Archivo de la categoría: Club de lectura

Mensualmente publicaremos una reseña del libro que hayamos degustado en nuestro ya veterano Club de lectura.

Club de lectura: La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri

Joaquín Medina Ferrer

Imaginemos por un momento que en un lugar de la Pampa de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que pudiera perfectamente ser O’Connor (perdón por el tinte cervantino), se reunieran durante una corta temporada Rafael Azcona y Luis García Berlanga para pergeñar el guion de una película.

Imaginemos que en aquellos días, la Argentina (así la hemos llamado siempre en España, la Argentina, como si ese artículo de delante contuviera en solo dos letras la inmensidad de su descomunal tamaño) estuviera en el pleno apogeo de aquel episodio que se dio en llamar “El corralito”. Su particular burbuja inmobiliaria.

Imaginemos que , paseando por las calles de O’Connor, Rafael y Luis, se toparan con algunos hombres a punto de entrar en la ancianidad.

Imaginemos que se detuvieran un momento a escuchar de qué hablaban.

¡Los muy boludos planeaban el robo del siglo!

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Club de lectura: La isla cerrada, de Antonio Cobos

Joaquín Medina Ferrer

La isla cerrada es la segunda de las novelas que publica nuestro compañero de profesión Antonio Cobos. Ya hace un par de años que tuvimos ocasión de leer en el club su primera obra, Los exiliados, y de compartir con él comentarios, curiosidades y anécdotas en torno al contenido de la novela y a su pavesiano nuevo oficio de escritor. De entrada, nos llevamos todos una alegría: Antonio nos contó que la edición de esta novela, publicada como la anterior por la muy granadina Editorial Nazarí, no le estaba, por decirlo también en granaíno, costando los dineros. A esta alegría se sumó la de saber que llevaba ya una buena temporada defendiendo con éxito su isla cerrada por diferentes clubes de lectura.

Hace años escuché a José Ignacio Lapido decir cuando se disponía a iniciar su concierto en la Sala Príncipe, tras ser fuertemente ovacionado al salir al escenario antes incluso de sacar una sola nota a su Fender, que jugar en casa era, para los cantantes como para los futbolistas, siempre una ventaja. Antonio, como el maestro Lapido, jugaba en casa. La crítica, como la grada, tiende a juzgar, ¿es así siempre?, con más benevolencia. Sigue leyendo

Club de lectura: Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes

Joaquín Medina Ferrer

Con esta monumental obra, continúa Almudena Grandes la ardua tarea de novelar una parte del siglo XX español a lo largo de seis entregas. Recordemos que, de la serie, a la que titula Episodios de una guerra interminable, ya van publicados cuatro volúmenes, Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, Las tres bodas de Manolita y esta que comentamos, Los pacientes del doctor García.

Almudena Grandes ya ha elegido nombre para los dos títulos que aún le faltan por publicar: La madre de Frankestein y Mariano en el Bidasoa. No deja de sorprenderme el hecho de que estando los libros sin alumbrar ya les haya puesto nombre; pero no sé si la de titular antes de escribir será una práctica habitual entre los escritores o una particularidad de Grandes.

Entre las diferentes acepciones que la R.A.E. muestra para la palabra episodio hay cuatro de alguna manera relacionadas con lo literario y cuyo conocimiento puede servirnos para desbrozar qué quiso conseguir Almudena Grandes al llamar así a su obra:

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Club de lectura: Un lugar pagano, de Edna O’Brien

Joaquín Medina Ferrer

No recuerdo cómo Un lugar pagano fue la propuesta escogida para ser leída en nuestro club. No sabía nada de esta novela  y de su autora, Edna O´Brien, solo  tenía el conocimiento, vía lectura de alguna revista tipo Mercurio o similar, de que parte su obra había sido publicada recientemente en su primera traducción  al español  por una editorial de las consideradas de culto, minoritaria por tanto, y recibida con muy buenas críticas.

La contraportada de la edición de Errata naturae (es de justicia dar el nombre de esta editorial, aunque esta contribución mía tampoco vaya a aportar mucho al reconocimiento y difusión  de su labor) señala tres  referencias interesantes:

Por una parte, compara la novela de Edna O´Brien con las de James Joyce y en especial con Dublineses y el Retrato del artista adolescente. Llegado ya a este punto es el momento de confesar que pertenezco al amplio grupo, nada selecto,  de los que no han podido terminar con el casi enciclopédico Ulises (pese a que para animarme y facilitar la lectura  adquirí un ejemplar bellamente ilustrado por Eduardo Arroyo).

