Archivos diarios: 3 marzo, 2019

Versos con falda: Chantal Maillard

Chantal Maillard (1951)

Versos con falda: Olvido García Valdés

Olvido García Valdés (1950)

Otro país, otro paisaje…

Otro país, otro paisaje,
otra ciudad.
Un lugar desconocido
y un cuerpo desconocido,
tu propio cuerpo, extraño
camino que conduce
directamente al miedo.
El cuerpo como otro,
y otro paisaje, otra ciudad;
atardecer ante las piedras
más dulcemente hermosas
que has visto,
piedras de miel como luz.

Verde

Verde. Las hojas de geranio
en la luz gris de la tormenta
tiemblan, tensión
de nervadura verde oscuro.
Te mirabas las manos,
nervadura de venas; si los dedos
fueran deliciosos, decías.
Al caminar
apoyaba mi sien contra la tuya
y en la noche escuchaba
el ruiseñor y el graznido
del pavo. Indiferencia
de todo, oscuridad.
Me llamabas con voz muy baja.
Sólo un día reíste.

Olvido García Valdés ha puesto de manifiesto que, con una escritura inserta en la más estricta y literal realidad material, es posible dar cuenta de las hondas e incomunicables verdades de la existencia, de las luces y sombras de la condición humana. Su fuerza y resolución nacen de la tensión interior de unos poemas que buscan la raíz expresivista del alma, el tenaz acento de una voz que permanece más allá de los asaltos de la apariencia.

Versos con falda: Gertrud Kolmar

Gertrud Kolmar (1894-1943)

DE LA OSCURIDAD

De la oscuridad vengo yo, una mujer.
Llevo un niño, ya no sé de quién;
en otro tiempo lo supe.
Pero no hay más hombre para mí…
Todos se han hundido a mi paso, como un riachuelo
que la tierra bebió.
Avanzo más y más lejos.
Porque quiero alcanzar las montañas antes de que se haga de día,
y ya se apagan las estrellas.

De la oscuridad vengo yo.
Marchaba sola por oscuras callejas
cuando de pronto se abalanzó una luz, despedazando con sus garras
la blanda negrura,
el leopardo a la cierva,
y una puerta abierta del todo escupió una espantosa algarabía,
un griterío salvaje, un aullido animal.
Unos borrachos se revolcaron…
Todo esto lo sacudí del borde de mis ropas por el camino.

Y atravesé el mercado desierto.
Las hojas nadaban en los charcos, que reflejaban la luna.
Perros flacos, ansiosos, olisqueaban desperdicios sobre las piedras.
Pisoteadas, se podrían las frutas,
y un viejo cubierto de harapos seguía torturando su pobre
instrumento de cuerda.
Cantaba en voz baja un desafinado lamento,
sin ser oído.
Y aquellas frutas que en otro tiempo maduraron al sol, con el rocío,
aún soñaban con el perfume y la dicha de la amorosa flor,
pero el mendigo quejumbroso
hacía tiempo que lo había olvidado y no conocía ya
más que el hambre y la sed.

Ante el palacio del poderoso me detuve en silencio,
y cuando pisé el escalón más bajo,
el porfirio rojo carne estalló, partiéndose bajo mi suela.
Me volví
y miré hacia arriba, hacia la ventana vacía, la tardía vela del pensador,
que meditaba, meditaba, y jamás se libró de su pregunta,
y hacia la lamparilla velada del enfermo que, por supuesto, no estudió
la forma en la que habría de morir.
Bajo los arcos del puente
dos esqueletos horribles se pegaban por el oro.
Yo alcé mi pobreza como un escudo gris ante mi rostro
y seguí mi camino sin ser molestada.

A lo lejos el río habla con sus orillas.

Ahora tropiezo al subir por el sendero de piedra, recalcitrante.
Los guijarros, los matorrales de espinas hieren las manos
que tantean a ciegas:
espera una gruta,
que en la más profunda hendidura alberga al cuervo verde metálico,
el que no tiene nombre.
Entraré ahí,
me acurrucaré bajo la sombra de sus grandes alas y descansaré.
Amodorrada escucharé cómo crece la muda voz de mi hijo
y dormiré, con la frente inclinada hacia el este,
hasta la salida del sol.

Gertrud Kolmar nace en Berlín en el seno de una familia de la burguesía judía. Su primo, el pensador Walter Benjamin, reconoció en ella no sólo una excelente escritora y poeta, sino también una verdadera alma gemela. Durante la Primera Guerra Mundial, Kolmar trabaja revisando el correo de los prisioneros de guerra, al tiempo que consigue publicar su primer poemario. En 1930, tras la muerte de su madre, escribe La madre judía, novela en la que reflejó sin concesiones la locura asesina que anunciaba ya el nazismo en su ascenso imparable. Impelidos precisamente por esa circunstancia histórica, durante los años treinta sus hermanas y hermanos tratan de convencerla para que deje Alemania. Ella, sin embargo, se niega a abandonar a su padre a merced del régimen nazi. Kolmar continúa por tanto trabajando en su obra poética y narrativa mientras se ocupa del cuidado de su padre, hasta que éste, con ochenta y dos años, es deportado al campo de concentración de Theresienstadt en septiembre de 1942. Pocos meses más tarde ella misma es enviada a Auschwitz, donde muere los primeros días de marzo de 1943.

