Club de lectura: Fabulosas narraciones por historias de Antonio Orejudo

Joaquín Medina Ferrer

Hace unos días escuchaba a Antonio Orejudo, el autor de la novela que hoy reseñamos, decir en una tertulia radiofónica que una de las causas que posibilita que en los tiempos modernos en los que es tan fácil el acceso a los medios de comunicación sea cada vez más patente un mayor acriticismo, (si es que tal palabra está permitida), entre la población tiene que ver con la progresiva eliminación de los programas de enseñanza de lo que conocíamos como, fuera o no asignatura reglada, Comentario de texto.

Argumentaba Orejudo, puede que con una cierta deformación profesional, no olvidemos que es profesor de Literatura española en la universidad de Almería, que el comentario de texto, su aprendizaje correcto, era decisivo a la hora de analizar cualquier información y que ese análisis lo estaba echando en falta en la sociedad actual.

La voz de Orejudo sonaba a esas horas del fin de semana que la mayoría de las personas dedican a remolonear. Quienes pueden. Quienes puedan. Horas que, dicho sea de paso, los insomnes esperamos ya con ansia hartos de noches tan largas.

Estas palabras del escritor me llevaron inevitablemente a recordar que aún tenía pendiente la redacción de la reseña correspondiente a la lectura mensual de nuestro club. Hacía algún tiempo que yo, siguiendo una recomendación experta plena de superlativos, había comenzado a leer las Fabulosas narraciones por historias entremezcladas con otras obras. Por razones que no vienen al caso hube de interrumpir la lectura. He de decir que cuando más tarde en vez de reanudar la lectura de la obra la comencé de nuevo me gustó aún más. Ahora, puesto ya frente al ordenador, y mientras intento concentrarme en escribir un texto que parezca coherente, una vocecilla interior se dedica a distraerme. Me pregunta cuál es la razón de que esta novela se titule así y no de otra manera. Juega a cambiar el orden de esas tres palabras del título. ¿Por qué Fabulosas narraciones por historias y no Históricas fábulas narradas? ¿O Narraciones históricas fabuladas? ¿ O Fabulosas historias narradas? ¿ O…? ¡Qué sé yo!

Y aunque esa voz parezca que se empeña en entretenerme he de darle la razón. El título de esta obra que tanto bebe de Cortázar, y no solo en la circunstancial referencia a Rayuela, es ya un puro juego. Un sesudo y elaborado divertimento. Una gran mentira con apariencia de realidad. O, contrariamente, una gran verdad con apariencia de mentira.

Otra voz más seria y profunda me dice que, acorde con la importancia que el propio autor da a esa figura del comentario de texto y a la que me refería anteriormente, debiera hablar en la reseña de intertextualidad y metaliteratura, de metaficción y diégesis. ¡Dios me libre de seguir este camino!

Recuerdo que a propósito de esta obra Orejudo afirmó que es más apropiada para ser leída por lectores leídos. Puede que esta afirmación esté en la raíz de que tras la lectura, y no solo por los integrantes de nuestro club, las opiniones sobre ella sean tan extremadamente divergentes y no haya pronunciamientos en términos medios.

Desde un principio Orejudo elabora una trama en la que parece haber creado unos personajes imaginarios a los que llama con nombres que toma de nuestro nunca bien celebrado Almacén de Grandes Hombres Patrios, los llama José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, (Juancho para los íntimos), Ramón Gómez de la Serna; Federico García Lorca y así… De distintos estantes tomará prestados nombres como el de Alberto Jiménez Fraud e incluso el de alguno que, de rondón, se coló en ese almacén. Tal sería el caso de aquel del que no es preciso añadir apellidos aclaratorios pese a lo común de su nombre para saber de quién se trata. Sí, hablo de José Antonio. ¿Había algún despistado?

Junto a estos personajes de ficción con nombres conocidos el autor incluye en la trama unos personajes tomados de la realidad a los que hace pasar por seres reales, de carne y hueso, llámense estos Santos, Martiniano o Patricio y trátese de porqueros, escritores en ciernes o meros estudiantes anarquistas.

Con una inusual habilidad Orejudo une, a veces con groseras hilachas, a veces con delicados piolines, – de nuevo Cortázar-, a unos y otros, cronopios y famas, en una misma narración.

Y la maestría de Orejudo es tal que acaba por confundirnos. Y nos llega a hacer creer que la ficción es realidad y la realidad ficción. Y juega no solo con sus creaciones sino también con nosotros sus lectores. Y consigue que como no andes avispado te metas tanto en el juego que puedes acabar convencido de que Ortega fue un desalmado escritor frustrado por la nula repercusión de sus primeras novelas realistas; Juan Ramón un estúpido y pedante engreído, pendiente solo de poner los oportunos puntos sobre las jotas; Azorín un vehemente discutidor capaz de sacarle un ojo a uno de sus sobrinos en un arrebato; Federico un paticorto engatusador al piano de rendidos auditorios y así podríamos seguir casi hasta el infinito. Orejudo revisa y repasa innumerables y variopintos personajes célebres de la España que vive los prolegómenos de la Segunda república. Ad libitum. ¿Ad libitum? No. Con algunos no se atreve a tanto. ¡Vayamos a tonterías! …Todos sabemos que era Luis Buñuel, además de cabezón como buen maño, nada menos que boxeador El de Calanda no aceptaría bromas así como así.

Nos confunde tanto Orejudo que esta su primera obra fue rechazada por alguna editorial de postín siguiendo la recomendación de su gabinete jurídico. Temerían tan magníficos abogados que al igual que José María Pereda, el escritor cántabro, se presentaba de noche a su sobrino, Ortega, Juan Ramón, Gómez de la Serna y demás prohombres se removieran en sus tumbas e incitaran a sus descendientes a entablar pleitos. De Federico estarían seguros de que no lo haría.

Luego de tamaña mezcolanza no sabremos prácticamente nada cierto de ninguno de ellos. Ni de los personajes ficticios ni de los reales. ¿Sería Ortega y Gasset, el filósofo, un impenitente mujeriego? ¿Tanto detestaría el ruido, salvo el de los aplausos a su genio literario, nuestro Nobel Juan Ramón? ¿Cimentaría su fama el genial Federico con payasadas como la de hacerse el muerto al terminar un recital? ¿Era tan bruto Azorín como para dejar tuerto a su sobrino? (…) Por cierto: ¿se comería realmente Santos a su amigo?

Y de fondo la desmitificación de la admirada Residencia de Estudiantes. Y la desmitificación de la voluntad regeneracionista de aquellos grandes hombres insensibles ante lo que se avecinaba. Y la desmitificación de aquellas tertulias tan bien consideradas luego. Y la desmitificación de una lucha limpia entre distintas tendencias literarias. Y así.

¿He escrito de fondo? Puede que ese, el continuo afán desmitificador, no fuera el argumento de la obra. Bien pudiera ser que a Orejudo todo eso le importara un pimiento y que el fondo de la novela, de la fábula, de la narración o de la historia, fuese, simplemente, dejar constancia de las aventuras de tres amigos que de tanto serlo terminaron enfrentados.

¿Qué más da? Nos hemos reído un rato. A veces es lo que más necesitamos.

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