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Club de lectura: La ridícula idea de no volver a verte

Joaquín Medina Ferrer

Supongo que la tarea de los críticos literarios ha de ser difícil. Estoy convencido de que debe resultar en algunas ocasiones extremadamente complicado decir de una obra que no ha acabado de gustarte. Más aún cuando a tu alrededor no dejas de encontrar opiniones favorables. Cierto es que, Carlos Boyero en el mundo del cine sería ejemplo idóneo, algunos críticos parecen hasta complacerse en juzgar con rigor la obra ajena, pero supongo que a casi todos ellos debe resultarle doloroso criticar (iba a añadir negativamente, mas ¿de verdad existe la crítica positiva?) una novela en la que aprecien también elementos que justifiquen su escritura.

Con La ridícula idea de no volver a verte, novela con título de bolero, de Rosa Montero a mí me sucede algo similar. Leí la novela en el momento de su lanzamiento allá por el año 2013 y no acabó de convencerme. He vuelto a leerla ahora y mi opinión no ha variado demasiado.

Cuando un autor recurre repetitivamente como razón que justifique haber escrito una obra a la necesidad personal, no ficticia, de superar el duelo, me digo a mí mismo que me voy a dar de bruces con un libro de autoayuda en la onda de Coelho,Espinosa o Gener.

Cuando una novela se publicita por la cantidad de documentación gráfica que aporta, por su estilo directo y sencillo, por lo ingenioso de los paralelismos utilizados en su desarrollo argumentativo o por lo supuestamente innovador que supone la incorporación de las “almohadillas” como un elemento más del lenguaje, me sitúo en posición de alerta.

Si se dan ambas circunstancias, tema y forma, unidas, pienso entonces en un libro moderno y aparente de autoayuda, pero no en una gran novela.

Por supuesto, Rosa Montero rechaza tajantemente haber escrito un libro de este tipo.

Puede que lo escrito anteriormente sea solo una forma de prejuicio. En cualquier caso es mi prejuicio. Y es indudable que no es un prejuicio ni siquiera mínimamente compartido.

Escribo La ridícula idea de no volver a verte en el buscador de Google. 222.000 resultados. Me da por leer solo las entradillas de las diferentes páginas y enlaces. Muchos de los textos, es lo que tiene lo virtual, se repiten. Antes de detenerme en la página 10, ya algo saturado, recopilo las alabanzas, evitando las similares, a la obra que se suceden sin cesar:

Sintió (Rosa Montero) que la historia de esa mujer fascinante que se enfrentó a su época le llenaba la cabeza de ideas y emociones.

Es una obra con la fuerza de la mejor narrativa de esta autora.

Rosa Montero ha escrito su libro más duro, por arrancar de un desgarro primario e irreversible, la muerte de Pablo Lezcano (sic), su pareja.

Una pequeña obra maestra, un libro especial y puede que el más personal de Rosa Montero.

Un abierto homenaje a las mujeres que como Marie Curie se han enfrentado a su entorno.

Una bocanada de aire fresco entre las lecturas leídas este año.

¿Por qué no arrancar diciendo que este no es un libro sobre la muerte, sino sobre la vida?

Excelente libro donde una vez más Rosa Montero sorprende, esta vez con uno de los personajes más fascinantes de la historia.

Uno de esos libros inclasificables a medio camino entre el recuerdo personal y la memoria de todos, entre el análisis de nuestra época y la evocación íntima,

Un libro extraño, bello, detonador. Un libro que solo alguien como Montero podría escribir.

… este emocionante libro que ha escrito Rosa Montero

Novela de la escritora española Rosa Montero, en la que aborda sin tapujos el tema de cómo continuar viviendo después de la desaparición de un ser querido.

Mucho más que un libro sobre la muerte y sobre ese agujero insalvable que es la experiencia de una pérdida.

El título augura una historia de amor de ésas en que todo son desencuentros, discusiones tontas, frivolidad, pasión y final feliz. Una historieta para pasar el rato, vamos. Pero ésa es la primera sorpresa que Rosa Montero nos ha preparado en este libro maravilloso.

