El Evangelio según Jesucristo, José Saramago

Joaquín Medina Ferrer

El Saramago nuestro de cada año, dánoslo hoy. Fiel a su anual cita, raro es el curso  en el que entre nuestras lecturas no ha figurado una obra del novelista portugués, ahora le tocaba el turno al Evangelio según Jesucristo. Aprovechábamos como excusa la inmediatez de la Semana Santa aunque, como ha quedado dicho, José Saramago es autor recurrente en nuestro club y su elección no precisaba pues de justificación alguna.

Ya de entrada una duda se hace evidente: ¿es acertado el título de la novela? ¿No habría sido más preciso llamar a esta obra El Evangelio según Saramago?

Y lo digo no tanto porque este evangelio “solo” parezca una nueva versión, la quinta  “de autor” a las que habría que sumar más de setenta versiones apócrifas, sino porque Saramago, fiel a su habitual estilo, se erige en narrador omnisciente y hace de esta novela una novela “suya”. Una forma distinta, aunque en rigor no tanto, a las ya conocidas de contar la vida de Jesús de Nazaret.

Crucifixión. Grabado de Alberto Durero

Por otra parte queda aún por escribir, yo al menos lo echo en falta después de leer este Saramago, un Evangelio según Jesús. Un relato autobiográfico, escrito en primera persona, de primera mano, de las peripecias, andanzas y desventuras del nazareno. Podría argumentarse que tal labor es, per se, imposible. ¿Cómo va a narrar Jesús su crucifixión? ¿Y su entierro? ¿Y su resurrección?

Pero… ¡estamos hablando de quien todo lo puede! Y, llegado el caso, para algo está también la ficción. Imaginemos.

Lucas, el autor de uno de los cuatro evangelios canónicos, justificaba así las razones que lo llevaron a redactar su evangelio neotestamentario en unos versículos  que sirvieron  de base de manera explícita a nuestro autor para justificar también su derecho:

Puesto que ya muchos han intentado escribir la historia de lo sucedido entre nosotros según que nos ha sido transmitido por los que, desde el principio, fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de informarme exactamente de todo desde los orígenes, escribirte ordenadamente, óptimo Teófilo, para que conozcas la firmeza de la doctrina que has recibido.

Si Lucas pudo por qué yo no, debió preguntarse el autor portugués. Se informó exactamente y así lo escribió, ordenadamente también, dirigiéndose ahora no a aquel óptimo Teófilo, sino a la humanidad entera, donde además de los teófilos abundan los teófobos en mayor o menor grado.

Aceptando todo lo aceptable y creyéndonos hasta lo increíble, parece que Lucas, el primero en escribir el relato de la vida de Jesús, lo hizo, transcurridos casi cincuenta años de la muerte en la cruz del titular de la historia. La iglesia aceptó de manera oficial, al par que rechazó otros, tanto el texto de Lucas, como los de Marcos, Mateo y Juan, como canónicos, es decir, adecuados al Canon en el que la jerarquía eclesiástica incluye aquellos textos a los que otorga carácter de dogma cerca de mil quinientos años después en el transcurso del Concilio de Trento.

Que en el año 1991 Saramago se lanzara a la tarea de redactar un nuevo evangelio no debiera resultar pues tan extraño. ¿Por qué no?

La polémica que acompañó a la aparición de la obra fue de aúpa. Tildado de blasfemo en Portugal, Saramago, conminado a abandonar su país debido a las presiones del catolicismo más integrista, se instaló en Lanzarote. ¡Eso que ganamos en España!

Y el caso es que no fue la publicación del Evangelio según Jesucristo la primera incursión del escritor declaradamente comunista en terrenos pantanosos en relación a lo religioso. Ya antes, en 1982, había visto la luz su Memorial del convento donde al hilo de la construcción del convento de Mafra, lo de convento es puro eufemismo ya que se trata de un monasterio casi equivalente a nuestro Escorial, Saramago daba un auténtico repaso al catolicismo portugués de los tiempos inmediatos a la Contrarreforma.

