El primo Basilio, de Eça de Queiroz

Joaquín Medina Ferrer

Con la lectura de esta obra seguimos adentrándonos en ese particular universo que conforman las llamadas, puede que de manera en exceso generalizada y hasta algo peyorativa, “novelas de adulterio”. En cursos anteriores ya leímos en nuestro club Madame Bovary y Effi Briest. Durante algún verano no demasiado pretérito leí La Regenta. Después de la lectura de El primo Basilio solo me queda por enfrentarme a Anna Karénina. Espero dar buena cuenta de ella y confío en que este desconocimiento no se prolongue demasiado en el tiempo.
Son cinco pues las grandes novelas que, como si de un repóquer de ases se tratara, destacan dentro de ese universo al que me refería antes por su valor y significado sobre el resto, si bien, caigo ahora, siendo las protagonistas de todas ellas mujeres, sería más acertada la denominación de repóquer de reinas.
Y he escrito repóquer a sabiendas, conocedor de que es el repóquer una suerte del juego que no todos los practicantes, y aún menos entre los profesionales, aceptan. Los más “profesionales”, como digo, se resisten a dar a la quinta carta, al comodín usado como as o reina, tanta importancia. ¡Cuatro figuras conforman un poker! ¡Y punto!
La regla es indiscutible: Four of a kind!
¿Sería El primo Basilio nuestro particular comodín? ¿Sería esta la quinta carta a la que muchos desdeñan y no le otorgan idéntico valor?
Después de los comentarios escuchados en nuestra tertulia sí que pudiera ser que, para algunos, esta obra estuviera un escalón por debajo de las otras citadas. A mí, sin embargo y a falta como he dicho de la lectura de Anna Karénina, no me parece que El primo Basilio desmerezca en absoluto al compararse con cualquiera de las otras novelas.
Y ahora, -esto me pasa por seguir enredándome en los vericuetos de un juego que desconozco-, acabo de descubrir que hay una mano que gana a cualquier otra. Una mano que puede hacer que todos estemos contentos. La escalera real, a la que por cierto también se la conoce como flor imperial, cinco cartas seguidas del mismo palo y del 10 al as. Cinco cartas. Todas buenas. Royal flush. Nuestras novelas de adulterio. Que cada lector establezca para sí cuál de ellas es la mejor. La que más valor tiene.
Yo las voy a presentar ahora ordenadas de acuerdo a la fecha de su publicación. Este sería el resultado:
1867. Madame Bovary de Gustave Flaubert , 1877. Anna Karénina de Lev Tolstói, 1878. El primo Basilio, la novela de la que nos ocuparemos en esta reseña, de José María Eça de Queiroz. 1885. La Regenta de Leopoldo Alas,” Clarín”, 1895. Effi Briest de Theodor Fontane.

