Archivo de la categoría: ¿Qué me recomiendas?

Tránsito (de la mano de Pessoa)

“Si yo pudiera morder la tierra toda
y sentirle el sabor sería más feliz por un momento…
Pero no siempre quiero ser feliz
es necesario ser de vez en cuando infeliz para poder ser natural…
No todo es días de sol
y la lluvia cuando falta mucho, se pide.
Por eso tomo la infelicidad con la felicidad.
Naturalmente como quien no se extraña
con que existan montañas y planicies y que haya rocas y hierbas…
Lo que es necesario es ser natural y calmado en la felicidad o en la
infelicidad.
Sentir como quien mira. Pensar como quien anda,
y cuando se ha de morir,
Recordar que el día muere y que el poniente
es bello y es bella la noche que queda.
Así es y así sea.”
Alberto Caeiro
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Propuestas de lectura para el Club (y para quienquiera que apetezca)

Inma Gutiérrez y Joaquín Medina

Aprovechando los clarillos que hemos encontrado en estos últimos días de curso hemos enjaretado una pequeña propuesta para nuestras lecturas del Club.

No tiene más afán que el intentar sistematizar un poco el orden de elección y facilitar que llegado ese momento tan temido del ¿Y qué libro ponemos para el próximo mes? podamos tener una especie de guía previa que haga más sencillo, y sobe todo rápido, el ponernos de acuerdo.

Si la memoria nos sigue funcionando bien creemos recordar que comenzamos en septiembre con .

Ya nos diréis qué os parece.

Buen verano a todos y todas. Y ya sabéis: ¡Mejor con un libro!

SEPTIEMBRE

(Extenso, enjundioso y puede que reconocido con el Nobel como garantía extra)

Vida y destino, Vassili Grossman

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

1Q84, Harumi Murakami

Doctor Zhivago, Boris  Pasternak

El callejón de los milagros, Naguid Mafhuz

Ahora me rindo y eso es todo, Álvaro Enrigue

OCTUBRE

(Hispanoamericana)

La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa

El reino de este mundo, Alejo Carpentier

El astillero, Juan Carlos Onetti

El general en su laberinto, Gabriel García Márquez

Pedro Páramo, Juan Rulfo

El túnel, Ernesto Sábato

El mundo es ancho y ajeno, Ciro Alegría

Doña Bárbara, Rómulo  Gallegos

Cambio de piel, Carlos Fuentes

 

NOVIEMBRE

(Del realismo ampliamente considerado)

El rojo y el negro, Stendhal

Primer amor, Ivan Turgueniev

La dama del perrito, Anton Chéjov

El primo Basilio, Eça de Queiroz

Papá Goriot, Honoré Balzac

Nana, Émile Zola

Cartas desde mi molino, Alphonse Daudet

París, siglo XX, Julio Verne

DICIEMBRE

(Literatura anglosajona)

La conjura de los necios, John K. Toole

Jane Eyre, Emily Brönte

Cumbres borrascosas, Charlotte Brönte

Orgullo y prejuicio, Jane Austen

Al faro, Virginia Woolf

La balada del café triste o Reflejos en un ojo dorado, Carson McCuller

Desayuno con diamantes, Truman Capote

Frankenstein o El moderno Prometeo, Mary Shelley

El palacio de la luna, Paul Auster

La hoguera de las vanidades, Tom Sharp

El animal herido o La mancha humana, Philip Roth

ENERO

(Clásicos escolares)

Doña Perfecta, Benito Pérez Galdós

El árbol de la ciencia, Pío Baroja

El Lazarillo de Tormes

El Buscón, Francisco de Quevedo

Novelas ejemplares, Miguel de Cervantes

La Celestina, Fernando de Rojas

Historia de una escalera, Antonio Buero Vallejo

Los girasoles ciegos, Alberto Méndez

Novelas ejemplares, Miguel de Cervantes

 

FEBRERO

(Novelas de amor)

Penas del joven Werther, Johan W. Goethe

El amante de lady Chatterley, D.H. Lawrence

Elogio de la madrastra, Mario Vargas LLosa

El cartero de Neruda, Antonio Skármeta

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez

Señora de rojo sobre fondo gris, Miguel Delibes

 

MARZO

(Escritoras)

Nada, Carmen Laforet

Entre visillos o Caperucita en Manhattan, Carmen Martín Gaite

El sur o El silencio de las sirenas, Adelaida García Morales

Como agua para chocolate, Laura Esquivel

Las edades de Lulú, Almudena Grandes

La princesa india, Inma Chacón

Lo que esconde tu nombre, Clara Sánchez

Fred Vargas

Patricia  Highsmith

Marta Sanz

 

ABRIL

(Aniversarios y efemérides)

Cinco horas con Mario, Miguel Delibes

Trafalgar, Benito Pérez Galdós

Escupiré sobre tu tumba, Boris Vian

Fahrenheit 451, Ray Bradbury

Yo, robot, Isaac Asimov

La hora de la estrella, Clarice Lispector

 

