivían sin esfuerzo aparente con palabras inventadas. Decíamos entonces como justificación a tal exuberancia que como Valle había vivido en México era lógica tanta riqueza expresiva. Casi sin darle importancia. Como si fuera normal. Y no lo era, claro. Descubrí en la obra de Valle-Inclán lo que hasta entonces pensaba que era patrimonio de García Márquez, de Vargas Llosa, de Carpentier y de tantos escritores sudamericanos. Ese realismo mágico que tanto juego dio cuando se convirtió en boom literario… ¡pero con más de cincuenta años de antelación! Y de la mano, de la pluma, de un escritor gallego todo lo raro y extraño que pudiéramos imaginar.

Tirano Banderas

Y de nuevo, ahora con Luces de bohemia, Valle- Inclán consigue emocionarme. De nuevo me hace sentir que la obra que estoy leyendo es una auténtica maravilla. Una de esas obras que hace que nos sintamos afortunados por pertenecer a esta especie humana que junto a grandes meteduras de pata es capaz de hacer cosas como esta.

Resulta muy difícil escribir una reseña acerca de una de las obras más turbadoras de la literatura española. Apenas veinticuatro horas le bastan a Valle- Inclán para hacernos a todos partícipes y conocedores de la degradación moral y ética que vive un personaje, pero también una sociedad y un país entero.

Desde el inicio Valle-Inclán crea una obra, ¿drama?, ¿tragedia?, ¿tragicomedia?…, que nos obliga continuamente a hacernos preguntas, que nos mantiene siempre en una tensión expectante en espera, valga la redundancia, de lo que va a suceder.

La acción en un Madrid absurdo, brillante y hambriento. Esas son las primeras palabras de la obra. Palabras que parecen remitir meramente a una localización y que en sentido estricto podríamos hasta dudar de si pertenecen a ella o no. Y desde ellas Valle- Inclán nos da una de las claves para entender la lectura de una obra que, siendo teatral y pensada, sin duda , para ser representada.es algo más que una obra de teatro. -No os saltéis las acotaciones- parece decirnos.

Se supone de las acotaciones escénicas que son indispensables para describir las características del decorado en el que transcurrirá la acción. Suponemos también que han de ser más extensas al comienzo de cada uno de los actos y que menguaran en tamaño cuando la acción vaya transcurriendo. Y suponemos, finalmente, que solo (¿solo?) servirán para hacernos ver si fuéramos posibles directores teatrales cómo son (por fuera) los personajes que protagonizan la obra.

Madrid. Absurdo. Brillante. Hambriento. Cuatro palabras solamente. Cuatro palabras que contienen en sí mismas, si acaso aceptando el cambio de Madrid por casi cualquier otra ciudad, el germen de ese nuevo género, podríamos decir que inventado por Valle, al que llamamos esperpento.

Callejón del Gato desde Núñez de Arce

A partir de ahí la obra se desarrolla a un ritmo trepidante. En una rápida sucesión de imágenes guiados de la mano de Max Estrella, el poeta bohemio y de don Latino de Hispalis, su amigo y lazarillo, Valle- Inclán hace un recorrido somero y al par pormenorizado por el Madrid que aún vive los últimos años de la Restauración aunque ya aparece en la cercanía el fantasma de la dictadura primorriverista. Valle repasa, da un repaso en rigor, de manera real y metafórica podríamos convenir, a la vida política, literaria y social de la España de comienzos del pasado siglo. Nada ni nadie queda fuera de su azote. El escritor desaliñado, a su manera esperpéntico, utiliza su bastón primero para señalar y más tarde para golpear de modo inmisericorde a diestro y siniestro.

Puede que lo dicho de Max y de don Latino más arriba sea excesivamente breve para caracterizarlos.