Versos con falda: Cristina Peri Rossi

Escorado

Mirándola dormir
dejé que el barco se inclinara
lentamente hacia un costado
precisamente el costado
sobre el que ella dormía
apoyando apenas la mejilla izquierda
el ojo azul
la pena negra de los sueños
y por verla dormir
me olvidé de maniobrar
pensando en las palabras de un poema
que todavía no se ha escrito
y por ello
era el mejor de todos los poemas
tan sereno
tan sutil como su piel de mujer casi dormida
casi despierta,
tan perfecto como su presencia inaccesible
sobre la cama,
proximidad engañosa de contemplarla
como si realmente pudiera poseerla
allá en una zona transparente
donde no llegan las sílabas orando
ni el clamor de las miradas
que quieren acercarse
en la falsa hipócrita intimidad de los sueños.

Reminiscencia

No podía dejar de amarla porque el olvido no existe
y la memoria es modificación, de manera que sin querer
amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía
en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares
en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques
donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas
que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables
como las pocas cosas que habíamos conocido.

 

Cristina Peri Rossi es una de esas pocas joyas poéticas que nos quedan vivas: la activista uruguaya nació en 1941 y desde sus gateos literarios se involucró como una de las voces más potentes y comprometidas de la izquierda; fue censurada durante la dictadura militar que gobernó su país de 1973 a 1985 y se exilió a España y a París sin dejar nunca de parir bofetadas políticas. Es una intelectual pionera, una rebelde exquisita y la única escritora vinculada al boom latinoamericano.

Hace una pequeña biografía y una diminuta oda a la vida y sus cruces personales y políticos en Historia de un amor: “Para que yo pudiera amarte / los españoles tuvieron que conquistar América / y mis abuelos / huir de Génova en un barco de carga (…) Para que yo pudiera amarte / en España hubo una guerra civil / y Lorca murió asesinado / después de haber viajado a Nueva York (…) Para que yo pudiera amarte / Lluís Llach tuvo que cantar Els Segadors y Milva, los poemas de Bertolt Brecht”, escribió. “Para que yo pudiera amarte / tuve que huir en barco de la ciudad donde nací / y tú resistir a Franco. / Para que nos amáramos, al fin / ocurrieron todas las cosas de este mundo / y desde que no nos amamos / sólo existe un gran desorden”.

 

Versos con falda: Julia Uceda

Julia Uceda (1925)

Decía hielo

¿Qué dijo?
¿Qué decía? Palabras, eso sí,
palabras eran, pero ¿qué palabras?
Caían sobre una mesa. Y había luz.
Una luz muy oscura.
Ahora las manos se agrietaron
buscando los sonidos, revolviendo
agujeros, bolsillos falsos, nidos
abandonados, hojitas de musgo
y hojas secas: todo lo quieto. Sacude
los recursos para encubrir, por si cayeran,
las palabras, al suelo, con un sonido comprensible.

Pregunta
a los árboles del más allá, de vez en cuando,
si se acuerda, al llanto de los helechos y a la nuez
en que la luz, copo de fe, se encierra.
Porque asegura
que las oyó y eran como rastrojos, nudos
de alambre, manzanas podridas y un rostro
volcando todo eso, echando todo eso, tan frío,
en la nuca inocente. Y helaba la dulzura.
¿Dónde se han escondido? ¿Desde dónde
la miran, las palabras, agazapadas, riéndose
de que no las encuentre, tan torpe?
Que se muera buscándolas, dirán.
Tal vez al otro lado…