MAYO

(De autores exóticos)

La casa de las bellas durmientes, Yasunari Kawabata

Balzac y la joven costurera china, Dai SiJie

El callejón de los milagros, Naguib Mahfuz

La montaña de alma, Gao Xinjian

Todos deberíamos ser feministas, Chindamanda Ngozi Adiechie

Kitchen, Banana Yoshimoto

Out, Natsuo Kirino

JUNIO

(Teatro)

Un soñador para el pueblo, Antonio Buero Vallejo

La casa de Bernarda Alba, Federico García Lorca

Casa de muñecas, Henrik Ibsen

Macbeth, W. Shakespeare

La paz perpetua o El cartógrafo, Juan Mayorga

 

 

 

Caza de musas, de Antonio Alcaide

No sobra ni una coma en tu libro, es, lamentablemente, feliz.

“Allí los besos””

Luis Eduardo Aute

Llega un poco tarde esta reseña. El libro de que se ocupa, Caza de musas se asomó a la luz de Granada (provincia de Verona) hace ya casi nueve meses: el tiempo de fabricar una criatura sin duda menos avellanada, más hermosa que esta.

Caza de musas nace como una autoantología. Osada y mutilada, dice el poeta. En el cajón de los inéditos, los versos amenazaban con incendiarlo todo (en un episodio de realismo mágico o un rapto de justicia poética), según afirma el autor en la nota-confesión preliminar que no es más lírica que descarnadamente sincera ni más aclaratoria que obligada.

Pueblo del opio, Clave mal temperado, De la pluralidad de los mundos, Adversa Verona y Las nociones unidas son los títulos de los cinco libros a los que se ha sometido a una, parece, necesaria amputación.

Me dispongo a traer aquí las palabras del cazador con el convencimiento de que cada uno de los poemas, de los versos, de los hallazgos merecen solo volver a ser leídos y dichos y que a esta bisoña glosadora solo le corresponde amplificarlos. Apetece copiar los versos de extremo a extremo del renglón. Porque lo dicen todo y solo cabe invitar a la lectura.

Es Pueblo del opio un libro religioso. Religio amoris.

La musa, atrapada en “la forma de su libertad”, se sabe, en realidad y desde el principio (“en el principio era el Verbo”), fuera del alcance real de las redes del poeta. Ella en Síbaris, él en Elea; alienante, materialista (¡qué hallazgo ese “Pueblo del opio”!), sabia en y sabedora de la hermosura de su cuerpo, buen amor puesto en entredicho, ninfa lasciva frente a sátiro bello en una improbable inversión de los epítetos, becerro de oro de un ingenuo pueblo de idólatras. Es diosa e icono y belle dame sans merci. Apenas un momento de lucidez en que, con delicadeza que en otro tiempo hubiéramos llamado femenina, se desvelan las trampas que “antes no se apreciaban.”

Pero en el poema que cierra el libro

Mudo, absorto y de rodillas,

¡Dios qué buen vasallo!

¡Así hubiese buen amor!

e revela la insoslayable verdad. El poeta pone a Bécquer ante el Cid y el Arcipreste de Hita en una brillante labor de patchwork (hay quien prefiere el castizo almazuela) intertextual que es también una rendición.

Clave mal temperado, tras dos hermosas citas de Fernando de Herrera y John Donne, se abre con el riesgo incalculable de unas coberturas imposibles y una demorada valoración del daño corporal en “Íntima póliza”, sucediendo al necesario pulso a la dialéctica marxista en “Ostracismo proletario” (más adelante, en otro libro, el poeta confesará que “ no quiso ver a su musa/ manchada por manos proletarias” y más tarde aún aclarará en qué consiste la alienación: “ trabajo aquí/ y amo en otro lugar.”). El laberinto no existe y Ariadna se ahoga porque Teseo no está dispuesto a arriesgarse en Mitología II. Y hay amazonas a las que se teme y hay cepos como tentaciones wildeanas en las que hay que caer y citas fuera del tiempo y la certeza dolorosa de que existir es una equivocación.

De la pluralidad de los mundos, el más metaliterario de los lances de Caza de musas, niega al Parménides de la “Meditación sobre uno de los infinitos momentos en que no estoy contigo” y se instala en la desconfianza, en la inversión de la evidencia (la vida un absceso de la literatura), en el cieno en las sábanas (imposible no recordar el “torrente de color sombrío” del Canto a Teresa), en el filo de los acantilados (en amorosa conversación con los de Dover al final del cuerpo de la Musa), en la amenaza de naufragio. Es aquí donde la palabra poética salva, es cuando hay que “insistir en la metáfora y ser tragado por ella”, aunque “sangra la gramática /herida en tercera persona.” Es cuando hay que escapar “al callejón sin salida de la literatura.” Del “Tú existes siempre en tus actos” de Salinas, al “No existes fuera de mis metáforas.” Pero la carne existe y Dios grita en ella…

Adversa Verona es una ciénaga, una ciudad negra y prostituida en la que (estupendo y crudelísimo verso) “Shakespeare sonríe y no existe”. Verona es Romeo y Julieta, (ave y planta) y es Ofelia y Horacio y Hamlet. Vuelven los dobles que, como esquiroles y mercenarios, ya habían habitado la existencia de los amantes en el muy lejano Pueblo del opio.

