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Derecho natural: una reseña ligera para una novela ligera

Del Triki,triki,triki,triki,triki, mon amour,triki,triki,triki,tri… al Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así.

He de confesar que cuando toca leer un determinado libro en el Club, si no tengo referencias previas suficientes del autor o de la obra busco en internet, casi al azar, alguna opinión para saber algo de la obra y del escritor antes de adentrarme en la lectura. De Derecho natural sólo sabía que era una novela recién parida y de su autor, Ignacio Martínez de Pisón, apenas un par de datos: que un familiar que vivía en Zaragoza me hablaba bien de él cuando bajaba a Granada y que en una de sus obras se basó una película, Carreteras secundarias, en la que Antonio Resines y su hijo adolescente recorrían media España en un viejo coche, en una especie de aventura on the road que, cuando la vi, por momentos me recordó a las andanzas de nuestro Lázaro de Tormes. También recuerdo que hace ya varios años tuvimos ocasión de leer una recopilación realizada por Martínez de Pisón de relatos breves sobre la Guerra civil, Partes de guerra, lectura que a mí me sirvió para conocer por vez primera un texto de Chaves Nogales. Si hago memoria me viene a la cabeza que Martínez de Pisón participó como guionista en una película animada de Fernando Trueba, Chico y Rita, en la que Javier Mariscal ponía imágenes a una historia de amor en la tórrida Habana.

Pocos más datos tenía. Me llamó la atención el escaso número de reseñas de la obra (ahora, pasados un par de meses, el número ha crecido considerablemente) y cómo las críticas en secciones especializadas de diarios y revistas insistían en destacar de esta novela que Ignacio Martínez de Pisón era un escritor que escribía con mucho oficio. Sigue leyendo

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Guerra y paz

Desenjaula las palabras:

no las cuentes ni las rimes”

Estos dos inéditos octosílabos podrían ser, merecerían ser, el comienzo de un bello poema de amor. Yo voy a utilizarlos como inicio de la reseña del apabullante libro que es Guerra y Paz. Y digo libro porque si el propio Liev Tolstói no quiso calificar su obra como novela no seré yo quien así la catalogue aunque seguro que alguna vez a lo largo de este texto de este modo la llamaré.

Os estaréis preguntando tal vez el porqué de la elección de estos dos versos, qué he visto en ellos que me haya llamado la atención. Intentaré explicarlo.

Imagino que al igual que un amante precisa en algún momento dar rienda suelta, desenjaular, todas sus alegrías, todas sus penas, todas sus tristezas, todas sus emociones, Tolstói debió en algún momento sentir que “necesitaba” poder expresar, dejar constancia escrita , de todo ese caudal, que a veces nos parece incontinente, de emociones. Ciertamente que tampoco contó sus palabras, y a fe que debemos estar contentos de que no lo hiciera, hemos de agradecerle que se desbocara, que casi no pusiera límite a su relato. ¡Y que no optara por utilizar la rima!

No es Guerra y Paz una lectura fácil. Posiblemente sea necesaria una relectura para poder siquiera acercarse a todo lo que Tolstói quiso reflejar. De entrada su extensión, casi dos mil páginas en las ediciones convencionales, un lentísimo avance en “los tantos por ciento” en las más tecnificadas, hace que lanzarse a por la obra sea tarea de riesgo. Más aún acostumbrados como estamos todos a la facilidad de lo inmediato, al mando a distancia que nos permite disfrutar, ¿disfrutar?, del cambio de canal sOlo por el mero hecho de cambiar; de los libros sencillos de leer; de las conversaciones virtuales reducidas a palabras apenas semiescritas acompañadas de emoticonos ( ¡jamás pensé que utilizaría esta expresión!)…

Estudio de Tolstoi en Yásnaia Poliana

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Club de lectura: La última reseña

La editora del blog en el que aparecen los distintos artículos de nuestro Club de lectura me reconviene, cariñosamente eso sí, por lo abultado de mis reseñas. Me advierte de que una gran cantidad de palabras desanima a los lectores y que debiera centrarme en los datos más precisos y no dispersarme.

¿Cuál es la cantidad de palabras adecuadas para que una reseña “funcione”? –pregunto-. Unas cuatrocientas, a partir de ahí….