Alejandro Sawa

¿Es Max Estrella solamente un poeta bohemio? Decididamente, no. Es también un arquetipo de ese modo de personas que por desgracia tanto abundan dados a culpar a los demás de sus propios fracasos, sean estos literarios, económicos, familiares, afectivos o de cualquier otro tipo. Podemos rastrear en él el eco quijotesco sin duda, convertidos ahora los molinos en políticos corruptos o policías desdeñosos y grandilocuentes. Pero Max es un quijote esperpéntico. Un quijote que, a mi juicio, hace más creíble al original cervantino. Es curioso como Valle- Inclán se refiere a Max, y no de manera aleatoria claro, como Máximo y hasta como Mala Estrella. Un juego de palabras que podríamos catalogar de sencillo y fácil si no trascendiera una carga sentimental tan grande. No es realmente Valle- Inclán quien así lo llama. Es el propio Max el que así se define. A veces crecido, a veces hundido.

¿Y don Latino de Hispalis? ¿Es realmente el amigo y lazarillo de Max? Pues a veces sí y a veces no. Depende. La escena casi final del abandono en el portal y la borrachera inmediata pesa de manera evidentísima en la catalogación que de él hagamos. Pero anteriormente Max lo ha defendido ante su mujer y su hija que, cada una en distinta medida, lo tildaban de borracho y aprovechado. Por algo sería esa defensa. Nada es gratuito en ese Madrid absurdo, brillante y hambriento. Lógicamente si en Max encontrábamos el resabio quijotesco ahora, en don Latino resuena el espíritu de un Sancho distinto. Un sancho como tantos.

El resto de personajes que rodean a ambos protagonistas vienen a ser las piezas de las que se valen, tanto ellos como Valle, para dar su visión de ese Madrid lumpen y cheli de las clases bajas , caciquista y déspota de las políticas y envidioso siempre en las literarias. Podríamos decir que esa visión de Madrid puede valer por añadidura para toda España.

Aunque algunos de los personajes elevan su dignidad por encima de la media, pensemos en el preso político al que se le aplica la tristemente célebre ley de fugas, en la prostituta joven, apóstol y magdalena modernos y laicos; y en la propia esposa de Max, la mayoría, sea cuál sea su posición social, muestran las miserias de la condición humana. Singulares también la aparición final del Marqués de Bradomín y de Rubén Darío.

Leyendo Luces de bohemia,y escuchando después las opiniones de los contertulios, no dejaba de venirme a la cabeza la imagen de esas parejas de humoristas tan típicamente hispanos. Humoristas ácidos las más de las veces. Expertos en reírse, cada uno a su manera, del otro. Del que es su sostén. Ambos integrantes de la pareja saben que se necesitan. Saben que no son nada sin el otro. Pero no pierden ocasión de zaherirse de manera inmisericorde. Podríamos decir que se hacen daño porque creen quererse y odiarse al par. La Lucha a garrotazos de Goya. El Sin ti no soy nada de Amaral.

Duelo a garrotazos

Goya. Es repetidamente citada su presencia en Luces de bohemia. Goya en la Quinta del sordo pintando a la luz de las velas que lleva adheridas en el sombrero sus esperpénticas Pinturas negras. Caigo ahora en la cuenta de que fue Francisco Rabal precisamente el que hizo de Goya en la película, biopic dirían ahora, ¡otro esperpento! de Carlos Saura y también de Max Estrella en la versión de Luces de bohemia que dirigió Miguel Ángel Díez con guion de Mario Camus. Casualidades.

También Solana. José Gutiérrez -Solana, pintor con el que siempre estaremos en deuda por el escaso reconocimiento que en España le damos a su obra, llevó al lienzo lo que Valle llevaba al teatro. Y a la vez. Sin copiarse. Cuentan de él una anécdota esperpéntica. Eso tan manido de que la realidad supera a la ficción. En una exposición dispusieron dos de sus obras a cada uno de los lados de la puerta de forma que al abrirse ambas hojas las obras quedaran oportunamente tapadas. El visitante ilustre que inauguraba la exposición era Alfonso XIII… ¡Él se lo perdió!

