Club de lectura: El último amor del Gran Capitán

Joaquín Medina Ferrer

Para este mes de marzo teníamos encomendada la lectura de una novela que aúna historia y granadinismo (el corrector me señala, siempre atento, que esta palabra, granadinismo, o no existe o le resulta dudosa su existencia… pero todos los granadinos sabemos su significado). La obra en cuestión era El último amor del Gran Capitán, novela en la que la viuda de este conocido militar, celebrado héroe de variadas y numerosas campañas contra musulmanes, franceses y turcos, María Manrique, narra, cercano ya el final de su vida y desde esa perspectiva que solo confieren los años, la relación que ambos mantuvieron a lo largo del tiempo.

A la reunión que para comentar las sensaciones que nos había producido la lectura de este libro celebramos acudió su autor, el granadino Antonio Luis Callejón Peláez. Citar aquí que reside en la céntrica calle Duquesa no es baladí. Ya sabemos que el barrio de la Duquesa, y esta calle en concreto, recibe este nombre en atención a que fue allí donde se instaló María Manrique, duquesa de Sessa y de Terranova, para vigilar de cerca las obras de construcción del monasterio de san Jerónimo, lugar que se levantó a instancias suyas para albergar las tumbas del Gran Capitán y de sus familiares.

 

Parecería que había cierta predestinación en que Antonio, de dedicarse a la literatura, lo hiciera con este tema…aunque esto del destino no es algo que siempre se cumpla. Sin ir más lejos el nombre de la calle en donde habito es Julio Verne… y no pasa nada.

La presencia del autor dio pie a que se hablara de numerosas anécdotas sobre el proceso de creación de la novela y no fue obstáculo alguno, ¡gracias, Antonio Luis, por permitirlo de buen grado!, a que se mencionaran aquellos aspectos de la obra que a algunos nos parecieron menos acertados. Que en un determinado momento se comentara, por la disposición en la mesa y por nuestras preguntas, que parecíamos algunos de nosotros miembros de un tribunal de oposiciones no fue más que una broma simpática.

Hechas las presentaciones comenzamos la tertulia con la lectura de un poema. Desde que leímos y recitamos La voz a ti debida es algo que nos hemos propuesto. Ya veremos cómo se va desarrollando esta idea.

El poema elegido fue el conocido Soneto V de Garcilaso. Se propuso, petrarquismo a la toledana, este soneto en razón a que lo escrito podía relacionarse con el carácter, amor a la granadina, de la protagonista de nuestra novela:

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.

La destinataria del soneto V fue Isabel Freyre, dama de ISABEL DE PORTUGAL (1503-1539), esposa de Carlos I, Reina de España y Emperatriz de Alemania (1526-1539), magistralmente retratada por Tiziano.

Luego, ya enfrascados en la lectura de la novela, vimos cómo enla misma Garcilaso tenía también su espacio propio y aparece como integrante de la comitiva que acompañó a Carlos V y a Isabel de Portugal cuando con motivo del enlace real visitaron Granada en lo que hoy llamaríamos un “viaje de boda”. Entre las integrantes del séquito de la novia portuguesa se hallaba otra Isabel, Isabel de Freire, destinataria última de los más bellos poemas que Garcilaso compuso.

De aquella presencia de Garcilaso en nuestra ciudad queda constancia, al menos indirecta, de manera gráfica en la conocida placa que, situada casi al pie de la bucólica Escalera del agua alhambreña, rememora el encuentro entre Juan Boscán y Andrea Navagiero. El citado Boscán escribía a la duquesa de Soma el texto que en la placa se recoge:

Porque estando un día en Granada con el Navagero, al cual por haver sido varón tan celebrado en nuestros días he querido aquí nombralle a vuestra señoría, tratando con él en cosas de ingenio y de letras y especialmente en las variedades de muchas lenguas, me dixo por qué no provava en lengua castellana sonetos y otras artes de trobas usadas por los buenos authores de Italia. Y no solamente me lo dixo así livianamente, más aun me rogó que lo hiciese. Partíme pocos días después para mi casa, y con la largueza y soledad del camino discurriendo por diversas cosas, fui a dar muchas vezes en lo que el Navagero me havía dicho. Y así comenzé a tentar este género de verso, en el cual al principio hallé alguna dificultad por ser muy artificioso y tener muchas particularidades diferentes del nuestro. Pero después, pareciéndome quiçá con el amor de las cosas proprias que esto començava a sucederme bien, fui poco a poco metiéndome con calor a ello. Mas esto no bastara a hazerme pasar muy adelante si Garcilaso, con su jüizio, el cual no solamente en mi opinión, mas en la de todo el mundo, ha sido tenido por regla cierta, no me confirmara en esta mi demanda.”