Más tarde, residiendo ya Saramago en España, nuestro autor cerraría esta especie de trilogía con la publicación de Caín, novela en la que narra las andanzas del hijo de Adán y Eva  tras ser obligado a vagar por el mundo después del turbio asunto con la quijada y la muerte de su hermano Abel. En esta novela, Saramago incursiona por los terrenos del Antiguo Testamento en un libro que, en palabras del escritor portugués, si no provocó tanta polémica fue por haberse publicado primero en nuestro país. En una entrevista, refiriéndose a ello, Saramago declaró: “No, en España, no. En Portugal ya me tendrían en la picota pública colgando de un poste de avenida.”

Saramago en la ceremonia de recepción del Nobel de Literatura

Saramago en la ceremonia de recepción del Nobel de Literatura

Es conocida la anécdota, ¿anécdota?, según la cual Aníbal Cavaco Silva, a la cabeza del gobierno portugués por aquellos ya lejanos tiempos de la publicación del Evangelio, vetó la candidatura de José Saramago al Premio Literario Europeo, alegando que su obra, y ésta en concreto, ofendía a los católicos. Poco después, habiendo recibido ya Saramago el premio Nobel de Literatura, en un acto cultural al que  ambos, político y escritor, hubieron de asistir, el desplante con el que obsequió Cavaco a Saramago al  no querer estrechar  la mano del escritor ni siquiera como un mero gesto de cortesía fue también muy comentado.

Otra anécdota, ¿anécdota?, huele aún peor. Voy a detenerme  en/con ella. No deja de ser ilustrativa:

A la muerte de Saramago, ocurrida en 2010, el diario vaticano L´Osservatore romano publicó un, por así llamarlo, obituario. Habían pasado casi veinte años desde que viera la luz El Evangelio según Jesucristo. El Vaticano ni perdonaba ni olvidaba. Palabras de trazo grueso habrían de  acompañar al escritor en lo que para las autoridades religiosas, sin duda, habría de ser un previsible, y ganado a pulso, descenso a los infiernos. Sus novelas al Índice, al anti- Canon de  tiempos de la Inquisición, y su cuerpo a los infiernos. Él se lo había buscado.

De aquel obituario, redactado con ínfulas literarias,  publicado al día siguiente de la muerte de José Saramago, al que Roma califica como “populista extremista de ideología antirreligiosa”, y titulado La omnipotencia (presunta) del narrador y firmado por, ¡démosle el gusto!, Claudio Toscani entresaco algunas de sus palabras:

Comienza Toscani hablando de la personalidad de un Saramago carente de la más mínima capacidad de análisis:

Fue un hombre y un intelectual de ninguna admisión metafísica, hasta el final anclado en una proterva confianza en el materialismo histórico, alias marxismo.

También era tendencioso, ¡a ver si Saramago iba a  creerse un engreído apóstol laico!, a más no poder:

Colocado lúcidamente en la parte de la cizaña en el evangélico campo de grano, se declaraba insomne solo por el pensamiento de las cruzadas o de la Inquisición, olvidando el recuerdo del gulag, de las purgas, de los genocidios, de los samizdats culturales y religiosos.

A continuación el animoso periodista-teólogo pasaba directamente a la crítica de la novela que hoy nos ocupa. Y su visión  se hacía aún más exacerbada:

Es El Evangelio según Jesucristo una obra irreverente que supone un desafío a la memoria del Cristianismo de la que no se sabe qué salvar.

En un párrafo de indudable calidad literaria afirmaba el artículo que:

Por lo que respecta a la religión, atada como ha estado siempre su mente (la de Saramago, adelanto), por una desestabilizadora intención de hacer banal lo sagrado y por un materialismo libertario que cuanto más avanzaba en los años más se radicalizaba, Saramago no se dejó nunca abandonar por una incómoda simplicidad teológica.

