¿Quién encierra una sonrisa?

Bajo este título tomado de Miguel Hernández os dejamos -la biblioteca sigue de guardia en estos días de encierro- las reflexiones espontáneas de algunos de vosotros/as durante el confinamiento. GRACIAS!!

foto andre felipe carvalho

(Foto de Andre Felipe Carvalho)

Podemos comunicarnos. No estamos solos. Nada, ni siquiera esa anónima y letal microscópica bolita con trompetillas que tanto está afectando a nuestras vidas, nada puede evitar eso.

El Titanic se hunde, pero la orquesta sigue tocando…

 

Club de lectura: Lluvia fina

Joaquín Medina Ferrer

Llega a nuestro club de lectura Luis Landero uno de los más prestigiosos, y prestigio no equivale a reconocimiento, escritores actuales. Y lo hace de la mano de Lluvia fina, la novela de la que una gran mayoría de críticos literarios han dictaminado que es la mejor novela publicada en castellano a lo largo de 2019. Puede que Lluvia fina signifique la consagración definitiva de este autor.

Es Luis Landero un personaje peculiar. De vida azarosa y con etapas cuando menos llamativas. Extremeño de Alburquerque y luego residente en Madrid, antes de dedicarse a la literatura tuvo empleos tan dispares como aprendiz de mecánico, recadero, auxiliar administrativo y, ¡sorpresa!, guitarrista flamenco. De hecho no es infrecuente que en las presentaciones de sus libros Luis termine tocando con su guitarra algún tema de Paco de Lucía. Su afición a la lectura le llegó mientras recorría Europa acompañando a distintos cantaores. Ya “de mayor “estudia Filología Hispánica y durante varios años fue profesor en diferentes institutos y en algunas universidades españolas y norteamericanas. Sigue leyendo

Celebración del Día de la mujer en el LBC

El lunes pasado, día 9, celebramos en nuestro Centro el Día de la mujer con propuestas reivindicativas, divulgativas, pero también lúdicas.

Durante el recreo en la biblioteca se desarrolló el acto principal que fue el broche final de unas intensas semanas de trabajo de la Comisión de Igualdad y de muchos otros y otras alumnas y profesoras.

En primer lugar los alumnos de 1º y 2º de FPBásica de Electricidad interpretaron El rap de la igualdad. Todo un reto para estos chicos ya que en estos dos grupos no hay chicas!!!

A continuación se entregaron los premios del concurso de fotografía Universo laboral de la mujer, que nos ha dejado unas increíbles imágenes realizadas sobre todo por el alumnado, aunque el certamen estaba abierto a toda la comunidad educativa.

Y, tras la gran expectación creada, las chicas y chicos del Coro de la igualdad LBC, recientemente formado gracias al impulso de Mari Carmen Caravaca, hicieron su primera actuación de gala interpretando el tema Diferente pero igual. Fantástico!!!

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Al día siguiente martes los miembros del coro acompañados de otro buen número de alumnos y alumnas viajaron hasta Sevilla para participar en el acto central de la Consejería de Educación. ¡Enhorabuena a todos/as!!

 

El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta

Joaquín Medina Ferrer

Como alguien dejó escrito por ahí Mario y Beatriz también tenían derecho a que su historia fuese incluida entre las reseñas de nuestro club de lectura. Y aunque se (me) ha hecho de rogar, El cartero de Neruda, por fin,  ya tiene la suya. Reseña que algo queda.

Casi de manera consecutiva a la lectura de Tiempos recios, la monumental obra del Nobel peruano Vargas Llosa sobre la actuación de la CIA en Guatemala y por extensión en todas y cada una de las repúblicas centroamericanas,  llega a nuestro club El cartero de Neruda, novela escrita por el chileno Antonio Skármeta, obra considerada menor por su extensión – aunque el escritor afirme haber hecho un esfuerzo ímprobo para concluirla-  y puede que también por tratarse de la obra de un autor muy poco conocido en esta faceta literaria, pero cuya lectura deja, sin duda, una huella imborrable.

Es El cartero de Neruda una novelita que durante gran parte de su desarrollo podría catalogarse como una obra a medias entre lo costumbrista y lo romántico. Su argumento es sencillo.

Mario es el cartero que ha de llevar en bicicleta la abundante correspondencia destinada a su único cliente (esta, cliente,  es precisamente la palabra utilizada en la novela) residente en una apartada casa en Isla Negra. El receptor de tanta carta resulta ser nada más y nada menos que el poeta Pablo Neruda, eterno aspirante   al premio Nobel y por aquellas fechas presumible candidato de las fuerzas de izquierda, la Unidad Popular,  a la presidencia de Chile. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que la poesía una vez escrita es ya del pueblo, Mario usa los versos del poeta, plagiario él, preferentemente los de las Odas Elementales, para encandilar a la chica, Beatriz,  a la que desea conquistar. En un paso más Mario incluso llega a pedirle al eximio vate que componga para él. Para ella en rigor.