Antes de que me lo diga ella, replico que sí, que ya sé lo que quiere decirme…que va a recordarme aquella famosa frase de Boscán sobre lo bueno y lo breve. No tengo que explicarle la broma. Sí que le aclaro lo falsa que me ha sonado siempre aquella afirmación. De haber sido yo don Baltasar el aforismo habría sido otro: “lo bueno si breve, breve”… lo mismo le había gustado, palabra por palabra es más corto que el original suyo. Este neoaforismo mío me parece mucho más sincero y comprensible, al menos para los que no nos ha sido concedida la oportunidad de enlazar continuos momentos de esos que al bueno, aunque criticón en exceso, del jesuita aragonés debieron acumularse para reclamar mayor brevedad.

Y ahora me veo en un gran problema. Dado como soy al barroquismo literario y orgulloso como estaba de mis más de dos mil quinientas palabras por reseña debo ahora ajustarme a ese casi imperativo mandato cuando, para más inri, son dos los libros que para esta última sesión de lectura habíamos programado.

¡A ver qué hacemos!

La primera obra, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, del prolífico escritor austríaco Stefan Zweig, del que conocíamos en el club su biografía del camaleónico político francés Fouché me ha llamado la atención por como a partir de un detalle nimio articula una novela escrita con gran limpieza, utilizando una prosa depurada y precisa que sin embargo no cae en la frialdad y se ajusta al tempo pasional y de arrebatadora irracionalidad que va creándose.

La segunda es El labrador de más aire, una de las obras teatrales de Miguel Hernández que mezcla a partes iguales romanticismo y enfrentamiento social, constituye un compendio de la poesía hernandiana. Himnos, pasiones, amores y arengas se mezclan en un drama social con hallazgos poéticos “pocas flores, mayo, diste a mi vergel” pero también algún ripio. Prefiero al oriolano “umbrío por la pena casi bruno”.

¡Cuatrocientas!

Joaquín Medina Ferrer

Patria

Dice la lógica que un argumento ad populum es una falacia que implica responder a un argumento o a una afirmación refiriéndose a la supuesta opinión que de ello tiene la gente en general según la siguiente estructura:

  1. Para la mayoría, A.
  2. Por lo tanto, A.

Esta falacia está muy relacionada con la falacia ad numerum, que consiste en decir que cuanto más gente sostenga o crea en una proposición, más posibilidades de ser cierta tiene. No quiero caer, así de entrada, en lo escatológico, pero creo que se entiende de sobra, sin más detalles complementarios, si hago referencia a un dicho popular que ilustra lo expuesto.

Es Patria un libro convertido en auténtico best-seller. Los últimos datos nos hablan de que se han vendido cerca de trescientos mil ejemplares. Podemos afirmar sin miedo a errar en exceso que más de un millón de españoles han leído, hemos leído, esta novela y que, además, esta avalancha de lecturas se ha producido en un muy breve espacio de tiempo.

Cuentan que el modo por el que este libro se ha hecho tan rápidamente popular, amén de una buena campaña de difusión y propaganda ha sido el de la recomendación del lector a otros posibles lectores, ese boca a boca a veces tan eficaz. También insisten en recordarnos que Patria era una obra “necesaria” en los tiempos, ¿nuevos tiempos?, que corren. Sigue leyendo

Matar a un ruiseñor

 Circulaba días atrás por ese mundo en el que todo cabe, el de internet y las redes sociales, el del Google que-todo-lo-sabe y la Wikipedia dispuesta-siempre-a-echar-una-mano, una frase de Franz Kafka en la que con palabras precisas describía qué debía contener un libro para que él le diera, por así decirlo, el visto bueno. La frase, entresacada de la respuesta por correo a una carta previa de un amigo, Oskar Pollak, era esta:

Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo”.

No deja de llamar la atención la resolución radical de Kafka, más aún cuando sabemos que en el momento de escribir esta carta, el novelista checo apenas tenía veintitrés años. Sorprendente tanta lucidez. Sigue leyendo

La voz dormida

Joaquín Medina Ferrer

«Y contar la historia, para que la locura no acompañe al silencio.»
 

