Archivo de la categoría: Club de lectura

Mensualmente publicaremos una reseña del libro que hayamos degustado en nuestro ya veterano Club de lectura.

Trafalgar, de Benito Pérez Galdós

Joaquín Medina Ferrer

La última tarea de este curso que tan raro final está teniendo. La obra con la que rendimos nuestro pequeño homenaje al escritor canario en el año que se cumplen los cien de su fallecimiento. No puede decirse que este año Galdós se vaya celebrando con gloria. Suele pasar en España. Y más con los tiempos que corren.

Es Trafalgar el primero de los capítulos que forman los Episodios Nacionales. Creo que utilizo bien esa expresión, capítulo, puesto que aunque la lectura separada de cada uno de ellos sea perfectamente posible ha de ser recomendable una lectura íntegra de lo que es una única obra. Monumental. Trafalgar sin duda por ser el primero debe ser el más leído de cuantas piezas los integran. Siempre se ha dicho aquello de la posición privilegiada de los que vieron primero la luz. Y dicho esto entono mi particular mea culpa. Además de Trafalgar sólo he leído Bailén y Arapiles. Y ya hace de ello. A ver si hubiera tiempo de recuperar el tiempo perdido. Sigue leyendo

Un viejo que leía novelas de amor, Luis Sepúlveda

Joaquín Medina Ferrer

Es Un viejo que leía novelas de amor la obra más conocida de Luis Sepúlveda. Era una de las obras que, como si se tratara de un mal presagio, habíamos pensado elegir para su lectura en nuestro club. Pero no estaba claro que nos quedáramos con ella. Sabido es, es norma mes tras mes, que a la hora de la elección “ muchos son los llamados y uno solo el elegido”.

Todo se precipitó cuando el nombre de Luis Sepúlveda resonó como un mazazo en los informativos. En periodo de confinamiento y con las tertulias literarias moviéndose en el terreno de lo virtual, la obra del escritor hispanoamericano desbancó a El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite y a La madre de Frankestein de Almudena Grandes.

Algunos hemos aprovechado para leer las tres obras durante este impasse forzado. Y Un viejo que leía novelas de amor aguanta perfectamente la comparación pese a tanta diferencia en temática, estilo y extensión con cualquiera de las otras dos.

Luis, el escritor y cineasta chileno, fallecía a mediados de abril a causa de este maldito coronavirus que, a modo de moderna plaga bíblica, asola el mundo entero desde hace unos meses. Sepúlveda fue uno de los primeros que en nuestro país padeció esta enfermedad y aunque se resistió durante un largo tiempo a caer finalmente fue derrotado. Sigue leyendo

La madre de Frankenstein

Joaquín Medina Ferrer

Quinta y penúltima entrega de la serie que Almudena Grandes dedica al largo tiempo de la posguerra española. Después de esta novela solo restará Mariano en el Bidasoa, obra que la autora piensa dedicar al fenómeno ahora tan de moda de “los topos”. Esperemos.

De todos los buenos lectores es sabido que con esta enciclopédica saga Almudena Grandes realiza un homenaje de gratitud y reconocimiento a los Episodios Nacionales galdosianos. Además de titular la serie completa como Episodios de una guerra interminable, nuestra autora no duda en proclamar un paralelismo indudable con la obra del gran escritor canario:

Si he querido llamarlas Episodios – decía Almudena – ha sido para vincularlas mas allá del tiempo y las limitaciones a los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, que para mí es, como he declarado en muchas ocasiones, el otro gran novelista – después de Cervantes – de la literatura española de todos los tiempos.

Hablaba más arriba de que la serie finalizaría con una novela dedicada a aquellos que por miedo a represalias cierta y seguras vivieron muchos años escondidos. Los topos del franquismo. Años de topos y trincheras infinitas. Cuarenta años de confinamiento. De estos años da cuenta también La madre de Frankestein.

Comienzo a escribir esta reseña cuando se cumplen los cuarenta días de esta cuarentena sin fin. Una cuarentena que parece empeñada en no respetar ni siquiera su nombre Huelga decir que también he leído la novela durante este estado de alarma.

Caigo ahora en la cuenta de que todas las novelas que durante este periodo he ido leyendo o releyendo tienen en el fondo un tema común, esa reclusión forzada a la que, unos más y otros menos, nos podemos ver sometidos en algún momento de nuestras vidas. Dicen que el coronavirus, los coronavirus que en el mundo han sido, nos iguala. No es del todo cierto. Hay confinamientos y confinamientos. Cubículos y palacios. Soledades y deseos reforzados.

También son diferentes los confinamientos literarios.

Comencé con La peste. Un clásico. Un renovado best-seller. Camus, sirviéndose de ese médico ejemplar, Bernard Rieux, narra la lucha contra un mal indefinido y epidémico que asola la ciudad de Orán. Han sido muchos los lectores que han aprovechado estos días extraños para revisitar la Orán cerrada. Una historia que combina una frialdad casi aséptica en las descripciones del mal innombrado con ternísimas historias de una humanidad redentora.

Al tiempo que tecleo en el ordenador las teclas que darán forma al apellido Rieux suena muy de fondo en la radio la voz de Fernando Simón, la imagen pública de estos tiempos raros. Otro que después de tanta crítica exacerbada y malévola como está recibiendo habrá de pensarse si en esta España nuestra no le habría traído más cuenta en vez de dar la cara, siempre hay quien quiere romperla, haberse encerrado en su despacho.

A esta lectura de un autor tan reconocido siguió la obra de un escritor casi en ciernes. De un famoso Nobel a un prometedor autor novel. ¡La broma era fácil!En Sobre la nostalgia y el olvido Rodolfo Padilla nos narra en varios cuentos cortos otra historia de confinamiento. A partir de un cuadro de Hopper, el pintor de la soledad, el joven escritor se adentra en la mente y en los miedos de Ferreira, el protagonista que hace de hilo conductor de todos los relatos, otro halcón en la noche, uno más en hacer de su vida una continua lucha contra la soledad.

Y de nuevo, otro novelista distinguido con un Nobel. En este caso el portugués Saramago. Un pequeño cuento. Casi un divertimento. En esta ocasión el autor se aleja de la densidad narrativa de sus grandes obra y nos deja una joyita no por ligera menos valiosa. El cuento de la isla desconocida. La narración del deseo por alcanzar una isla que simboliza, frente a la idea del continente, el terreno en el que habitan los sueños inalcanzables. El barco que el protagonista demanda al rey para poder alcanzarla se convierte también en una pequeña Orán flotante. Más confinamiento.

Cambio de tercio. Sidi de Arturo Pérez Reverte. Un autor prolífico. Casi un escritor en serie. La lectura de algunas de sus novelas me proporcionó muy gratos momentos. Si tiro de recuerdos retornan pronto a mi cabeza Coy, el protagonista de La carta esférica, con el que descubrí que existía una ginebra de color azulado y, como no, el capitán Alatriste. No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente…

En esta ocasión el antiguo corresponsal de guerra retoma el personaje del Cid. Una novela distraída. De aventuras y alardes de vocabulario guerrero. De honor a la manera medieval. De un hombre también encerrado en sí mismo. Confinado bajo un yelmo y sometido a las exigencias de saberse un mito. El peso de ser una leyenda en vida.

Más lecturas. Un viejo que leía novelas de amor. Un título que predispone al equívoco. Son muchos los que al citarlo cambian el antiguo artículo indeterminado por el determinante actual. El viejo… Ese pequeño cambio, creo, trastoca toda la filosofía de la obra. Luis Sepúlveda, el autor chileno recientemente fallecido por mor del coronavirus, Covid-19 del que desconocemos hasta el género, da vida a Antonio José Bolívar, hombre blanco que ha de vivir, sobrevivir más bien, recluido bajo el paraguas del pensamiento shuar. ¿ O puede que, en realidad, fuera Bolívar un indio amazónico escondido bajo un disfraz? En cualquier caso, de nuevo, un nuevo episodio de aislamiento.

Toca ahora una lectura pendiente. Anna Karénina. Como decía alguna canción por sus olas navego. Pero ya se adivina otra historia adecuada para estos tiempos que corren. Anna en continua duda. Confinada en sus sueños. El viejo Lev Tolstói, por cierto el primer escritor derrotado en la lucha por el Nobel, ya que mencionábamos escritores reconocidos con tal galardón, indaga en el alma femenina (¿existe el alma femenina?). La aristócrata mundana, festiva y palaciega tiene también su propio cubículo. El cubículo en el que no habita más que ella con su soledad y sus sueños por única compañía. Como una novedosa santa Teresa extática, la santa que deja de ser andariega y de la que ahora me hablan mis críos de Arte en sus trabajos a distancia. Otra dramática experiencia esta de conocer a Bernini sin el sonido de la palabra viva. Veíale en las manos un dardo de oro largo…

E intercalada en algún momento entre estas lecturas La madre de Frankestein, la novela a la que debía la reseña, esta reseña que transcurre casi por su mitad sin que apenas haya hecho mención a ella.

Decía más arriba que ahora La madre de Frankestein es una lectura adecuada. Tanto por el tiempo en que transcurre, la España de los cincuenta, como por el suceso que narra como trasfondo.

Almudena Grandes desarrolla en paralelo dos historias no tan separadas. La miseria social y política en la que vivía una España confinada, aislada de Europa y del mundo, refractaria a toda conexión con el mundo exterior y, aunque fuese una situación forzada, orgullosa de ello. De su pureza. Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos.

Y al par la historia, real también, de Aurora Rodríguez Carballeira, recluida en el manicomio de mujeres de Ciempozuelos por el asesinato de su hija Hildegart. Reclusión física pero también encierro individual. Aurora con sus pensamientos. Con sus silencios prolongados. Con sus muñecos de trapo a los que, como el Dios de la Sixtina o el carpintero de Pinocho, soñaba con insuflar vida.

Al hilo de la atención médica a Aurora se va tejiendo la trama de la novela. Almudena Grandes, no olvidemos que estamos ante una serie de novelas engarzadas, los Episodios, retoma personajes de novelas anteriores a los que va, podríamos decir, subiendo de nivel, y los mezcla con nuevos personajes y hechos reales.

La relación entre Germán Velázquez, el médico que, desde la moderna Suiza, llega a Ciempozuelos con el ánimo de introducir en España la nueva psiquiatría humanista, heredera en parte de Freud; y María Castejón, la joven auxiliar de enfermería que será la llave con la que el doctor conseguirá en parte, solo en parte, penetrar en el cerebro de Aurora va dando pie a multitud de tramas colaterales. Tramas que, a mi juicio, nos van apartando de lo que constituye, y de hecho da título a la novela, la que debiera ser la parte central del argumento.

Hablando, de manera virtual, días pasados de esta novela comentaba, medio en serio, medio en broma, que Almudena Grandes podría perfectamente ser guionista principal de esas series de Netflix que como los zarcillos de cerezas en el frutero, se van enganchando sin parar. Sigues comiendo cerezas, sí, pero ya de manera casi obligada, sin el gusto con el que saboreaste las primeras.

De nuevo aprovechando esta reclusión forzada veo, puede que mejor sería decir me trago, varias de esas series por temporadas. Breaking Bad, Ozark, Bloodline. Todas presentan una característica común, cuando parece que los personajes se agotan se introducen en la trama nuevos elementos, un hijo del que no se sabía nada, un antiguo amor juvenil, un amigo de juventud que pasaba por allí, un presidiario que sale de la cárcel con sed de venganza… Cuando vas por el capítulo digamos que treinta comienzas a pensar ya en cuántos capítulos quedarán aún.

Algo parecido, salvando la distancia, me sucede con las grandes novelas de Almudena Grandes -¡ha salido así! Grandes por su calidad literaria, que sin duda la tienen, pero grandes también por excesivas. Pastora, la viuda de buen ver con la que Germán se distrae, y ella con él, durante algún tiempo, sería ejemplo de eso que quería señalar. ¿Era necesaria su presencia? Hay bastantes más casos así.

Esta cuestión, la del tamaño medido en páginas, sería también una importante diferencia entre los Episodios de Almudena y los del maestro canario. Don Benito, pese a ser tildado de garbancero, aligera bastante el más el peso de cada uno de ellos. Cuestión de estilos.

La historia que da origen a La madre de Frankestein es uno de esos sucesos de nuestra historia que previsiblemente hubiera debido dar lugar a muchas más obras tanto literarias como cinematográficas o teatrales.

El asesinato de Hildegart Rodríguez conmocionó a la sociedad española a la altura de 1933. A su entierro acudieron miles de personas. Pero en vida el fenómeno Hildegart ya había sido seguido, y estudiado, en muchos países europeos. Ejemplo de precocidad forzada la niña leía y escribía con apenas dos años, mecanografiaba a los tres, con diez hablaba con fluidez inglés, francés y alemán, con dieciséis ya era abogada, estudiaba Medicina, participaba en actos propios de la izquierda progresista, organizaba agrupaciones de mujeres por la libertad sexual…Y todo, casi todo, a instancias de una educación espartana con la que la madre, Aurora Rodríguez Carballeira, intentaba demostrar al mundo entero cómo serían las mujeres del futuro.

Imagen de Aurora tal como acudió a ser juzgada por parricidio

A los dieciocho años el sueño de Aurora se desbarató. Hildegart quiso volar. Unos dicen que fue el amor. Otros insinúan que el escritor inglés H. G. Wells quiso llevarla a Londres y que ella estaba dispuesta a aceptar la oferta… en cualquier caso Aurora sintió que perdía el control. Cuatro tiros. Y al manicomio.

El sueño de la razón produce monstruos. Así tituló Goya uno de sus grabados. Uno de sus Caprichos. En la versión de Aurora un disparate.