Bella novela, una mezcla de biografía y ensayo, plagada de anécdotas, recuerdos…

Habla de la muerte, pero también del amor y la vida de una forma sincera y emotiva que conmueve sobremanera,

Si de títulos se tratara, es posible que este libro no lo hubiese mirado, lo cual hubiera sido una pena. Ahora comprendo, porque se supone que ya lo sabía, que no hay que dejarse llevar por los títulos.

Una hermosa novela que parte del duelo para celebrar la vida.

La lectura… ese placer inagotable me lleva por #casualidad a una #coincidencia maravillosa: localizo en una estantería de la biblioteca de Bormujos un libro de Rosa Montero, me mira “La ridícula idea de no volver a verte”.

En esta novela luminosa habla de los descubrimientos de Marie Curie.

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Lo infrecuente que es en nuestro país hallar novelistas consolidados que escriban obras que tengan relación con la ciencia.

Y entre tanta celebración y dicha solo una llamada de atención:

No hay dolo alguno pues, según explica en el mismo libro, lo redactó bajo acicate de su editora, que debe frotarse ahora mismo las manos. Sin embargo ni el tono, ni la extensión, ni la mixtura del contenido (con fotos, referencias a hastags, memorias, pensamientos, algunos de baratillo…) alcanzan pase literario. Resulta más una sucesión de sus conocidas columnas dominicales o si apuramos una columna constante a la que añade, leves reflexiones, mensajes privados de Facebook, incluso fotografías con insulso pie: “Ésta es Rosalind Franklin: guapa, ¿eh?”… De este modo configurado, el libro queda como una amalgama de retales prescindibles en su mayoría y, por más que celebren los ciegos acólitos, estas páginas devalúan el posible crédito de la autora.

Victoria por goleada, diríamos. Pero aún hay más.

En una de esas páginas abiertas al azar un enlace recomienda una nueva aproximación a la lectura, ¡pasen y lean!:

Todas las mejores frases del libro La ridícula idea de no volver a verte del archivo de Mundi Frases .com.

“Todos necesitamos la belleza para que la vida nos sea soportable.”

“El verdadero dolor es una ballena demasiado grande para poder ser arponeada.”

“El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante.”

“El amor consiste en encontrar a alguien con quien compartir tus rarezas.”

“Los cuentos para niños, tan sabios, lo dicen claramente: nos pasamos la vida besando ranas convencidas de que podemos transmutarlas en apuestos príncipes.”

“Cuanto más se envejece, más se siente que saber gozar del presente es un don precioso, comparable a un estado de gracia.”

“Hay que convertir la vida en un sueño y volver realidad los sueños.”

Luego de leer estas frases, a las que no sé si calificar como selectas o como seleccionadas, más me reafirmo en mi opinión acerca de la bondad de este librito. En más de una ocasión he dejado constancia en estas reseñas de mi admiración profunda por todos aquellos que son capaces de tejer el argumento de una novela y desarrollarlo de manera más o menos armónica; pero, una vez reconocida esta admiración genérica es indudable que uno tiene sus preferencias.

Y eso que Rosa Montero cuenta casi desde el primer momento que supe algo de ella con el beneficio de ser una autora “que me cae bien”. Me cae bien porque en aquella época tan lejana en la memoria pero no tan distante en el tiempo como fue la época de la Transición, sus entrevistas supusieron una nueva forma, juvenil y rebelde, de acercarse a personajes de los que todos queríamos saber algo más.

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La propia Rosa Montero cifra en más de dos mil las que ha realizado, entrevistas publicadas preferentemente en el diario El País y que se convirtieron en lo primero que buscaba cuando abría el periódico. Miento, lo primero que he hecho siempre cuando me disponía a leer el periódico ha sido buscar la sección de Deportes. ¡Pero buscar las entrevistas de Rosa Montero era lo siguiente!

A propósito de aquellas entrevistas, ya convertidas en mito del periodismo español, decía Rosa Montero: “Las entrevistas añejas son como las fotos antiguas: tiempo remansado, detenido. Leyéndolas, uno piensa a menudo en la inocencia perdida, en todas las cosas que ahora sabes que han sucedido pero que aún desconocían el entrevistado y el entrevistador en el momento de su encuentro.”