Comienzo a escribir esta reseña creyendo que no me va a salir bien del todo (¡vaya manera de empezar!). Y es que además de que mis habilidades literarias sean más bien escasas se une algo que pienso que va a lastrar todo el desarrollo de la reseña. No soy mujer.

Porque puede que sea necesario ser mujer para saber extraer del libro de Dulce Chacón todo su contenido poético y emocional, puede que sea necesario ser mujer para destilar y aquilatar suficientemente la ternura y la sensibilidad que se muestra en cada una de las pequeñas y a la vez grandes historias que se relatan a lo largo del libro.

Intentaré apelar a lo que de sentimental quede en mi alma para poder comentar el contenido de La voz dormida. Creo que en el mismo no debiera ser lo principal ni un análisis estilístico ni una comparativa con otros libros de temática similar ni ver si se corresponde con mayor o menor fidelidad a unas situaciones concretas.

Duce Chacón

Dulce Chacón llama directamente a la puerta de cada uno de nuestros corazones y espera que los abramos de par en par, que dejemos salir a que se aireen y ventilen los miedos y las frustraciones por décadas guardados, que recordemos sin ánimo de venganza pero también sin miedos los dolores de nuestro pasado. Dulce Chacón da la palabra a quienes durante tanto tiempo solo tuvieron a su alcance silencios, a quienes ni en susurros pudieron contar su historia y permite, ¡por fin!, que narren su existencia sin tapujos, sin falsos heroísmos ni almibaradas complacencias, quienes sufrieron en su piel la dureza de la derrota. Sigue leyendo

La ficción salva, la realidad mata: El impostor

 

Es viernes. Tremendamente viernes. Completamente viernes. Un viernes este que comenzó con pacíficas palomas picassianas y terminó de forma abrupta y desabrida. Lo estimado y lo desestimado. Las verdades y las mentiras. Los unos y los otros. La impostura…

paloma-de-la-paz-picasso1Monto en el coche y de manera mecánica enciendo la radio. Alcanzo a escuchar algo de la última canción de Joaquín Sabina: Lo niego todo. Aquellos polvos y estos lodos.

En este fin de semana que comienza quiero empezar a leer un nuevo libro, “el que nos toca en el club”, El impostor, de Javier Cercas. De Cercas he leído otras obras, la célebre Soldados de Salamina; la menos conocida y en gran parte autobiográfica La velocidad de la luz y la voluminosa Anatomía de un instante. También he disfrutado con la lectura ocasional de algunas de las colaboraciones publicadas en El País.

Me gusta de su forma de narrar, esa manera que tiene de envolverte en su prosa con repeticiones continuas que al mí al menos no me cansan; me gusta ese tono monocorde, casi salmódico, que termina enganchándote; me gusta ese alarde de maestro documentalista del que hace gala…no sé sin embargo si me gusta tanto, creo que más bien siento algo de rabia, que leyendo sus novelas llegue a sentir cierta simpatía por personas con las que, en principio, y por principios, no tengo afinidad alguna. Me refiero, claro está, al falangista Rafael Sánchez Mazas y al también falangista, además de tantas otras cosas, Adolfo Suárez.soldados

Recuerdo la historia de Enric Marco el personaje que se hizo famoso en los primeros años del siglo, primero por su labor de divulgación de los hechos relacionados con los campos de concentración y más tarde, al demostrarse que era un impostor, “el impostor”, cuando fue objeto de ataques sin freno ni mesura. Lo recuerdo hablando de modo incontinente con un dominio de la escena tan de actor profesional que luego llevaría a que más de uno dijera eso de “ya me lo esperaba yo” cuando se descubrió su fraude. Recuerdo que cuando aparecía en televisión me venía a la mente una imagen repetida en los libros de literatura de bachillerato de Gustave Flaubert, esa que pintaba al escritor como repantingado, orondo, algo ensoberbecido, con un toque de bon vivant

3Recuerdo también como en su conocido acto en el Congreso de los Diputados consiguió arrancar de nuestros próceres lágrimas que parecieron auténticas. Cuando Cercas publicó su libro y esas imágenes televisivas se repitieron hasta la saciedad tuvimos ocasión de ver de nuevo, con un poco de ese morbo tan humano, los rostros compungidos de Carme Chacón o Alfredo Rubalcaba.

