Versos con falda: Piedad Bonnett

FILOSOFÍA DE LA CONSOLACIÓN

Leo
que la plenitud es la desaparición de la carencia
y que sólo es feliz
quien ha perdido ya toda esperanza.
Los que así escriben
no pueden entender que de la herida
que duele y hiede nazcan abejas rubias
y que su miel
sea la poca luz que nos alumbra.
Ellos,
dueños de su circunferencia conquistada,
no saben
qué infecunda es la paz donde no habitas.

LAS CICATRICES

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son  las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

Poeta, novelista, dramaturga y traductora colombiana nacida en Amalfi, Antioquia, en 1951.
Es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes, donde ocupa la cátedra de Literatura  desde 1981. Tiene una maestría en Teoría del Arte, la Arquitectura y el Diseño por la Universidad Nacional de Colombia


Por su primer libro de poesía «De Círculo y Ceniza» publicado en 1989,  recibió mención de honor en el
Concurso Hispanoamericano de Poesía Octavio Paz.


En 1996 publicó «Ese animal triste» con el que se reafirmó como una de las voces más representativas de la poesía colombiana contemporánea. Fue galardonada con el
Premio Nacional de Poesía de Colombiat en el año de 1994 por El hilo de los días. En 2011 obtuvo el premio “Casa América de Poesía Americana” por  Explicaciones no pedidas.
Entre sus publicaciones también se destacan:
Nadie en casa, Todos los amantes son guerreros, Tretas del débil, Las herencias y Los privilegios del olvido.

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Versos con falda: Marina Tsvietáieva

Marina Tsvietáieva (1892-1941)

Mis versos, escritos tan temprano
que no sabía aún que era poeta,
inquietos como gotas de una fuente,
como chispas de un cometa,

lanzados como ágiles diablillos
al asalto
del santuario donde todo es sueño e
incienso,
mis versos de juventud y de muerte
-¡mis versos, que nadie lee!-,

en el polvo de los estantes dispersos
-¡que ninguna mano toca!-,
como vinos preciosos, mis versos
también tendrán su hora.

Marina Tsvietáieva nació el 26 de septiembre de 1892 en Moscú. Escribió poesía, teatro, ensayo, diarios y una extensa correspondencia. Su padre era profesor de historia del arte y fue el fundador del primer museo de artes plásticas de la Rusia prerrevolucionaria (hoy el Museo Pushkin de Bellas Artes); su madre, “una polaca de sangre azul”, según la propia Tsvietáieva, tocaba el piano de manera brillante. De su padre heredó la pasión por el trabajo, la renuncia; de su madre –esa madre cuyas últimas palabras fueron: “sólo añoro la música y el sol”–: el amor por la música, la naturaleza, la poesía. En su “Respuesta a un cuestionario”, incluida a modo de autobiografía en el libro y disco El sol de la tarde (Colegio Universitario de Humanidades, 2008) en el que Elena Forlova canta los poemas de Tsvietáieva –regalo de su incansable traductora Selma Ancira–, la poeta reconoce algunas de sus influencias. Los poetas franceses, los alemanes: Goethe, Hölderlin, Heine. De sus contemporáneos: Pasternak. Siempre: “Los gitanos”, de Pushkin. Para su generación los poetas-faro eran Aleksandr Blok (1880-1821) y Anna Ajmátova (1889-1966). De Ajmátova, como de Maiakovski o de su adorado Rilke a quien le dedicó ese hito de la poesía rusa que es la “Carta de Año Nuevo” se sentía hermana, compañera de armas. Otra cosa era Blok, a quien le dedicó una antología de versos, Versos a Blok, fundador del llamado movimiento simbolista. Según cuenta Ariadna, lo veneraba como a un dios. Lo vio dos veces, pero nunca se atrevió –o no quiso– acercarse a él: “sabía que los únicos encuentros que jamás decepcionan son los encuentros imaginarios”. De él toma, explica Laura Estrín en su prólogo a Tres poemas (Alción, 2006) cierta “temeraria” sinceridad, un particular realismo “que la hace decir (igual que Blok); Todo esto ha existido, mis versos son mi diario.”

