Nuestros recuerdos de Granada

Ya es una tradición del LBC participar en el concurso literario que promueve la Fundación Francisco Ayala para 1º de bachillerato. Un certamen literario diferente que incluye la publicación de los mejores textos seleccionados de entre todos los participantes de institutos de la provincia de Granada en un pequeño libro con el que se obsequia a los participantes y a sus profesores en un acto emotivo como el que tuvo lugar el pasado martes en el palacete del Alcázar Genil.

Este curso fueron seleccionados para su publicación los trabajos de Paula Puentes López, Moisés Gómez Yeste e Inés de la Torre Polo. Respectivamente: Cirugía de urgencia, Recuerdos de un dulce llanto La mano abierta. Tras tan sugerentes títulos encontramos siempre un recuerdo relacionado con Granada o la infancia a la manera de los que recrea Ayala en sus memorias Recuerdos y olvidos. 

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En una deliciosa tarde de primavera nos reunimos en los jardines de entrada al Alcázar para escuchar un fragmento de Ayala y recordar la razón de este concurso: animar a los jóvenes a que se relacionen con la literatura y reciban un impulso por sus primeros trabajos. Fueron momentos para el recuerdo, la sorpresa (nuestra Inés de la Torre fue proclamada allí mismo una de las tres vencedoras absolutas y pudo leer su recuerdo ante el público congregado), el encuentro con madres, padres y profes. También este año fue un momento casi de despedidas.

Os dejamos el texto premiado de Inés: La mano abierta.

Mi infancia. Aquellos recuerdos parece que ya no me pertenecen. Cada vez son más lejanos, me hacen sentir como si viese una película. Una película desde el punto de vista de una niña, ilusionada e inocente, sin prejuicios sobre lo que le rodea.
La película está situada en lo que a mí me gusta llamar “la semilla de Granada”. Yo vivía en un pequeño piso en la Gran Vía. Me encantaba imaginar la ciudad como una flor, y pensar que cada barrio de Granada era un pétalo de esta, con una forma y color que los hacia únicos, de una belleza inigualable.
Cada día, iba con mi madre al mercado. Parábamos a desayunar en aquella cafetería cuyo nombre ya no recuerdo, en la que siempre me regalaban una galleta de caramelo y un cariñoso saludo. El solo hecho de escuchar las campanitas de la puerta ya me hacía esbozar una sonrisa.
La banda sonora son los artistas callejeros que encontrábamos por el camino. Ponían tanto sentimiento como si estuviesen actuando en un musical famoso, o como si formaran parte de una gira mundial, y se ayudaban de aquellas tonalidades cálidas y rojizas que desprenden nuestras calles para crear algo aún más hermoso. Había artistas en todos los barrios, del Realejo al Albaicín. Recuerdo pararme a escucharlos y esperar a que mi madre sacase una moneda del bolsillo, para que pudiéramos darle a aquellas personas una recompensa por mantener el arte vivo en las calles de nuestra ciudad. Mi abuela siempre me decía “si alguien te hace feliz aunque sea por un momento, debes hacérselo saber” y, nuestra manera de agradecérselo era con nuestra atención y un poco de dinero, para que pudieran seguir haciendo lo que hacían.
Pero toda esta historia comenzó con una niña que en la mano izquierda guardaba una sonrisa, para quien pudiera necesitarla, y la mano derecha la tenía vacía, esperando encontrar algo importante para guardar en ella.
Ahora, dieciséis años después, he decidido abrir esa mano.
He encontrado humildad, sencillez y generosidad. He encontrado paciencia y gratitud. He encontrado belleza y originalidad, pero sobre todo, he encontrado arte. Y todo esto lo aprendí de mi familia y de mi hogar, Granada. De su gente, de su arquitectura, de su luz y de su música. La cuna de Lorca, llena de identidad y magia, me ha hecho ser lo que soy ahora. Su diversidad cultural me ha hecho enriquecerme en todos los sentidos. He sido capaz de conocer muchas formas de vida, y todo gracias a esta ciudad. Probablemente sea gracias a haber nacido en ella que ahora puedo decir que quiero dedicar mi vida al arte, orgullosa de mis orígenes y de haberme criado en la que a mí me gusta llamar “la pequeña gran ciudad”.

 

 

 

 

 

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