Pienso en el libro que me dispongo a comenzar a leer y no tardan en presentarse sin haber sido previamente invitados Don Quijote y Madame Bovary, Maquiavelo y Hobbes, Hitler y Stalin…

¿Somos lo que soñamos? ¿De qué materiales están hechos nuestros sueños? ¿El fin justifica siempre los medios? ¿Y el buen fin estaliniano? ¿Son las medias verdades la peor de las mentiras? ¿Y qué diríamos entonces de las medias mentiras? Enric Marco c´est moi?…

Algo, al menos, nos diferencia. Yo no escogería nunca para almorzar un restaurante como La Tagliatella.

Pero de verdad, bromas aparte… Enric Marco c´est moi?

Conduzco intentando responderme a esa pregunta cuando de golpe aparece un Tarzán decrépito dando saltos de cama en cama mientras grita, golpeándose el pecho con la fiereza de un San Jerónimo laico, un larguísimo alarido. ¿He visto realmente a Tarzán o era Johnny Weissmuller insomne? Supongo que a los otros ocupantes del asilo de ancianos que vieran interrumpido su sueño les daría igual que fuera Tarzán o Johnny y que el antaño ágil vejete respondería de igual manera fuese cual fuese el nombre por el que se le llamara. Aunque quiero creer que a veces se enfadaría si alguna monja (esto de la monja es de mi cosecha) le reprendía. Deje de molestar a sus compañeros, mister John. Nuestro héroe contestaría altivo: “Yo, Tarzán. Tú, Jane”.

johnny-weissmuller-with-maureen-osullivan-in-tarzans-secret-treasure-1941Muevo la cabeza y me digo a mí mismo que estoy conduciendo y que no debo distraerme, pero Enric Marco se niega a abandonarme.

Ahora hace acto de presencia un personaje de nombre casi olvidado, Claude Khazizian. Este sujeto de origen creo recordar que armenio, pasó casi veinte años de su vida movido por un único objetivo: “conseguir salir en la foto”. Si en España se hizo famosa la aseveración de Alfonso Guerra de que quien se moviera no saldría en la foto, Claude debió de moverse mucho y bien para ser fotografiado siempre en lugar preponderante junto a Chirac, Mitterrand, Balladur o Kolh. Alternativa o sucesivamente Claude fue presidente, ministro, embajador, asesor o banquero. Puede, el azar es impredecible, que en alguna ocasión compartiera imagen con nuestro Enric en algún acto de desagravio franco-alemán, ambos pugnando por ocupar el centro de la instantánea.

Era inevitable. El pequeño Nicolás también está por aquí. ¿Un pícaro? ¿Un oportunista? ¿Un charlatán? ¿Alguien que, al fin y al cabo, se rio de nuestra ignorancia en nuestra cara? De nuestra ignorancia y de nuestro miedo a quedar en evidencia si hacíamos alguna pregunta indiscreta que pudiese molestar a los poderosos con los que Nicolás decía compartir trabajo, ideas o partidos de pádel. Y estoy por asegurar que el pequeño Nicolás estaría en nuestro particular santoral patrio, ese en el que comparten tribuna el Dioni, Belén Esteban o la Pantoja, si no fuera porque dio el salto de lo que podía pasar como mera broma a la obtención de beneficios personales de índole económica.

¿Y qué decir de ese rector de universidad pillado en flagrante plagio incapaz de reconocer su impostura? ¿Le salvará de pagar su culpa el apellido?

Cuando yo tenía poco más de diez años mi padre estuvo hospitalizado durante algún tiempo. Armado con algún libro yo esperaba con mi pertinente pase a que el celador viera oportuno abrir la puerta de visitas del viejo Clínico. Lloviera o tronara, hiciera frío o calor era inflexible. Hasta las cuatro en punto no se pasaba. Algunas tardes, uno de mis tíos, vestido, como comercial que era, de modo elegante y portando una maleta negra en la que llevaba folletos que mostraban las bondades de las máquinas de café Faema, -que la marca fuera esa en concreto no es detalle accesorio, durante años Faema patrocinó el equipo ciclista por el que competía Eddy Merkx uno de los ídolos de mi infancia -, se dirigía a la entrada sin prestarme atención y con desparpajo y familiaridad saludaba al bedel que de inmediato se aprestaba a abrirle la puerta. Mi tío una vez dentro hacía una seña y de inmediato yo escuchaba una voz, ¡chico, pasa!2

Imposturas todas, parecidas y distintas. Impostores todos también parecidos y distintos.