Las nociones unidas, “libro de transición” como explica el autor en sus palabras liminares, no nos da tregua.

El verdadero trabajo

está en casa,

tiene que ver con nosotros,

con esto que escribo.

No hay descanso

de ti en el verso, del verso en ti, ni subsidio.

Expulsados del paraíso

en otro libro de mis poemas,

gano desde entonces el pan

con el sudor de dos frentes,

batalla difícil.

No importa que nadie pague

estas horas extraordinarias.

Y Dios, en el fondo del vientre de la Musa. ¿Qué son las abejas negras en ese gran salón, araña encendida? Aunque, a pesar del “despojamiento estilístico” del que habló Vicente Luis Mora, nos empecinemos en ver un conceptismo quevediano en los versos de Alcaide (“nuestro pueblo/ démo-nos” en Narcotrasiego), ¿no asoma aquí el Góngora mainstream de la “infame turba de nocturnas aves”?

Con un Dios definitiva e insistentemente muerto que deja en los rincones regalos que no se abren (“intento desembalarte”), el cazador, cansado, sabe lo que quiere:

Por favor,

solo pronombres esta noche

y no todos.

En los poemas de Alcaide la tercera persona (“mis libros/ tus versos”) constituye una extravagancia. Será por eso por lo que cualquier “antiguo remoto lector” se siente interpelado.

Barro, cieno, perros, jaurías, naufragios, acantilados, ciudades posibles para huidas imposibles, son los desarrollos de esta fuga que es Caza de musas. Nadie puede querer huir.

El amor no es un verso libre, de Susana Fortes

Confesaba Susana Fortes en una entrevista realizada poco tiempo después de la publicación de esta novela que la idea primigenia de la misma le vino leyendo, durante una estancia en Estados Unidos, las cartas de amor que durante años se enviaron nuestros viejos conocidos de lectura Pedro Salinas y Katherine Whitmore. Aclaración de todo punto innecesaria, evidentemente por cuanto Fortes no se complica en nada la vida llamando a la protagonista de su novela Kate Moore y haciendo que Pedro Salinas tenga también su cuota en la misma. En aquella misma entrevista Susana Fortes añadía también que el hecho de no incluir directamente al poeta, con su nombre y apellido, como amante de la estudiante norteamericana se debió fundamentalmente a que no quería entrar en una polémica estéril con la familia del poeta. Terminaba la autora comentando cómo le había resultado extraño que un hombre ya hecho y maduro, por así decirlo, con familia, profesión y un reconocimiento social que salvaguardar, hubiera tenido un comportamiento tan pueril. Puede que fuera esto último la causa de mi pequeña decepción con nuestra autora del mes. Susana Fortes ha sido desde siempre una escritora que me ha gustado tanto por su vertiente novelística como por el agrado con el que leído la mayoría de las columnas que con frecuencia publica. Columnas de carácter avanzado y progresista y muchas de ellas tocantes a aspectos relacionados con el mundo de la enseñanza. Pero calificar como pueril la conducta de Pedro Salinas… Sigue leyendo

Kirigami en la biblioteca

Un kirigami es un volumen obtenido a partir de solo cortes y dobleces en una hoja de papel. De una superficie plana llegamos a un objeto tridimensional.

Un libro es un volumen obtenido a partir “solo” de palabras que forman líneas, que forman párrafos, que forman páginas, que construyen un objeto de dimensiones inexplicables desde el punto de vista de la geometría.

Gracias a Jesús Castillo por traer estos kirigami a vivir en la biblioteca.

El Evangelio según Jesucristo, José Saramago

Joaquín Medina Ferrer

El Saramago nuestro de cada año, dánoslo hoy. Fiel a su anual cita, raro es el curso  en el que entre nuestras lecturas no ha figurado una obra del novelista portugués, ahora le tocaba el turno al Evangelio según Jesucristo. Aprovechábamos como excusa la inmediatez de la Semana Santa aunque, como ha quedado dicho, José Saramago es autor recurrente en nuestro club y su elección no precisaba pues de justificación alguna.

Ya de entrada una duda se hace evidente: ¿es acertado el título de la novela? ¿No habría sido más preciso llamar a esta obra El Evangelio según Saramago?

Y lo digo no tanto porque este evangelio “solo” parezca una nueva versión, la quinta  “de autor” a las que habría que sumar más de setenta versiones apócrifas, sino porque Saramago, fiel a su habitual estilo, se erige en narrador omnisciente y hace de esta novela una novela “suya”. Una forma distinta, aunque en rigor no tanto, a las ya conocidas de contar la vida de Jesús de Nazaret. Sigue leyendo