Caza de musas, de Antonio Alcaide

No sobra ni una coma en tu libro, es, lamentablemente, feliz.

“Allí los besos””

Luis Eduardo Aute

Llega un poco tarde esta reseña. El libro de que se ocupa, Caza de musas se asomó a la luz de Granada (provincia de Verona) hace ya casi nueve meses: el tiempo de fabricar una criatura sin duda menos avellanada, más hermosa que esta.

Caza de musas nace como una autoantología. Osada y mutilada, dice el poeta. En el cajón de los inéditos, los versos amenazaban con incendiarlo todo (en un episodio de realismo mágico o un rapto de justicia poética), según afirma el autor en la nota-confesión preliminar que no es más lírica que descarnadamente sincera ni más aclaratoria que obligada.

Pueblo del opio, Clave mal temperado, De la pluralidad de los mundos, Adversa Verona y Las nociones unidas son los títulos de los cinco libros a los que se ha sometido a una, parece, necesaria amputación.

Me dispongo a traer aquí las palabras del cazador con el convencimiento de que cada uno de los poemas, de los versos, de los hallazgos merecen solo volver a ser leídos y dichos y que a esta bisoña glosadora solo le corresponde amplificarlos. Apetece copiar los versos de extremo a extremo del renglón. Porque lo dicen todo y solo cabe invitar a la lectura.

Es Pueblo del opio un libro religioso. Religio amoris.

La musa, atrapada en “la forma de su libertad”, se sabe, en realidad y desde el principio (“en el principio era el Verbo”), fuera del alcance real de las redes del poeta. Ella en Síbaris, él en Elea; alienante, materialista (¡qué hallazgo ese “Pueblo del opio”!), sabia en y sabedora de la hermosura de su cuerpo, buen amor puesto en entredicho, ninfa lasciva frente a sátiro bello en una improbable inversión de los epítetos, becerro de oro de un ingenuo pueblo de idólatras. Es diosa e icono y belle dame sans merci. Apenas un momento de lucidez en que, con delicadeza que en otro tiempo hubiéramos llamado femenina, se desvelan las trampas que “antes no se apreciaban.”

Pero en el poema que cierra el libro

Mudo, absorto y de rodillas,

¡Dios qué buen vasallo!

¡Así hubiese buen amor!

e revela la insoslayable verdad. El poeta pone a Bécquer ante el Cid y el Arcipreste de Hita en una brillante labor de patchwork (hay quien prefiere el castizo almazuela) intertextual que es también una rendición.

Clave mal temperado, tras dos hermosas citas de Fernando de Herrera y John Donne, se abre con el riesgo incalculable de unas coberturas imposibles y una demorada valoración del daño corporal en “Íntima póliza”, sucediendo al necesario pulso a la dialéctica marxista en “Ostracismo proletario” (más adelante, en otro libro, el poeta confesará que “ no quiso ver a su musa/ manchada por manos proletarias” y más tarde aún aclarará en qué consiste la alienación: “ trabajo aquí/ y amo en otro lugar.”). El laberinto no existe y Ariadna se ahoga porque Teseo no está dispuesto a arriesgarse en Mitología II. Y hay amazonas a las que se teme y hay cepos como tentaciones wildeanas en las que hay que caer y citas fuera del tiempo y la certeza dolorosa de que existir es una equivocación.

De la pluralidad de los mundos, el más metaliterario de los lances de Caza de musas, niega al Parménides de la “Meditación sobre uno de los infinitos momentos en que no estoy contigo” y se instala en la desconfianza, en la inversión de la evidencia (la vida un absceso de la literatura), en el cieno en las sábanas (imposible no recordar el “torrente de color sombrío” del Canto a Teresa), en el filo de los acantilados (en amorosa conversación con los de Dover al final del cuerpo de la Musa), en la amenaza de naufragio. Es aquí donde la palabra poética salva, es cuando hay que “insistir en la metáfora y ser tragado por ella”, aunque “sangra la gramática /herida en tercera persona.” Es cuando hay que escapar “al callejón sin salida de la literatura.” Del “Tú existes siempre en tus actos” de Salinas, al “No existes fuera de mis metáforas.” Pero la carne existe y Dios grita en ella…

Adversa Verona es una ciénaga, una ciudad negra y prostituida en la que (estupendo y crudelísimo verso) “Shakespeare sonríe y no existe”. Verona es Romeo y Julieta, (ave y planta) y es Ofelia y Horacio y Hamlet. Vuelven los dobles que, como esquiroles y mercenarios, ya habían habitado la existencia de los amantes en el muy lejano Pueblo del opio.

Las nociones unidas, “libro de transición” como explica el autor en sus palabras liminares, no nos da tregua.

El verdadero trabajo

está en casa,

tiene que ver con nosotros,

con esto que escribo.

No hay descanso

de ti en el verso, del verso en ti, ni subsidio.

Expulsados del paraíso

en otro libro de mis poemas,

gano desde entonces el pan

con el sudor de dos frentes,

batalla difícil.

No importa que nadie pague

estas horas extraordinarias.

Y Dios, en el fondo del vientre de la Musa. ¿Qué son las abejas negras en ese gran salón, araña encendida? Aunque, a pesar del “despojamiento estilístico” del que habló Vicente Luis Mora, nos empecinemos en ver un conceptismo quevediano en los versos de Alcaide (“nuestro pueblo/ démo-nos” en Narcotrasiego), ¿no asoma aquí el Góngora mainstream de la “infame turba de nocturnas aves”?

Con un Dios definitiva e insistentemente muerto que deja en los rincones regalos que no se abren (“intento desembalarte”), el cazador, cansado, sabe lo que quiere:

Por favor,

solo pronombres esta noche

y no todos.

En los poemas de Alcaide la tercera persona (“mis libros/ tus versos”) constituye una extravagancia. Será por eso por lo que cualquier “antiguo remoto lector” se siente interpelado.

Barro, cieno, perros, jaurías, naufragios, acantilados, ciudades posibles para huidas imposibles, son los desarrollos de esta fuga que es Caza de musas. Nadie puede querer huir.

Un pensamiento en “Caza de musas, de Antonio Alcaide

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