Pienso ahora en casos parecidos. ¿Cómo criar genios? László Polgár convirtiendo a sus tres hijas, Zuszsa, Sofía y Judith en precoces maestras del ajedrez. Padres empeñados en hacer de sus hijos tenistas que lleguen a estar, y pronto, entre los diez más destacados del circuito, en el top ten, la lengua pirata siempre asoma, a toda costa. Niñas prodigio. judygarlands y joselitos. Juguetes rotos. Aunque los finales sean distintos y, afortunadamente, no siempre tan dramáticos.

Las convulsiones del final de la república y el estallido de la Guerra Civil hicieron que el caso Hildegart cayera pronto en el olvido. La madre, la autora de los disparos, fue condenada a cerca de treinta años de reclusión. La pena la cumpliría en el Manicomio de mujeres de Ciempozuelos, un pueblo próximo a Madrid. En ese manicomio moriría en 1955, cumplidos los 76 años. Siempre manifestó que no se había arrepentido de matar a su hija y proclamó que volvería a hacerlo.

Saturno devorando a uno de sus hijos

Desde aquel juicio, en el que intervino como perito el Vallejo Nájera partícipe también de nuestra novela, en el que se acabó dictaminando la enfermedad mental de Aurora el caso dejó de interesar.

Quitando algún estudio académico fue un periodista de ideología anarquista, Eduardo de Guzmán, el único en acercarse a la figura de la niña Hildegart. De Guzmán, condenado a muerte en el mismo proceso que condenó también a Miguel Hernández, vio finalmente conmutada su pena. Obligado a dejar el periodismo sobrevivió escribiendo a cientos novelas del oeste que firmaba con seudónimo. Edward Goodman, Eddy Thorny, Richard Jackson, Anthony Lancaster… Puede que yo lo leyera entre las novelitas aquellas de tapa amarilla de la editorial Bruguera que alquilaba en busca de Marcial Lafuente Estefanía, Zane Grey o Karl May. Con su nombre auténtico recuerdo haber seguido sus artículos en la revista Triunfo cuando la dictadura se acercaba a su fin.

En 1972 Eduardo de Guzmán publica Aurora de sangre (Vida y muerte de Hildegart). El libro, hoy descatalogado e inencontrable, tuvo cierta repercusión y sirvió de guion a una película dirigida por Fernando Fernán Gómez, Mi hija Hildegart.

La película, así lo reconoció el propio director que decía que “ el tema le había sobrepasado”, no pasa de mediocre pero sirvió para resucitar momentáneamente a Hildegart. Cuando se estrenó coincidió con aquello que se dio en llamar “ la apertura”. Y Fernán Gómez hubo de pagar su peaje. Desnudos por exigencia del guion incluidos. Amparo Soler Leal, una de las grandísimas secundarias del cine español, puso cara a Aurora. De Hildegart hizo Carmen Roldán una de esas actrices fugaces que apenas participó en más rodajes. La película dejó para la historia un magnífico cartel de promoción.

Hoy Almudena Grandes rescata como germen de su última novela aquella historia, ¿ de amor?, de la madre paranoica y la la hija superdotada. Por sus páginas desfilan personajes de ficción junto a otros reales y sucesos de fondo de gran importancia histórica.

Entre los personajes creados por la autora destacan, evidentemente, Germán Velázquez y María Castejón. Germán viene a representar el médico avanzado y de ideología progresista que une a ello una indudable altura moral. Hay quien piensa que puede ser una reproducción idealizada de lo que supuso el modelo de psiquiatría social y humana que en los últimos años cincuenta intentaron difundir, sin éxito, personalidades como Carlos Castilla del Pino y Luis Martín Santos. María es un modelo de mujer que, desde la nada, va forjándose un futuro que la llevará a Londres donde consigue alcanzar su sueño de trabajar como enfermera. En un reconocido hospital. Con homenaje a la multiculturalidad incluido. Siempre alegre y desenvuelta , constituye el contrapunto de Germán. Y algo extraño: personajes tan comprometidos y “modernos” no consolidan su historia de amor a causa de “los inconvenientes sociales. Me chirria. Como me chirria igualmente esa desenvoltura masturbatoria con la que María ridiculiza al que iba a ser su esposo.

Girando alrededor de ellos van surgiendo otros protagonistas secundarios, el doctor Méndez, compañero de Germán y homesexual que lucha contra el régimen franquista de una manera más íntima; las hermanas Belén y Anselma directoras sucesivas del manicomio pero tan antagónicas; Juan Donato, ese auténtico verraco con el que la monja mala quiere que se case María; Paloma, de la que ya hablamos más arriba; José Luis Robles, antiguo discípulo del padre de Germán, que mantiene con nuestro médico una actitud ambigua en continua duda entre lo que le dice la amistad y lo que le recomienda la discreción; Alfonso Molina, el señorito dispuesto a cazar cualquier pieza que su desvergüenza atisbe; los muchos integrantes de la familia Goldstein tan diversos y tan necesitados todos de tratamiento, al viejo Samuel podría aplicarse aquello de que en casa del herrero…

Son multitud estos otros papeles debidos a la imaginación de Almudena Grandes. Tantos que , acertadamente, como en los grandes libros de Tolstói, la autora incluye al final de la novela una guía pormenorizada de todos ellos y sus características más relevantes.

Algo en lo que todos se parecen, puede que sea algo obligado en una obra de este tipo, es en su carácter maniqueo. Desde el primero al ultimo de los personajes la caracterización es radical. Cada uno de ellos o es bueno, bonísimo, o malo, malísimo. El color gris está ausente. Algo impropio cuando este es el color con el que se suele identificar a la España de aquellos años.

Y junto a ellos los personajes que realmente existieron. El papel destacado, lógicamente, lo desempeña Aurora. Junto a Germán y María una de las tres voces narradoras en primera persona que se intercalan en la novela. Ya hemos hablado de ella y de sus sueños. Dibujada como paranoica de manual solo, en determinados momentos, creerá no ser perseguida. En mi opinión su drama se diluye un tanto y queda como la pata más corta en un trípode que cojea.

También cobran importancia los dos psiquiatras que en la España franquista coparon las loas del oficialismo, Antonio Vallejo Nájera y Juan José López Ibor.

Enfrentados unas veces y cómplices otras representan, copiemos a Marx, la miseria de la psiquiatría. De sus logros y hazañas más merece la pena ni siquiera recordarlos. Cuanto antes se olviden mejor. Lástima que sus apellidos se perpetúen. Lástima también que sus nombres hayan nublado otros. Pienso ahora ¡amistad obliga! además de en los ya citados Castilla del Pino y Martín Santos en Ramón Rey Ardid, el psiquiatra zaragozano tan entregado a la causa del ajedrez. También en José Rallo, famoso hincha del Atleti, ¡lo que ya es prueba de su mentalidad!, y en José María Esquerdo, precursor de clínicas más abiertas frente a la reclusión perpetua de los internos.

Son bastantes más los nombres reales que van apareciendo. Juan Botella, el abogado que renuncia a defender a Aurora; Pepito Arriola, el sobrino de Aurora al que esta educa en parte, como un ensayo de lo que posteriormente haría con Hildegart, concertista precoz que acaba en el olvido; Leopoldo Eijo, el obispo firmante de la declaración de la guerra española como cruzada…

También en La madre de Frankestein aparecen sucesos de esos que merecerían una mayor divulgación para conocimiento de todos. Hechos todos ellos cuyo olvido debería avergonzarnos La batalla de Madrid, la travesía a Argelia de los exiliados republicanos en el Stanbrook, el robo de niños recién nacidos, la Desbandá malagueña, tan cercana y tocante a nosotros y tan desconocida… Aunque solo fuera por esa recuperación de la memoria ya hemos de sentirnos agradecidos todos a Almudena Grandes.

Y no. No me olvidado de Hildegart. En estos días de estado de alarma maestros y profesores se empeñan, nos empeñamos, en conseguir que los niños confinados sigan realizando tareas y ejercicios. Las nuevas tecnologías al servicio del sistema tradicional. ¡Cuanto más, mejor! ¡No vayamos a perder el curso! ¡Avancemos cuanto se pueda!

Aurora, como cada uno de nosotros con nuestros alumnos, quería, sin duda, lo mejor para su hija. Le proporcionó todo. Le dedicó cada hora de su vida. Cada uno de sus sueños. Pero se le olvidó añadir entre los temas a explicar y enseñar en las clases algunas dosis de felicidad y de libertad de elección. Hildegart, jardín de sabiduría significa su nombre germánico, fue un prodigio. Un predestinado dechado de conocimientos. Yo estoy seguro de que Hildegart, brillante oradora, multilingüe y universitaria, se habría cambiado sin dudarlo por la pequeña y sencilla niña que cogia flores a la orilla del lago en cuyas aguas se reflejaba el rostro de Frankestein.

Ya el anciano Francisco de Goya, profundo conocedor de la naturaleza humana, sabedor más por viejo que por demonio de adónde podría llegar un ser humano, lo había aventurado. El sueño de la razón engendra monstruos.

Club de lectura: Lluvia fina

Joaquín Medina Ferrer

Llega a nuestro club de lectura Luis Landero uno de los más prestigiosos, y prestigio no equivale a reconocimiento, escritores actuales. Y lo hace de la mano de Lluvia fina, la novela de la que una gran mayoría de críticos literarios han dictaminado que es la mejor novela publicada en castellano a lo largo de 2019. Puede que Lluvia fina signifique la consagración definitiva de este autor.

Es Luis Landero un personaje peculiar. De vida azarosa y con etapas cuando menos llamativas. Extremeño de Alburquerque y luego residente en Madrid, antes de dedicarse a la literatura tuvo empleos tan dispares como aprendiz de mecánico, recadero, auxiliar administrativo y, ¡sorpresa!, guitarrista flamenco. De hecho no es infrecuente que en las presentaciones de sus libros Luis termine tocando con su guitarra algún tema de Paco de Lucía. Su afición a la lectura le llegó mientras recorría Europa acompañando a distintos cantaores. Ya “de mayor “estudia Filología Hispánica y durante varios años fue profesor en diferentes institutos y en algunas universidades españolas y norteamericanas. Sigue leyendo

El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta

Joaquín Medina Ferrer

Como alguien dejó escrito por ahí Mario y Beatriz también tenían derecho a que su historia fuese incluida entre las reseñas de nuestro club de lectura. Y aunque se (me) ha hecho de rogar, El cartero de Neruda, por fin,  ya tiene la suya. Reseña que algo queda.

Casi de manera consecutiva a la lectura de Tiempos recios, la monumental obra del Nobel peruano Vargas Llosa sobre la actuación de la CIA en Guatemala y por extensión en todas y cada una de las repúblicas centroamericanas,  llega a nuestro club El cartero de Neruda, novela escrita por el chileno Antonio Skármeta, obra considerada menor por su extensión – aunque el escritor afirme haber hecho un esfuerzo ímprobo para concluirla-  y puede que también por tratarse de la obra de un autor muy poco conocido en esta faceta literaria, pero cuya lectura deja, sin duda, una huella imborrable.

Es El cartero de Neruda una novelita que durante gran parte de su desarrollo podría catalogarse como una obra a medias entre lo costumbrista y lo romántico. Su argumento es sencillo.

Mario es el cartero que ha de llevar en bicicleta la abundante correspondencia destinada a su único cliente (esta, cliente,  es precisamente la palabra utilizada en la novela) residente en una apartada casa en Isla Negra. El receptor de tanta carta resulta ser nada más y nada menos que el poeta Pablo Neruda, eterno aspirante   al premio Nobel y por aquellas fechas presumible candidato de las fuerzas de izquierda, la Unidad Popular,  a la presidencia de Chile. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que la poesía una vez escrita es ya del pueblo, Mario usa los versos del poeta, plagiario él, preferentemente los de las Odas Elementales, para encandilar a la chica, Beatriz,  a la que desea conquistar. En un paso más Mario incluso llega a pedirle al eximio vate que componga para él. Para ella en rigor.

Los amoríos a hurtadillas de Mario y Beatriz, que como era de esperar cae rendida ante las metáforas del  poeta del amor, llegan a conocimiento de la futura suegra, Rosa, que, también era esperable,  no considera a Mario un buen partido. Solo aportaría al matrimonio los hongos que lleva entre los dedos de los pies. De nuevo el poeta, serio y estirado, con ese jockey como indumentaria habitual,  pero con buen corazón, habrá de intervenir para facilitar la relación. Y ello pese a declarar previamente que ya no tenía edad para ejercer de celestino.

Llegan los buenos momentos y todo parece encaminarse a un feliz término. Como buena novela romántica el amor acaba triunfando. No entraremos en detalles. Aunque a Mario, ya casado y para desesperación de la que ya es su suegra,  le seguirá gustando más amar, ¡qué bonita palabra es también  holgar!, que trabajar.

Del mismo modo Pablo Neruda es finalmente galardonado con el Nobel en 1971 y se convierte, tras Gabriela Mistral, en el segundo escritor chileno en obtener tal recompensa. E incluso aquellas elecciones que aparecen de trasfondo en la novela otorgarán la victoria por escaso margen a la Unidad Popular encabezada por Allende frente a la coalición derechista de Alessandri. Simbólicamente Mario y Neruda, el amor y la poesía,  derrotan en las urnas al fascismo representado en la persona del diputado local Labbé.