Algunas veces me hago preguntas tales como si sería posible un país donde alguien “hiciera” de presidente, sin serlo realmente. Un presidente que solo se dirigiera al pueblo, a “su pueblo”, desde pantallas de plasma lanzando obviedades y frases vacuas, no sé, del tipo de “Cronopia es una gran nación y los cronopios muy cronopios y mucho cronopios”. (¡Gracias, Julio, por el préstamo de este piolín! ¡Perdón, Julio, por el atrevimiento de hacer tan mal uso de él!)

Por aquella época, año arriba, año abajo, tal vez los recuerdos fallen, había leído una novela de un escritor italiano, Giovanni Papini, Gog era el título. En ella el protagonista, Gog, se presenta ante los principales mandatarios y referentes políticos, culturales o artísticos del mundo y los entrevista. Todos responden en la entrevista, pero la entrevista no se ha producido realmente. Por así decirlo, todos contestan lo que Gog hubiera querido que respondieran. De aquella temprana lectura recuerdo la turbación que me producía leer la palabra “sosias”, yo no la pronunciaba así, yo decía “sosías” convirtiendo de modo incorrecto en hiato lo que era diptongo; la palabra era para mí indescifrable. Todavía hoy esa palabra me aparece en sueños y me intranquiliza.

Busco en la Wikipedia, me fío de ella y hallo:

“…Gog es, para decirlo con una sola palabra, un monstruo, y refleja por eso, exagerándolas, ciertas tendencias modernas. Pero esta misma exageración ayuda al fin que me propongo (…) puesto que se perciben mejor, en esta ampliación grotesca, las enfermedades secretas que sufre la presente civilización” La cita es del propio Papini.

¿Es también Enric Marco un monstruo que puso voz a los que no pudo escuchar y cara a los que nunca llegó a ver?

Ahora que Marco ronda los cien años y que la muerte debe estar rondando cercana, pienso, humor fúnebre, que tal vez Enric fuera un adelantado a su tiempo e hiciera lo que mánagers, coachs y otros conseguidores por el estilo recomiendan a la hora de lanzarse a buscar trabajo: “Es primordial buscar un nicho laboral vacío”. Nuestro hombre buscó y encontró.

O puede que, de entre todas las vidas, Enric del mismo modo que el protagonista de la canción de Sabina, ¡otra vez Sabina!, escogía la vida del pirata cojo, eligiera esta nueva vida convirtiendo lo soñado en realidad.

Hablaba antes de recuerdos.

Decía Ortega de modo categórico: Yo soy yo y mis circunstancias. Lo decía con tal énfasis que ni siquiera Gasset osaba contradecirle. ¡Menudo era don José!

Yo soy yo y mis recuerdos” afirmo yo frente al filósofo. Y mis recuerdos son vivos y cambiantes. Y me acompañan como si de mi sombra se tratasen. Y no hay ningún secreto entre ellos y yo. ¡Que nadie trate de quitármelos!

delftMi pasaporte afirma que fuera de Portugal, Francia e Italia no han pisado mis pies ningún país extranjero más. ¡Mentira! Puedo afirmar que he paseado por las calles húmedas de Delft y que, en casa de ladrillos rojizos, por las ventanas entreabiertas he visto encajeras, lecheras, astrónomos, geógrafos y cartógrafos en estancias con lujosos cortinajes y humildes cocinas. En uno de esos salones un pintor al que no supe reconocer, estaba vuelto de espaldas, pintaba a una joven de la que me llamó la atención la luminosa perla que adornaba una de sus orejas y el rostro, suavemente escarlata en algunas pinceladas, como el de una actriz actual. Podría contar muchos más detalles, podría contar el cómo, el cuándo y el por qué, pero eso ahora no viene al caso.

Tal vez los recuerdos de Enric Marco también fueran vivos y cambiantes, puede que los viviera como ciertos… puede que no fuera un impostor…o puede que sí lo fuera. Lo cierto es que lo que quizás con otros años, con menos años, hubiera visto claro lo que ahora me provoca duda.