Versos con falda: Luisa Castro

Luisa Castro (1966)

MI MADRE TRABAJA EN UNA FABRICA DE CONSERVAS

Mi madre trabaja en una fábrica de conservas.
Un día mi madre me dijo:
el amor es una sardina en lata. ¿Tú sabes
cómo se preparan las conservas
en lata?
Un día mi madre me dijo: el amor es una obra de arte en lata.
Hija,
¿sabes de dónde vienes? vienes
de un vivero de mejillones
en lata. Detrás de la fábrica, donde se pudren
las conchas
y las cajas de pescado. Un olor imposible, un azul
que no vale. De allí vienes.
¡Ah!, dije yo, entonces soy la hija del mar.
No.
Eres la hija de un día de descanso.
¡Ah!, dije yo,
soy la hija de la hora del bocadillo.
Sí, detrás, entre las cosas que no valen.

Luisa Castro Legazpi nació en Foz, Lugo, en 1966 y está licenciada en Filología Hispánica.

En 1984 publica su primer libro de poemas, Odisea definitiva: Libro póstumo. En 1986 obtiene el Premio Hiperión de Poesía con Los versos del eunuco, publicado ese mismo año. Su siguiente libro será Baleas e baleas en 1988, que es su primera obra en gallego. Ese mismo año publica la plaquette Los seres vivos. Gana en 1988 el VI Premio Rey Juan Carlos de Poesía por su obra Los hábitos del artillero.

Se adentra en la narrativa en 1990 publicando su primera novela El somier, finalista del VIII Premio Herralde de Novela y en 2001, con El secreto de la lejía resulta ganadora del Premio Azorín de Novela.

Reunió toda su poesía publicada en el volumen Señales con una sola bandera. En 2018 regresó a la actualidad poética con un libro magnífico Actores vestidos de calle.

Ha vivido en Barcelona, Nueva York, Madrid y en Santiago de Compostela, donde reside actualmente y desarrolla su faceta como articulista de prensa.

 

Versos con falda: Edith Södergrann

Edith Södergrann (1892-1923)

REFRESCA EL DÍA

I
Refresca el día atardeciente…
Bebe el calor de mi mano,
mi mano, cuya sangre es sangre de primavera.
Coge mi mano, coge mi blanco brazo,
toma el anhelo de mis hombros estrechos…
Sería maravilloso sentir,
una sola noche, una noche como ésta,
tu cabeza sobre mi pecho.

II
Tú tiras la rosa roja de tu amor
en mi blanco regazo:
y yo tengo en mis cálidas manos
la rosa roja de tu amor, qué rápidamente se aja…
Oh, tú, vencedor de fríos ojos,
acepto la corona que me tiendes,
me hace humillar la cabeza hacia el corazón…

III
Hoy vi por primera vez a mi señor,
inmediatamente reconocí, temblorosa.
Y ahora siento, clara, su grave mano sobre mi leve brazo…
¿Dónde está mi resonante, virginal risa,
mi libertad de mujer, siempre con la cabeza en alto?
Ahora siento, clara, su mano asirme el cuerpo
estremeciente,
y oigo la dura nota de la realidad
contra mis frágiles, frágiles sueños.

IV

Buscabas una flor
pero encontraste un fruto.
Buscabas una fuente
pero encontraste un mar.
Buscabas una mujer
pero encontraste un alma.
Te sientes engañado.

DESEO

De todo nuestro soleado mundo
sólo deseo una silla en el jardín
donde un gato toma el sol…
En ella me sentaría
con una carta en el regazo,
una sola, breve, carta.
Así es mi sueño.

 

 

Edith Södergran (San Petersburgo, 4 de abril de 1982 – Raivola, 24 de junio de 1923) fue una poeta en sueco en Finlandia cuyo impacto en la poesía nórdica, especialmente en el modernismo finlandés de los años veinte, fue significativo en lo que se refiere a la liberación del verso de los confines de la rima, el ritmo regular y la imaginería tradicional.

Versos con falda: Francisca Aguirre

Francisca Aguirre (1930)

Testigo de excepción

Un mar, un mar es lo que necesito.
Un mar y no otra cosa, no otra cosa.
Lo demás es pequeño, insuficiente, pobre.
Un mar, un mar es lo que necesito.
No una montaña, un río, un cielo.
No. Nada, nada,
únicamente un mar.
Tampoco quiero flores, manos,
ni un corazón que me consuele.
No quiero un corazón
a cambio de otro corazón.
No quiero que me hablen de amor
a cambio del amor.
Yo sólo quiero un mar:
yo sólo necesito un mar.
Un agua de distancia,
un agua que no escape,
un agua misericordiosa
en que lavar mi corazón
y dejarlo a su orilla
para que sea empujado por sus olas,
lamido por su lengua de sal
que cicatriza heridas.
Un mar, un mar del que ser cómplice.
Un mar al que contarle todo.
Un mar, creedme, necesito un mar,
un mar donde llorar a mares
y que nadie lo note.