A título de ejemplo y en relación a la forma de enfrentarse a sus entrevistados, (Arafat, Nixon, Suárez, Jomeini… ¡palabras mayores!), recupero parte de un artículo que publicó Rosa Montero con ocasión del fallecimiento de Manuel Fraga, uno de los políticos a los que más veces se enfrentó:

“Cuando le entrevisté (se refiere evidentemente a Manuel Fraga) por primera vez, en junio de 1978, todavía se comentaban sus célebres frases (como lo de “la calle es mía”) y sus arrebatos: por ejemplo, que en un mitin en Lugo, pocos meses antes, se había lanzado en persecución de 400 reventadores al grito de “¡a por ellos!”. O que, siendo ministro, había arrancado un teléfono de la pared porque no dejaba de sonar. O lo peor para mí entonces: que, pocos días antes de nuestra cita, había echado a empellones a un periodista porque no le gustaron sus preguntas. Como es natural, todos estos datos me hicieron acudir a la entrevista bastante amedrentada.

Por eso, por el puro miedo, me preparé muy bien el comienzo de la charla, intentando encontrar algún truco que me permitiera desmontar esa bomba de relojería que el político gallego parecía llevar dentro de su amplísima frente. Y así, empecé diciendo que me habían contado dos cosas contradictorias sobre él (“todo hombre es contradictorio”, tronó Fraga cargado de razón). La primera, que tenía un gran sentido del humor, una observación que le encantó: “Lo cultivo todo lo que puedo. Creo que uno de los grandes defectos nacionales es no tener sentido del humor”. Pero también me habían dicho, añadí, que era un hombre violento que me podía echar a la segunda pregunta. Y ahí, claro, don Manuel tuvo que decir que no, que eso solo había ocurrido una vez y con un amigo suyo, que él no hacía esas cosas… A partir de ese momento me sentí más protegida: al alardear de su buen humor, Fraga se veía obligado a demostrar que lo tenía; y tras negar sus brotes de violencia, presumí que le sería más difícil ceder a la tentación de estrujarme el cuello. Y así discurrió la entrevista, que fue difícil, tirante, agresiva por su parte y por la mía, pero también graciosa, chispeante e inolvidable.

Dos años después de aquella entrevista, en 1980, coincidimos como ponentes en un impresionante simposium que organizó la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee (EEUU), sobre los cinco primeros años de democracia en España. El cuarto día, terminadas ya las conferencias, el evento cerró con un coctel-cena en casa del rector. En un momento ya avanzado de la noche me acerqué a la mesa de las bebidas a servirme una copa, pero los cubitos de hielo que llenaban un enorme bol se habían pegado los unos a los otros, formando un iceberg inexpugnable que ataqué inútilmente con las pinzas de hielo durante un buen rato. De pronto, Fraga Iribarne se materializó a mi lado con toda la solidez de su corpachón. “Permítame, señorita”, ordenó, haciéndome a un lado. Se quitó la chaqueta, se remangó la camisa por encima del codo de su brazo derecho y, a continuación, comenzó a aporrear la gran masa congelada a puñetazo limpio hasta hacerla trizas. Luego agarró un buen montón de esquirlas de hielo con su manaza y me llenó el vaso. Y, sonriendo, dijo: “¿Ve usted, señorita? De cuando en cuando es necesario el uso de la fuerza bruta”. De algún modo fue su punto final a uno de los debates que mantuvimos durante la entrevista. Nunca olvidaba nada.”

Esa era Rosa Montero. Y ese era don Manuel Fraga Iribarne.

Sin abandonar del todo las entrevistas, género en el que fue nuestra particular Oriana Fallaci, (aquella de quien otro periodista, Gabriel García Márquez, decía que hacía “entrevistas de guerra”), Rosa Montero se hizo o fue nombrada directora de suplemento dominical, columnista, colaboradora con sección propia en la última página del dominical (en un caso de fidelidad extraña a la profesión, siempre en el mismo medio, el citado El País) y finalmente novelista.