A lo largo de las páginas que muestran la relación entre Mario, Beatriz, don Pablo y Rosa se intercalan numerosos episodios a medias entre la hilaridad y la ternura. Escenas tales como la de cuando jugando al  futbolín Mario intenta alcanzar la bola que sujeta Beatriz entre sus labios; o cómo ejerce su papel de jefe el telegrafista Cosme empeñado en hacer de Mario un cartero que muestre dignidad y empaque; o la reacción de Pablo Neruda cada vez que ve que un casi analfabeto Mario le va, por así decirlo, comiendo el terreno hasta llegar a formar parte de su vida; o la tranquila desesperanza con la que el padre de Mario escucha los proyectos de trabajo de su hijo; o el deseo de Mario de llegar a ser, también él, un gran poeta intentando hallar metáforas entre los vaivenes de las aguas del océano Pacífico;  o ese jueguecito erótico cuasi gimnástico en el que Mario pugna por coger con su boca el huevo que  Beatriz, lasciva contorsionista, hace rodar por cualquier parte de su cuerpo; o la búsqueda, grabadora en mano, de los sonidos de la tierra y el mar chileno para enviárselos al poeta ausente atento a su cargo de embajador en París…

Hay tantos de esos momentos que son muchos necesariamente los que se nos quedan sin recordar expresamente.  Queda a criterio del lector decidir si los que he seleccionado coinciden con los gustos particulares de cada cual. Pero sobre todos ellos destacan, y seguramente en esta opinión estará todo el mundo de acuerdo, los chispeantes diálogos que mantiene Rosa, la suegra, primero con su hija, aleccionándole acerca de las consecuencias que sobre su pureza habría de tener el desmesurado uso de las metáforas por parte del pretendiente; luego con Mario,  animándole a que se esforzara un poquito más en las tareas laborales y también con el mismísimo poeta, primero en diálogos telefónicos y más tarde en encuentros sujetos a presencia extemporánea.

Antes he hecho alguna referencia a Cosme, el telegrafista, y al padre de Mario. No son muchos más los personajes secundarios que aparecen en la novela. Además de los dos citados apenas Matilde Urrutia, la mujer del poeta, y el ya mentado diputado derechista  Labbé, defensor en principio de la causa del que fuera presidente chileno Jorge Alessandri  y en el año  1970 aspirante, derrotado en las urnas, al mismo cargo (de hecho el slogan de su campaña fue Alessandri volverá) frente a Salvador Allende.

Si el protagonismo  de Matilde es casi irrelevante en la novela y solo se hace presente cuando participa con Mario del dolor por el estado en que se encuentra el poeta agonizante,  Labbé sí que va a jugar un destacado papel en el desenlace de la novela.

La que parecía plácida y humorística historia se va a ver de pronto sacudida en sus páginas finales  cuando se entrevera la vida en la apartada caleta con lo sucedido en el Chile de los momentos inmediatos al golpe militar de Augusto Pinochet  y la caída del gobierno legítimo de Salvador Allende. Y por cierto, de nuevo y como en Guatemala, intervención mediante de la CIA.

En una rápida sucesión de hechos y de manera casi inmediata tanto a la boda de Mario y Beatriz como a la concesión a Pablo Neruda del premio Nobel se acumulan los acontecimientos relacionados con el golpe militar. Y el mazazo final: a la muerte de Neruda ya anciano y condolido por el triunfo del fascismo se unirá la desaparición de Mario. Mario, personaje de ficción, señalado con dedo acusador y revanchista por Labbé que de diputado de derechas pasará a agente del pinochetismo sin solución de continuidad.

Desaparición  no es en este caso chileno, al igual que no lo fue tampoco en el caso argentino casi paralelo en el tiempo, más que un mero eufemismo. Y fueron decenas de miles los desaparecidos reales, Marios de verdad con nombre y apellidos concretos, tanto en el Chile de Pinochet  como en la Argentina de Videla y Galtieri. Fueron incontables  los que murieron torturados, llenaron cunetas, se ahogaron en el Atlántico o, si de niños se trataba, fueron separados de sus padres para siempreQue te borraron del mapa, cantaba Carlos Cano en su Tango de las madres locas.

Jorge Videla, en un escandaloso alarde de cinismo, llegó a responder de esta manera  a un periodista que le interrogaba acerca  de la situación jurídica en la  que se hallara alguno de estos desaparecidos:

Le diré que frente al desaparecido, en tanto éste como tal es una incógnita, mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial porque no tiene entidad. No está ni muerto ni vivo… Está desaparecido.

Solo le faltó a Videla, después de tamaña simpleza, dirigirse al periodista y preguntarle si es que acaso era gilipollas y no le había quedado claro lo que significaba desaparecido. Perdón por el lenguaje.

En estas últimas páginas, las que narran de manera consecutiva el triunfo del golpe militar, la muerte de Pablo Neruda, la desaparición de Mario y esa postrera remisión al olvido, imagen paralela a la propia desaparición física del cartero, del poema con el que nuestro Mario aspiró a ganar un concurso la novela da tal vuelco que deja en el lector un profundo regusto de rabia y amargura. Cierras el libro y solo eres capaz de odiar.

Vuelvo ahora a Labbé, ese personaje siniestro. Ese que señala con el dedo a Mario desde el interior de un coche y a la luz de un mechero encendido. Una imagen típica en el imaginario de las denuncias fascistas. Tópica también en los fotogramas del cine negro.

Busco en Google desconocedor de si realmente existió un diputado Labbé  en la realidad. Y me encuentro ante una saga familiar en la que se entremezclan militares metidos a políticos  y diplomáticos unidos todos por el anti marxismo y su apoyo a la dictadura militar. También les une el haber medrado bajo el manto de la democracia cuando tuvieron oportunidad. Algo que, por desgracia, también nos suena en estas tierras. Las chaquetas que se cambian, el sol que más calienta y todo eso.

Uno de esos Labbé fue alcalde “democrático” (el entrecomillado está justificado) de la comuna chilena de Providencia. Un lugar atravesado por el río Mapocho. Un río que me lleva al recuerdo de las canciones de Víctor Jara. Víctor, como Mario, otro de los represaliados. En el río Mapocho/ mueren los gatos/ Y en el medio del agua/ tiran los sacos.

Un diario local fechado en 2012 recogía en una página de opinión y a propósito de la política del alcalde lo siguiente:

Labbé tiene que irse. Y no por capricho de unos cuantos izquierdistas de Providencia, sino por una necesidad democrática urgente. El sábado, una funcionaria municipal “desplegada” en la calle para gritar y sostener una bandera del actual alcalde me decía con vehemencia: “no se puede vivir del pasado”. Yo le respondí: “sí se puede, siempre y cuando éste tenga vigencia y presencia”. No me entendió. Lo que quise explicarle es que Labbé tiene un pasado nefasto y que, además, es heredero de una tradición anti izquierdista y autoritaria que ha cultivado con esmero. (…) No se puede entender lo que pasa hoy en Providencia si no se pone a Labbé en su contexto histórico, incluso genealógico. (…) Jugando al psicoanalista, propongo que gran parte de lo que es Labbé se lo debe a su padre. Alberto Labbé Troncoso, el progenitor, fue tristemente famoso por negarse a rendir honores militares a Fidel Castro en 1971. Como Director de la Escuela Militar, declaró una epidemia de gripe entre los cadetes (falsa, por supuesto) para no desfilar frente al invitado, lo que le costó su dada de baja. De ahí se convirtió en una especie de referente para un sector hiper ideologizado de la derecha. (…) Su figura era la del nacionalista duro –en rigor, la del ultranacionalista- cuya causa final era la del anti marxismo. Su propaganda electoral rezaba: “Labbé: sálvame [del comunismo]”. Cristián Labbé Galilea, el hijo, también ha destacado por su tozudez antidemocrática y por acciones similares a las de su padre. (…) Como agente de la DINA, sus acciones fueron mucho más escabrosas (…) Hace poco, un diario electrónico publicó un reportaje sobre su participación en el operativo en el que fueron asesinados 15 campesinos de Liquiñe en 1973. Testigos afirman que tuvo una activa participación en ese hecho. Por otra parte, un matutino publicó en 2006 la declaración de Anatolio Zárate, ex presidente de la Pesquera Arauco, quien aseguró –declaración jurada de por medio- haber sido torturado por el alcalde. “Era el teniente Labbé que hoy es la misma persona que es el alcalde (…) Yo fui torturado por Labbé. Desde el momento que él estaba en la sala de tortura, independiente si ponía o no la corriente, él participó”, declaró Zárate ante el juez (…) Labbé ha gestionado Providencia cual si fuera su propia dictadura. Disfrazada de democracia, como muchas. En Providencia se han realizado dos  plebiscitos en 16 años. Pinochet realizó los mismos  pero en 17. La casi nula participación de los vecinos en los grandes temas de la comuna, cuya consecuencia son barrios históricos devastados por la excesiva permisividad hacia las inmobiliarias, recuerda la privatización inconsulta de las empresas públicas en los ochenta, bienes que por un mero acto administrativo dejaron de ser de todos los chilenos. Si hay algo claro, es que tanto Labbé como Pinochet han tratado a la población como consumidores de servicios, no como sujetos con capacidad de decisión sobre los grandes temas de la vida local y nacional, respectivamente. Labbé se ha convertido en el eslabón perdido de una transición inconclusa. Una suerte de Lucy chilensis. Si hay algo que no calza en la democracia chilena, si hay algo que evita la tan postergada reconciliación, es la presencia de personajes con este pasado en el escenario político. Por eso: Labbé tiene que irse

El texto es ciertamente extenso. Puede que no sea el más apropiado para una reseña. Pero muestra, por si no fuera suficiente con la lectura de novela, la calaña de estos personajes.

¡Ah! DINA es el acrónimo de la Dirección de Inteligencia Nacional, la policía secreta de Pinochet, activa entre 1973 y 1977.  Esto dice la Wikipedia de sus funciones:

La DINA tenía facultades para detener, torturar, extraer información bajo apremios y confinar personas en sus centros operativos durante los estados de excepción. Como estos estados duraron casi toda la dictadura militar, la DINA tuvo estas facultades durante prácticamente toda su existencia.

Su jefe político, el de Labbé digo, Jorge Alessandri no mantuvo  una postura más digna que la del subordinado y no dudó en colaborar decididamente con el régimen militar. Otros políticos de derechas fueron más coherentes  y aunque opositores  al gobierno legal de Allende, no celebraron  el triunfo del golpe militar. De hecho Eduardo Frei, también citado en El cartero,  líder del partido democratacristiano murió en 1982 en lo que a todas luces pareció un asesinato a manos de supuestos médicos  que obedecían órdenes del dictador. El hijo de Eduardo Frei, – curioso este fenómeno de la genética dirigente-,  de igual nombre y también líder del partido, fue jefe de la oposición y alcanzó la presidencia de Chile en las primeras elecciones libres  celebradas con posterioridad al abandono del poder por Augusto Pinochet.

La llegada al poder de Augusto Pinochet, imposible no recordar su figura, pájaro de mal agüero, en el entierro de nuestro particular dictador, sobresaltó la vida chilena. Exilio, muerte o silencio. No hubo más alternativa. 

El cadáver de Víctor Jara, poeta, folklorista y cantante al que me referí  anteriormente, fue encontrado con más de cuarenta balazos y sin sus manos. Ambas  manos cortadas en vivo. El cantante que llamaba A desalambrar la tierra, porque la tierra es de todos, tarareaba una canción mientras tocaba su guitarra. Al milico que vigilaba a los detenidos hacinados en un campito de fútbol aquello no le gustó. A grandes ofensas, drásticas soluciones. Prueba ahora a tocar la guitarra. Víctor siguió cantando. Mientras pudo. El derecho de vivir en paz. ¡Es que vaya letras! ¡Menudo rojo!

En uno de los bolsillos del pantalón que llevaba encontraron una hoja de libreta con sus últimos versos: ¡Canto, que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto! / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero.

A Antonio Machado, años atrás, también le hallaron un último verso escrito en un papel arrugado que el poeta exiliado guardaba en un bolsillo del gabán: Estos días azules y este sol de la infancia.

¡Tan cerca y tan lejos!

Hoy aquel estadio de fútbol en el que murieron miles de presos se llama Estadio Víctor Jara.  Y la tumba de Machado en Colliure se cubre todos los días de flores recién cortadas.

¿A quiénes temía Pinochet? ¿A Víctor Jara?, ¿a Violeta Parra que daba gracias la vida que tanto le había dado y deseaba volver a los diecisiete?, ¿a  Quilapayún que pregonaban, desde la altura profética de sus tres barbas que mientras se mantuvierara el pueblo unido jamás nadie lo vencería?, ¿a Inti- Illimani  que proclamaban que nunca el hombre está vencido y que su derrota es siempre breve?,  ¿a Ángel Parra, hijo y continuador de la gran Violeta, que le cantaba a su amor esa letrilla que decía: Quítame la cordillera, quítame también el mar, pero no podrás quitarme que te quiera siempre más? ¿A Mario acaso?

Fue aquel año de 1973 un mal año. Fue el año de la muerte de tres de los grandes Pablos de la cultura. En apenas seis meses, los que van de abril a octubre,  fallecieron Pablo Picasso, Pablo Neruda y Pau Casals.

Picasso, Neruda y Casals, tres grandes de la causa de la humanidad unidos por algo más que un patronímico común.

El pintor del Guernica, el compositor del Cant dels ocells y el poeta del amor. Poeta del amor, esa ha sido tradicionalmente una forma de referirse a Neruda. Siempre será Neruda ese poeta que nos emociona en lo más íntimo, el autor de versos que se nos han hecho callo en el corazón. Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido, Pero Neruda fue también, y el orden es lo de menos, un poeta de profundo compromiso social. Así en el discurso de recepción del Nobel ante las autoridades y dignatarios suecos no duda en proclamar que tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

Un discurso en el que pareció inspirarse Salvador Allende cuando, en la entrada de la Casa de la Moneda, asaltada por la aviación golpista,  y poco antes de morir, reclamaba también, como el poeta, el derecho a la esperanza:

Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Al comenzar la reseña hablaba de pasada de Antonio Skármeta el autor de El cartero de Neruda. Es  Skármeta, cercano ya a cumplir los ochenta años, un personaje peculiar. Chileno de origen croata es filósofo, actor teatral, novelista, guionista y director de cine, profesor, presentador de programas televisivos…Si es preguntado él dice ser intelectual de izquierdas y apasionado del cine.