La poeta Francisca Aguirre, nacida en Alicante en 1930, residente en Madrid desde 1940 (sigue viviendo, de hecho, en la casa que alquiló su abuela hace setenta y ocho años), es autora de una obra poética no especialmente extensa pero sí especialmente intensa, en el mejor sentido de la palabra. Fue la ganadora del Premio Nacional de las Letras de 2018, premio que reconoce una trayectoria literaria. El fallo oficial del premio revela que Aguirre fue premiada “por estar su poesía (la más machadiana de la generación del medio siglo) entre la desolación y la clarividencia, la lucidez y el dolor, susurrando (más que diciendo) palabras situadas entre la conciencia y la memoria”. El poeta y crítico Javier Lostalé resumió hace unos años las líneas maestras de la poesía de Aguirre al hablar de “una creación cuyos pilares han sido la iluminación de la propia existencia, la pasión por el arte y el sentido hondo de la libertad”.

Autora de once libros de poemas, aparte de antologías y recopilaciones, en su obra destaca su tardío debut (Ítaca, publicado cuando su autora contaba con cuarenta y dos años), Pavana del desasosiego o Historia de una anatomía (por el que recibió en 2012 el Premio Nacional de Poesía). Es autora también del libro de cuentos Que planche Rosa Luxemburgo y de los recuerdos recogidos en Espejito, espejito.

Versos con falda: todas las que están

Actualizando

La historia interminable

Después de una jornada intensísima y agotadora en el I Torneo de Debate Educativo (una actividad que recomiendo a todo el mundo y en la que también hemos hablado de estereotipos y de la brecha de los sueños y  de la invisibilidad de las mujeres y de la dificultades con las que nos encontramos para demostrar que valemos), terminamos este webmix con la última voz femenina que incorporamos.

VERSOS CON FALDAS: NO ESTÁN TODAS LAS QUE SON

La selección de los poemas y las breves semblanzas (que no han sido elaboradas ad hoc, pero sí cuidadosamente elegidas) ha acarreado horas de trabajo que damos por más que bien empleadas.

A muchas de las poetas las conocíamos y las habíamos leído. A alguna otra nos la han descubierto algunas compañeras y compañeros.

Pero lo más destacable del trabajo de selección es que se nos han quedado fuera poetas magníficas, a…

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Versos con falda: Amalia Bautista

Amalia Bautista (1962)

A dieta

Me acosté sin cenar, y aquella noche
soñé que te comía el corazón.
Supongo que sería por el hambre.
Mientras yo devoraba aquella fruta,
que era dulce y amarga al mismo tiempo,
tú me besabas con los labios fríos,
más fríos y más pálidos que nunca.
Supongo que sería por la muerte.

Al cabo

Al cabo, son muy pocas las palabras
que de verdad nos duelen, y muy pocas
las que consiguen alegrar el alma.
Y son también muy pocas las personas
que mueven nuestro corazón, y menos
aún las que lo mueven mucho tiempo.
Al cabo, son poquísimas las cosas
que de verdad importan en la vida:
poder querer a alguien, que nos quieran
y no morir después que nuestros hijos.

Amalia Bautista es una poeta española nacida en 1962 en Madrid.
Entre sus obras más importantes se encuentran “Cuéntamelo otra vez“, “Cárcel de amor” y “Tres deseos“. Además ha participado con poemas de su autoría en varias antologías, una de ellas junto a otros importantes poetas en “Una generación para Litoral“.


De su obra podemos decir que cuenta con la característica de hacer un uso precioso y hábil del endecasílabo y que se vale del lenguaje coloquial para expresar los sentimientos más profundos.
Además, Bautista consigue una tensión tan particular en sus versos que creo que vale mil veces la pena leerla. Aún en aquellos poemas breves, genera un ambiente de ansiedad que desembocan en un último verso extraordinario.