Club de lectura: La voz a ti debida, Pedro Salinas

Joaquín Medina Ferrer

“Lo que a ti te doy, Katherine, a nadie se lo quito”

Por esta obra dicen de su autor, Pedro Salinas, que es “el poeta del amor”. No es un calificativo que se aplique solo a Salinas, de hecho yo lo hubiera siempre asociado al gran Pablo Neruda, o a Lorca o a… Cuál sea el poeta que más lo merezca no es algo que tenga la menor importancia. Todos. Y todas. ¿Acaso puede ser la poesía otra cosa que expresión de amor?

La elección de este poemario, La voz a ti debida, no fue casual. El día de nuestra habitual reunión mensual era un catorce de febrero. Además era el aniversario de una de nuestras más fieles y activas contertulias. Así que…

No era don Pedro un hombre cuyo aspecto físico, siempre trajeado, serio, de mirada inquisidora…o su tarea laboral, profesor en  distintas universidades, delegado para funciones organizativas de exigente meticulosidad… pudiera aventurar que entre su obra se encontrara esta potentísima oda al amor.

Tampoco es de recibo que el éxito de estos poemas, recordemos que La voz a ti debida es la primeraentrega de una trilogía que se completa con Razón de amor y Largo lamento, haya eclipsado en gran parte el resto de su obra. Obra grande y variada por otro lado.

Al hilo de esto, no puedo resistirme a traer aquí un poema de temática radicalmente distinta. Es un poema escrito desde el exilio norteamericano. Exilio en el que, como tantos otros, Salinas se vio envuelto por mor de la Guerra Civil. ¡Oh, vosotros, hermanos! se titula este poema encontrado entre los inéditos de Salinas publicados más de cincuenta años después de su muerte:

¡Oh, vosotros, hermanos!

en la gran lejanía

de esa tierra altanera

que me estáis defendiendo

a mí, que nací en ella,

¿me podréis perdonar

esto que yo no sufro?

¿Me podréis perdonar

el crujido del pan

limpio cuando se quiebra

vosotros, devorados

por la araña del hambre?

¿Me podréis perdonar

este techo de silencio,

estas cuatro paredes,

vosotros, sin más techo

que un cielo de metrallas,

sin más muros que cuatro

horizontes siniestros

por donde están rampando,

en vez de mis auroras,

sucios soles de odio?

¿Podrá esa guerra vuestra

perdonarme mi paz,

esta paz que me pesa

como otra guerra oscura?

¿Y podrán vuestras muertes,

tú, y la tuya, y la tuya,

y la del otro, y tantas,

diez, veinte, ciento, mil

muertes bajo la tierra,

perdonar una vida

que sigue en pie en mi pecho?

 El compromiso de Salinas es evidente. También que no es justo considerarlo solo como “el poeta del amor.”

Pero volvamos a nuestro poemario:

De este ciclo poético se escribe en  la nunca bien celebrada Wikipedia que “es la expresión de un proceso amoroso que va desde el encuentro, el intento del enamorado por descubrir la esencia de la mujer amada en La voz a ti debida, el hallazgo de la pareja y despedida parcial en Razón de amor, y el final doloroso tras un reencuentro imposible en Largo lamento.”

Para dar título a este largo y único poema Pedro Salinas toma prestado un verso de Garcilaso. La elección no es casual. Anticipa de forma evidente el contenido de sus versos. El verso elegido es el  cuarto  de la segunda estrofa de la Égloga III:

Y aún no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca
por el Estigio lago conducida,
celebrándose irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.

Fue muy provechosa la  reunión. Cada uno de los presentes leyó/recitó el poema que había previamente  escogido. Los comentamos ampliamente.  Los paladeamos. Hablamos de las clases de amor, de los recuerdos, de los sueños. Cada poema (recordemos ahora que aunque La voz a ti debida sea formalmente un único poema,  las ediciones modernas tienden a fragmentarlo y descomponerlo posiblemente para facilitar su lectura) que “interpretábamos”  nos acercaba a realidades distintas. ¡Surgían tantas interrogantes!

Pero una verdad sobresalía entre los versos: ¡Ese hombre estaba realmente enamorado!

Uno de los hijos de Salinas, Jaime, se preguntaba en alguna ocasión cuántos serían los enamorados que se enviaron como declaración de amor versos de La voz a ti debida sin conocer el nombre del autor.Yo mismo, más de una vez, he descubierto la huella de Bécquer entre las páginas de algún diario adolescente. El propio autor revela algo parecido en una carta que ahora, sin más datos añadidos, adelanto:

“Leerán ese libro otros ojos, otros seres, pasarán los poemas por otras manos, pero en el fondo primero de todo, vistos por todos y no vistos por nadie, presentes para todos, estaremos abrazados, sin que nadie nos desuna jamás, tú y yo.”