También, ¡gracias!, es un enamorado de la literatura española. Cuando fue nombrado miembro de la Academia chilena de la lengua su discurso llevaba como encabezamiento una   significativa frase: Pedaleando con San Juan de la Cruz. Presencia en mi obra de la tradición literaria de la lengua española.

Decía que era Skármeta un apasionado del séptimo arte. Precisamente la novela reseñada surge a partir del guion para una película que el propio Skármeta dirigió. La novela, como la película, se tituló en principio Ardiente paciencia. El éxito posterior de una nueva  versión cinematográfica, mundialmente famosa y reconocida con algún Óscar, de Michael Radford, Il Postino o El cartero de Neruda, fue tan grande que  obligó de alguna manera al cambio del título.

El título original, Ardiente paciencia, lo toma Skármeta del discurso con el que Pablo Neruda aceptaba el Nobel de Literatura en 1971. Un discurso en el que Neruda se refería a la razón de ser de su poesía. En tan recordada ocasión el poeta chileno terminaba diciendo:

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurorearmés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.

                           Así la poesía no habrá cantado en vano.

Como Neruda, como Allende, como Skármeta, como Víctor, como Machado y Federico, como Mario, como los poetas, como los hombres de buena voluntad yo también creo en la profecía de Rimbaud. La espléndida ciudad será conquistada. Mucho más temprano que tarde. Para que la poesía no cante en vano.

 

 

 

 

Club de lectura: Pedro Páramo, de Juan Rulfo

Joaquín Medina Ferrer

En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Esas palabras que forman parte de la letra de una canción de mi tocayo Sabina han sido durante años mi única relación con Juan Rulfo. La conexión Comala. Sabía por supuesto, ¡uno es de letras!, que Comala era el escenario donde transcurren, el presente de indicativo está justificado, las andanzas de Pedro Páramo. Sabía que esta obra es considerada casi de modo unánime como el arranque de aquella gloriosa epopeya literaria que fue el realismo mágico. Sabía que Rulfo apenas escribió nada más y que desde entonces se limitó a mostrarnos a Comala y a sus habitantes en magníficas series fotográficas. Como a Harper Lee, como a J. D. Salinger o como a Emily Brontë una sola obra le bastó para hacerse inmortal. También ahora está justificado el adjetivo. Y la sustantivación. Sabía que Comala, como el Macondo de García Márquez o la Mágina de las primeras obras de Muñoz Molina, era un mundo, un universo concentrado en una pequeña población a medias entre la realidad y la ficción.

A veces hacía la broma de preguntar, como haciéndome el despistado, si Juan Rulfo era una novela de Pedro Páramo o si, por el contrario, Pedro Páramo era el título de una obra de Juan Rulfo. Más de una sorpresa me llevé con las respuestas. Y es que ambos nombres participan de una sonoridad casi telúrica. Son nombres que imponen. Suenan poderosos.

Leo en algún sitio que Juan Rulfo decidió casi a última hora, como quien dice con el libro ya en prensa, cambiar el título a la obra. Había pensado llamarla Los murmullos. Acertó de pleno con el cambio.

Leo también que existe una Comala allá por el estado mexicano de Colima. Que la ciudad, poco más de veinte mil habitantes hoy, debe su nombre a la palabra con la que en lengua náhuatl se designa al lugar en el que se fabricaban los comales, una especie de sartén de barro, en los que en México se cocinan esas tortas de harina tan populares hoy en todo el mundo. Y si sigo leyendo encuentro que en Comala “es clásica ya la oferta gastronómica de antojitos y botanas muy variadas acompañados de cerveza, ponche, refrescos u otras bebidas en los afamados Portales de Comala…”

Fotografía de Juan Rulfo

A lo que parece, Comala, como Granada con las cervezas y las tapas, vive hoy del turismo gastronómico.

Y sí. La información procede de la Wikipedia.

Antojitos y botanas…Suena bien… Como Calaveras y diablitos… ¡Si estuviera más cerca Comala!

Y es que también pudo haber sido que alguno de los integrantes de Los fabulosos Cadillacs, el grupo argentino de rock, quedara igualmente impresionado después de leer Pedro Páramo:

No quiero morir sin antes haber amado
Pero tampoco quiero morir de amor
Calaveras y diablitos
Invaden mi corazón

Pero, vuelvo a Sabina y al inicio de esta reseña: ¡hay tantas Comalas! Tantas que más de uno podría escribir una especie de diario, Cartografía básica pudiera ser un buen título, en el que se recogiera de manera ordenada, meticulosamente anotado con el añadido de las circunstancias de momento y estado anímico, el listado de aquellos lugares a los que ya no se debe volver.

Una cartografía que incluiría desde unos arenales inhóspitos, ¡y tan hospitalarios por otra parte! , a un par de butacas en la última fila de un cine. Un banco en mitad de un jardín romántico. Un portal. Lugares a los que no se debe volver. Y si vuelves, de nuevo una canción, no volverás por amor, si vuelves será cansancio.

Y desobedeciendo el consejo del ubetense escarmentado en carne propia Juan Preciado volvió a Comala. Lo hizo de manera vicaria obedeciendo a su madre, Dolores, Doloritas, que en su lecho de muerte así se lo pidió. Y escribo “volvió” de manera consciente. Sabiendo que alguien puede decirme que el tiempo verbal no está bien empleado. Que Juan Preciado no había estado nunca en Comala. Pero ¿hay quien con certeza pueda ordenar el tiempo en Comala?

Pedro Páramo comienza de una manera digna de formar parte de la antología de los mejores y más recordados inicios de la literatura universal. En apenas doscientas palabras que finalizan de modo tan redondo, tan circular, con un nuevo vine a Comala idéntico al del principio Juan Rulfo nos muestra las claves de su novela. Iba a escribir que Rulfo nos muestra las claves para entender su novela. Pero he optado por eliminar ese verbo. ¿Acaso todo hay que entenderlo?

Presente, pasado y futuro. Y de nuevo presente. Muerte y conversación. Conversación con los vivos pero también con los muertos. El cobro de lo que nos dejaron a deber. Y el pago de lo debido. Manos muertas pero también sueños, esperanzas e ilusiones. Promesas y exigencias. Olvido y alegría.

E intercalado en el texto una enigmática sentencia: Pedro Páramo (…) se llama de este modo y de este otro. Pedro y Páramo. Piedra y desierto.

Este es el particular En un lugar de la Mancha puesto en boca de Juan Preciado:

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
—Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

Si Dante se valió de Virgilio para que le sirviera de guía en su descenso a los infiernos ahora Juan Rulfo utilizará a Juan Preciado, Juan como el autor, ¡por algo será!, y Preciado como apellido algo más que simbólico, para visitar Comala, ese espacio a medias entre la vida y la muerte. Un poblado en cuyo camino de entrada, aunque ni Abundio el arriero, pese a tantos viajes, y ni siquiera el propio Juan Preciado se detuvieran jamás a leerlo, sin duda habría un cartel que advirtiera:

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”

Una Comala que más que purgatorio es limbo. Un espacio suspendido en el tiempo, como un ascensor que se detuviera súbitamente entre medias de dos plantas y en el que no encontráramos respuesta alguna cuando, desesperados, accionamos el timbre de alarma.

Imagen tomada por el escritor

Un limbo. Como ese limbo del cristianismo clásico borrado de un plumazo por decisión papal en el que habitaban los que ni son ni dejan de ser. Los que han sido y los que serán. Miles de Juanes, Pedros, Dolores, Abundios, Renterías , Fulgores y Susanitas abandonados a su suerte tanto por Papas como por escritores.

Imagino a Juan Rulfo ideando Pedro Páramo mientras en su cabeza resonaban esos murmullos, ecos del pasado y del futuro, al par que cumplimentaba informes en la empresa de neumáticos en la que trabajaba. E imagino que, como le sucedería sin duda a Magritte, a Mondrian, a Luis Mateo Díez y a tantos otros que hubieron de llevar una vida discreta y funcionarial para obtener su sustento diario, más de una vez le llamarían la atención por quedarse absorto en sus pensamientos. ¡Juan, está usted como ido! ¡Juan, quiere usted dejar ya de pensar en las musarañas y ponerse a trabajar!

Escribo esta reseña el día en que parece que, por fin, se exhuman los restos de Francisco Franco, el Pedro Páramo de nuestra particular Comala, del Valle de los Caídos. Otro limbo este valle. En la radio escucho a una locutora decir con todo desparpajo que su cuerpo, el de Franco, descansará en el cementerio de Mingorrubio junto al cuerpo de su viuda.

Y a mí me da por pensar. ¿Cuántos años de enterramiento se precisan para perder la condición de viuda? ¿De qué hablarán Carmen y Paco cuando se produzca el reencuentro?

– ¡Mucho Caudillo, pero vaya nudo más flojo que echaste!

-¡Cristóbal nos salió rana, Carmencita!

-¡Al pazo de Meirás va a ser difícil que volvamos!

-Paco, ¡qué mal se portó tu amigo el legionario con Unamuno! ¡ si no llego a intervenir me lo matan en Salamanca!

Sin duda esa periodista había leído a Rulfo mientras estudiaba la carrera.

-Comala, ¡presente!

Pedro Páramo es también un despiadado retrato del México de las revoluciones que se prolongaron hasta los principios del siglo XX. Por sus páginas cabalgan, como el caballo desbocado de Miguel Páramo, que galopa solo movido por el dolor, carrancistas, villistas, juaristas y cristeros. Tanta diversidad guerrillera está justificada. Los combatientes dicen no saber de parte de quién están… ¡ya se enterarán después! ¿Por qué se levantaron en armas? pregunta Pedro Páramo: Pos porque otros lo han hecho también. Aguárdenos tantito a que nos lleguen instrucciones y entonces le averiguaremos la causa. Muestra también el papel de la iglesia como elemento cohesionador de aquel organigrama social y hasta, en algún momento, las contradicciones que esa relación generaba. Nos habla de caciquismo. De la pervivencia del derecho de pernada. De la justicia puesta al servicio de los poderosos. También de amor.

Rulfo se dirige a nosotros con un lenguaje que abarca multitud de registros. Así como a vuela pluma veamos algunos de esos diferentes tonos

Unas veces usará la palabra de modo no meramente descriptivo como cuando nos muestra ese paisaje jalisqueño reseco y desolado: La tierra se quedó baldía y como en ruinas. Daba pena verla llenándose de achaques con tanta plaga que la invadió en cuanto la dejaron sola…

Otras veces utilizará expresiones humorísticas: impagable ese ¡Váyase mucho al carajo! con el que Abundio, el carretero que acabará matando, o rematando, a Pedro Páramo, zanja la conversación cuando responde a Juan Preciado de camino a Comala.

En otras ocasiones mostrará un uso tan espléndido de palabras de procedencia indígena mezcladas con otras que aún cuando fueran de origen castellano son ahora tan “mejicanas” que, sin darnos cuenta, nos sorprenderá vernos leyendo en voz alta intentando pronunciar alla maniera mexica. Cantinflas o el Chapulín Colorado recitando Pedro Páramo. ¡Que no panda el cúnico!

Consigue también Rulfo que un delicado lirismo impregne muchas de las conversaciones que mantienen los pobladores de Comala, vena poética que aflorará sobre todo en los recuerdos que de sus baños en el mar tiene la niña Susana San Juan: Mi cuerpo se sentía a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los ojos cerrados, los brazos abiertos…

Y no dejará de sorprendernos más de un recuerdo a nuestro Federico: Mi novia me dio un pañuelo/con orillas de llorar.

En poco más de cien páginas Juan Rulfo nos ha descrito un México similar al que aparece en los frescos que pintaron Alfaro, Rivera o Siqueiros. El México heroico y a la vez sumido en la mansedumbre. El México de conquistadores y vencidos. El México que ha hecho del festejo a la muerte una de las claves de su identidad. El México que ha cambiado caciques por chapoguzmanes, Comalas por Sinaloas.

Pedro Páramo se publicó en 1955 pocos años después de que Juan Rulfo diera a conocer sus cuentos reunidos bajo el título del más memorable de ellos, El llano en llamas, anticipo de esta novela.

Tras unos primeros andares en los que Rulfo confiesa que debía regalar los ejemplares si quería que alguien los leyera, Pedro Páramo consiguió un éxito fulminante. Hay quienes afirman que Pedro Páramo fue la primera gran obra nacida bajo el paraguas de lo que se dio en llamar Realismo mágico. Otros, por el contrario, remiten a las primeras obras de Miguel Ángel Asturias o de Alejo Carpentier.

La expresión Realismo mágico, que indudablemente parece pensada para obras como esta, es debida a Arturo Uslar Pietri, otro de los grandes escritores que formaron parte de este grupo de autores latinoamericanos que tanta fama, merecidísima, alcanzaron.

Uslar en su ensayo Letras y hombres de Venezuela escribía:

Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que a falta de otra palabra podrá llamarse un realismo mágico.

Releamos. El hombre como misterio en medio de datos realistas. Comala de nuevo.

El más conocido de los novelistas de aquel boom, con el permiso de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez proclamó su admiración por Rulfo y Pedro Páramo. El elogio sobrepasó el puro comentario. Gabo mostró su aprecio de la manera que mejor lo puede hacer un escritor, escribiendo.

Y lo hizo doce años después de la publicación de Pedro Páramo. En 1967 ve la luz la primera edición de Cien años de soledad. Todos conocemos la famosísima frase:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Doce años antes, Juan Rulfo había escrito:

El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y luego lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo.

Si ello fuera del todo cierto, si fuese verdad que sin la actuación de García Márquez la obra de Rulfo no hubiese alcanzado mayor difusión, ya tenemos otra razón más, añadida a la creación de tantas obras geniales, por la que mostrar nuestro agradecimiento eterno al escritor colombiano.

Ya termino. El teléfono móvil me avisa de que se acaba de lanzar a las redes el último vídeo clip con una de las canciones del reciente disco de 091. Al final es el título de esta canción.