Algo perfectamente congruente lo de Saramago ya que:

Un populista extremista como él, que se había hecho cargo del porqué del mal en el mundo, debería haber abordado en primer lugar el problema de todas las erróneas estructuras humanas, desde las histórico-políticas a las socio-económicas, en vez de saltar a por el plano metafísico.

El artículo de L’Osservatore Romano finalizaba asegurando  que Saramago:

No debería haber inculpado, incluso demasiado cómodamente y lejos de cualquier otra consideración, a un Dios en el que nunca había creído, por la vía de su omnipotencia, de su omniscencia, de su omniclarividencia.

¡Menudo repaso! Aunque, claro, no estaría de más aplicarse a sí mismo lo que en algunos de los textos sagrados permitidos se dice a propósito del perdón y todas esas cosas que tienen que ver con vigas y pajas:

Claudio Toscani a título de ejemplo podía haber recordado alguna de estas citas:

Colosenses: De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.

Lucas: No juzguen, y no se les juzgará. No condenen, y no se les condenará. Perdonen, y se les perdonará.

Joel: Rásguense el corazón y no las vestiduras. Vuélvanse al Señor su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y lleno de amor, cambia de parecer y no castiga.

Mateo, que pese a ser, antes de la llamada al apostolado, recaudador de impuestos y publicano, parecía no tener mal corazón y dejó escritas más de una apelación al perdón: Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial.

Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.

Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: ―Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? ―No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete —le contestó Jesús—.

Y puedo asegurar que José Saramago, aún siendo escritor prolífico, no llegó a publicar tantas novelas. Lo que por otra parte para sus fieles seguidores, entre los que me cuento, no deja de ser una lástima.

Parece que el tal Toscani, a diferencia de los anteriores, no estaba mucho por la labor de perdonar. ¡Mira que si finalmente compartiera hoguera con Saramago! No sé por qué, pero lo imagino más bien  orondo, (iba a escribir grasiento y seboso, pero me he contenido)… ¡puede que arda mejor en el fuego eterno  que el enjuto y quijotesco autor luso!

Vuelvo al Evangelio. La narración, que no me ha parecido a la altura de otras obras de Saramago, sigue el acostumbrado estilo del portugués. En lo puramente estilístico pero también en repetir esa fórmula  de entreverar la narración de los sucesos en sí con una especie de filosofía popular que recuerda tanto, aprovecho que como  quijotesco califiqué  a Saramago más arriba, a la obra cervantina. También como Miguel de Cervantes maneja, cual si de una marioneta en sus manos se tratara, a Alonso Quijano; Saramago hace lo propio con Jesús, llevándolo por el camino que el escritor ha trazado.  En esta ocasión sin embargo, y para mi gusto de manera excesiva, son frecuentes las remisiones a los propios textos bíblicos con citas recogidas de modo cercano a la   literalidad.

Es de destacar la reconstrucción cuasi geográfica que se hace del paisaje palestino. De sus pueblos, de sus lagos y desiertos. También de la sociedad de la época aportando algún toque de ironía que remite, véanse las referencias a las luchas de los guerrilleros  contra los ocupantes romanos, a la inolvidable Vida de Brian y a la confusión entre tantas y tantas facciones unidas frente al invasor pero a la greña entre ellas.

Muestra también Saramago de forma evidente, ¡esa María debiendo andar siempre un paso por detrás de José!, las relaciones de poder y sumisión que enfrentaban a hombres y mujeres en aquel momento y lugar. Aún cuando sea esta una historia de ficción, a la vista de cómo les sigue yendo a día de hoy a ambos géneros, no es difícil imaginar que en el pasado no habrían de diferir mucho de lo que en la novela se cuenta.

Me ha parecido que en la novela Saramago ha usado con demasiada liberalidad el paso del tiempo. Me ha resultado chocante la demora en algunos episodios en contraste con el salto de años para enlazar episodios posteriores.