A nosotros, miembros de  nuestro club de lectura, el eco de los poemas salinescos nos llevó a recordar los versos entremezclados de variadas canciones que, de alguna manera, forman también parte de nuestras vidas. Anduvimos entre los escombros de la mano de Nacho Vegas; esperamos que nuestra amada se despojara de su vestido cantando con Aute; deseamos, con Luz Casal y Lara, que  la persona a quien amamos y no tenemos  no dejara de pensar en nosotros cuando besara otros labios; con Christina Rosenvinge, sentimos, como había sentido Salinas, que un beso puede durar toda una eternidad…

No está de más recordar la  historia de amor que se esconde detrás de  estos poemas. Aunque sea sobradamente conocida.

Siendo Pedro Salinas un relativamente joven profesor, gozando  de una posición acomodada y socialmente respetada, casado y con  dos hijos, conoció a una estudiante norteamericana que asistía a las clases que  impartía acerca de la generación del 98.

Según cuentan, desde el primer momento en que la vio, sentada en la última fila del aula,el poeta sintió que su vida se había trastocado. Durante dos veranos y el curso académico  comprendido entre ellos,  Pedro y Katherine Whitmore, así se llamaba la joven estudiante norteamericana, mantuvieron una relación amorosa de la que no conocemos, ¡afortunadamente!, el grado de intensidad.

La relación fue rota por Kate sabedora de que la esposa de Pedro, Margarita Bonmatí, había intentado suicidarse tras conocer la infidelidad. Katherine regresó a Estados Unidos donde se casó e impartió cursos de Literatura española en distintas universidades. Pedro y Kate no volvieron a verse hasta pasados muchos años, poco antes de que el poeta muriera en 1951, casi veinte años después de haberse conocido.

Hasta aquí, de no ser por la fama del protagonista, no habría nada más, y nada menos, que una historia de amor adúltero. Carne de novela rosa.

Durante  mucho tiempo la lectura de La voz a ti debida no remitía a nombres concretos.Estudiosos y críticos consideraban que los versos que Salinas había compuesto, de ejecución  precisa y perfecta, fríos a fuerza de perfectos, de verso libre pero cuidadísimos, en los que abundan heptasílabos y octosílabos impregnados de conceptismo, eran solo versos. Un magnífico ejemplo de canto al Amor con mayúsculas.   Con el tiempo se supo que aquellos versos tenían una razón de ser. Una destinataria.

“Me alegro de ser poeta, de haber escrito versos, de todo lo que me ha llevado a este libro. Pero no me engaño: yo solo no lo hubiese escrito. Sin un alma tan hermosa como la tuya no habría sido. ¿Gratitud? Más que gratitud. Conciencia clara, radiante, de que toda la hermosura que puede haber en mi libro me une a ti, me enlaza a ti. Y no podré jamás sentir que el libro es mío.”

Del recuerdo de  esa relación quedó además de tan magnífico poemario una extensa y curiosísima colección epistolar posterior a la separación. Durante años Pedro no dejó ni un solo día de telefonear a su amada ni de cartearse con ella. Cuando esas cartas fueron publicadas se produjo un gran alboroto. Literario y familiar.

Pedro Salinas y Margarita recién casados

Aquellas cartas, custodiadas durante años por Kate y  hechas públicas con la condición de que solo se dieran a conocer las que el poeta envió y no las que ella había escrito, removieron los cimientos de la familia Salinas- Bonmatí. Los hijos del poeta, Jaime y Solita, intentaron por todos los medios a su alcance dificultar el conocimiento de esta correspondencia para, sin duda, preservar la memoria de la madre. Soledad (Solita) casada con Juan Marichal un eminente ensayista y crítico literario, cambió, prácticamente a todos los efectos,  su apellido por el de su marido.De Margarita Bonmatí , que apenas sobrevivió un año a Pedro, poco más se supo. Indagando, por esa  curiosidad aveces malsana propia de los voyeurs de internet, solo encuentro de ella una pequeña esquela que da fe de su fallecimiento en enero de 1953 y que se publicó en ABC.

Dejemos que sea el propio Pedro Salinas el que nos defina qué es el amor:

“El amor no es otra cosa que localizar en un ser, en un nombre, en una vida, dentro de los límites de un rostro y un cuerpo, todo un mundo de abstracciones y anhelos, de espacios infinitos e irrealidades sin medida. Todo toma cuerpo y carne”.

Pero hay amores y amores.

De Pedro Salinas también se conservan parte de las cartas que envió a  Margarita, la que luego sería su esposa, durante los años que podríamos llamar de noviazgo. A diferencia de cuando conoció a Katherine hemos de imaginar a un muchacho más ardiente, más apasionado…

Y sin embargo…

“Si vieras cómo pensaba yo en ti viendo a las muchachas que resbalaban sobre la nieve en los esquís. Y sobre todo pensaba que tú no habrás visto nunca, probablemente, un paisaje así, y que mientras yo estaba en las montañas nevadas tú pasearías bajo el sol de África. Hubiera querido poder guardar un puñado de nieve y habértelo mandado; paspossible; te envío en su lugar estas ramas de pino, un pino oculto entre la nieve, unas nieves que han estado cargadas de nieve. Margarita, esta blancura que me rodeaba me hacía pensar en ti…”.