Placa que conmemora la fructífera conversación entre Boscán y Navaggiero. En los jardines del Generalife.

Lo que es la vida. En esta ciudad nuestra muestrario del arte nazarí, en esta Granada cuna del romanticismo orientalizante, en este para muchos ombligo del mundo en el que lo kitsch es norma de supuesto buen gusto, se gestó la nueva forma de composición poética, alla maniera romana.

Nuestro autor, puesto ya en la tesitura de explicar cuál fue la génesis de su novela, hizo referencia a que desde un primer momento vio que entre las páginas de lo que fue su tesis doctoral dedicada al análisis de la iconografía del monasterio de san Jerónimo y especialmente al programa de hombres y mujeres ilustres que decora sus paredes, se escondía una novela. Una novela de amor. En sentido opuesto uno de los reproches que a la novela se le hicieron fue precisamente el que se hablara en ella tan de pasada de ese momento de la construcción del monasterio. Puede que hubiese ya algo de hartazgo en el autor y que no quisiera repetir, siquiera en parte, lo que ya dejó escrito en la tesis.

Comentó asimismo Antonio que su objetivo era el de escribir una novela en la que la ficción estuviera también bien incardinada y no dejara hueco a falsedad alguna fruto de un exceso imaginativo. Recuerdo que dijo en algún momento que no quería exponerse a que en el futuro un investigador hallase cualquier documento que echase por tierra algo que él en la novela se hubiese permitido escribir aún a título de licencia.

Aquello dio pie a comentar siquiera por encima cuales son los diferentes tipos de novela histórica y también la razón del porqué de su auge actual como género literario. Hubo menciones de pasada a series televisivas recientes, Isabel en RTVE, o a otros libros leídos en el club, fue el caso de Juan Latino. Por cierto que, como Garcilaso, este último personaje también tiene su papel en la parte final de la novela que nos ocupa como compañero de juegos de Gonzalo, el nieto de nuestro Gran Capitán.

Sergio Peris-Mencheta e Isabel Jenner como El Gran Capitán y la Reina Isabel la Católica en la serie de RTVE

Es cierto que este tipo de obras tiene una espléndida aceptación popular y que muchas de ellas se sitúan entre las más vendidas en las diferentes listas que se elaboran. También es verdad que la mayor parte de mis compañeros lectores del club manifestaron haber leído con gran agrado la novela y que habían aprendido mucho de la historia de Granada en esa época del tránsito entre dos culturas antagónicas. Indagando por los procelosos mares de internet he comprobado el éxito de las numerosas presentaciones que, por toda nuestra geografía, de esta novela se han efectuado. Y que la novela en tiempos como los actuales lleve ya varias ediciones resulta indudablemente meritorio y ha de ser con todo derecho celebrado.

Sin embargo me ha llamado mucho la atención que pese a este éxito real de público las críticas literarias a la novela sean realmente escasas. Se recomienda y se celebra su publicación, pero poco más se añade. Alguna razón debe haber para ello.

Posiblemente sea debido al lugar que este tipo de novelas ocupa. El propio Antonio de hecho citó a José Calvo Poyato o a María Dueñas entre los autores con los que de alguna manera compartía posición. Recordó también a Gore Vidal como un autor para él convertido en referencia. Y me parece a mí que el ámbito de lo que entendemos por novela histórica es un terreno intermedio y fronterizo en el que es difícil decir de la novela, sea esta cual sea, sí es buena o mala en base a criterios puramente literarios y estilísticos. Se suele saldar la lectura con un me ha gustado, un he aprendido mucho o un está escrita con solvencia. Decir esto no es ningún desdoro por otra parte. ¡Ya quisiera yo!

Sin salir de España amén de los dos citados y de nuestro propio autor de hoy podríamos engrosar de manera significativa el listado. Jesús Sánchez Adalid, José Luis Corral, Ildefonso Falcones, Julia Navarro, Santiago Posteguillo, Matilde Asensi, Arturo Pérez Reverte… Y si nos ceñimos a lo estrictamente granadino también la relación es extensa: Carolina Molina, Gastón Morata, Felipe Romero, Blas Malo, José Vicente Pascual, Brígida Gallego…

De casi todos los autores mencionados he leído algo. Con agrado. Y he aprendido. Y su lectura es sencilla y amena. ¡Pero también es cierto que de esas lecturas resulta realmente difícil realizar una reseña medianamente crítica!