Los amoríos a hurtadillas de Mario y Beatriz, que como era de esperar cae rendida ante las metáforas del  poeta del amor, llegan a conocimiento de la futura suegra, Rosa, que, también era esperable,  no considera a Mario un buen partido. Solo aportaría al matrimonio los hongos que lleva entre los dedos de los pies. De nuevo el poeta, serio y estirado, con ese jockey como indumentaria habitual,  pero con buen corazón, habrá de intervenir para facilitar la relación. Y ello pese a declarar previamente que ya no tenía edad para ejercer de celestino.

Llegan los buenos momentos y todo parece encaminarse a un feliz término. Como buena novela romántica el amor acaba triunfando. No entraremos en detalles. Aunque a Mario, ya casado y para desesperación de la que ya es su suegra,  le seguirá gustando más amar, ¡qué bonita palabra es también  holgar!, que trabajar.

Del mismo modo Pablo Neruda es finalmente galardonado con el Nobel en 1971 y se convierte, tras Gabriela Mistral, en el segundo escritor chileno en obtener tal recompensa. E incluso aquellas elecciones que aparecen de trasfondo en la novela otorgarán la victoria por escaso margen a la Unidad Popular encabezada por Allende frente a la coalición derechista de Alessandri. Simbólicamente Mario y Neruda, el amor y la poesía,  derrotan en las urnas al fascismo representado en la persona del diputado local Labbé.

A lo largo de las páginas que muestran la relación entre Mario, Beatriz, don Pablo y Rosa se intercalan numerosos episodios a medias entre la hilaridad y la ternura. Escenas tales como la de cuando jugando al  futbolín Mario intenta alcanzar la bola que sujeta Beatriz entre sus labios; o cómo ejerce su papel de jefe el telegrafista Cosme empeñado en hacer de Mario un cartero que muestre dignidad y empaque; o la reacción de Pablo Neruda cada vez que ve que un casi analfabeto Mario le va, por así decirlo, comiendo el terreno hasta llegar a formar parte de su vida; o la tranquila desesperanza con la que el padre de Mario escucha los proyectos de trabajo de su hijo; o el deseo de Mario de llegar a ser, también él, un gran poeta intentando hallar metáforas entre los vaivenes de las aguas del océano Pacífico;  o ese jueguecito erótico cuasi gimnástico en el que Mario pugna por coger con su boca el huevo que  Beatriz, lasciva contorsionista, hace rodar por cualquier parte de su cuerpo; o la búsqueda, grabadora en mano, de los sonidos de la tierra y el mar chileno para enviárselos al poeta ausente atento a su cargo de embajador en París…

Hay tantos de esos momentos que son muchos necesariamente los que se nos quedan sin recordar expresamente.  Queda a criterio del lector decidir si los que he seleccionado coinciden con los gustos particulares de cada cual. Pero sobre todos ellos destacan, y seguramente en esta opinión estará todo el mundo de acuerdo, los chispeantes diálogos que mantiene Rosa, la suegra, primero con su hija, aleccionándole acerca de las consecuencias que sobre su pureza habría de tener el desmesurado uso de las metáforas por parte del pretendiente; luego con Mario,  animándole a que se esforzara un poquito más en las tareas laborales y también con el mismísimo poeta, primero en diálogos telefónicos y más tarde en encuentros sujetos a presencia extemporánea.

Antes he hecho alguna referencia a Cosme, el telegrafista, y al padre de Mario. No son muchos más los personajes secundarios que aparecen en la novela. Además de los dos citados apenas Matilde Urrutia, la mujer del poeta, y el ya mentado diputado derechista  Labbé, defensor en principio de la causa del que fuera presidente chileno Jorge Alessandri  y en el año  1970 aspirante, derrotado en las urnas, al mismo cargo (de hecho el slogan de su campaña fue Alessandri volverá) frente a Salvador Allende.

Si el protagonismo  de Matilde es casi irrelevante en la novela y solo se hace presente cuando participa con Mario del dolor por el estado en que se encuentra el poeta agonizante,  Labbé sí que va a jugar un destacado papel en el desenlace de la novela.

La que parecía plácida y humorística historia se va a ver de pronto sacudida en sus páginas finales  cuando se entrevera la vida en la apartada caleta con lo sucedido en el Chile de los momentos inmediatos al golpe militar de Augusto Pinochet  y la caída del gobierno legítimo de Salvador Allende. Y por cierto, de nuevo y como en Guatemala, intervención mediante de la CIA.