Y me ha gustado sobremanera la forma delicada y explícita con la que se cuenta, pura poesía, el encuentro, los encuentros, entre Jesús y María Magdalena. Debe ser este, el de la relación tan puramente humana entre ambos, el hijo de Dios y la prostituta, uno de los principales motivos que causaron el cabreo del catolicismo más conservador con el escritor. A mí, como digo,  me ha gustado. Será la edad. La mía propia. No llego a percibir ofensa alguna. Aunque también es cierto que en todos los aspectos que tienen que ver con las creencias religiosas me confieso, ¡fijaos en cómo la religión impregna el lenguaje hasta sin querer que ello suceda! , del  otro lado.

Magdalena desvanecida, Guido Cagnacci

Quiero rescatar, ahora que sitúo en paralelo religión y naturaleza, unas palabras de este Evangelio según Jesucristo. Me llamaron la atención por cuanto confrontan esa supuesta omnipotencia de dios, de cualquier dios, con la fuerza del destino a la hora de adjudicar papeles en este  gran teatro del mundo:

El destino no es como lo creemos, pensamos que está todo determinado desde un principio cualquiera, cuando la verdad es muy distinta, repárese en que , para que pueda cumplirse el destino de un encuentro de unas personas con otras, es preciso que ellas consigan reunirse en un mismo punto y a una misma hora, lo que cuesta no poco trabajo, bastará con que se retrase uno, por poco que sea, mirando una nube en el cielo, escuchando el cantar de un pájaro, contando las entradas y salidas de un hormiguero o, por el contrario, que por distracción no mirásemos, ni oyésemos, ni contásemos y siguiésemos adelante, echándose a perder lo que tan bien iba encaminado parecía, el destino es lo más difícil que hay en el mundo, ya lo veras cuando tengas mis años.

De nuevo sabiduría popular en estado puro. No es raro viniendo Saramago de donde venía.

El verano pasado recorría Portugal siguiendo el camino de Santiago. La etapa aquella mañana  transcurría  desde Santarém, una preciosa ciudad con numerosos edificios góticos, tan romántica  que duele visitarla en soledad, hasta Golega, un pueblo más pequeño donde todo gira en torno al mundo del caballo. Entre medias, cruzando la llamada lezíria do Tejo, se encuentra Azinhaga, la localidad de poco más de mil quinientos habitantes donde en 1922 nació José de Sousa.

En esa población me detuve un buen rato. Visité la vieja escuela rural que hoy alberga una especie de museo dedicado al escritor. Además de la persona que atendía al visitante solo un niño jugando con un ordenador se hallaba allí. La señora, pues tal era el género de la pessoa mencionada,  atenta como son casi todos los portugueses con nosotros, me mostró con detalle el sinnúmero de ediciones  en diferentes idiomas que de las obras de Saramago allí se exponen. Viendo una réplica de lo que sería el dormitorio de los padres me hizo hincapié en que la cama, una antigua cama que tenía sus varales de hierro pintados de azul, era “auténtica”. En el libro de firmas escribí algo sobre Granada y La balsa de piedra. Recuerdo la profunda satisfacción que mostraba cuando  yo le decía que había leído tal o cual libro…

Después de salir fui a sentarme junto a la estatua que recuerda al escritor. Saramago leía un libro. Varios  campesinos dejaban sus bicicletas apoyadas en la escultura antes de entrar al bar. En aquel banco me comí mi bocadillo y leí  unas páginas del Viaje a Portugal. Fue mi pequeño homenaje. Acompañar en la lectura a aquel hombre que allí era uno más entre los paisanos.