El momento cronológico así como la nacionalidad del autor, sea esta francesa, rusa, portuguesa, española o alemana si seguimos el orden anterior, no son elementos desdeñables ni meramente enciclopédicos. Son importantes por cuanto dan fe de la extensión continental del fenómeno, al que podríamos llamar boom de atender a expresiones más modernas, que supuso la novela de adulterio. Desde Portugal a Rusia, cual verso de Espronceda, los amores adúlteros y los consecuentes desengaños y castigos sufridos por estas burguesitas de cualquier país europeo serán difundidos del uno al otro confín.
También el dato de la fecha de publicación es interesante porque nos permite observar cómo en un breve espacio de tiempo, tan breve que no llega a los treinta años, treinta años “de entonces”, se producen, si me es permitido el uso de este término tan industrial, numerosas obras de una temática tan concreta pero que, sin embargo, podrían recibir cada una de ellas por separado el calificativo de obra maestra, Queda pues justificada sobradamente esa denominación de boom de la novela de adulterio que señalaba antes.
Además el género no se agota en estas cinco. Podríamos añadir otras obras de autores más prolíficos que los de nuestras cinco magníficas y que tal vez por formar parte de una más abundante creación han permanecido casi en el anonimato. Así, y por citar, insisto, solo a autores de la misma época, a nuestro Pérez Galdós le debemos Lo prohibido y La realidad, a Emile Zola, Therese Raquín…
Y ya con anterioridad, en 1850, Nathaniel Hawthorne, un escritor estadounidense ajeno a las tendencias realistas había publicado La letra escarlata. Una brevísima síntesis de esta novela nos recuerda que está ambientada en la puritana Nueva Inglaterra de principios del siglo XVII y que relata la historia de Hester Prynne, una mujer acusada de adulterio y condenada a llevar en la pechera de su vestido y para su vergüenza la letra «A» de adúltera.
Generalizando, algo que de antemano reconozco que no casa nada bien cuando se trata de comentar una obra, todas estas novelas participan de una serie de rasgos casi comunes. ¿Cuáles serían estos rasgos?: matrimonios formados por parejas jóvenes o , como mínimo, en los que siempre la parte femenina es poco más que veinteañera; clase social media alta más o menos aburguesada; ausencia, en casi todos los casos, de hijos; carencia de responsabilidades y trabajo, siquiera sea “el de llevar la casa”, ya que la buena posición social facilita disponer de criadas, amas de llave o similares; vida aburrida y ociosa que transcurre del Paseo al teatro y del teatro al salón de baile; maridos respetados socialmente pero que han de viajar con frecuencia o ausentarse del domicilio conyugal por razón de un trabajo extenuante; lecturas románticas que muestran amores heroicos y que, como las novelas de caballería a nuestro buen Alonso, terminan alterando los ánimos; presencia, pudiéramos decir que repentina o inesperada, de algún buen mozo; la aparición del mito de la ciudad lejana y luminosa, París, ville de l´amour, en la que pueden cumplirse todos los sueños; un impagable amigo del marido que intenta reconducir la situación, sea Frígilis o Sebastián; papel también destacado en la trama de los miembros de la servidumbre; instante de duda mientras acecha la sombra moral de lo que se debe o no se debe hacer. Y la penitencia final con independencia de que haya o no acto de contrición.
Y me falta el rasgo principal, el definitivo. El que se intuía. En todas las novelas de adulterio el personaje es ella: la adúltera. La mujer. El adulterio masculino no es objeto de este tipo de novelas. Y si en algún momento se sugiere, léase el caso de Jorge que, mientras viaja por el Alentejo, no perderá ocasión de flirtear con esa estanquera que recuerda a la de Fellini y Amarcord, el hecho no pasa de ser tratado como algo meramente anecdótico.
Incluso el carácter protagonista de la mujer es llevado al título de la novela. Emma Bovary. Anna Karénina. Effi Briest. Ana Ozores, la regenta. Aunque, siempre hay excepciones, recordad el “casi” de más arriba, en este caso Eça de Queiroz no titulará su novela como El primo de Luisa Carvalho.
Podría haber añadido también el carácter cuasi folletinesco de estas publicaciones. Folletín no solo por el contenido de la trama. También por la secuenciación tan lineal que los distintos narradores nos van mostrando y que permite la división en capítulos o escenas muy adecuados para ser publicados en la última página de un periódico. El propio Eça de Queiroz había pensado titular a esta obra Episodio doméstico como parte de una serie más amplia. Luego fue alargándola hasta convertirla en una pieza independiente.
Cuando en nuestra tertulia repasamos la novela se señaló como unos de sus defectos la ausencia de una profundización psicológica en la caracterización de los personajes principales. También se criticó la forma excesivamente plana del transcurrir de la historia. La pregunta era inevitable: ¿Qué vio Luisa en Basilio?
Lo que para algunos es defecto para otros puede ser virtud. Particularmente pienso que esta manera de narrar, tan descriptiva, es el gran mérito de Eça de Queiroz. La mejor forma de contarnos una historia, la del adulterio de Luisa, tan inane, tan insustancial, pero también tan frustrante. También tan humana.
Nada. En Basilio Luisa no vio nada. Y si en algún momento lo vio, pronto, recordemos la segunda visita que hace Luisa al tugurio que Basilio ha encontrado para su particular nido de amor, dejó de verlo. La sombra de Margarita Gautier es alargada. Y pintan calva la ocasión. El marido se va y el primo llega. Luisa lee La dama de las camelias… y sueña.
Me ha resultado en especial llamativo al recurso que nuestro autor utiliza estableciendo una continua comparación entre la obra teatral, casi un drama de capa y espada a la manera calderoniana, de la que vemos su proceso de creación desde la primera idea a su estreno, con la propia historia real que acontece a medias entre el hogar conyugal y las calles lisboetas que llevan al Paraíso. Guiados de la mano de su autor, Ernesto, Ernestito o Ernestillo, que de esas tres formas es llamado en lo que no deja de ser un guiño irónico a la “sustancia y enjundia” del argumento de la obra, asistiremos a cómo los personajes masculinos de la novela, ese cenáculo de hombres cultos, en paralelo a lo que va sucediendo en la realidad que desconocen, consideran la infidelidad, cómo la juzgan y cómo ejecutarían la sentencia. En ese debate, entre lo carca y lo ampuloso, Jorge, el marido engañado, con sus opiniones oscilantes, tendrá mucho que decir.
También me ha resultado curioso el tratamiento tan atrevido para la época que da Eça al aspecto puramente sexual de la relación entre los primos. Si comparamos, por ejemplo, con Madame Bovary en la que el elemento erótico está solo sugerido El primo Basilio es mucho más descarnado, ¿otra forma de naturalismo? Del paseo en coche de caballos, cubierto, claro, que Emma y León dan por las calles de Rouen y en el que intuimos caricias y mimos más o menos aplacados, pasamos a ser testigos en ese diván simbólico del salón familiar o en el camastro del Paraíso de momentos de un sexo tan explícito que no dejaría de ser considerado escandaloso en la época. Como Joaquín Sabina decía de Antonio Gala en una canción rapeada, Eça parece saber cosas de mujeres que ni las propias mujeres conocen:

Mi cuñada Irene
viene y me regala
lo de Antonio Gala,
hija mía, me pongo a leer
y, oye, qué poesías,
si sabe de una
cosas que ni una
sabe que sabía.

Como te digo una “co” te digo la “o”. Basilio hace real lo que la Irene del rap aventura. De la poesía a los hechos. El primo Basilio era así. Un regalo. Mundano. Experto. Algo cutre. Pero sabía tocar las teclas más sensibles del alma femenina. ¡Glup! ¡Perdón!
Una pintora contemporánea portuguesa, Paula Rego, a la que se relaciona estéticamente con Bacon, Balthus y Freud, ha sabido reflejar en una serie de seis cuadros, Visiones del Paraíso, ese aspecto descarnado de las relaciones sexuales en esta novela. En ella, en esas seis pinturas de mediano formato, el papel de Juliana, la sirvienta que roba las cartas de amor, pierde protagonismo y pasa a un segundo plano ante la fuerza expresionista de lo impúdico.
También nosotros parecemos olvidar la situación que vivían, que sufrían, en la novela pero también en la realidad del siglo XIX, las pobres chicas que tenían que servir. Mientras la burguesita (i)lusa buscaba distracción, Juliana trataba su enfermedad en una habitación infecta. ¿Criticaremos lo que hizo? ¿No es, básicamente, el realismo literario una crítica exacerbada de la ideología burguesa nacida en paralelo a la revolución social y a sus consecuencias sociales? Mujeres y pobres maltratados por la historia. Luisa por mujer. Juliana doblemente. Por esa doble condición de mujer y sirviente.

