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De otoño (II)

 


Oda a la melancolía (John Keats)

1

No vayas al Leteo ni exprimas el morado

acónito buscando su vino embriagador;

no dejes que tu pálida frente sea besada

por la noche, violácea uva de Proserpina.

No hagas tu rosario con los frutos del tejo

ni dejes que polilla o escarabajo sean

tu alma plañidera, ni que el búho nocturno

contemple los misterios de tu honda tristeza.

Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,

y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.

Foto: SMK Foto Statens Museum for Kunst Sølvgade 48-50 1307 København K  DANMARK e-mail: foto@smk.dk www.smk.dk

Melancolía, Lucas Cranach

 2

Pero cuando el acceso de atroz melancolía

se cierna repentino, cual nube desde el cielo

que cuida de las flores combadas por el sol

y que la verde colina desdibuja en su lluvia,

enjuga tu tristeza en una rosa temprana

o en el salino arco iris de la ola marina

o en la hermosura esférica de las peonías;

o, si tu amada expresa el motivo de su enfado,

toma firme su mano, deja que en tanto truene

y contempla, constante, sus ojos sin igual.

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Bosque de abedules, G. Klimt

3

Con la Belleza habita, Belleza que es mortal.

También con la alegría, cuya mano en sus labios

siempre esboza un adiós; y con el placer doliente

que en tanto la abeja liba se torna veneno.

Pues en el mismo templo del Placer, con su velo

tiene su soberano numen Melancolía,

aunque lo pueda ver sólo aquel cuya ansiosa

boca muerde la uva fatal de la alegría.

Esa alma probará su tristísimo poder

y entre sus neblinosos trofeos será expuesta.

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De otoño (I)

Ya casi es octubre. Seguro que los más avispados habréis advertido algunos sutiles cambios en la textura de los días. ¿Quién ha sabido guardar un recuerdo vivo de ese verano que ya se ha ido tan lejos? Nos hemos demorado por aquí. Hemos buscado excusas para no abrir las puertas: conjuramos la lluvia que nos reconciliará definitivamente con el vértigo del tiempo fugitivo, con la mendaz idea de las bondades de la madurez, con la trampa del prestigio de la luz y de los frutos ásperos del otoño. Ni siquiera hemos sido capaces de sacudir la página en blanco y quitarle este pegajoso dulzor de carne de membrillo, pero esperamos vuestra benevolencia.  Escribía Novalis: “No son los brillantes colores, los alegres sonidos y el aire cálido lo que nos entusiasma así en la primavera. Es el callado espíritu profético de infinitas esperanzas, como un presentimiento de muchos días felices, de la fecunda presencia de naturalezas tan diversas; es la intuición de flores y frutos superiores y eternos, la oscura simpatía con un mundo que amistosamente se aproxima.” Pues eso mismito, pero justo al revés…

Dejamos ya la palabra a los inevitables cantores del otoño, mucho más dotados que nosotros para aplicar el pan de oro a un paisaje que, a ratos, llega a parecer desolador.

Cuatro árboles, Egon Schiele

Cuatro árboles, Egon Schiele

Día de Otoño (Rainer Maria Rilke)

Señor: es hora. Largo fue el verano.
Pon tu sombra en los relojes solares,
y suelta los vientos por las llanuras.

Haz que sazonen los últimos frutos;
concédeles dos días más del sur,
úrgeles a su madurez y mete
en el vino espeso el postrer dulzor.

No hará casa el que ahora no la tiene,
el que ahora está solo lo estará siempre,
velará, leerá, escribirá largas cartas,
y deambulará por las avenidas,
inquieto como el rodar de las hojas.

Otra vuelta de tuerca en De otoño (II)