Hoy, al hilo de la lectura y de la redacción de esta reseña, vuelve a mí la imagen de aquel dormitorio, poco más “lujoso” que el pajar donde María parió a Jesús; caigo en la cuenta de que los padres de José tuvieron problemas para inscribir en el registro a su hijo; viene de golpe a mi cabeza que Saramago, jaramago en castellano, era el apodo con que el padre era conocido y que un funcionario, por error, lo escrituró como apellido del niño; me acuerdo de que Saramago hubo de irse con sus padres a Lisboa con apenas un año y , haciendo memoria  de que aquella etapa que anduve era la tercera, mis pies me dicen   que de Azinhaga a la capital lisboeta la distancia es de unos cien kilómetros, casi como de Belén a Nazaret; recuerdo cómo Saramago explicaba con unción casi religiosa cuánto debía a lo que sus abuelos maternos, Jerónimo y Josefa, podían haberse llamado Joaquín y Ana, le enseñaron; leo que , como Jesús sobre las aguas, nuestro autor, así lo escribe en Las pequeñas memorias, “andaba” sobre un pequeño afluente del Tajo, el Almonda. Siempre andábamos descalzos, me gustaba mucho llegar a la aldea, quitarme los zapatos y meterme en el río, pisar el lodo y los rastrojos duros. Tal como Jesús en Galilea.

Y como de Jesús se dice, cuando se le concedió el Nobel, algún noticiario hizo referencia a que Saramago era capaz con sus palabras de volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía.

También como Jesús, José Saramago llevaba a gala un ideal irrenunciable, desde la cuna. Padezco de algo que se puede llamar el comunismo hormonal. Por ejemplo, las hormonas hacen que los hombres tengamos barba y las mujeres no. Bien, imagínese que hay personas que nacen con ciertas hormonas que las dirigen al comunismo y las pobres no tienen más remedio que ser así. Bien, ahí tiene el motivo por el que sigo siendo comunista, por una hormona que me impone una obligación ética. ¿No escuchamos en este párrafo el eco de tantas palabras leídas en El Evangelio?

Como Jesús, Saramago también fue crucificado, vale que metafóricamente hablando. Y como él, resucita cuando cualquiera de nosotros lo leemos.

Puesto a elegir me quedo con Saramago.

Termino. Preguntado Saramago en alguna ocasión  sobre qué era el hombre respondía que los hombres somos palabras.

Palabras con las que componemos cuentos como los que nos cuentan para callarnos y mantenernos en el engaño, pero también palabras con las que escribimos amor, justicia, libertad y esperanza.

Haciendo uso de esas palabras que conforman nuestra naturaleza Saramago contó así las últimas que se dirigieron, palabras de enamorados, Jesús y María de Magdala  sabedores de que el final se acercaba:

Noli me tangere, Correggio

Miraré tu sombra si no quieres que te mire a ti, le dijo, y él respondió, quiero estar donde mi sombra esté, si es allí donde están tus ojos. Se amaban y decían palabras como éstas, no solo porque eran bellas o verdaderas, si es posible que sean lo mismo al mismo tiempo, sino porque presentían que el tiempo de las sombras estaba llegando a su hora, y era preciso que empezaran a acostumbrarse, todavía juntos, a la oscuridad de la ausencia definitiva.

 

 

 

 

2 pensamientos en “El Evangelio según Jesucristo, José Saramago

  1. bibliotecalbc Autor de la entrada

    Os invito a echarle un vistacillo al siguiente artículo, sobre la recreación magistral que un genio hace de la obra de otro genio (el inicio del libro es mucho más que la virtuosística descripción de un magnífico grabado de Durero).

    https://tecnicasdegrabado.es/2010/durero-y-saramago-arquitectura-de-una-crucifixion

    La imagen de María de Magdala es una atrevidísima interpretación de Cagnacci, un pintor italiano de finales del Barroco, que ilustra uno de los extasis de María, ya penitente. A mí me gusta imaginármela así, más allá del momento terrible en que se desmaya de dolor al pie de la cruz (sí, sé que es su madre, también traspasada por siete puñales, la única que pierde la conciencia en la iconografía), en brazos del que sería su último su amante, toda vez que, como a Hijo de Dios, lo suponemos buen alumno, también en las artes del amor.

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