Con el paso del tiempo, igual que nos hemos olvidado de la Transición, del hippismo y de los cantautores, he ido despegándome de Rosa Montero. Sin ninguna razón aparente. Leí con interés algunos de sus libros primeros, Crónica del desamor, Te trataré como a una reina y Amado amo entre otros. Recuerdo con especial agrado, en parte por los vínculos familiares que a la ciudad de Melilla me unían, La hija del caníbal, novela ambientada en esa ciudad africana, novela a la que ahora, desde aquel recuerdo, calificaría como de atmósfera muy densa y luminosa a la vez. Y, como he dicho, he leído en dos ocasiones La ridícula idea de no volver a verte.

Tengo pendiente la lectura de Lágrimas en la lluvia, obra de la que me atrae el título y ese personaje de Bruna Husky que suena a álter ego de la autora.

El cambio de registro que en los últimos años ha tenido la producción periodística de Rosa Montero tampoco ha conseguido engancharme. En La ridícula… se pregunta algo así como cuál será la radiactividad de nuestros días, qué productos estaremos consumiendo sin saber lo dañinos que pueden resultar. Algo de anuncio de su nueva producción tiene esas preguntas. Veganismo, manipulación genética, cría responsable de animales, contaminación, maltrato animal, enfermedades raras, depresión… sin duda temas interesantes todos ellos, pero yo me quedo con la Rosa Montero de aquellos años, lanzada sin armadura y con esa aparente fragilidad a indagar en las zonas oscuras de quienes entrevistaba.

Pero volvamos al libro objeto de esta reseña.

Plantea Rosa Montero un paralelismo existencial entre sus propias vivencias y las de Marie Curie, centrándolas principalmente en lo difícil que resultó a ambas superar una situación de duelo causada por la muerte de sus respectivos esposos, el periodista Pablo Lizcano y el científico Pierre Curie. Y para ello, para el desarrollo de esa historia paralela, Rosa Montero se vale de una muleta añadida, el Diario, brevísimo pero de una intensidad descomunal, que dejó escrito Marie Curie, sin más propósito que ayudarse de las palabras, de las palabras escritas, para conseguir salir del estado en el que la sumió la muerte de su marido.

Y en el pecado de usar esa muleta, creo que halló Rosa Montero su penitencia. Para mí que el breve Diario de la científica polaca supera en mucho al de la escritora. Y en la comparación de ambos, que ella misma, Montero, favorece continuamente, encuentro mucho más sentido y sincero el texto de Curie. No quiero decir, evidentemente, que los sentimientos que expresa la escritora sean impostados o meramente literarios, no lo creo. Creo, claro, que el dolor de ambas es inequívoco. Pero me resulta muchísimo más desgarrador imaginar a Marie abrazada a la ropa cubierta de sangre y de sesos de su marido que imaginar a Rosa delante de un árbol recordando aquellos momentos en los que Pablo escuchaba de niño cantar a una muchacha. Quiero decir con ello algo así como que si me dieran a elegir ser Pablo o Pierre en razón a lo que de mí han escrito Rosa o Marie, elegiría sin pensarlo ser Pierre Curie. Y dejaría que se me reventaran de nuevo la cabeza y el corazón, ahora de gozo, si me fuera dado poder ver, ya muerto, cuánto me quiso la mujer a la que amé. No sé si me explico…

Me resulta también excesivo ese deseo de Rosa Montero de compararse y establecer un paralelismo continuo con Marie Curie en razón a su viudez. Como si hubiera usado la biografía, interesantísima por otra parte, de Marie para idealizar la suya propia. Y más extraño aún me parece que después de ese continuo ” a mí me pasó como a la gran científica” termine Rosa justificando la certeza de ese parecido en que ambas tenían el dedo anular más largo de lo normal en las mujeres, ¿determinismo feminista?, ¿broma intrascendente?, ¿simple presunción?… Cierto es que después de leer esta conclusión a la que llega Montero miré con interés la longitud de los dedos de mis manos preguntándome si hallaría en sus medidas la razón de mis múltiples incompetencias tanto científicas como de cualquier tipo.

Tampoco me ha gustado esa manera tan libérrima de escribir que Rosa Montero ha utilizado en la redacción de este libro. De nuevo dejo constancia de que, lógicamente, es el autor de una obra el único dueño de sus palabras, pero mezclar novela, biografía, autobiografía, ensayo, filosofía, ciencia, ligereza, aparente profundidad y tantos otros elementos como mezcla Rosa Montero puede hacer de una obra algo que se digiera con facilidad pero difícilmente saldrá del empeño una gran obra.