En el viento, hacia el mar, título que Julia Uceda (Sevilla, 1925) ha dado a su poesía reunida, tiene vagas resonancias del que José Hierro diera a uno de sus más significativos libros iniciales: Con las piedras, con el viento (1950). No es baladí la alusión a este paralelismo. Entre otras razones, porque hay, en la obra de Julia Uceda, una doble ambición muy propia de la poesía que escribiera el poeta madrileño: una extrema preocupación formal y un aliento de fondo radicalmente humano. Además, el hecho de que Julia Uceda haya empleado buena parte de su labor crítica y ensayística en el análisis de la obra de José Luis Hidalgo (su tesis doctoral, de 1963, la dedicó a la vida y a la obra del malogrado poeta y no hace mucho publicó una rigurosa edición de Los muertos), amigo y compañero de Hierro hasta su muerte, añade a los factores apuntados un pulso existencial que conecta su obra con la doble aspiración ética y estética que respira en la poesía de ambos autores. Tanto en Mariposa en cenizas (pese a ser un libro de temática amorosa) como en Extraña juventud (1962) o en Sin mucha esperanza (1966) se advierte una mirada insatisfecha, crítica, hacia el mundo y una suerte de invocación al poema como instrumento que ayude a su transformación o, al menos, a observarlo en su más descarnada realidad. Pero esa mirada, a diferencia de lo que se advierte en la más genuina poesía social de la época (Gabriel Celaya, sobre todo), tiene poderosos anclajes en la intimidad, en la experiencia cotidiana, en una religiosidad un punto escéptica (“¿Dónde está Dios? Se fue con los traperos, / se escondió en la cornisa / del templo”) y en los sueños e incertidumbres de una mujer que vive un tiempo especialmente sórdido. A partir de 1976, un nuevo ciclo poético caracterizado por una mayor presencia de lo meditativo, de la búsqueda del conocimiento a través de la palabra, de lo que Sara Pujol, en su estudio preliminar, califica como “fuente invisible”. También por una mayor ambición lingüística. Todo ello, sin desprenderse de la esencia solidaria de sus anteriores textos.

Versos con falda: Rosa Lentini

Rosa Lentini (1957)

En horas insomnes como rocas
veo tu frente herida por el aire,
tu espalda que el aire descubre y explora,
tu boca entreabriéndose y tus manos huecas
oreadas en la densidad de la noche.
Te escucho arder en gestos desvelados, largos,
veo tus muslos tensos que guardan para sí
su piel más fina y secreta;
me quedan solos tus ojos cerrados al misterio del aire.

ROSA LENTINI (Barcelona, 1957). Poeta, traductora, crítica  y co-editora de Ediciones Igitur. Miembro fundador de las revistas Asimetría (1986-88) y Hora de Poesía (1979-95), de la que fue su directora. En Hora de Poesía tradujo a numerosos autores, destacando las traducciones de poemas de Pierre Reverdy, Guillaume Apollinaire, Max Jacob, así como las de varios poetas contemporáneos como los franceses Hugues Labrusse, Gerard Macé o Lou Dubois entre otros; y realizó varias antologías, algunas en colaboración, entre las que hay que destacar las de Poesía del Alto Atlas; Poesía Hain-Teny de Madagascar; Poetas suizos en lengua francesa; Poesía colombiana; Poesía Hispanoamericana; Poesía alemana  y una Selección de poetas españoles.

Poemarios: La noche es una voz soñada (1994), Cuaderno de Egipto (2000), El sur hacia mí (2001), Leggendo Alejandra Pizarnik, edizione di Emilio Coco, S.Marco in Lamis, Foggia, Italia (2002), Las cuatro rosas (2002), El veneno y la piedra (2005) Transparencias (2006).

Versos con falda: Ulalume González de León

Ulalume González de León (1932-2009)

Acto amoroso

: dos se miran uno al otro
hasta que son irreales
entonces

cierran los ojos

y se tocan uno al otro
hasta que son irreales

entonces
guardan los cuerpos,

y se sueñan uno al otro
hasta que son tan reales
que despiertan
dos se miran

 

Problema

Calcular
(dado el producto de la multiplicación de las caricias
el número de golpes de ala por segundo con que la pasión
compensa el peso de los cuerpos
la velocidad adquirida al pensarnos
la resistencia del aire a todas nuestras iniciativas voladoras
el intervalo admisible entre la temperatura máxima y la
temperatura mínima del deseo
las intermitencias con que fabricamos nuestra continuidad
el margen de error tolerable para un ingreso simultáneo
en el olvido que sabes
las probabilidades de reincidir por falta de recuerdo
la mayor o menor necesidad de un postre metafísico al
banquete carnívoro
el porcentaje de limaduras virutas rebabas que pueden ser
recicladas in situ
y la fuerza de gravedad de toda alegría
y la trayectoria asíntota al más estrellado techo)
la condición necesaria y suficiente de este amor.


Poeta mexicana nacida en Montevideo, Uruguay, en 1932. Aunque estudió en el Lycée Francais, desde sus cuatro años fue introducida por sus padres, los poetas
Sara de Ibáñez y Roberto Ibáñez, en la poesía de lengua española.
Aprobó su bachillerato a la edad de 15 años y medio, y con una beca del gobierno de Francia, inició en la Sorbona una
Licence libre con materias de literatura y filosofía,
Esencialmente poeta, ha escrito también libros de cuentos, y ha publicado antologías de diversos poetas traducidos de cuatro lenguas, entre los que se destacan Elizabeth Bishop, Ted Hughes, E. Cummings, Valery Larbaud, Camoens e Yves Bonnefois. «Plagios» reúne siete libros de poemas escritos desde 1968 hasta 1979.