En una rápida sucesión de hechos y de manera casi inmediata tanto a la boda de Mario y Beatriz como a la concesión a Pablo Neruda del premio Nobel se acumulan los acontecimientos relacionados con el golpe militar. Y el mazazo final: a la muerte de Neruda ya anciano y condolido por el triunfo del fascismo se unirá la desaparición de Mario. Mario, personaje de ficción, señalado con dedo acusador y revanchista por Labbé que de diputado de derechas pasará a agente del pinochetismo sin solución de continuidad.

Desaparición  no es en este caso chileno, al igual que no lo fue tampoco en el caso argentino casi paralelo en el tiempo, más que un mero eufemismo. Y fueron decenas de miles los desaparecidos reales, Marios de verdad con nombre y apellidos concretos, tanto en el Chile de Pinochet  como en la Argentina de Videla y Galtieri. Fueron incontables  los que murieron torturados, llenaron cunetas, se ahogaron en el Atlántico o, si de niños se trataba, fueron separados de sus padres para siempreQue te borraron del mapa, cantaba Carlos Cano en su Tango de las madres locas.

Jorge Videla, en un escandaloso alarde de cinismo, llegó a responder de esta manera  a un periodista que le interrogaba acerca  de la situación jurídica en la  que se hallara alguno de estos desaparecidos:

Le diré que frente al desaparecido, en tanto éste como tal es una incógnita, mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial porque no tiene entidad. No está ni muerto ni vivo… Está desaparecido.

Solo le faltó a Videla, después de tamaña simpleza, dirigirse al periodista y preguntarle si es que acaso era gilipollas y no le había quedado claro lo que significaba desaparecido. Perdón por el lenguaje.

En estas últimas páginas, las que narran de manera consecutiva el triunfo del golpe militar, la muerte de Pablo Neruda, la desaparición de Mario y esa postrera remisión al olvido, imagen paralela a la propia desaparición física del cartero, del poema con el que nuestro Mario aspiró a ganar un concurso la novela da tal vuelco que deja en el lector un profundo regusto de rabia y amargura. Cierras el libro y solo eres capaz de odiar.

Vuelvo ahora a Labbé, ese personaje siniestro. Ese que señala con el dedo a Mario desde el interior de un coche y a la luz de un mechero encendido. Una imagen típica en el imaginario de las denuncias fascistas. Tópica también en los fotogramas del cine negro.

Busco en Google desconocedor de si realmente existió un diputado Labbé  en la realidad. Y me encuentro ante una saga familiar en la que se entremezclan militares metidos a políticos  y diplomáticos unidos todos por el anti marxismo y su apoyo a la dictadura militar. También les une el haber medrado bajo el manto de la democracia cuando tuvieron oportunidad. Algo que, por desgracia, también nos suena en estas tierras. Las chaquetas que se cambian, el sol que más calienta y todo eso.

Uno de esos Labbé fue alcalde “democrático” (el entrecomillado está justificado) de la comuna chilena de Providencia. Un lugar atravesado por el río Mapocho. Un río que me lleva al recuerdo de las canciones de Víctor Jara. Víctor, como Mario, otro de los represaliados. En el río Mapocho/ mueren los gatos/ Y en el medio del agua/ tiran los sacos.

Un diario local fechado en 2012 recogía en una página de opinión y a propósito de la política del alcalde lo siguiente:

Labbé tiene que irse. Y no por capricho de unos cuantos izquierdistas de Providencia, sino por una necesidad democrática urgente. El sábado, una funcionaria municipal “desplegada” en la calle para gritar y sostener una bandera del actual alcalde me decía con vehemencia: “no se puede vivir del pasado”. Yo le respondí: “sí se puede, siempre y cuando éste tenga vigencia y presencia”. No me entendió. Lo que quise explicarle es que Labbé tiene un pasado nefasto y que, además, es heredero de una tradición anti izquierdista y autoritaria que ha cultivado con esmero. (…) No se puede entender lo que pasa hoy en Providencia si no se pone a Labbé en su contexto histórico, incluso genealógico. (…) Jugando al psicoanalista, propongo que gran parte de lo que es Labbé se lo debe a su padre. Alberto Labbé Troncoso, el progenitor, fue tristemente famoso por negarse a rendir honores militares a Fidel Castro en 1971. Como Director de la Escuela Militar, declaró una epidemia de gripe entre los cadetes (falsa, por supuesto) para no desfilar frente al invitado, lo que le costó su dada de baja. De ahí se convirtió en una especie de referente para un sector hiper ideologizado de la derecha. (…) Su figura era la del nacionalista duro –en rigor, la del ultranacionalista- cuya causa final era la del anti marxismo. Su propaganda electoral rezaba: “Labbé: sálvame [del comunismo]”. Cristián Labbé Galilea, el hijo, también ha destacado por su tozudez antidemocrática y por acciones similares a las de su padre. (…) Como agente de la DINA, sus acciones fueron mucho más escabrosas (…) Hace poco, un diario electrónico publicó un reportaje sobre su participación en el operativo en el que fueron asesinados 15 campesinos de Liquiñe en 1973. Testigos afirman que tuvo una activa participación en ese hecho. Por otra parte, un matutino publicó en 2006 la declaración de Anatolio Zárate, ex presidente de la Pesquera Arauco, quien aseguró –declaración jurada de por medio- haber sido torturado por el alcalde. “Era el teniente Labbé que hoy es la misma persona que es el alcalde (…) Yo fui torturado por Labbé. Desde el momento que él estaba en la sala de tortura, independiente si ponía o no la corriente, él participó”, declaró Zárate ante el juez (…) Labbé ha gestionado Providencia cual si fuera su propia dictadura. Disfrazada de democracia, como muchas. En Providencia se han realizado dos  plebiscitos en 16 años. Pinochet realizó los mismos  pero en 17. La casi nula participación de los vecinos en los grandes temas de la comuna, cuya consecuencia son barrios históricos devastados por la excesiva permisividad hacia las inmobiliarias, recuerda la privatización inconsulta de las empresas públicas en los ochenta, bienes que por un mero acto administrativo dejaron de ser de todos los chilenos. Si hay algo claro, es que tanto Labbé como Pinochet han tratado a la población como consumidores de servicios, no como sujetos con capacidad de decisión sobre los grandes temas de la vida local y nacional, respectivamente. Labbé se ha convertido en el eslabón perdido de una transición inconclusa. Una suerte de Lucy chilensis. Si hay algo que no calza en la democracia chilena, si hay algo que evita la tan postergada reconciliación, es la presencia de personajes con este pasado en el escenario político. Por eso: Labbé tiene que irse

El texto es ciertamente extenso. Puede que no sea el más apropiado para una reseña. Pero muestra, por si no fuera suficiente con la lectura de novela, la calaña de estos personajes.

¡Ah! DINA es el acrónimo de la Dirección de Inteligencia Nacional, la policía secreta de Pinochet, activa entre 1973 y 1977.  Esto dice la Wikipedia de sus funciones:

La DINA tenía facultades para detener, torturar, extraer información bajo apremios y confinar personas en sus centros operativos durante los estados de excepción. Como estos estados duraron casi toda la dictadura militar, la DINA tuvo estas facultades durante prácticamente toda su existencia.

Su jefe político, el de Labbé digo, Jorge Alessandri no mantuvo  una postura más digna que la del subordinado y no dudó en colaborar decididamente con el régimen militar. Otros políticos de derechas fueron más coherentes  y aunque opositores  al gobierno legal de Allende, no celebraron  el triunfo del golpe militar. De hecho Eduardo Frei, también citado en El cartero,  líder del partido democratacristiano murió en 1982 en lo que a todas luces pareció un asesinato a manos de supuestos médicos  que obedecían órdenes del dictador. El hijo de Eduardo Frei, – curioso este fenómeno de la genética dirigente-,  de igual nombre y también líder del partido, fue jefe de la oposición y alcanzó la presidencia de Chile en las primeras elecciones libres  celebradas con posterioridad al abandono del poder por Augusto Pinochet.

La llegada al poder de Augusto Pinochet, imposible no recordar su figura, pájaro de mal agüero, en el entierro de nuestro particular dictador, sobresaltó la vida chilena. Exilio, muerte o silencio. No hubo más alternativa. 

El cadáver de Víctor Jara, poeta, folklorista y cantante al que me referí  anteriormente, fue encontrado con más de cuarenta balazos y sin sus manos. Ambas  manos cortadas en vivo. El cantante que llamaba A desalambrar la tierra, porque la tierra es de todos, tarareaba una canción mientras tocaba su guitarra. Al milico que vigilaba a los detenidos hacinados en un campito de fútbol aquello no le gustó. A grandes ofensas, drásticas soluciones. Prueba ahora a tocar la guitarra. Víctor siguió cantando. Mientras pudo. El derecho de vivir en paz. ¡Es que vaya letras! ¡Menudo rojo!

En uno de los bolsillos del pantalón que llevaba encontraron una hoja de libreta con sus últimos versos: ¡Canto, que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto! / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero.

A Antonio Machado, años atrás, también le hallaron un último verso escrito en un papel arrugado que el poeta exiliado guardaba en un bolsillo del gabán: Estos días azules y este sol de la infancia.

¡Tan cerca y tan lejos!

Hoy aquel estadio de fútbol en el que murieron miles de presos se llama Estadio Víctor Jara.  Y la tumba de Machado en Colliure se cubre todos los días de flores recién cortadas.