Los Cero. Cuando más reconocimiento tenían optaron por la separación. Veinte años después volvieron. Veinte años que no son nada según el tango. Menos que nada según Rulfo. Maniobra de resurrección llamaron a la gira que suponía su vuelta a los escenarios. Y La otra vida a su trabajo de rentrée. La primera canción que extrajeron del álbum fue Vengo a terminar lo que empecé. Con una letra que contenía una frase premonitoria, De este sueño nadie sale vivo. Y ahora Al final.

Maniobra de resurrección. La otra vida. Vengo a terminar lo que empecé. De este sueño nadie sale vivo. Al final… Seguro que José Ignacio Lapido, alma de los Cero, también disfrutó leyendo Pedro Páramo. Y que los murmullos de Comala nunca han dejado de rondar en su cabeza:

Al final tú y yo seremos solo el eco de palabras que dijimos.

Club de lectura: Vida y destino, de Vasili Grossman

Joaquín Medina Ferrer

Iniciamos temporada y, como intentamos cada curso, hacemos que nuestra primera lectura se corresponda con una de esas obras que denominamos “enjundiosas”: novelas extensas y complejas que precisan del largo verano para ser leídas con atención y detenimiento.

¡Y qué mejor obra que esta Vida y destino para ver cumplida esa condición!

Más de mil páginas. Más de ciento cincuenta personajes con el añadido de que esos hombres y mujeres rusos resulten en un primer momento tan difíciles de recordar; personajes que en la novela aparecen con una tan amplia combinación de nombres, patronímicos, apellidos, apelativos cariñosos, diminutivos…que hacen del arranque de la novela un constante ejercicio de revisión de lo ya leído. Y un casi infinito número de palabras rusas, alemanas, francesas…que, al par que enriquecen sobremanera la narración, nos obligan a una alerta constante, a un continuo ojo avizor… palabras diríamos “de nivel”, no el dichoso samovar típico de toda novela rusa que se precie de serlo.

En un primer momento puede que pensemos que no es necesario conocer el detalle de los nombres; que podemos seguir el argumento de Vida y destino prescindiendo de conocer en su totalidad el lenguaje que Vasili Grossman, su autor al que aún no nos hemos referido, utiliza; que lo verdaderamente interesante es saber “el fondo” de la trama.

Conforme avanzamos nos vamos dando cuenta de que una lectura tan reduccionista no nos vale. Y nos sumergimos por completo en esta novela-río tan compleja y con tanta abundancia de matices.

Finalizada la lectura todas estas dificultades se acabarán agradeciendo. Como el alpinista que escala su Everest particular, respiramos satisfechos conscientes de que acabamos de leer una gran novela. Sabemos que hemos leído una gran obra, que estamos ante una de las cimas de la literatura del siglo XX.

Vida y destino es una novela que narra la vida que viven y el destino al que se ven abocados los distintos miembros de una familia rusa, los Sháposhnikov, durante un periodo de la Segunda Guerra Mundial, en concreto la batalla de Stalingrado.

Fue esta en realidad más que una batalla al uso un suceso que transcurrió a lo largo de un espacio de tiempo en el que la ciudad, Stalingrado, la antigua Tsaritsin zarista y hoy Volgogrado, fue asediada por el ejército nazi del general, luego ascendido a mariscal de campo por Hitler con la condición de que no rindiera sus tropas, Friedrich Paulus.

La ciudad resistió heroicamente y la contraofensiva dirigida por el general Chuikov y el mariscal Zhúkov que consiguió levantar el cerco y llevó al apresamiento de más de cien mil soldados alemanes, (de los que apenas sobrevivieron cinco mil al rigor de las cárceles soviéticas), supuso el verdadero punto de inflexión de la contienda. A partir de Stalingrado la victoria de lo que se dio en llamar las fuerzas aliadas fue solo cuestión de tiempo.

Es durante este tiempo, desde agosto de 1942 a febrero de 1943, cuando al par que se va desarrollando el episodio bélico se muestra la vida de los componentes de la familia Sháposhnikov. Componentes tomados en su sentido más amplio. Diferentes generaciones, diferentes grados de parentesco, diferentes parejas…Un gran número de integrantes de esa familia extensa, extensísima más bien, que, además, se relacionan con otra gran cantidad de personas que de manera más o menos circunstancial se ven en contacto con ellos.

El resultado es un gran fresco que muestra la realidad, desde muy distintos niveles de observación y bajo diversos puntos de vista, de una sociedad rusa enfrentada a la vez a una guerra contra el nazismo y a las maneras y modos del régimen estalinista.

La lectura de la novela exige casi de manera inexcusable el saber algo más de la vida del autor, el mencionado Vasili Grossman, así como de las vicisitudes que acontecieron con el texto antes de verse por fin editado.

Intentaré ser breve, aunque es difícil vencer la tentación de pormenorizar en tanto y tanto elemento interesante o meramente curioso en relación al autor y a su obra.

Vasili Grossman en el frente

Vasili Grossman fue lo que en la Rusia comunista se dio en llamar un “judío asimilado”. Una persona que, aunque nacida en el seno de una familia judía, su nombre de pila era el de Iósif Solomónovich Grossman, al hilo de los cambios políticos comenzados tras la revolución de 1917, adopta con profunda convicción la ideología comunista. De familia burguesa y adinerada pudo viajar y ampliar estudios en Francia y otros países. Aunque era ingeniero químico de profesión pudo dedicarse casi en exclusividad a la literatura tras el éxito de sus primeras publicaciones. Éxito que se vería refrendado por el apoyo que le prestó el que por entonces era el más destacado y popular escritor ruso, Maksim Gorki, así como otros autores como Bábel y Bulgákov.

Vivió en propia carne la persecución nazi contra los judíos, persecución luego imitada en Rusia, su madre fue ejecutada en un campo de concentración y le quedó para siempre una frustración permanente pensando que “podía haber hecho más por ella”.

Vivió también una continua contradicción entre lo que defendía, los ideales del comunismo internacionalista, y la aplicación real de ese sistema, colectivizaciones, burocracia enfermiza, deificación del líder, deportaciones…

También en un determinado momento firmó cartas de denuncias contra personas a las que consideraba inocentes.

… Y mostró en repetidas ocasiones su apoyo a Stalin.

A la luz de todo lo anterior y de muchas más “coincidencias” omitidas no resulta difícil pensar que Viktor Shtrum, el protagonista principal de Vida y destino, es un trasunto del propio autor, un alter ego al que Vasili describe y trata de una manera inmisericorde en lo que es un doloroso ajuste de cuentas consigo mismo. Ajuste de cuentas que supera el mero plano político y bucea también en lo social, su relación con amigos y compañeros; lo familiar, el recuerdo de su madre, el trato y memoria del hijo de su mujer; lo amoroso, esa María a la que admira y ridiculiza a veces…

Llegada la guerra contra Alemania, Grossman intenta alistarse como voluntario. No lo consigue debido las secuelas de una tuberculosis y a la importante miopía que padecía. Sí que logra trabajar como corresponsal de guerra durante la contienda. Sus crónicas en el periódico oficial del Ejército Rojo, Estrella Roja, leídas y releídas en todos los rincones de la URSS, lo encumbran aún más. Como testigo directo vivió en primera línea del frente no solo el heroísmo de los soldados rusos. También conoció “la otra cara del estalinismo”. La que luego mostrará en Vida y destino.

Portada de “Estrella Roja”

La vida, y el destino, de la novela de la que tratamos también resultan muy curiosos. Cuando la dio por terminada Grossman, – no olvidemos que estamos en la URSS, años 60 del pasado siglo-, solicita el oportuno permiso de publicación. Y aunque su prestigio y reconocimiento le precedían el permiso es denegado. Varios funcionarios de la KGB se personan en casa del escritor para detener, -sí, así constaba en el informe que elaboraron después-, a la novela. El escritor se libra de la cárcel en razón a su fama.

Grossman había tenido la precaución de guardar varios ejemplares, sin duda ante el temor de que el permiso se denegara y se confiscara el original, que entrega a sus mejores amigos para que los preserven de la destrucción. Andréi Sájarov, físico nuclear premiado con el Nobel de la Paz y el más conocido de los disidentes soviéticos, consiguió microfilmar el manuscrito original y entregarlo para su publicación en Suiza. Una historia, aquí sucintamente narrada, digna de una película de Alfred Hitchcock o de una novela de John Le Carré.

De nada le sirvió a Grossman dirigirse a Nikita Jruschov, sucesor de Stalin, y hasta cierto punto un político aperturista, reclamando la autorización pertinente:

Le pido que devuelva la libertad a mi libro, pido que mi libro se discuta con editores, no con los agentes de la KGB. ¿Qué sentido tiene que yo sea físicamente libre cuando el libro al que he dedicado mi vida es arrestado?... No renuncio a él… Pido libertad para mi libro.” Destacar en negrita esa frase concreta es decisión mía. La eterna paradoja del creador.

La petición fue, evidentemente, rechazada. Recordemos que Nikita Jruschov solo era aperturista hasta cierto punto. Para la historia queda esa frase lapidaria soltada casi como amenaza: “Su obra no será publicada en los próximos doscientos o trescientos años”. Unas palabras que a mí me recuerdan a aquel “dejo todo atado y bien atado” que todo español conoce.

Merece la pena leer la transcripción que hace el propio Grossman de la justificación, justificación de lo injustificable, recibida de boca de Mijaíl Súslov, el miembro del Politburó encargado de hacerle saber la decisión:

En su carta solicita que se publique su novela, Vida y destino. Eso es imposible. Usted dice que su libro está escrito con sinceridad, pero la sinceridad no es el único requisito para la creación de una obra literaria en nuestros días. Su novela es hostil al pueblo soviético; su publicación perjudicaría no sólo a nuestro pueblo y al Estado soviético, sino a todos los que luchan por el comunismo fuera de la Unión Soviética. La novela beneficiaría a nuestros enemigos. Estamos restableciendo las normas de la democracia fijadas por Lenin. Pero esas normas no son las de la burguesía. Considera usted que en su caso hemos violado el principio de libertad. Si es así, entiende la libertad en el sentido burgués. Pero nosotros tenemos otra noción de libertad. No entendemos la libertad del mismo modo que los capitalistas, como el derecho a hacer todo lo que a uno le venga en gana sin tener en cuenta los intereses de la sociedad. Esa libertad sólo es necesaria para los imperialistas y los millonarios. Nuestros escritores soviéticos deben producir sólo lo que el pueblo necesita, lo que es útil a la sociedad. Todos los que han leído su libro coinciden en su valoración: lo consideran políticamente nocivo para nosotros. ¿Por qué deberíamos añadir su libro a las bombas atómicas que nuestros adversarios preparan contra nosotros? En su libro aparecen comparaciones directas entre nosotros y el fascismo hitleriano. Ofrece una descripción falsa e incorrecta de nuestra gente, los comunistas. ¿Cómo habríamos podido ganar la guerra con una gente como la que usted describe? En su libro habla favorablemente de la religión, de Dios, del catolicismo. En su libro defiende a Trostki. Está repleto de dudas acerca de la legitimidad de nuestro sistema soviético. Usted sabe cuánto daño nos hizo el libro de Pasternak. Todos los que han leído el suyo coinciden en observar que el daño que causaría Vida y destino sería infinitamente mayor que El doctor Zhivago. Tengo en mucha estima sus libros Stepán Kolguchin, El pueblo es inmortal y Por una causa justa. Lo invito a volver a las posiciones que mantenía cuando escribió esos libros.

De seguro que de haber conocido a tan despreciable personaje, Borges habría incluido a Súslov como protagonista de uno de los capítulos de su Historia universal de la infamia.

Vasili Grossman falleció en Moscú en 1964. Vida y destino, escrita en 1962, no fue publicada hasta 1980. Hubo que esperar a los tiempos de la perestroika y la glásnost para que pudiera ser leída de manera legal en Rusia. Que Grossman no viviera para ver su monumental obra publicada, y admirada, es una de esas cosas que debieran avergonzar al ser humano como especie.

Los doscientos o trescientos años pronosticados apenas fueron veinte. Menos aún se tardó en desatar lo bien atado. ¡Tampoco como pitonisos merecen aquellos siniestros personajes una mejor consideración!

Antonio Muñoz Molina

Cuando la novela se publica en español durante la Transición no es inmediatamente bien acogida. Antonio Muñoz Molina, uno de los que más ha elogiado entre nuestros intelectuales el valor de esta novela, achaca esta frialdad en la recepción a una especie de “mala conciencia” de la izquierda española recién finalizada la dictadura e incapaz de asumir la crítica al estalinismo, y por extensión al comunismo como ideología totalitaria, que se realiza en la obra.

Una nueva edición posterior, más cuidada y, dicen, mejor traducida, más fiel al espíritu original, aumentada con nuevos capítulos hallados entre los documentos del escritor sí obtuvo un mayor éxito y convirtió el nombre de Grossman en un nombre conocido en España.

Es recurrente comparar esta novela con Guerra y paz. Hay quien decididamente considera a Vida y destino la Guerra y paz de la Segunda Guerra Mundial. Hay datos evidentes que podrían avalar esta opinión:

De una parte el parecido se desprende del propio título de las obras, los dos títulos responden a una similar estructura formal, y de la gran extensión de las mismas.

También la abundancia de personajes que lleva a que en ambas novelas se superen con creces los ciento cincuenta protagonistas más o menos relevantes, lo que exige un continuo ejercicio de memoria y la recurrente visita al índice final en un notorio paralelismo entre ambas obras.

Son también coincidentes en el exhaustivo trabajo documental precisado para la descripción de las batallas y acontecimientos bélicos tanto en cuanto a su desarrollo como en relación a la enumeración detallada de armamento, grados militares, tácticas empleadas…

Ambas obras narran dos momentos cruciales en la historia rusa y responden a una motivación similar: la respuesta que da el pueblo ruso a la invasión de las tropas napoleónicas, en el caso de la novela de Lev Tolstói, y a la de los ejércitos de Hitler en el de la que nos ocupa. Si Tolstói se centra en las batallas de Austerlitz y Borodino, Grossman lo hará en la de Stalingrado.