Gloria Pires como Juliana en la producción televisiva de O Globo sobre la novela

Luisa soñaba un mundo más feliz de la mano de Dumas y Scott. Juliana, casi analfabeta, soñó que podía cambiar su vida cuando halló una carta comprometedora en la papelera que vaciaba. Y como eran mujeres ambos sueños estaban destinados a fracasar.
Leía hace poco en un post de una biblioteca amiga un pequeño artículo en el que el premio Nobel portugués José Saramago agradecía las diversas aportaciones que a la literatura han hecho los que consideraba sus autores favoritos. Borges, Gogol, Cervantes… Citaba, claro, entre los portugueses a Camoes y a Pessoa. También a Eça de Queiroz. Le daba las gracias por haber llevado la ironía a la novela. ¡Y sí que Eça la llevó!
Cuando en la novela muere Luisa pensé que ese era el momento idóneo para que la obra acabara. Me pregunté qué falta hacía un nuevo capítulo. Cuando terminé de leerlo ya había hallado la explicación. En esas últimas páginas Eça de Queiroz se lanza al cuello de la buena sociedad lisboeta. Directo a la yugular. A todos los personajes masculinos les pega un buen repaso. Por arribistas, por petulantes, por falsos. Un capítulo más y veríamos al sufriente Jorge pasear su amor con otra jovencita de buena posición social, buena dote y buenos modales.
Como las ondas que se forman en un estanque cuando se lanza una piedra, el conocimiento del adulterio y la muerte posterior de Luisa han alterado la superficie. Un instante después las ondas se separan y se alejan. La paz ha vuelto al estanque.
José María Eça de Queiroz, a diferencia de los otros cuatro novelistas a los que hacía referencia como autores de novelas de adulterio, de adúlteras en rigor, fue un escritor con una obra más extensa pese a lo corto de su existencia. Mientras que Flaubert, “Clarín”, Fontane y hasta Tolstói dedicaron gran parte de su vida literaria a la creación de sus personajes femeninos, si hacemos abstracción en el caso de este último, de la inabarcable Guerra y Paz, Eça, en apenas cincuenta y cinco años, los que van de 1845 a 1900, dará a la imprenta numerosas obras.
Junto a la reseñada El primo Basilio publicará Eça de Queiroz otras grandes obras como Los Maia, El mandarín, El crimen del padre Amaro, La carretera de Sintra… además de varios volúmenes de cuentos y relatos cortos, otros muchos libros de viajes, para los que aprovechó las experiencias recogidas en numerosísimas gestiones diplomáticas en Egipto, Cuba, Estados Unidos, Inglaterra o Francia, así como una abundante correspondencia epistolar real pero también, en el caso de La correspondencia de Fradique Mendes, un álter ego de nuestro autor, ficticia.


Muchas de estas obras han sido llevadas al cine y a la televisión. En España fue muy bien recibida la versión que de El crimen del padre Amaro realizó el mexicano Carlos Carrera y que, protagonizada por Gael García Bernal, compitió por el premio Óscar a la mejor película de habla no inglesa. Varias versiones se han realizado también de El primo Basilio. Y cinta de culto se considera Singularidades de una chica rubia, película dirigida por el gran cineasta portugués Manoel de Oliveira y basada en un relato corto con igual título.
Yo siempre recordaré cómo fue mi encuentro con Eça de Queiroz. En el verano de 2018, acompañado por José Saramago y su Viaje a Portugal y mientras realizaba el Camino de Santiago portugués llegué a Póvoa de Varzim procedente de Oporto. Durante muchos kilómetros el camino, precioso, transcurría sobre infinitas pasarelas de madera que protegían las dunas litorales. La entrada en la ciudad, de apenas sesenta mil habitantes, me produjo una sensación similar a la que habría sentido contemplando Torremolinos o Benidorm en los comienzos de los años setenta del pasado siglo. Enormes bloques de apartamentos turísticos convivían, malvivían, con minúsculas casas de pescadores. Extenso y pretencioso paseo marítimo repleto de palmeras y aparcamientos controlados, bares y cafeterías con nombres anglosajones, discotecas con exóticos reclamos y hasta un gran casino.
El albergue en que me alojaba estaba en la zona más céntrica y antigua de la ciudad. Casas de esas tan portuguesas decoradas con azulejos en combinaciones imposibles. Cerca debía encontrarse una vivienda que Saramago había anotado en su libro de viaje como merecedora de una visita. Mientras la buscaba me di de bruces con un monumento de gusto dudoso. Estaba dedicado a José María Eça de Queiroz. Representado cual si de un dandy se tratara. Un Oscar Wilde enflaquecido. Supe entonces que Eça era poveiro.
Por la tarde paseando por la zona de playa fui a dar frente a un enorme muro en el que, de nuevo los azulejos pero ahora más convencionales, en esos tonos azules que tanto proliferan en las iglesias portuguesas, se honraba y recordaba a los personajes célebres en Póvoa nacidos y se hacía referencia a naufragios, oficios e industrias antiguas. Entre aquellos personajes estaba Eça.
Rostro enjuto, monóculo, bigote a la moda, mirada profunda. Como cualquiera imaginaría que debieran ser los grandes escritores realistas. Su nombre y la referencia a sus años de nacimiento y muerte. Y una palabra de esas que alegran el alma al ser leídas aún cuando no pertenezcan a nuestro propio idioma.
Eça de Queiroz. 1845-1900. Romancista.

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