Versos con falda: Carmen Conde

Carmen Conde (1907-1999)

Primer amor

¡Qué sorpresa tu cuerpo, qué inefable vehemencia!
Ser todo esto tuyo, poder gozar de todo
sin haberlo soñado, sin que nunca
un ligero esperar prometiera la dicha.
Esta dicha de fuego que vacía tu testa,
que te empuja de espaldas,
te derriba a un abismo
que no tiene medida ni fondo.
¡Abismo y solo abismo de ti hasta la muerte!

¡Tus brazos! Son tus brazos los mismos de otros días,
y tiemblan y se cierran en torno de tu cuerpo.
Tu pecho, el que suspira, ajeno, estremecido
de cosas que tú ignoras,
de mundos que lo mueven…
¡Oh pecho de tu cuerpo, tan firme y tan sensible
que un vaho lo pone turbio
y un beso lo traspasa!
¡Si nunca nadie dijo que así se amaba tanto!
¿Podías tú esperar que ardieran tus cabellos,
que toda cuanta eres cayeras como lumbre
en un grito sin cifra,
desde una cordillera gritada por la aurora?

¿Ceniza tú algún día? ¿Ceniza esta locura
que estrenas con la vida recién brotada al mundo?
¡Tú no te acabas nunca, tú no te apagas nunca!
Aquí tenéis la lumbre, la que lo coge todo
para quemar el cielo subiéndole la tierra.

Carmen Conde, pionera en muchos campos, conoció a grandes poetas de su tiempo siempre aspiró a luchar como una más, en igualdad de oportunidades, por los derechos que hasta entonces solo disfrutaban los hombres. Cuando le llegó el reconocimiento de ser elegida la primera académica de número de la RAE más de 250 años después de su fundación, no dudó en recriminarlo en su discurso de entrada en 1979: “Vuestra noble decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria”, les espetó a los académicos. Muchos no le perdonaron nunca su rojerío durante la Segunda República -ayudó a fundar su universidad popular- y, sin embargo, su ingreso en la RAE causó escozor entre otros muchos, que la acusaron de ser una falangista acomodada al régimen. Amargas paradojas que hicieron sufrir a una poeta casada pero enamorada medio siglo de Amanda Junquera, a la que nunca pudo dedicar sus libros. “Cuando se conocen, su poesía se humaniza y escribe sus mejores obras. Unos poemas audaces, inconcebibles para la mano de una mujer. Tienen una gran hondura y se te abren solos cuando conoces la historia que hay detrás”, según su biógrafo.

¿Es justo que no se valore su obra poética “lírica, fresca y sensual”, según su mentor, el Nobel Juan Ramón Jiménez? Carmen era una referencia en la posguerra. La RAE le perjudicó. Tuvo una etapa final de decadencia, pero, para algunos, sus libros de los años cuarenta [Ansia de la gracia y Mujer sin Edén] están a la altura de los de Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso.

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