Las dos novelas combinan de una manera similar el desarrollo de los capítulos intercalando entre los que podríamos llamar capítulos de acción otros reflexivos y hasta casi filosóficos. Este ejercicio técnico, unido a la nunca excesiva extensión de cada capítulo, hace que la lectura se agilice al par que sirve para cuestionarnos de manera crítica, guiados de la mano del autor, numerosas cuestiones morales.

Tanto Guerra y paz como Vida y destino coinciden también en el protagonismo principal de alguien que aúna en sí lo bueno y lo malo de la naturaleza humana. Tanto Pierre Bezújov como nuestro Viktor Shtrum viven inmersos en un continuo conflicto interior. Un continuo dilema moral. ¿Cómo es posible llevar una vida que responda a unos valores aceptables éticamente cuando la sociedad en la que hemos de vivir está enferma?

Bezújov y Shtrum funcionan así como prototipos del ser humano. Personas que a la vez, o alternativamente, son buenos y malos. Como todos nosotros. Como casi todos nosotros. Hombres con profundas y numerosas contradicciones pero en los que, a pesar de todo, esa es la lectura tanto de Tolstói como de Grossman, termina primando el ansia de libertad. A ambos les acabará redimiendo la bondad.

Tal vez toda esta búsqueda de similitudes resulte innecesaria. Tal vez nos hubiera bastado saber que Guerra y paz acompañó a Grossman durante toda su permanencia en el frente. Durante cerca de un año fue su libro de cabecera. Su única lectura. Dos veces en ese tiempo la leyó de manera detenida y concienzuda. Reconocía Grossman haber realizado, además, numerosísimas consultas concretas. ¿Ha de resultarnos extraño que se parezcan?

Obra de la muestra “Los desastres de la guerra. Imágenes para tirar”

A mí, sin embargo, me acaba asaltando una duda. Una duda de orden histórico-literario. Guerra y paz se escribió en 1865, cien años antes, en números redondos, que Vida y destino. ¿Es lógica esa comparación y es lógica tanta búsqueda de similitudes? ¿Sigue tratando la literatura, al menos la narrativa, temas iguales de igual manera pese al tiempo transcurrido? ¿No resulta un caso extraño en otras artes? Pienso ahora en Velázquez. En Goya. En Picasso. Incluso en Banksy.

Dos mil seiscientas palabras después veo que apenas he hablado de la novela en sí. Aunque…tampoco es del todo cierto. Vida y destino está en todo lo que he intentado, no sé con qué fortuna, expresar hasta ahora en la reseña. Pero es mucho más, claro.

Recién comenzada su lectura Vida y destino fue el recuerdo emocionado a una de mis primeras lecturas infantiles. Ante el gran Volga con sus aguas cubiertas de petróleo en llamas no pude dejar de pensar en Miguel Strogoff, la obra de Julio Verne. Recuerdo una palabra que a mis nueve o diez años de edad me impresionó y que pronuncio aún para mis adentros con un tono sobrecogedor y como de misterio. Nafta. La nafta incendiada flotando sobre un río siberiano del que ya hace muchos años que olvidé su nombre.

Fue luego Vida y destino el escenario en el que se desarrollan algunos episodios que podrían extraerse de la novela, aislarse e incluirse la gran antología del cuento ruso compartiendo honores con Chéjov, Gógol, Turguénev o Pushkin.

¿Qué son sino magníficos cuentos episodios de Vida y destino como el que narra la muerte en la cámara de gas de Sofía y David? ¿O aquel otro en el que Darenski descubre lo que es la libertad viendo galopar a un viejo calmuco por la estepa? ¿O el que nos conmueve con los recuerdos y las ensoñaciones, casi el delirio, de Liudmila ante la tumba de su hijo Tolia? ¿O las vicisitudes de Zhenia para obtener el permiso de residencia en la ciudad que, sin embargo, rotuló una calle con el nombre de su padre? … ¡Hay tantos para recordar!

Pero entre ellos yo me quedo, como si de un cuento romántico se tratara, con esa historia de amor entre Seriozha y Katia durante la defensa de la casa 6/1. Y sobre todo con ese gesto tan emotivo de Grékov, el anárquico y respetado encargado de impedir la toma de la casa, de permitir la marcha de los amantes de la casa sitiada y a punto de caer en manos alemanas con la excusa de que era innecesaria la presencia de una radiotelegrafista. Como Shane en Raíces profundas Grékov da un paso al lado. La renuncia. La renuncia poética. La poesía, que siempre encuentra el momento de hacer acto de presencia incluso en los escenarios más deshumanizados.

Shane se aleja en busca de un horizonte en el que no estará la mujer que ama
“-¿Es el enemigo?”

Es también Vida y destino novela con momentos hilarantes, casi como de comedia negra, y hasta surrealistas. No pude evitar durante la lectura recordar los monólogos en los que Gila, tocado con un casco ladeado que era en sí mismo toda una crítica a la guerra, le pedía al enemigo que se pusiera… El general que grita satisfecho que por fin ha podido cagar instantes antes de ponerse colorado al ver que la chica a la que pretende le ha escuchado. El fusilado que no murió durante la ejecución al que luego no le pueden dar una taza de té porque no hay a quién apuntársela ya que está oficialmente muerto. La negativa a lanzar suministros en paracaídas porque nadie podrá luego firmar el recibo de su recepción. El mal rato pasado por un comunista convencido pero temeroso de que puedan denunciarle porque su hijo, apenas un niño, ha pintorreado un retrato de Stalin. La afrenta que siente Shtrum porque Sokolov pueda disponer en su cartilla de racionamiento de tantos huevos como a él pese a que carezca de idénticos méritos académicos…

Y entre esos momentos, en los que lo cómico se torna tan hiriente porque sabemos que hechos así pudieron suceder realmente, es doloroso leer cómo un modesto tipógrafo pudo ser condenado a diez años de prisión sin derecho a correspondencia, ¡menudo eufemismo!, por el gravísimo delito de equivocarse en una letra al componer el nombre de Stalin. ¿Atalin? ¿Stilin? Hoy, en la semana en que se estrena en los cines Rambo V: Last blood, sonrío pensando que Iósif habría perdonado con gusto que le llamaran Stalón. Stalón I. Zar de todas las Rusias.

Vida y destino es también un magnífico y profundo análisis de las relaciones y puntos de encuentro de dos ideologías tan aparentemente alejadas como el nazismo y el comunismo. Especialmente aleccionador es el capítulo en el que mayor Liss le dice al viejo bolchevique de 1917 Mostovskói, internado en un campo de concentración alemán, que Stalin y Hitler, y ellos mismos por extensión, son algo así como las dos caras de una misma moneda:

Cuando nos miramos el uno al otro, no solo vemos un rostro que odiamos, contemplamos un espejo. Esa es la tragedia de nuestra época. ¿Acaso no se reconocen a ustedes mismos, su voluntad, en nosotros?

En esa misma línea son también muy interesantes las escenas que se producen en ese mismo campo en las que vemos enfrentados a las distintas ramas, por llamarlas así, de los revolucionarios rusos confinados. Mencheviques contra bolcheviques. Internacionalistas contra defensores del socialismo en un solo país. Estalinistas contra trostkistas. Y. además, rojos contra blancos. Parodiando una expresión citada varias veces en la novela: ¿Qué quedó del puro mármol? ¿Habría alguien capaz de reconocer que su puro mármol era en realidad mera plastilina?

Un personaje Nikolái Krimov casi a la misma altura en su protagonismo, si bien más indirecto, que Viktor Shtrum, resulta ejemplo prototípico de esa continua contradicción. Comunista radical, conferenciante adoctrinador y comisario político terminará recluido en la Lubianka, un organismo parecido, ¡pero a lo grande!, a nuestra antigua Dirección General de Seguridad franquista, y sufrirá en sus propias carnes las consecuencias derivadas de un sistema que tanto contribuyó a crear. Apresado y torturado se preguntará si hizo bien cuando fue él el que delató, denunció y condenó. Para nuestra sorpresa seguirá convencido de que todo lo que hizo fue justo.

De cuál fue la situación creada durante el estalinismo, por si no fueran suficientes los hechos contados en la novela, leí hace poco otro ejemplo clarificador.

Programa de la premiêre de Lady Macbeth de Mtsenks

Dmitri Shostakóvich, gran pianista y uno de los más importantes músicos rusos del siglo XX y que aparece citado también en Vida y destino, fue un un ardiente seguidor del leninismo. Tanto que, militante del PCUS, llegó a formar parte del Soviet Supremo. Compuso obras fuertemente ideologizadas que recibieron pronto reconocimiento. Un día presentaba su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, ópera que pretendía sintetizar la historia de la mujer rusa desde la opresión tradicional hasta la liberación comunista. Stalin ocupaba su palco. En un intermedio comentó que la obra no acababa de gustarle. Días antes había asistido a otra función, a la representación de El Don apacible, más convencional. Los aduladores que le rodeaban tomaron nota. Desde aquel instante Shostakóvich fue proscrito. Sin otra razón. Como Krimov.

Son muchas las cuestiones que surgen al hilo de la lectura de esta novela. Cuestiones que habrá que dejar para otro momento si quiero que alguien pueda terminar de leer estas ocho páginas. Las mil cien de Vida y destino se leen con relativa facilidad, pero estas mías…

Las hambrunas, los trabajos forzados, las colectivizaciones, el número de muertos bajo el estalinismo, los campos de concentración soviéticos…

También hubiera querido escribir sobre las distintas maneras de afrontar un mismo periodo histórico que se novelan casi al tiempo que lo hace Grossman y cuya lucha por su publicación da al igual que la de Vida y destino para extenderse: Borís Pasternak en su Doctor Zhivago y Aleksandr Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag. Habría querido escribir de cómo, a mi juicio, halla Grossman un sitio alejando tanto del excesivo documentalismo del segundo como de lo almibarado de algunos pasajes del primero. ¡Vale!, puede que me haya pasado con lo de almibarado, pero es que el recuerdo de los amores de Omar y Julie, ¡perdón, Yuri y Lara! tal vez haya pesado en exceso.

De Grossman, y de esta novela, nos quedará siempre la infinita esperanza en que por encima de las coyunturas más atroces emergerá siempre la bondad del ser humano. Una esperanza que Grossman eleva a categoría poética en cada una de esas mil cien páginas.

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Un comentario sobre “Vida y destino, Vasili Grossman”

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Club de lectura: Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote

Joaquín Medina Ferrer

Llega a nuestro club de lectura uno de esos libros que son casi más conocidos por su versión cinematográfica que por la novela original. Uno de esos libros de los que cuando citas el título siempre hay alguien que, con voz alegre y como haciéndote un favor,  te dice: ¡Hay película! 

De hecho es fácil confundir, y así pasa en multitud de enlaces referenciados en internet, entre el título de la novela, Breakfast at Tiffany’s, y el de la película, en español Desayuno con diamantes. En Hispanoamérica fueron más explícitos al títular la peli. Muñequita de compañía. El mito por los suelos.

En este caso además se trata de una gran película y yo, como supongo que le sucederá a la mayoría de los lectores, ya la había visto varias veces con anterioridad a la lectura. Eso hace que sea muy difícil sustraerse al influjo de la maravillosa Audrey Hepburn siempre glamurosa, al excelente trabajo de un George Peppard tan alejado del de su conocido papel en  El Equipo A, al recuerdo del avejentado, aunque fuera en su  momento niño prodigio del cine norteamericano, Mickey Rooney que interpreta al camarero de apellido oriental  y hasta del gato Orangey, ganador por esta actuación de uno de los  dos premios Patsy Awards, los galardones  equivalentes a los Oscars en versión mascota,  que recibió a lo largo de su carrera.

Y sumemos a este reparto la dirección de Blake Edwards uno de los directores más geniales de Hollywood y a la par menos reconocidos con obras, que se mueven desde la comedia al western crepuscular pasando por el thriller y el drama,  como Dos hombres contra el Oeste, Días de vino y rosas, El guateque, ¿Qué hiciste en la guerra, papi?, Víctor Victoria ¡Y La pantera rosa y sus innumerables secuelas! 

No se me olvida la banda sonora. Esa música de Henry Mancini que se te queda literalmente grabada en la cabeza y esa preciosa melodía, Moon River, tan celebrada. 

Lo dicho. Entre unas cosas y otras te pones a leer y te resulta imposible no imaginarte a Audrey haciendo de Holly mientras fuma en pipa, a George haciendo de George, al gato cachazudo y huevón remoloneando entre botellas… y mientras intentas avanzar en la lectura te das cuenta de que poco vas a adelantar si antes no consigues olvidarte de esa canción,  Moon River que escuchas de fondo al par que la diva más que cantar musita  en la ventana junto a la escalera de incendios. 

Moon river, wider than a mile
I’m crossing you in style some day
Oh, dream maker, you heart breaker
Wherever you’re goin‘, I’m goin‘ your way 

Two drifters, off to see the world
There’s such a lot of world to see
We’re after the same rainbow’s end, waitin‘ ‘round the bend
My huckleberry friend, moon river, and me 

 

¿A que cuesta que salga de la cabeza una vez la has medio tarareado?

 

A donde quiera que vayas yo sigo tu camino 

Total, que cuando leí por primera vez la novelita caí en la cuenta de que mi falta de concentración me había impedido enterarme prácticamente de nada. ¡Y eso que la parte que le tocaba a Moon River solo la silbaba! 