Supongo que cuando comentemos el libro será más del personaje que del autor de quien hablemos. Por eso me permito escribir acerca de él sin haberlo leído aún. Y supongo que reseñar un libro que no se ha leído, además de ser una no-reseña, no dejará de ser una impostura que a mí me convertirá en impostor…aunque creo, es mi disculpa, que más de un crítico literario hace algo parecido.

Es sábado. Antes de poner al fuego el café enciendo la radio. Otra impostura, el “fuego” es una vitro. A encender la radio, en cambio, los argentinos lo llaman prender. Y mientras espero el borboteo del café de nuevo Sabina, de nuevo la misma canción. Lo niego todo. Si me cuentas mi vida, lo niego todo.

Salgo a andar con mi hijo por el paseo marítimo. La conversación da vueltas en torno a la función de la publicidad. Una impostura más.

En algún momento me cuenta que ha asistido, por razón de sus estudios, a un debate en el que participaba Albert Rivera. Comentamos aquel suceso en el que el político recomendaba a los alumnos de una facultad que leyeran a Kant. ¿Qué libro nos recomienda? preguntó, bienintencionado, uno de ellos… o no, puede que fuera un nuevo impostor, un alumno especialmente borde que quisiera poner en un aprieto al ciudadano Albert: ¡qué más da! El caso es que Rivera calló y apenas acertó después a balbucear que cualquiera de ellos, cualquiera de los libros kantianos, era bueno, que todos tenían suficiente categoría.

¡Qué bien riman razón pura e impostura!

7Por la tarde voy al cine. Vuelvo a ver Frantz una película que había visto apenas una semana antes. A esto de volver a ver una película lo llaman algunos “revisitar”. Frantz es la última obra de François Ozon, afamado director galo. En una revista francesa encabezaban así la reseña de esta película: “Frantz” ou la quète d´un pardon imposible.

Frantz es también la historia de una impostura. Un soldado francés, Adrien Rivoire, viaja, finalizada la Primera Guerra Mundial, a un pequeño pueblo alemán a colocar flores en la tumba de un soldado del que dice ser amigo. Al fin cuenta la verdad a la prometida del soldado muerto: él fue el asesino de Frantz, lo mató en un encuentro casual y fortuito en una trinchera y disparó por miedo. No encuentra otro modo de acabar con ese sufrimiento. Pero la película que recuerda, me recuerda, cuando no hay color a los pavimentos de adoquines mojados por la niebla por los que Welles y Cotten se perseguían en Viena y que, luego, cuando vira en algunos momentos a un color primitivo, recuerda a aquellas fotografías en blanco y negro posteriormente coloreadas a mano, es también la suma de otras varias imposturas: Ozon toma la idea de la película, como si de un remake se tratara, de una vieja obra de Ernest Lubistch, Remordimiento; la chica, pese a la petición expresa de Adrien no explica lo realmente sucedido, ¡mentira piadosa!, a los padres de Frantz y, pese a que en varias ocasiones dice que éstos han aceptado y comprendido lo que sucedió, nunca cuenta la verdad, la verdad íntegra; lo que parecía iba a finalizar de modo romántico termina con el viaje fallido a Francia de la chica, Anna, para confesar su amor a Adrien, éste ya está comprometido…

5ay además una última impostura. En la película se hablaba de un cuadro colgado en el Louvre que los dos supuestos amigos, Adrien y Frantz, contemplaban con gozo cuando ambos eran jóvenes y alocados estudiantes en París, la pintura, decía Adrien, representaba a un muchacho con la cabeza inclinada hacia atrás. Cuando Anna pregunta por esa obra de Manet en su visita al museo descubre con sorpresa que el cuadro, colocado bajo el magnífico Desayuno en la hierba es en realidad la imagen de un suicida.

¿Será también imposible otorgar el perdón al anciano Marco?

Es domingo. Muy de mañana salgo a andar y comienzo a leer El impostor, pasadas un par de horas una llamada me informa de que están televisando el partido de tenis que enfrenta a Rafael Nadal y Roger Federer en la final del Abierto de Australia. Doy media vuelta y sin dejar de leer acelero el paso. Imagino que el encuentro será largo y que ganará Nadal.

Efectivamente el partido llegó a cinco sets.