Frente a ese desgarro doloroso y amoroso a la vez que transmite cada palabra escrita por Marie Curie, lo escrito por Rosa Montero no acaba de llegarme. Leo lo que se supone que es expresión de sus emociones y me parece liviano, como un continuo amagar y no dar. Y eso me pasa no solamente en lo que pudiera atañer a lo estrictamente relacionado con la viudedad. También en lo relativo a la comparación entre ambas familias, la de los Curie y la de Pablo, y su reacción ante las dos muertes, sin que obste a ello el que una de ellas fuera relativamente imprevista y la otra consecuencia de un largo periodo previo de enfermedad.

No me ha llamado tampoco la atención ese deseo subyacente de hacer de esta novela una novela feminista. Algo a lo que Rosa Montero nos tiene acostumbrados por otra parte. Decía Francisco Umbral, luego de calificar a nuestra autora como una de las mejores columnistas de la prensa española, que sin duda era “una novelista de tesis”, de tesis siempre con un trasfondo feminista añadía no sin cierta maledicencia.

En el haber de la obra destacaría cómo me ha gustado ese aspecto divulgativo de la vida de la científica, desde su infancia en la Polonia ocupada, su trabajo como institutriz, el flechazo en París, su inmensa labor descubridora llevada a cabo casi como si se tratara de una artesana de la química, la asistencia a diferentes congresos especializados, su relación con personajes de la talla de Einstein, la recepción de los Nobel…

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He encontrado muy hermoso ese discurso entre lo literario y lo emocional en el que Rosa Montero describe cómo llegó a sentir tras el fallecimiento de Pablo que era incapaz de hablar, que se le formaba una especie de nudo en la garganta que impedía que las palabras que pensaba brotasen de su boca. No encontró entonces otra manera de poder expresar lo que sentía que dejar constancia escrita de aquellas palabras que no podía pronunciar.

No es necesario haber pasado por una experiencia similar a la de Rosa Montero para poder verificar lo acertado, por descriptivo, de la situación que expone. Si Rosa Montero decía parecerse a Marie Curie por aquello del dedo anular, supongo que a mí me estará permitido decir que me parezco a Rosa Montero porque también se me forma a veces ese vacío en la garganta. Digo yo.

Comentaba uno de los contertulios de nuestro club de lectura que la obra de Rosa Montero era más una hagiografía que una biografía al uso. Puede que esa afirmación tenga sentido. Puede que también haya algo de autohagiografía, (el corrector me dice que acabo de inventar una palabra, pero no voy a cambiarla), en La ridícula idea… Puede que sea algo más, una especie de autohagiografía marital, (el corrector sigue en sus trece), un relato de cuánto, y qué bien, se quisieron Pablo y Rosa. Relato al que se lanza, sin pudor, Rosa Montero después de haber manifestado lo reacia que era a dar a conocer al público lo que estimaba debía de quedar en la intimidad.

Pablo Lizcano fue uno de los mirlos blancos del periodismo español de los ochenta. Uno de aquellos presentadores, como lo fueron Lalo Azcona, Pedro Piqueras o Luis Mariñas, que poblaban nuestras pantallas uniendo al don de gentes usual en un presentador una guapura, no tan habitual, que los convirtió casi en auténticos sex- symbols televisivos.

Pablo, que vio truncada esa popularidad de la que gozó cuando hubo de dar un paso atrás aquejado de esa enfermedad que finalmente acabó con su vida, se especializó en programas de entrevistas, Autorretrato y Fin de siglo fueron los más conocidos, con los que alcanzó cierta notoriedad. Entrevista de actualidad, a medias entre lo serio y lo amable, aderezada con actuaciones musicales, talk show llaman los especialistas a este género.

En uno de aquellos programas, ¡nadie es perfecto!, Pablo Lizcano protagonizó un suceso que hoy, cuando el mundo se dispone a celebrar una, podría decirse sin temor a equivocarse, histórica huelga feminista, quiero recordar. El incidente fue recogido en El País por la periodista Montse Fernández. En el mismo diario en el que trabajaba Rosa Montero, (aquí pegaría algo así como un hastag de esos: # casualidades).