¿A quiénes temía Pinochet? ¿A Víctor Jara?, ¿a Violeta Parra que daba gracias la vida que tanto le había dado y deseaba volver a los diecisiete?, ¿a  Quilapayún que pregonaban, desde la altura profética de sus tres barbas que mientras se mantuvierara el pueblo unido jamás nadie lo vencería?, ¿a Inti- Illimani  que proclamaban que nunca el hombre está vencido y que su derrota es siempre breve?,  ¿a Ángel Parra, hijo y continuador de la gran Violeta, que le cantaba a su amor esa letrilla que decía: Quítame la cordillera, quítame también el mar, pero no podrás quitarme que te quiera siempre más? ¿A Mario acaso?

Fue aquel año de 1973 un mal año. Fue el año de la muerte de tres de los grandes Pablos de la cultura. En apenas seis meses, los que van de abril a octubre,  fallecieron Pablo Picasso, Pablo Neruda y Pau Casals.

Picasso, Neruda y Casals, tres grandes de la causa de la humanidad unidos por algo más que un patronímico común.

El pintor del Guernica, el compositor del Cant dels ocells y el poeta del amor. Poeta del amor, esa ha sido tradicionalmente una forma de referirse a Neruda. Siempre será Neruda ese poeta que nos emociona en lo más íntimo, el autor de versos que se nos han hecho callo en el corazón. Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido, Pero Neruda fue también, y el orden es lo de menos, un poeta de profundo compromiso social. Así en el discurso de recepción del Nobel ante las autoridades y dignatarios suecos no duda en proclamar que tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

Un discurso en el que pareció inspirarse Salvador Allende cuando, en la entrada de la Casa de la Moneda, asaltada por la aviación golpista,  y poco antes de morir, reclamaba también, como el poeta, el derecho a la esperanza:

Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

Al comenzar la reseña hablaba de pasada de Antonio Skármeta el autor de El cartero de Neruda. Es  Skármeta, cercano ya a cumplir los ochenta años, un personaje peculiar. Chileno de origen croata es filósofo, actor teatral, novelista, guionista y director de cine, profesor, presentador de programas televisivos…Si es preguntado él dice ser intelectual de izquierdas y apasionado del cine.

También, ¡gracias!, es un enamorado de la literatura española. Cuando fue nombrado miembro de la Academia chilena de la lengua su discurso llevaba como encabezamiento una   significativa frase: Pedaleando con San Juan de la Cruz. Presencia en mi obra de la tradición literaria de la lengua española.

Decía que era Skármeta un apasionado del séptimo arte. Precisamente la novela reseñada surge a partir del guion para una película que el propio Skármeta dirigió. La novela, como la película, se tituló en principio Ardiente paciencia. El éxito posterior de una nueva  versión cinematográfica, mundialmente famosa y reconocida con algún Óscar, de Michael Radford, Il Postino o El cartero de Neruda, fue tan grande que  obligó de alguna manera al cambio del título.

El título original, Ardiente paciencia, lo toma Skármeta del discurso con el que Pablo Neruda aceptaba el Nobel de Literatura en 1971. Un discurso en el que Neruda se refería a la razón de ser de su poesía. En tan recordada ocasión el poeta chileno terminaba diciendo:

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurorearmés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.

                           Así la poesía no habrá cantado en vano.

Como Neruda, como Allende, como Skármeta, como Víctor, como Machado y Federico, como Mario, como los poetas, como los hombres de buena voluntad yo también creo en la profecía de Rimbaud. La espléndida ciudad será conquistada. Mucho más temprano que tarde. Para que la poesía no cante en vano.

 

 

 

 

Tras las huellas de San Juan de la Cruz

El pasado miércoles alumnos y alumnas de 3º de la ESO A y B realizaron un recorrido poético y místico por la Granada histórica tras los pasos de San Juan de la Cruz organizado por Miguel Ángel Moreno. No todo el mundo sabe que el poeta vivió en Granada y que, según cuenta la tradición, plantó un famoso ciprés en lo que hoy es el Carmen de los Mártires.

Los alumnos disfrutaron de un recorrido por los lugares más emblemáticos de la presencia de San Juan en Granada. Un magnífico día de primavera adelantada: poesía, espiritualidad, arte y música. ¿Qué más se puede pedir?

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Novedades

Acaba de llegar de buen número de libros nuevos. La mayoría está en la vitrina expositora de novedades, pero vamos a anunciarlos también aquí.

diez negritos

Diez negritos. Si no habéis leído nada todavía de Agatha Christie, la mejor escritora de novela policíaca de todos los tiempos Diez negritos es la mejor opción para empezar. Una isla, diez invitados, unas misteriosas muertes, todos son a la vez posibles asesinos y víctimas…

Fundación de Isaac Asimov. De uno de los mejores divulgadores de la ciencia y escritores de ciencia ficción. El primer libro de su fantástica trilogía (tenemos también el siguiente: Fundación e Imperio. Si te gusta la ciencia ficción imposible perdértelo.