Antes de retomar la lectura desde el comienzo, advertido de que se trataba de una novelita deliciosa, busco información y me entero así de que Blake Edwards quiso en un principio que su protagonista femenina fuera Marilyn Monroe, algo que también quería Truman Capote deslumbrado por las sensuales curvas de Marilyn y que consideraba a Audrey demasiado blanda para ese papel. La rebeldía educada ganó esta vez a la rebeldía salvaje. La morena vestida por Givenchy derrotó a la rubia a la que le bastaba unas gotas de Chanel nº 5. 

Me entero también de que nadie, pero lo que se dice nadie, veía a George Peppard en el papel de galán. Se cuenta incluso, supongo que será una anécdota exagerada, que Blake Edwards llegó a arrodillarse ante el productor implorándole que le valía cualquier actor a condición de que no fuese el bueno de George. 

Y para terminar: ¡Paramount quería eliminar Moon River de la banda sonora de la película! ¡El remate! Parece que fue una carta manuscrita de la actriz dirigida al compositor y que acabó llegando  a las manos de algún jefazo de la productora la que terminó convenciendo a todos aún a regañadientes.  

“Lo que no podemos expresar con palabras o gestos, tú lo has expresado por nosotros, y lo has hecho con imaginación, elegancia y belleza. Eres el más sensible de todos los compositores. Gracias, querido Hank“. 

La ya mítica canción, compuesta por el mencionado Mancini con letra de Johnny Mercer, terminó obteniendo el Óscar en 1961. Henry Mancini siempre reconoció haberse inspirado en la mirada de la propia Audrey : “Los grandes ojos de Audrey me dieron el empujón para que fuera un poco más sentimental de lo que suelo ser”. 

Hoy Moon River es un tema versionado cientos de veces. Todo un clásico. Y si hay que elegir, Frank Sinatra. Pero siempre por detrás de Audrey/Holly. La tierna e indefensa Audrey acompañada solo de una guitarra acústica sentada mirando el infinito. 

Muchos años después un músico  granadino, José Ignacio Lapido, antes de resucitar con los Cero, cantó una letra que puede que su imaginación relacionara con Moon River. A mí me da que pudo haber sido así. Algo  parecido pudo pensar Holly antes de partir: 

Nos volveremos a ver en la escalera de incendios 

Por donde nos fuimos después de quemar nuestros sueños. 

Nos volveremos a ver en la escalera de incendios 

Si llega la hora otra vez de quitarnos de en medio. 

Ya sabes, maestro Lapido.  A donde quiera que vayas,  yo sigo tu camino… 

 Me pongo de nuevo con la novela. Una relectura que, en rigor, es una lectura primera. Una novela que en apenas cincuenta páginas, de ahí lo de novelita, esconde toneladas de tristeza. 

Truman Capote, luego hablaremos de él, narra a través de un personaje interpuesto, ese escritor ilusionado por publicar por primera vez, el Paul Varjak de la película, y a partir de la relación, muy corta en el tiempo pero enorme por la intensidad de los sentimientos, que mantiene la protagonista con el propio aspirante a escritor y con otros personajes secundarios,  la “vida” de  Holiday  Golightly una de esas mujeres de ficción que dejan una huella indeleble entre quienes gustan de la buena literatura.

Es Holly, llamémosla así, una chica de diecinueve años a la que imaginamos sufriendo de niña la dureza de los años inmediatamente posteriores a la Gran Depresión de 1929 que llega a la gran ciudad, a uno de los  barrios más conocidos de Nueva York el Upper East Side,cuando los Estados Unidos acaban de entrar  la guerra contra Japón. Años de miseria en los que el self made man de la publicidad ideológica capitalista se transforma más bien en un vive como puedas. Y de lo que puedas. 

Holly, que sueña con ser actriz, vive en un barrio tan snob, entre museos, edificios de ladrillo rojo y escaleras exteriores, gracias a su trabajo. Es escort. Una forma más o menos fina de denominar a su profesión. Los caballeros a los que acompaña suelen darle 50 dólares para ir al tocador. Un mafioso le ingresa también una buena suma a cambio de pasar información desde la cárcel donde lo visita. Alterna con empresarios y famosos adinerados. Celebra continuas fiestas. Es bisexual, drogadicta y ya ha sufrido un aborto. Estuvo casada con un humilde granjero que la acogió por cariño. Lo abandonó, a él, y de paso a la granja y a su nueva familia, marchándose cada día un poco más. Sin mirar atrás.  Planea casarse ahora  con un acaudalado brasileño y cerrar así una etapa de su vida Parece feliz. 

Pero detrás de todo ese decorado se esconde un mundo de soledad infinita. Una soledad que solo el amor tierno y desinteresado del joven escritor y la sapiencia adquirida con los años de Yunioshi, el viejo camarero que desde la barra del bar que atiende radiografía el interior de las personas, consiguen adivinar. Yunioshi, el camarero que debió inspirar los cuadros de Hopper. 

Y el gato. Siempre el gato. Zarandeado, querido, abandonado y buscado luego. Como una metáfora del amor. Y del desamor. 

La novela, puede que por mor de la censura ejercida en el cine de Hollywood de aquellos años, es de una mayor crudeza que la película. Aquí, en la novelita deliciosa, no se da ninguna opción a la esperanza. Una crudeza que sufrirá de manera dolorosísima Doc Golightly, el marido abnegado que rescató a Holly y a Fred el día que los dos hermanos acudieron hambrientos a su casa. Cuando de nuevo se encuentren  Holly será implacable. 

Y es también durísimo ese final en el que parece que Holly muestra un atisbo de sensibilidad. De nuevo la cruda realidad se impone. Un chicuelo se ofrece por unos centavos a buscar un gato, un gato cualquiera. Al final todos son iguales. 

Es muy elocuente así mismo esa renuncia a ponerle nombre al escritor-narrador. Renuncia por parte de Capote, pero también por parte de Holly que, a lo más,  llega a llamarlo algunas veces Fred en recuerdo del hermano que perdió. También el gato carece de nombre. Tampoco es casualidad. Solo existe lo que se nombra. Un axioma digno del Principito. Frases similares escuchamos a veces a propósito, por ejemplo, de la cuestión feminista.

Solo existe lo que se nombra. Pero también, como si fuera el reverso de la moneda, solo lo que tiene nombre puede hacer daño. Somos responsables de aquellos a quienes domesticamos Pero tanto el escritor como el gato son seres sin nombre. No-seres. Con ese primario mecanismo de defensa Holly, como Truman, creerá sentirse protegida.  

 

Es muy difícil sustraerse a la impresión de que en el fondo Holly no deja de ser un trasunto del propio Truman Capote. Un personaje admirado y vituperado a partes iguales. A la vez bufón e ídolo. E inteligente para darse cuenta de ello. Más de una vez he imaginado que Truman, como tal vez le ocurriera también a Andy Warhol, a Robert Mapplethorpe, a Alexander McQueen, a Josephine Baker  o a Amy Whinehouse, debió llorar amargamente cuando, idos ya los últimos invitados a la fiesta, se quedara solo en la inmensidad del salón vacío. Seguro que Holly sintió también esa desazón en su apartamento neoyorquino. 

Si Holly Golightly fue un personaje de ficción que pudo ser real con Truman Capote nos enfrenamos a una persona real que pudo haber sido personaje de ficción.  

Tomó Truman su apellido de un empresario canario llegado a América en busca de fortuna, un indiano, que fue su padre adoptivo luego de casarse con Lillie Mae. Truman Streckfus Persons pasó a llamarse Truman García Capote. Dicen que en algunos cuadernos escolares del futuro escritor puede rastrearse el recuerdo de la buena relación que se materializó entre padre y ahijado.

Escritor sureño, amigo de infancia de Harper Lee, la autora de Matar a un ruiseñor, de quien siempre estuvo celoso  por su reconocimiento literario; Truman fue el creador de la narración de corte periodístico. La novela documento, la novela de investigación. 

 A la manera de Zola tomando partido por la defensa del capitán Dreyfus, Capote como si conjugara  a la vez las tareas de detective, periodista y escritor tratará de llegar al fondo de los hechos relacionados con un macabro asesinato ocurrido en Kansas y que fue durante un tiempo objeto de atención de todos los medios norteamericanos. De aquella tarea investigadora y de la relación que mantuvo con el asesino salió  A sangre fría. Una de las obras clave para entender la narrativa del siglo XX. 

Truman obtuvo su primer gran éxito con la publicación en 1958 de Desayuno en Tiffany´s. Ocho años después, en 1966, se consagraría del todo con  la edición de A sangre fría Ocho años. Y entre medias algunos cuentos y numerosas colaboraciones periodísticas y como guionista cinematográfico. Casi una vida. Literariamente hablando. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tiempos recios, Mario Vargas Llosa

Joaquín Medina Ferrer

Vuelve Mario Vargas Llosa a nuestro club. ¡Y no será que anda sobrado de tiempo! Uno de nuestros autores, podríamos decir. Y lo hace de la mano de su última novela, Tiempos recios, y con la excusa, si es que hubiera que poner alguna excusa para justificar la lectura de un buen libro, de que estamos en tiempos en los que las fake news (bulos las habíamos llamado hasta que nos hicimos “bilingües”) campan a sus anchas a lomos de las grandes olas que levanta el interné y de que la raíz de la novela parte de una de ellas: el supuesto comunismo que se estaba incubando en Guatemala, noticia falsa que una vez puesta en marcha ya resultó “indesmentible”. “Indesmentible” la mentira como “indesmontable” fue la reacción amparada/gestionada por la CIA.

En su novela Vargas Llosa narra, a la manera de un Truman Capote en A sangre fría, lo acaecido en aquella Guatemala que en la segunda mitad del pasado siglo vivió/sufrió un golpe de estado teledirigido desde los Estados Unidos. Aquel golpe, que significó la instauración de un régimen militar y la eliminación por las bravas del incipiente, y extraño en la región, modelo democrático que podría haber supuesto la redención de millones de indígenas, benefició de manera clara los intereses de la United Fruit Co., la empresa multinacional tan denostada por sus reiterados abusos y que durante decenios explotó, esa es la palabra adecuada, inmensas regiones de América Central en régimen de monopolio.

La crítica y el rechazo social a la United Fruit nacieron casi desde la creación de la compañía. Los sistemas de monocultivo – banano, piña, café… – que empresas como ella extendieron por la franja tropical de América no podían más que suponer casi la restauración de un régimen laboral esclavista. Y de nuevo la paradoja: los mismos Estados Unidos que lucharon durante la guerra de Secesión para eliminar la esclavitud en los campos de algodón se convierten ahora, ni siquiera un siglo después, en garantes del óptimo funcionamiento de este sistema postcolonial. Lo que en su país no toleraban lo veían con buenos ojos si se trataba del país vecino.

En palabras de Jacobo Árbenz, el presidente elegido democráticamente y depuesto luego, “solo queremos que la United Fruit acepte producir en Guatemala de idéntica manera a como lo haría si sus campos estuviesen en Estados Unidos.”. O algo así.

Antes de que se produjera el golpe de estado de 1954 en Guatemala que significó el fin del gobierno de Árbenz y su sustitución por el régimen miliar de Carlos Castillo Armas, apodado Caca, no solo en la ficción, y que luego sería asesinado por débil según sostiene Vargas Llosa; ya era un lugar común la más que merecida mala fama de esta compañía frutera. Sirva de ejemplo el poema que a la United Fruit Co. dedica Pablo Neruda en su monumental Canto General publicado en 1950. Es el Canto General nerudiano algo así como la otra cara de la moneda de aquel célebre eslogan, América para los americanos, que al amparo de la doctrina Monroe tanto tuvo que ver en la asunción por parte de Estados Unidos del control de cualquier país americano, fuese del sur, del centro o del norte, en el que tuviese intereses, léase cualquier tipo de materia prima considerada básica, que creyese oportuno garantizar.

Ya nos independizamos de España y de Brasil. ¿Quién nos independizará ahora de nuestro amigo del Norte?

Cuando sonó la trompeta, estuvo
todo preparado en la tierra,
y Jehová repartió el mundo
a Coca-Cola Inc., Anaconda,
Ford Motors, y otras entidades:
la Compañía Frutera Inc.
se reservó lo más jugoso,
la costa central de mi tierra,
la dulce cintura de América.
Bautizó de nuevo sus tierras
como “Repúblicas Bananas”,
y sobre los muertos dormidos,
sobre los héroes inquietos
que conquistaron la grandeza,
la libertad y las banderas,
estableció la ópera bufa :
enajenó los albedríos,
regaló coronas de César,
desenvainó la envidia, atrajo
la dictadura de las moscas,
moscas Trujillos, moscas Tachos,
moscas Carías, moscas Martínez,
moscas Ubico, moscas húmedas
de sangre humilde y mermelada,
moscas borrachas que zumban
sobre las tumbas populares,
moscas de circo, sabias moscas
entendidas en tiranía.
Entre las moscas sanguinarias
la Frutera desembarca,
arrasando el café y las frutas,
en sus barcos que deslizaron
como bandejas el tesoro
de nuestras tierras sumergidas.
Mientras tanto, por los abismos
azucarados de los puertos,
caían indios sepultados
en el vapor de la mañana:
un cuerpo rueda, una cosa
sin nombre, un número caído,
un racimo de fruta muerta
derramada en el pudridero
.

De haber esperado unos años, el premio Nobel chileno podría haber añadido a la bandada de sanguinarias moscas las moscas Castillo y las moscas Ydígoras.

La novela comienza con el encuentro entre el dueño y presidente de la compañía frutera y un avispado publicista. “-¿Qué podemos hacer – pregunta el presidente al que entonces no pasaba de ser un modesto comercial- para lograr que la compañía no se vea afectada en sus beneficios por los cambios que el gobierno de Árbenz quiere implantar?”

La respuesta fue bien simple.” -¡Echemos a Árbenz! -¿Cómo? -Algo inventaremos, confíe en mí.”