Bochorno, indignación y vergüenza ajena hemos sentido ante la visión del programa Fin de siglo del miércoles día 5 de marzo. La entrevista a Lidia Falcón la realizó el señor Lizcano en medio de risitas y con un tono jocoso inadmisible, ante la problemática que la abogada y escritora feminista le exponía, sobre la situación de las mujeres. Más tarde, el coloquio, entre la prestigiosa feminista y líder política y un pobre ignorante con pretensiones, como es el peluquero Rupert (que, como bien le expuso Lidia Falcón, debía hablar de peinados, no de filosofía ), resultó indignante, con insultos hacia Lidia Falcón, hacia las feministas en general y hacia todas las mujeres: “que muchas (en referencia a un colectivo de 10 millones que representan las amas de casa) se pasan la vida sin trabajar y gastando el dinero que su pobre marido gana con tanto esfuerzo, en comprarse cosas y embellecerse”, o “que los travestidos se hacen ricos cuando cambian de sexo”, con claras insinuaciones de que mediante la “prostitución” a que nos dedicamos todas las mujeres conseguimos mucho dinero, resulta intolerable.(…)

El presentador no puede dejar que el programa se le vaya de las manos, aunque aquí fue peor, Lizcano se regocijaba ante el teatro que representaba el ignorante peluquero, y en ningún momento hizo intento alguno de cortar la situación.

Días después, hablamos de marzo del 86, Lidia Falcón, una de las impulsoras del movimiento feminista en España, dirigía una Carta al Director del citado medio de la que entresaco algunos párrafos:

Tengo que manifestar mi absoluto disgusto por el inaceptable programa Fin de siglo del día 5 de marzo pasado, presentado por Pablo Lizcano. Considero una provocación organizada por los que preparan ese programa la presencia y la actuación de ese bufón llamado Rupert, que fue permitida y hasta alentada por Lizcano y por los demás organizadores del programa. (…)

Considero también que las burlas de que me hicieron víctima no están dirigidas sólo contra mi persona, sino contra todas las mujeres españolas y el movimiento feminista, lo que es anticonstitucional y antidemocrático. Pero si se permitieron organizar un programa televisivo como el que tuve que soportar, es porque se desprecia de la forma machista más anticuada y barata tanto a las mujeres como al feminismo. (…)

Lo que demuestra una vez más que los modos fascistas y machistas no se han desterrado de nuestro país ni, desgraciadamente, de un medio de comunicación tan importante como la televisión, que se utilizó para insultar a las mujeres y al feminismo, hundiéndose una vez más en el ridículo y la infamia que caracterizaban al franquismo.

Para despedirme, me queda únicamente manifestar mi desolación y desprecio por personajes como Lizcano, que de todos modos quiero creer que son excepción en la televisión española.

Fue también Lizcano portada de revista del famoseo cuando contrajo matrimonio, exclusiva de por medio, (… que al dinero contante y sonante los progres no tienen por qué ser ajenos), con nuestra racial Massiel. Es conocido que Gabriel García Márquez ofició de padrino en la ceremonia. Conocido es también que el matrimonio acabó en divorcio y que el presentador fue después pareja, haciendo gala de una mayor discreción en su presencia pública, de Rosa Montero.

Cuando Pablo Lizcano falleció fueron numerosas las necrológicas que se publicaron. De entre ellas me ha llamado la atención el obituario debido a Joaquín Sabina:

Nunca habría podido (mucho menos querido) imaginar, maldita sea, que una canción de amor, la primera que escribí, sirviera para despedir tan prematuramente a un amigo tan insustituible y tan querido. Gentil y singular son adjetivos que no suele usar uno. Puede que los guardara para él.

Pablo Lizcano tenía el atrevido encanto de los tímidos incurables, esos tipos convencidos de que enseñar los sentimientos es como enseñar el culo. Y sin embargo, tengo para mí, y sé lo que digo, que era un gran sentimental, imperdonable achaque que se esforzaba en maquillar, sin conseguirlo, con un dandismo tierno, cínico y coqueto. Nada le gustaba más que disparar apasionadamente contra esto y aquello en una sobremesa con cabales. “Habría que eliminar al noventa y nueve por ciento de la humanidad”, dijo cuando lo conocí. “Quedaríamos muy pocos”, contesté. “¿Y tú por qué te incluyes?”, remató. (…)

Hoy ya no está y cómo cuesta resignarse. En el periodismo, en la televisión, en la amistad, en los despachos, en los bares, en la vida, brilló con rara elegancia, con fingida indiferencia, con encanto irresistible, sin pisar, sin empujar, sin apabullar a nadie, con una exquisita inteligencia que a menudo embridó por cortesía.