Una habitación en Babel de Eliacer Cansino. Una historia de perdedores en un instituto de una zona marginal. Inmigración, investigación y amistad en una historia que no te dejará indiferente (a partir de 3º/4º de la ESO).

Dos años de vacaciones de Julio Verne. Aventuras en estado puro. Un barco entero lleno de adolescentes perdido en el pacífico. Llegan a una isla desierta y tienen que organizarse para sobrevivir. Una vuelta de tuerca sobre la historia de Robinson Crusoe. Para 2º y 3º de la ESO.

los amores lunáticos

Los amores lunáticos de Lorenzo Silva. Desengaños amorosos, amistad y música. La historia de un chico que buscará la soledad y encontrará refugio en la música.

 

 

Club de lectura: Pedro Páramo, de Juan Rulfo

Joaquín Medina Ferrer

En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Esas palabras que forman parte de la letra de una canción de mi tocayo Sabina han sido durante años mi única relación con Juan Rulfo. La conexión Comala. Sabía por supuesto, ¡uno es de letras!, que Comala era el escenario donde transcurren, el presente de indicativo está justificado, las andanzas de Pedro Páramo. Sabía que esta obra es considerada casi de modo unánime como el arranque de aquella gloriosa epopeya literaria que fue el realismo mágico. Sabía que Rulfo apenas escribió nada más y que desde entonces se limitó a mostrarnos a Comala y a sus habitantes en magníficas series fotográficas. Como a Harper Lee, como a J. D. Salinger o como a Emily Brontë una sola obra le bastó para hacerse inmortal. También ahora está justificado el adjetivo. Y la sustantivación. Sabía que Comala, como el Macondo de García Márquez o la Mágina de las primeras obras de Muñoz Molina, era un mundo, un universo concentrado en una pequeña población a medias entre la realidad y la ficción.

A veces hacía la broma de preguntar, como haciéndome el despistado, si Juan Rulfo era una novela de Pedro Páramo o si, por el contrario, Pedro Páramo era el título de una obra de Juan Rulfo. Más de una sorpresa me llevé con las respuestas. Y es que ambos nombres participan de una sonoridad casi telúrica. Son nombres que imponen. Suenan poderosos.

Leo en algún sitio que Juan Rulfo decidió casi a última hora, como quien dice con el libro ya en prensa, cambiar el título a la obra. Había pensado llamarla Los murmullos. Acertó de pleno con el cambio.

Leo también que existe una Comala allá por el estado mexicano de Colima. Que la ciudad, poco más de veinte mil habitantes hoy, debe su nombre a la palabra con la que en lengua náhuatl se designa al lugar en el que se fabricaban los comales, una especie de sartén de barro, en los que en México se cocinan esas tortas de harina tan populares hoy en todo el mundo. Y si sigo leyendo encuentro que en Comala “es clásica ya la oferta gastronómica de antojitos y botanas muy variadas acompañados de cerveza, ponche, refrescos u otras bebidas en los afamados Portales de Comala…”

Fotografía de Juan Rulfo

A lo que parece, Comala, como Granada con las cervezas y las tapas, vive hoy del turismo gastronómico.

Y sí. La información procede de la Wikipedia.

Antojitos y botanas…Suena bien… Como Calaveras y diablitos… ¡Si estuviera más cerca Comala!

Y es que también pudo haber sido que alguno de los integrantes de Los fabulosos Cadillacs, el grupo argentino de rock, quedara igualmente impresionado después de leer Pedro Páramo:

No quiero morir sin antes haber amado
Pero tampoco quiero morir de amor
Calaveras y diablitos
Invaden mi corazón

Pero, vuelvo a Sabina y al inicio de esta reseña: ¡hay tantas Comalas! Tantas que más de uno podría escribir una especie de diario, Cartografía básica pudiera ser un buen título, en el que se recogiera de manera ordenada, meticulosamente anotado con el añadido de las circunstancias de momento y estado anímico, el listado de aquellos lugares a los que ya no se debe volver.

Una cartografía que incluiría desde unos arenales inhóspitos, ¡y tan hospitalarios por otra parte! , a un par de butacas en la última fila de un cine. Un banco en mitad de un jardín romántico. Un portal. Lugares a los que no se debe volver. Y si vuelves, de nuevo una canción, no volverás por amor, si vuelves será cansancio.

Y desobedeciendo el consejo del ubetense escarmentado en carne propia Juan Preciado volvió a Comala. Lo hizo de manera vicaria obedeciendo a su madre, Dolores, Doloritas, que en su lecho de muerte así se lo pidió. Y escribo “volvió” de manera consciente. Sabiendo que alguien puede decirme que el tiempo verbal no está bien empleado. Que Juan Preciado no había estado nunca en Comala. Pero ¿hay quien con certeza pueda ordenar el tiempo en Comala?