 Un “sin embargo” que se muestra desbordado del todo en algunas de las cartas enviadas a Kate:

“Katherine, Katherine, ¿no tendré que pedirte perdón por quererte? Porque ahora ya no tiene remedio. Pude acallar, sofocar entonces mi amor, quizá. Pero hoy lo he gritado, lo he cantado, lo sabes hasta el fondo de su ser. Perdóname, perdóname, Katherine, por haberte amado así. Ya no puedo borrarme de tu vida, aunque debiera hacerlo, pienso a veces desesperadamente. ¿Pero no voy a ser en ella, ahora al menos, su obstáculo, a otra cosa? Todo lo que me resta y me reste de vida es tuyo.”

 Pudorosa ante lo evidente de los versos de su amante, Kate se vio obligada en algún momento a precisar:

“Es cierto que muchos poemas pertenecen claramente a nuestro amor naciente, pero otros, sumamente apasionados, implicanuna experiencia que no conocimos”.

¿Hasta dónde llegaron Pedro y Kate en esas experiencias?

¡Qué más da! Es lo cierto que Pedro las vivió de manera arrebatada. Puede que hasta viviera aquellas experiencias sin necesidad de vivirlas. ¿Parece paradójico? No olvidemos que en más de un verso Salinas recurre a una aparente paradoja que al final se revela así, solo aparente. Un recuerdo del Vivo sin vivir en mí de nuestra mística escritora. Otras letras dedicadas a esa “su”  Kate que nunca fue suya en las que además Salinas bromea con la acusación de conceptista en exceso con la que algún crítico le definía, mantienen esa equívoca (o no) paradoja:

“Estoy solo. Tú conoces ya la acepción de la palabra solo en mi diccionario: desde que te conozco estar solo es estar contigo. Y como estar contigo es no estar solo, resulta que desde que te conozco no estoy solo. (¡No me llames conceptuoso, alma clásica!)”

En el reparto de papeles me correspondió  recitar ese bellísimo poema que es Ayer te besé en los labios

No está de más transcribirlo.

Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no…
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.

Cuando recitaba, o intentaba hacer algo parecido a ello, ¡no nos vamos a engañar con las capacidades propias!, creía entender perfectamente al poeta. Comprendía con él que ayer era un adverbio temporal que puede equivaler a un minuto. Comprendía que la densidad de unos labios era inabarcable. Comprendía que un solo beso, el Beso, puede ser el alfa y el omega de una vida. Comprendía que puede besarse sin besar. Aprendía a besar más lejos…

Entendía que Salinas se dirigiera a Kate aclarándole lo que no necesitaba aclaración alguna. Lo que Kate seguro que sabía:

No creas jamás, Katherine, cuando yo te bese, que se me acaba, que se me muere el beso en tu carne: va mucho más allá.

Con Salinas sentía la certeza de la vida. La que se vive y la que se sueña. Confirmaba que se viven vidas que jamás se habrían soñado y se sueñan vidas que jamás se vivirán. Supe qué significaba vivir ciego en medio de la luz:

“Lo exterior y lo interior. El plazo inmenso, sin límite, de querernos, y el plazo concreto, con fecha de vernos. Mi alma, mi vida necesitan saber que tu amor es posible lejos y cerca, entre tus brazos y con tu sombra.(…)Tengo confianza. Vivo más tranquilo, camino por mis días con menos recelo. Pero no olvido que la vida y todas sus grandes cosas son eternas y momentáneas, y que de pronto en un instante podemos quedarnos ciegos en medio de la luz, muertos en medio de la vida, solos en medio del amor”.

“Solos en medio del amor”. No estaban solos Pedro y Kate.  Ambos lo sabían. Y si nos detenemos hoy entre las páginas de La voz a ti debida no podremos olvidar las historias de amor y de desamor que se ocultan entre ellas. Y puede que tomemos partido. Y que las entendamos. O no. “Nada humano me es ajeno”.

Supongo que  a Pedro Salinas le habría gustado poder gritar a los cuatro vientos cuánto quería a Kate. Cuánto la quiso. Cuánto la soñó. Imagino que si hubiera tenido que poner nombre a lo que sentía lo habría llamado algo así como dolor de hombre.

Para finalizar esta reseña que tanto debe a lo que otros han escrito, tomo prestadas las palabras de otro de los grandes poetas del amor. Son los versos finales de un poema de Vicente Aleixandre:

 Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,

ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,

mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,

metal, música, labio, silencio, vegetal,

mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

Pedro y Kate se querían. Sabedlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

¿Quieres dejar un comentario? Estamos deseando saber qué piensas....

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s