De aquella reunión salió una clara estrategia. Y una mentira repetida se convierte en verdad: ¡Árbenz va a traer a Guatemala el comunismo! Contémoslo y difundamos la noticia por todos los medios. Un nuevo Remember the Maine. Que lo sepa todo el mundo. La CIA pone manos a la obra. Y en un pispás Guatemala pasa a ser uno más entre los estados caribeños regidos por militares. Adiós a la reforma agraria. Adiós al sindicalismo. Adiós a los partidos políticos. Adiós a las esperanzas de los indígenas… Adiós, democracia. Bienvenida, dictadura.

¿Por qué la CIA alentó y financió en parte el golpe de estado? Hay multitud de razones. La segunda guerra mundial apenas ha terminado y ya comienza ese enfrentamiento, utilizando como peones y soldados a países interpuestos, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Capitalismo versus comunismo. ¡Y a lo grande! ¡Por todo el globo! Estamos en plena Guerra Fría y el mundo se transforma en un enorme tablero de ajedrez donde las dos grandes potencias juegan su partida.

Estados Unidos vive entonces, en esa postguerra de la que saldrá convertido en gendarme del orden mundial, un periodo de gran expansión económica. El proteccionismo arancelario y la poderosa influencia de los grandes lobbies, – de nuevo Neruda- , campan a sus anchas en los despachos de Washington. La política se somete de manera decidida a la economía.

Es también este un periodo en el que el gobierno republicano de Dwight D. Eisenhower, el famoso Ike recibido a lo grande, albricias, por Franco y que dio nombre a unas famosas camisas de la época, se hace fuerte en el poder. Durante las dos legislaturas que presidió este general considerado en los Estados Unidos héroe de guerra, se desarrollarán las actividades más brutales y represoras del macartismo. La caza de brujas atemoriza a intelectuales, cantantes y artistas de Hollywood. El juicio, y la posterior ejecución, a los Rosenberg mostraba a las claras qué riesgos asumían quienes fueran considerados comunistas. Que fueran o no realmente comunistas no tenía mayor importancia.

Escribo esta reseña el día que todos los noticiarios del mundo abren informando de la muerte de Kirk Douglas. El gran actor fue uno de los que supo plantar cara al senador Joseph McCarthy. Su película Espartaco, dirigida por Stanley Kubrick y con guion del más famoso de los represaliados, Dalton Trumbo, fue una metáfora de lo que sucedía en aquellos tiempos. Otros tiempos recios.

Y si a todo esto unimos que la Unión Soviética realizaba por aquellas fechas pruebas nucleares, que Mao Zedong llegaba al poder en China, que en Corea estaba a punto de estallar un conflicto que puso al mundo a un paso de una nueva gran guerra…

Hay además una razón más puramente prosaica. La familia Dulles, uno de cuyos integrantes era el director de la CIA, tenía una importante presencia accionarial en la compañía frutera. Y ya lo dejó dicho Quevedo. Poderoso caballero es don Dinero… ¿Y quién no se humilla ante él?

Sobre aquel golpe de 1954 Vargas Llosa teje una red de conexiones tanto internacionales, Trujillo, Honduras, la CIA… como propias de la vida política guatemalteca, Arévalo, Árbenz, Balaguer… que desbroza de manera metódica con el añadido de lo que podríamos considerar una historia de amor o un melodrama.

El protagonismo de Marta Borrero, Martita, la Miss Guatemala que no fue, sirve para relacionar también, como un sobreañadido a lo político, todas la tramas argumentales que por momentos parecen converger o separarse. La deseada y atractiva Marta viene a desempeñar en esta novela un papel similar al de Urania en la crónica del esperpento de los Trujillo. Y la presencia de nuestro viejo conocido Abbes García hará de vínculo permanente de unión entre esta novela y la ya leída y reseñada La Fiesta del Chivo.

Paréntesis: algún contertulio llegó a sugerir, seguramente se trataba de una maldad con carga ideológica, que Tiempos recios ha debido ser escrita con las fichas de documentación no utilizadas en la redacción definitiva de La Fiesta del Chivo. Material reciclado. No estoy yo muy de acuerdo con esa idea. De siempre me ha parecido don Mario un escritor de cabeza enciclopédica. Si de nuestro Manuel Fraga se decía que le cabía España en la cabeza del autor de Tiempos recios podría decirse que en la cabeza alberga todo el continente americano… Y Francia. Y España. Y Marbella. Y…

Quienes le conocen afirman que Vargas Llosa, además de ser encantador en las distancias cortas, es un incansable trabajador y que detrás de cada una de sus novelas hay años de ardua tarea.

Si decían que para conocer la historia de Francia había que haber leído a Balzac parece que de Vargas Llosa podría predicarse lo mismo si nos referimos a América Latina. Y es evidente que esta novela parece cerrar el ciclo iniciado con Conversación en La Catedral y continuado con La Fiesta del Chivo.

Si en la primera obra Vargas Llosa hurgaba en los entresijos de la dictadura peruana, militar y de derechas, del general Manuel Odría a partir de que Santiago Zavala su protagonista y álter ego del autor se planteara, contemplando una populosa avenida limeña, aquella luego tan repetida pregunta de en qué momento se jodió el Perú, en las dos posteriores parece que nuestro autor eleva el punto de vista para preguntarse en qué momento se jodió toda la América Central.

Y es ahí, en la respuesta del autor a esa pregunta, cuando se muestra en su plenitud al escritor que hace gala de su liberalismo militante y no solo en artículos de opinión. Mario Vargas Llosa carga contra tres de los grandes pilares que han sustentado los regímenes políticos de tantos países americanos: la nociva interferencia norteamericana, el militarismo y la actuación, juez y parte, de la jerarquía eclesiástica. Nuestro autor ve en esta conjunción interesada la causa del retraso económico, social y democrático de la región. Ve también en él la razón del origen de tantos movimientos guerrilleros que desangraron durante décadas aquellos países. Cifra en más de cincuenta años el tiempo perdido y, huyendo de soluciones izquierdistas, propone como único modelo de salida la instauración de sistemas de gobierno al modo occidental.

Así Tiempos recios es a la vez una novela histórica, cuasi una crónica periodística en la tradición de las Historias verdaderas… de Bernal Díaz del Castillo, y también una novela de tesis. Y lo hace directamente desde el propio título, que Vargas Llosa toma prestado de la un texto de la Vida de santa Teresa. La santa andariega, ¡imposible no caer en el tópico!, dejó escrito que aquellos tiempos de lucha, real en cruentísimas guerras, pero también de guerra ideológica y hasta literaria, entre reformistas y contrarreformistas eran tiempos recios en los que son menester amigos fuertes de Dios para sustentar a los flacos.

Sobre aquellos tiempos, y mirando desde lo alto, como también dejó oportunamente escrito la santa, Vargas Llosa, deus ex machina, redacta su visión y su diagnóstico. Y resulta muy difícil olvidar mientras leemos la novela las últimas apariciones públicas de Vargas Llosa. Y evitar pensar que pudiera ser, que al igual que santa Teresa escribía, el escritor-político-ideólogo nos esté llamando flacos a quienes, aún hoy, creemos en los valores propios de la izquierda y del socialismo. Y nos acecha la duda de quiénes serán en los días que corren a juicio de nuestro autor los amigos fuertes de Dios que nos auxilien.

Porque: ¿qué tiempos no son recios? Ciñéndonos al continente americano y desde que sucediera “lo de Guatemala” recogido en esta novela recordemos, sin ánimo enciclopédico, nombres y episodios tales como los de Chile, Allende y Pinochet; Argentina y sus desaparecidos; la invasión de la isla de Granada; Panamá y Torrijos; El Salvador e Ignacio Ellacuría; Haití y los Duvalier; Nicaragua, el sandinismo y el orteguismo actual, dictaduras militares en Uruguay, Ecuador y Brasil; tupamaros, montoneros, senderistas iluminados, zapatistas…; Batista, Castro y el Che; Fujimori derrotando en las urnas a don Mario en Perú; Ciudad Juárez, Chiapas y el chapo Guzmán en México; Víctor Jara, Violeta Parra, Quilapayún y tantos otros… ¡ Ufff! ¡Cómo para pretender ser exhaustivo!

Y hoy, pasados ya con creces esos cincuenta años, América latina sigue viviendo en una situación lastimosa. Venezuela, Bolivia y Brasil podrían ser los ejemplos más destacados. Pero también Perú y Chile. Y México. Y…

Parece como si una maldición eterna castigara aquella tierra a la que tanto debemos.

Y en el otro platillo de la balanza, como un correlato necesario, después de Eisenhower, Nixon. Y Reagan. Y Bush. Y el hijo de Bush. Y hoy, Trump.

Y la omnipresencia de la CIA. La Agencia Central de Inteligencia que parece ir siempre por libre como si fuera independiente de cualquier designio político que hubiera de regir la política exterior norteamericana. Imagino que un ente tan bien estructurado y tan holgadamente financiado debe funcionar a la manera de un alien enquistado en el seno de la organización administrativa. Tampoco debe extrañarnos tanto esa independencia, ese funcionar por libre. En España tenemos el ejemplo Villarejo, denostado por todos pero ahí está. ¡Y ha compartido mesa y mantel con todos los poderes fácticos del Estado!

No es casual que cuando Mario Vargas Llosa visita a la ya anciana Marta Borrero en ese final, Después, de Tiempos recios vea que sobre el aparador se hallan varias fotos de la susodicha Marta con lo que el autor, ¿fallo del corrector tal vez?, llama las tres generaciones de los Bush, George padre, George Jr. y Jeb, gobernador de Florida y hermano del presidente que tan airosamente compartió foto con nuestro José María Aznar. El presidente tan campechano y coloquial que consiguió que nuestro popular líder aprendiera texano en un par de horas. El catalán básico e íntimo se lo debió enseñar Jordi Pujol. A Aznar, no a ningún Bush.

Leyendo ese epílogo de la novela en el que un Vargas Llosa ya entrado en años es recibido en su excesiva casa estadounidense por una Marta que ya dejó bien atrás lo de Martita, no pude dejar de imaginarme la escena. E invariablemente, sería otra maldad del subconsciente, la recepción, educada, fría y distante, como correspondía a la ocasión, me traía a la cabeza la imagen de aquella otra recepción publicitaria televisiva en la que, en casa del embajador, se ofrecían esos bombones Ferrero Rocher que guardaban el equilibrio mejor que los mejores castellers catalanes.

Como casi todas las obras de Mario Vargas Llosa la publicación de Tiempos recios fue recibida con expectación. Una expectación que se incrementó sin duda en razón a la relevancia social, mediática, que la figura del escritor merece desde que dejó de ser “solo un escritor”. No es precisa mayor aclaración ¿verdad?

Así Tiempos recios ha sido reconocida como una de las mejores novelas editadas en el pasado 2019.

Babelia, el suplemento literario de El País, la lleva al cuarto puesto. No es solo un libro, es una huella, dicen de la novela.

Igual puesto, el cuarto, ocupa en el apartado narrativa castellana en la lista de El Periódico.

Al primer puesto la eleva Esquire en su balance del año. Una novela compleja, pero muy fácil de leer, Vargas Llosa despliega su talento narrativo y combina magistralmente la denuncia feroz con la intimidad y la ternura.

La Esfera de Papel, la sección cultural de El Mundo también sitúa Tiempos recios entre las obras finalistas. Y algunos de los críticos que elaboraron la lista directamente la sitúan en el primer lugar.

La revista Semana, ¡ejem!, también incluye nuestra novela en el top 10 de 2019.

Podríamos seguir. ¡Algo tendrá el agua cuando la bendicen!

También es cierto que en casi todas esas listas modelo cuarenta principales la novela elegida como ocupante del puesto número uno ha sido Lluvia fina de Luis Landero. Habrá que echarle un ojo.

Yo, sin embargo, he echado en falta en la novela una mayor carga literaria. El tono periodístico de la mayor parte del relato llega a ser abrumante. Y llega un momento en el que más que una novela crees estar leyendo una crónica. Ni siquiera esos digamos “amores” de Marta llegan a tener ninguna carga digamos “poética”. Debe ser intencionado este tono sin duda.

Y hablando de “amores” y manteniendo el entrecomillado me han resultado sorprendentes, por excesivas y reiteradas, expresiones del tipo lamer la raja, chupar el pito o encular. Puede que así se abunde un poco en la crudeza de lo narrado o descrito, pero parece, me parece, que era innecesario y que son palabras que no dotan de erotismo, ni siquiera de pornografía, a los encuentros sexuales.

¿Qué lugar ocuparía Tiempos recios en nuestro particular ranking? A mí me ha gustado. Pero ordenar novelas, cuadros canciones… no deja de ser un divertimento sin más trascendencia. ¿Aguanta bien Tiempos recios la comparación con obras como La fiesta del Chivo? Pues yo la pondría por detrás. ¿Qué si la recomendaría? Sin duda. Tiempos recios es una lección de historia. Y una puerta que si la abrimos nos lleva a hacernos una multitud de preguntas acerca de la América del pasado y del presente.

Y aunque solo fuera por habernos dado la oportunidad de abrir esa puerta ya ha merecido la pena su lectura.

El primo Basilio, de Eça de Queiroz

Joaquín Medina Ferrer

Con la lectura de esta obra seguimos adentrándonos en ese particular universo que conforman las llamadas, puede que de manera en exceso generalizada y hasta algo peyorativa, “novelas de adulterio”. En cursos anteriores ya leímos en nuestro club Madame Bovary y Effi Briest. Durante algún verano no demasiado pretérito leí La Regenta. Después de la lectura de El primo Basilio solo me queda por enfrentarme a Anna Karénina. Espero dar buena cuenta de ella y confío en que este desconocimiento no se prolongue demasiado en el tiempo.
Son cinco pues las grandes novelas que, como si de un repóquer de ases se tratara, destacan dentro de ese universo al que me refería antes por su valor y significado sobre el resto, si bien, caigo ahora, siendo las protagonistas de todas ellas mujeres, sería más acertada la denominación de repóquer de reinas. Sigue leyendo