Pedro Páramo comienza de una manera digna de formar parte de la antología de los mejores y más recordados inicios de la literatura universal. En apenas doscientas palabras que finalizan de modo tan redondo, tan circular, con un nuevo vine a Comala idéntico al del principio Juan Rulfo nos muestra las claves de su novela. Iba a escribir que Rulfo nos muestra las claves para entender su novela. Pero he optado por eliminar ese verbo. ¿Acaso todo hay que entenderlo?

Presente, pasado y futuro. Y de nuevo presente. Muerte y conversación. Conversación con los vivos pero también con los muertos. El cobro de lo que nos dejaron a deber. Y el pago de lo debido. Manos muertas pero también sueños, esperanzas e ilusiones. Promesas y exigencias. Olvido y alegría.

E intercalado en el texto una enigmática sentencia: Pedro Páramo (…) se llama de este modo y de este otro. Pedro y Páramo. Piedra y desierto.

Este es el particular En un lugar de la Mancha puesto en boca de Juan Preciado:

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
—Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

Si Dante se valió de Virgilio para que le sirviera de guía en su descenso a los infiernos ahora Juan Rulfo utilizará a Juan Preciado, Juan como el autor, ¡por algo será!, y Preciado como apellido algo más que simbólico, para visitar Comala, ese espacio a medias entre la vida y la muerte. Un poblado en cuyo camino de entrada, aunque ni Abundio el arriero, pese a tantos viajes, y ni siquiera el propio Juan Preciado se detuvieran jamás a leerlo, sin duda habría un cartel que advirtiera:

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”

Una Comala que más que purgatorio es limbo. Un espacio suspendido en el tiempo, como un ascensor que se detuviera súbitamente entre medias de dos plantas y en el que no encontráramos respuesta alguna cuando, desesperados, accionamos el timbre de alarma.

Imagen tomada por el escritor

Un limbo. Como ese limbo del cristianismo clásico borrado de un plumazo por decisión papal en el que habitaban los que ni son ni dejan de ser. Los que han sido y los que serán. Miles de Juanes, Pedros, Dolores, Abundios, Renterías , Fulgores y Susanitas abandonados a su suerte tanto por Papas como por escritores.

Imagino a Juan Rulfo ideando Pedro Páramo mientras en su cabeza resonaban esos murmullos, ecos del pasado y del futuro, al par que cumplimentaba informes en la empresa de neumáticos en la que trabajaba. E imagino que, como le sucedería sin duda a Magritte, a Mondrian, a Luis Mateo Díez y a tantos otros que hubieron de llevar una vida discreta y funcionarial para obtener su sustento diario, más de una vez le llamarían la atención por quedarse absorto en sus pensamientos. ¡Juan, está usted como ido! ¡Juan, quiere usted dejar ya de pensar en las musarañas y ponerse a trabajar!

Escribo esta reseña el día en que parece que, por fin, se exhuman los restos de Francisco Franco, el Pedro Páramo de nuestra particular Comala, del Valle de los Caídos. Otro limbo este valle. En la radio escucho a una locutora decir con todo desparpajo que su cuerpo, el de Franco, descansará en el cementerio de Mingorrubio junto al cuerpo de su viuda.

Y a mí me da por pensar. ¿Cuántos años de enterramiento se precisan para perder la condición de viuda? ¿De qué hablarán Carmen y Paco cuando se produzca el reencuentro?

– ¡Mucho Caudillo, pero vaya nudo más flojo que echaste!

-¡Cristóbal nos salió rana, Carmencita!

-¡Al pazo de Meirás va a ser difícil que volvamos!

-Paco, ¡qué mal se portó tu amigo el legionario con Unamuno! ¡ si no llego a intervenir me lo matan en Salamanca!

Sin duda esa periodista había leído a Rulfo mientras estudiaba la carrera.

-Comala, ¡presente!

Pedro Páramo es también un despiadado retrato del México de las revoluciones que se prolongaron hasta los principios del siglo XX. Por sus páginas cabalgan, como el caballo desbocado de Miguel Páramo, que galopa solo movido por el dolor, carrancistas, villistas, juaristas y cristeros. Tanta diversidad guerrillera está justificada. Los combatientes dicen no saber de parte de quién están… ¡ya se enterarán después! ¿Por qué se levantaron en armas? pregunta Pedro Páramo: Pos porque otros lo han hecho también. Aguárdenos tantito a que nos lleguen instrucciones y entonces le averiguaremos la causa. Muestra también el papel de la iglesia como elemento cohesionador de aquel organigrama social y hasta, en algún momento, las contradicciones que esa relación generaba. Nos habla de caciquismo. De la pervivencia del derecho de pernada. De la justicia puesta al servicio de los poderosos. También de amor.

