Tan iguales y tan diferentes (Cuéntamelo II)

El relato de Rafael Rivero Castillo, ganador en la categoría A (Primer ciclo de ESO) es una madura reflexión de un chico de doce años recién cumplidos que encuentra en su afición al atletismo y en una experiencia personal la materia prima para dejarnos con la certeza de que hay esperanza. Aunque Rafa sepa que las palabras son a veces fuente de malentendidos (quizás por eso también apuesta por la música como medio para expresarse y comprender) las suyas solo invitan a la armonía. ¡Disfrutadlo!

Tan iguales y tan diferentes

Estoy tan nervioso que no sé si voy a poder dormir. En un par de horas mi madre va a entrar en mi cuarto a decirme que ya es la hora y comenzará nuestra gran aventura: las Olimpiadas en Khamlia.

Desde que a nuestro entrenador se le ocurrió la idea, llevamos meses planeando cada detalle de este viaje, viendo las personas que finalmente vamos a ir, el itinerario de cada día, hoteles en los que nos alojaremos, pruebas que haríamos en Khamlia y cada pequeña parte de este maravilloso viaje…Era un sueño hecho realidad… ¡y comenzaba ya!

A las dos de la mañana fuimos hasta el Polideportivo de Armilla porque desde ahí partía el autobús. Desde mi asiento se veía todo muy diferente a como lo suelo ver los días en los que voy a entrenar, estaba tan nervioso… Una vez montados en el autobús decidí no dormir y dedicarme a conocer a mis compañeros de viaje. Algunos eran atletas de mi club, pero también algunos viajaban con familia y amigos, por lo que conocí mucha gente nueva. En total éramos cuarenta y cuatro personas de distintas edades, desde un bebé a una abuela, aunque muchos eran de mi misma edad o de la de mis hermanos.

Algunos decían que viajaban porque querían conocer Marruecos y otros competirían conmigo en Khamlia. En cuatro horas llegamos hasta Tarifa y desde allí cogimos el barco. Me sorprendió lo cerca que estaban España y Marruecos, pensé en lo cerca y lo lejos que nos encontrábamos mientras observaba los delfines que nos acompañaban en nuestra aventura. Fueron tan solo dos horas para recorrer los catorce kilómetros que nos separaban de nuestro destino.

El barco nos dejo en Tánger y de ahí nos fuimos a Chaouen, llamada la ciudad azul. Chaouen es una ciudad laberíntica, recorrimos sus calles azules con un bullicio muy especial de personas, animales y vehículos muy diversos. Supe que las casas de Chaouen se empezaron a pintar de azul cuando los árabes que vivían en Granada fueron expulsados tras la reconquista de los Reyes Católicos. El azul de sus casas los distinguía de los árabes que llevaban toda su vida en Marruecos, aunque ambos grupos convivían sin ningún problema. Aprovechamos el día para visitar su medina, comer cous-cous y conocer las tradiciones de su gente. Esa noche caímos todos rendidos, aún seguía nervioso, pero el cansancio era más grande.

A la mañana siguiente estábamos muy temprano en el autobús, nos esperaba Fez, una de las ciudades más pobladas de Marruecos con la segunda mezquita más grande del país, era una ciudad preciosa, aunque yo ya estaba ansioso por empezar la competición en Khamlia. Me dormí pensando en el desierto, hasta que a las cinco de la mañana me asusté porque escuche una voz que decía “ALAAAAA”, más tarde mis amigos bereberes me explicaron que era la llamada al rezo que hacía el imán de la mezquita.

Al día siguiente viajamos casi ocho horas, tenía el cuerpo entumecido de las horas quieto en mi asiento, hasta que detrás de una montaña, lo vi….

Poco a poco nos acercamos a un lugar mágico, lleno de una arena muy fina de un color naranja espectacular. Paramos en el pueblecito de Khamlia, y allí vi un montón de gente, casi todos negros con unos vistosos turbantes azules en la cabeza. Eran bereberes, algunos de ellos descendían de esclavos que cruzaron el desierto Erg Chebbi para ganarse su libertad. La mayoría de los habitantes de Khamlia no hablaban español, pero fue increíble cómo nos entendimos sin palabras. Nos invitaron a dar un paseo en dromedario y a cenar, una cena riquísima donde no faltó el té y pronto nos fuimos a nuestra jaima a dormir. ¡Al día siguiente teníamos que competir!

Me desperté muy temprano, los chicos del pueblo nos señalaban una gran duna que entendimos que debíamos escalar. Subimos con mucho esfuerzo, sin haber desayunado, para ver salir el sol. El espectáculo era maravilloso y aunque no se lo podíamos decir en su idioma, con la mirada lo supimos expresar. En lo alto de aquella duna naranja inmensa conocí a un chico de mi edad llamado Abdellah, con él me tocaba competir en las pruebas que tenía que hacer en las olimpiadas, ¡parecía muy rápido! y eso que solía ir sin zapatos… Abdellah y yo pasamos mucho tiempo juntos, teníamos que preparar las pruebas que íbamos a hacer, aunque sólo hablábamos palabras sueltas, nos hicimos muy amigos y dormimos en el mismo hotel.

¡Por fin era el día de la competición! En el desayuno ya noté que Abdellah estaba muy nervioso, le calmé un poco. Al fin y al cabo los dos íbamos a hacer la misma prueba, los mil metros lisos. Una hora más tarde estábamos en el estadio, la grada llena de gente aplaudía febrilmente.

Una vez en la línea de salida observé que algunos de los corredores no llevaban zapatillas, pero eso no era un obstáculo para hacer deporte, se les veía felices igualmente.

Una vez colocados el juez dijo: “Ready, set, go! Con todos mis nervios conseguí salir el primero junto a Abdellah. Creí que iba a ser una carrera muy larga, pero se me pasó volando, cuando quedaban pocos metros y por el rabillo del ojo vi que a mi lado corría Abdellah, si hubiera estado en otra competición yo hubiera intentado esprintar y ganar, pero decidí seguir al mismo ritmo y entrar cogido de la mano de Abdellah. Una vez que llegamos a la meta me abrazó, me quedé paralizado, pero lo que hice fue responderle igual. Más tarde nos subieron al pódium a los dos, aunque el verdadero trofeo fue su amistad y todo lo que me enseñó del pueblo bereber en esos días.

Me enseñó que aunque parecemos diferentes, somos más iguales de lo que creíamos; que el respeto a las personas es muy importante; que aunque no hablemos el mismo idioma, el lenguaje de la amistad es universal; que se puede ser feliz sin tantas cosas y, que lo que tenemos hay que cuidarlo, por ejemplo el agua, vital y muy valorada por su pueblo y que debería ser igual de importante para nosotros.

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