Deja madre y viuda inconsolables y un racimo de hermanos (de sangre y de los otros) que ni siquiera sospechábamos lo amarga que iba a ser la huella de su ausencia. Rosa Montero, para halagar a un cantante que conozco, dijo una vez, piadosamente, que era un cordero disfrazado de lobo. Se lo robo yo ahora para Pablo.

La canción se llamaba Así estoy yo sin ti, hecho mierda, hermano.

Como diría la propia Rosa Montero: ¿Verdad que es todo tan relativo?

Entre el batiburrillo de papeles, fotos, recortes, folletos y postales que atesoro de aquella manera, guardo uno de los últimos artículos con los que Rosa Montero cierra periódicamente la revista semanal del País. Sin saberlo, sin conocerme, Rosa habla de mí y casi me dedica ese artículo. Pero yo soy más pudoroso que la escritora.

# secretos inconfesables

 

 

Club de lectura: El cuento de la criada, de Margaret Atwood

Joaquín Medina Ferrer

Te eché de menos, Paco. Todos te echamos de menos. Eché de menos tus comentarios siempre acertados. Eché de menos esa forma tuya de hablar tan durqueña. Eché de menos tus palabras sinceras, sencillas y sensatas. Eché de menos tu presencia.

A todos nos contó arrancar. Íbamos a hablar de distopías y la realidad se imponía implacable. Es muy difícil hablar del futuro cuando el presente se nos hacía tan doloroso. Nosotros hablando de literatura mientras tú te enfrentabas a un momento tan duro y para el que es imposible buscar justificación. La vida.

Quien más quien menos todos habíamos oído hablar del Cuento de la Criada. La versión televisiva de esta novela ha alcanzado tanto éxito que inevitablemente ha repercutido en conseguir que esta novela escrita hace más de treinta años se haya convertido casi en un best-seller. También ha servido para que una autora, Margaret Atwood, a la que ya se le había otorgado en España el premio Príncipe de Asturias de las Letras, haya vuelto a ocupar un lugar preponderante en la nómina de los escritores contemporáneos más celebrados.

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Effi Briest de Theodor Fontane

Que Antonio Ávila recomendara esta novela era una buena presentación sin duda. Que Thomas Mann dijera de ella que sería una de esas novelas que se llevaría sin dudar a una isla desierta si sólo le permitieran llevar seis, también. La cosa se fue estropeando un poco cuando leí en la contraportada del libro que un famoso crítico, (famoso entre los lectores alemanes, claro), Marcel Reich-Ranicki, la incluía entre las veinte obras maestras de la literatura alemana de todos los tiempos. Visto lo que antecede, opté por dejar de investigar más en esa dirección.

Thomas Mann pensando qué seis obras habría que llevarse a una isla desierta

¿En qué deberíamos fijarnos a la hora de redactar una reseña de Effi Briest ? Una reseña académica hablaría del autor de la obra, del periodo en el que se escribió, del tema que nos narra…

En esa tesitura poco podría avanzar desde mi casi total desconocimiento de la literatura alemana. He de confesar de entrada que de Theodor Fontane no conocía más que el nombre. Algo que hubiera podido resultar suficiente caso de que participara en un concurso y me preguntaran aquello de “Con la F: Nombre de un famoso escritor alemán…”, pero que no daría mucho más juego ni me permitiría, sin duda, completar el rosco.

Fuera de Goethe, de Schiller y del ya mencionado Mann, pocos autores alemanes conozco. Vale, me he dejado algunos, ahora asoman por mi cabeza, Marx y Engels, Brecht y Hesse, Süskind y Grass, Nietzsche y … ¡pero, bueno, tampoco tantos! Evidentemente no habría sabido citar ninguna obra por Fontane escrita, aunque sí que conocía el nombre de Effi Briest, vía película de Rainer Werner Fassbinder. Sigue leyendo