Rulfo se dirige a nosotros con un lenguaje que abarca multitud de registros. Así como a vuela pluma veamos algunos de esos diferentes tonos

Unas veces usará la palabra de modo no meramente descriptivo como cuando nos muestra ese paisaje jalisqueño reseco y desolado: La tierra se quedó baldía y como en ruinas. Daba pena verla llenándose de achaques con tanta plaga que la invadió en cuanto la dejaron sola…

Otras veces utilizará expresiones humorísticas: impagable ese ¡Váyase mucho al carajo! con el que Abundio, el carretero que acabará matando, o rematando, a Pedro Páramo, zanja la conversación cuando responde a Juan Preciado de camino a Comala.

En otras ocasiones mostrará un uso tan espléndido de palabras de procedencia indígena mezcladas con otras que aún cuando fueran de origen castellano son ahora tan “mejicanas” que, sin darnos cuenta, nos sorprenderá vernos leyendo en voz alta intentando pronunciar alla maniera mexica. Cantinflas o el Chapulín Colorado recitando Pedro Páramo. ¡Que no panda el cúnico!

Consigue también Rulfo que un delicado lirismo impregne muchas de las conversaciones que mantienen los pobladores de Comala, vena poética que aflorará sobre todo en los recuerdos que de sus baños en el mar tiene la niña Susana San Juan: Mi cuerpo se sentía a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los ojos cerrados, los brazos abiertos…

Y no dejará de sorprendernos más de un recuerdo a nuestro Federico: Mi novia me dio un pañuelo/con orillas de llorar.

En poco más de cien páginas Juan Rulfo nos ha descrito un México similar al que aparece en los frescos que pintaron Alfaro, Rivera o Siqueiros. El México heroico y a la vez sumido en la mansedumbre. El México de conquistadores y vencidos. El México que ha hecho del festejo a la muerte una de las claves de su identidad. El México que ha cambiado caciques por chapoguzmanes, Comalas por Sinaloas.

Pedro Páramo se publicó en 1955 pocos años después de que Juan Rulfo diera a conocer sus cuentos reunidos bajo el título del más memorable de ellos, El llano en llamas, anticipo de esta novela.

Tras unos primeros andares en los que Rulfo confiesa que debía regalar los ejemplares si quería que alguien los leyera, Pedro Páramo consiguió un éxito fulminante. Hay quienes afirman que Pedro Páramo fue la primera gran obra nacida bajo el paraguas de lo que se dio en llamar Realismo mágico. Otros, por el contrario, remiten a las primeras obras de Miguel Ángel Asturias o de Alejo Carpentier.

La expresión Realismo mágico, que indudablemente parece pensada para obras como esta, es debida a Arturo Uslar Pietri, otro de los grandes escritores que formaron parte de este grupo de autores latinoamericanos que tanta fama, merecidísima, alcanzaron.

Uslar en su ensayo Letras y hombres de Venezuela escribía:

Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que a falta de otra palabra podrá llamarse un realismo mágico.

Releamos. El hombre como misterio en medio de datos realistas. Comala de nuevo.

El más conocido de los novelistas de aquel boom, con el permiso de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez proclamó su admiración por Rulfo y Pedro Páramo. El elogio sobrepasó el puro comentario. Gabo mostró su aprecio de la manera que mejor lo puede hacer un escritor, escribiendo.

Y lo hizo doce años después de la publicación de Pedro Páramo. En 1967 ve la luz la primera edición de Cien años de soledad. Todos conocemos la famosísima frase:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Doce años antes, Juan Rulfo había escrito:

El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y luego lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo.

Si ello fuera del todo cierto, si fuese verdad que sin la actuación de García Márquez la obra de Rulfo no hubiese alcanzado mayor difusión, ya tenemos otra razón más, añadida a la creación de tantas obras geniales, por la que mostrar nuestro agradecimiento eterno al escritor colombiano.

Ya termino. El teléfono móvil me avisa de que se acaba de lanzar a las redes el último vídeo clip con una de las canciones del reciente disco de 091. Al final es el título de esta canción.

Los Cero. Cuando más reconocimiento tenían optaron por la separación. Veinte años después volvieron. Veinte años que no son nada según el tango. Menos que nada según Rulfo. Maniobra de resurrección llamaron a la gira que suponía su vuelta a los escenarios. Y La otra vida a su trabajo de rentrée. La primera canción que extrajeron del álbum fue Vengo a terminar lo que empecé. Con una letra que contenía una frase premonitoria, De este sueño nadie sale vivo. Y ahora Al final.

Maniobra de resurrección. La otra vida. Vengo a terminar lo que empecé. De este sueño nadie sale vivo. Al final… Seguro que José Ignacio Lapido, alma de los Cero, también disfrutó leyendo Pedro Páramo. Y que los murmullos de Comala nunca han dejado de rondar en su cabeza:

Al final tú y yo seremos solo el eco de palabras que dijimos.