Se cuenta que algo parecido hacía Manuel Godoy con las majas goyescas. Que estaba solo, miraba la desnuda. Que recibía visita, mostraba la vestida. ¿Nos extraña la doble moral de muchos de nuestros políticos de ahora?

De Solana dicen los libros que su pintura es feísta  y destaca la miseria de una España sórdida y grotesca, mediante el uso de una pincelada densa y de trazo grueso en la conformación de sus figuras. Su paleta tenebrista resalta el oscurantismo de la España del momento. Gran escritor también Solana.

Y siguiendo entre los pintores, Ensor y sus pinturas de personajes con máscaras carnavalescas. Pero no voy a extenderme rebuscando en el mundo de la pintura. Grosz. Escher… el listado sería amplio.

Como también podríamos encontrar obras de alguna manera similares al esperpento dentro de la producción cinematográfica del expresionismo alemán también coincidente en el tiempo. Murnau, claro. Por supuesto Wiene y su Gabinete del doctor Caligari.

En esta obra, Luces de bohemia, y supongo que en general en toda su producción, es notoria la presencia de otros autores españoles. Eso que suele decirse de modo algo parecido a “Valle bebe en las fuentes de… ”

Y a mí me ha resultado curiosa que la conexión entre Valle y otros grandes protagonistas de la literatura hispana se realice, por así decirlo, en pasado, presente y futuro. En algunos casos, en indicativo, la relación parece evidente, y en otros en subjuntivo, puede que esta sea una opinión muy personal.

Ya había citado a Cervantes. Pero también me suena a Quevedo. Y al Arcipreste de Hita. Y al desconocido autor del Lazarillo de Tormes.

Pero también hay ciertos toques que me recuerdan a coetáneos suyos. A las Greguerías del otro gran Ramón de la literatura hispana, aunque a Gómez de la Serna no se le anteponga ese don con el que se significa a nuestro autor. También a nuestro Federico, ¡Cómo no ver a Lorca y a las muchas bernardas alba de sus tragedias cuando Valle escribe del regusto que queda en la boca al masticar ortigas! Incluso, determinados pasajes de Luces de bohemia nos remiten a ese enemigo íntimo, como si de unos Sabina y Fito Páez adelantados al tiempo se tratara, que fue Pérez Galdós, al que don Ramón llama en la obra don Benito el garbancero. ¡Celos de artista! Y ¿no hay algo de Clarín en ese par de personajes que tanto recuerdan al regente y a su amigo Sigilis?

Mas también autores posteriores se adivinan entre las sombras que generan estas luces. Martín Santos y Camilo J. Cela cuando se retratan esas escenas tabernarias tan sórdidas. Y Eduardo Mendoza. El más serio, casi historiador social, de La verdad sobre el caso Savolta. Pero también el más libre y despreocupado de La ciudad de los prodigios.

En definitiva, una gran obra que, vuelvo a los principios, se saborea con delectación. Por desgracia es inevitable el regusto amargo que deja en nuestra boca cuando cerramos el libro y reflexionamos sobre aquello que leímos. Más aún cuando dirigimos nuestra mirada al presente y observamos cuánto de aquella España queda todavía hoy. No ha cambiado tanto el cóctel. El poso que queda es puñeteramente parecido.

Anoche, espero que se permita esta precisión tan imprecisa, en el espacio que semanalmente dedica la 2 al cine clásico, proyectaban Cuentos de Tokio. Su director, Yasujiro Ozu, era el autor favorito de Renée Michel, aquella extraña, ¿esperpéntica también?, portera que conocimos en La elegancia del erizo. En un momento de la película alguien, en un diálogo, interviene y dice: La vida es decepcionante. Como es una película oriental, la interlocutora responde con una sonrisa: Si, con frecuencia.

Ozu era de Fukagawa, un barrio de Tokio. Valle- Inclán, de Villanueva de Arosa. Era un poco más áspero que el gran director japonés. No se andaba con remilgos.

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