Etiquetar las obras literarias plantea siempre algunos problemas añadidos. ¿Son las Memorias de Adriano una novela histórica? Doy por supuesto que la gran Marguerite Yourcenar debió hacer un trabajo de gran minuciosidad previo a la redacción de la novela, un trabajo que en algunos aspectos sería similar al que realizara un historiador investigando documentos antiguos en busca de las bases sobre las que anclar su novela. Pero hoy lo que destacaríamos de esta novela, creo yo, no es lo que nos enseña, no es si su lectura es o no fácil… sino la altísima calidad literaria de la misma. Lo que son las Memorias de Adriano se resume en estas tres palabras: Una gran novela. O en estas otras: Animula, vagula, blandula…

Hace unos años cayó en mis manos una biografía excelentemente documentada de un gran historiador. Se trataba de Isabel la Católica de Manuel Fernández Álvarez. Este libro, que compartió conmigo numerosas horas de rehabilitación y que terminó haciendo casi tanto por la recuperación de mi codo como hicieron las manos de la fisioterapeuta, fue mi acompañante a lo largo de varios meses. Era un volumen de más de mil trescientas páginas y con letra menudilla. A lo largo de ellas el historiador madrileño desgranaba de forma pormenorizada la existencia de esta reina clave para entender siquiera mínimamente la historia de España. Por muy amena que resultara su prosa, por interesantes que fueran sus aspectos más o menos divulgativos aquello era, indudablemente, un libro de historia.

Los ejemplos citados así, casi a vuelapluma, serían como los dos extremos entre los que se mueve este género conocido como novela histórica. Y entre ellos las posibilidades son infinitas.

Como escribí más arriba, Antonio Luis Callejón se planteó en esta novela la inclusión de determinados elementos imaginados que pudieran tener carácter de verosimilitud en las relaciones entre los diferentes personajes, elementos que no alteraran el fondo de la historia. También declaró haber tenido un especial cuidado con no introducir elementos ficticios que posteriormente pudieran demostrarse erróneos.

Hace unos días escuchaba en la radio una entrevista a Javier Reverte, uno más entre los escritores actuales de éxito reconocido por este tipo de obras de las que hablamos. Recuerdo que Reverte, en respuesta a una pregunta sobre su más reciente publicación, en realidad una reedición, al hilo del octogésimo aniversario del final de la Guerra Civil, de su trilogía sobre la misma, definía las guerras civiles como las que no acaban nunca. Una definición sencilla y verdadera. Hablaba también de lo difícil que era deslindar en las novelas históricas, a propósito de cuál era la proporción justa en la combinación entre realidad, invención e imaginación. Y criticaba que era casi norma excederse con la invención. El mismo reparo que señalaba Antonio Luis.

Retomando lo ocurrido a lo largo de la reunión resultó curioso también el interés por parte de los contertulios en preguntar al autor por lo que hay de cierto en esa leyenda granadina que elucubra con los amoríos entre Gonzalo de Córdoba y la reina Isabel. Antonio los dio por fantasiosos en razón a que el carácter de ambos, su altura moral, no lo permitiría…aunque, ciñéndonos ya en exclusiva al Gran Capitán, no se pudiera afirmar que durante sus largos periodos “de soledad” en Italia no hubiera tenido algún que otro amorío. Achacó esta leyenda a la negativa influencia del romanticismo francés, Chateaubriand y El último abencerraje supongo, y aprovechó para destacar la visión contradictoria que de nuestro personaje se tiene en el país vecino. Héroe y villano dependiendo de los tiempos.

Desde una perspectiva que pudiéramos llamar feminista se hizo hincapié también en el papel de María Manrique, ya viuda, como garante de la fortuna familiar frente al estamento nobiliario granadino, de su fortaleza para mantener la hacienda inalterada y de su afán por conseguir finalmente que ese monasterio dejara de ser un sueño y se convirtiera en realidad pese a tantas trabas como se le pusieron a la duquesa.

No hubo tiempo para más. En el tintero quedaron muchas cuestiones interesantes. La amistad entre Gonzalo y Boabdil, el asunto de las famosas “cuentas del Gran Capitán”, la relación tramposa entre Fernando el Católico y su yerno Felipe…

Dado que Antonio Luis en su vida laboral, además de ser ya un reconocido escritor, ejerce como guía en la ciudad de Granada es seguro que encontraremos el momento para retomar todos estos temas.

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