A modo de pequeño homenaje (IV)

En la entrega de premios del concurso “Cuéntamelo”

El curso que yo llegué al LBC, Joaquín era todavía adjunto en Jefatura de Estudios. Supongo que porque alguien cercano se lo había pedido y no supo decir no. Tuvimos poco trato. Lo recuerdo intentando siempre dar una última oportunidad a los alumnos díscolos, con una media sonrisa, una paciencia infinita y una fe inquebrantable en la bondad del ser humano (según he ido comprendiendo después por su larga trayectoria de hombre de izquierdas y maestro/profesor de los que creen que enseñar va más allá de pizarras y actividades, en el territorio difuso hoy -pero nítido en los setenta, ochenta- de la transformación de la sociedad).

Me sorprendió luego la facilidad con la que volvió a su labor como profesor a secas. Con naturalidad. No es habitual.

Siempre lo recuerdo en el departamento a primerísima hora, delante del ordenador, posiblemente escribiendo una de sus exhaustivas y poliédricas reseñas del club de lectura en las que leemos al gran lector, pero también al amante del cine, el arte y la cultura.

Los viejos roqueros de la tiza nunca mueren

Junto a Alex Molina en el concurso “Cuéntamelo” (Casa García de Biedma 2018)

Ha sido este último curso cuando hemos hablado alguna vez a esa primera hora de absoluta quietud en el pasillo de los departamentos. También hemos coincidido en gustos y libros aquí y allá. He comprendido que su permanente ironía es quizás el recurso del tímido.

Ahora leo cómo era en sus clases contado por sus antiguos alumnos de Mijas, donde dejó una huella indeleble, o por varias promociones de los nuestros. Qué poco sabemos los profesores de cómo son en clase nuestros compañeros. Entiendo que es de los pocos que todavía cree en Summerhill, en la Yasnaia Poliana de Tolstoi, en Freire… Un dinosaurio pedagógico que ha logrado hacer de sus clases un extraño mundo perdido donde lo importante eran los valores, las personas.

Los maestros de maestros nunca se jubilan

Siguen sus enseñanzas vivas en aquellos que las recibieron, que a su vez quisieron ser profesores porque un día aprendieron a amar el conocimiento en una clase de arte o de geografía.

Muchas veces habrá recordado el pensamiento de otro viejo pedagogo, Pestalozzi, que seguro influyó desde joven en su manera de enseñar:

Para cambiar a la persona hay que amarla. Nuestra influencia llega sólo a donde nuestro amor.

Lo despido hasta siempre con esta canción de su grupo preferido:

Dijo el viajero justo antes de partir:
“no os olvidéis de regar mis gardemias”

Regaremos su legado.

Antonio Alcaide

A modo de homenaje (III)


Querido Joaquín:


Aún recuerdo cuando me regañabas por estar en los pasillos a todas horas del día. Nunca pude imaginar que al final serías un referente para mí.

Mi pasión por la Historia se incrementó mucho más durante las horas que pasaba en clase de Historia del Arte. Yo era “la secretaria”, la que se encargaba de poner todas las obras que estudiabamos durante el curso, me encanta hacer eso.

A día de hoy me doy cuenta de lo esenciales que fueron esas clases para mí, además de lo importante que es que un profesor te transmita no sólo conocimientos, sino también cierta pasión, tal y como has hecho tu durante estos años de profesión.

Sigues siendo un referente para mi a nivel profesional: recuerdo cuando en una de las campañas arqueológicas en la villa romana de Salar, encontramos una Venus de tipo Capitolino y uno de mis primeros pensamientos fueron tus clases sobre Arte romano. A los días me escribiste por Facebook, dándome la enhorabuena por el hallazgo. Para mí fue un lujo poder recibir felicitaciones tuyas. Queda pendiente una visita a la villa romana de Salar, y que esta vez sea yo la que te “enseñe” a tí.

Ha llegado un momento en el que tu período de docencia ha terminado, pero tu vocación y pasión por enseñar jamás puede jubilarse, eso no va con la edad.

Disfruta ahora de esta nueva etapa de la vida. Siempre llevaré tus enseñanzas conmigo.

Un abrazo fortísimo.

                                  Elena Correa

A modo de homenaje (I)

EL PRINCIPIO DE TANTAS COSAS

Lunes, 18 de septiembre de 2017. Era segunda hora, la primera clase de Geografía. A mi grupo, 2º B, le correspondía Consuelo. Al otro, 2º C, Joaquín. Sin embargo, los grupos estaban descompensados de alumnos y nos ofrecieron que cuatro o cinco del B nos cambiáramos. Me fui, junto con tres compañeros. Entramos en el otro aula, juntamos tres o cuatro mesas al fondo y nos sentamos. Joaquín hablaba con algún alumno mientras miraba la lista de clase o los apuntes. Vestía camiseta gris, pantalones vaqueros y zapatillas negras. Éramos el contraste: él vestía informal, yo, clásico.

    Después de la presentación, nos introdujo la asignatura. La etimología de la palabra “Geografía” y su definición, hablamos de Estrabón, de la Península Ibérica como la piel de un toro y de los primeros intentos de cartografía. Acostumbrado a clases de climas, montañas, ríos y sectores económicos (que también las hubo), disfruté de las primeras horas en las que siempre había una excusa para hablar de Historia y de Filosofía, para analizar climogramas en la pizarra digital y encontrar un espacio para las anécdotas y las risas, demostrándonos que la Geografía era algo más que estudiarse las especies endémicas de las Islas Canarias o distinguir un mapa ortogonal del trazado de una ciudad musulmana. Ahí empecé a entender que la asignatura tenía aplicación práctica, con sentido más allá de unos apuntes llenos de letras que luego volcar en el examen y, para más señas, me hacía ver la Historia desde una perspectiva que desconocía hasta entonces, valorando el pasado a través de las ciudades, sus calles y edificios, no sólo por sus acontecimientos.

Geografía, en la que no tenía puestas muchas esperanzas, se convirtió en una de mis mayores motivaciones durante el curso. Incluso esos jueves a las 8.15, cuando bajaba del autobús con sueño y frío, las clases de Joaquín era un bálsamo para empezar bien el día, no por la asignatura sino por el profesor, al que un año me bastó para valorar.

Conseguir esto es difícil. Se necesitan vocación, conocimientos y pasión por lo que se hace. Joaquín lo demostró desde el primer día… ¡Qué necesarios son los profesores que nos reconcilian con las asignaturas!

    Ahora, dos años después de salir de bachillerato y empezar la universidad, ese aprecio se ha convertido en admiración.

Joaquín, has pasado de profesor a amigo, atento a mi trabajo y con comentarios que me ayudan a mejorar en lo que hago y, también, me dan motivos para seguir adelante. Hablar contigo siempre es constructivo, como nos ocurre con todas esas personas que nos dejan huella y se convierten en maestros, en un ejemplo a seguir, como profesor y como persona. Me convences de que no me importa el éxito que pueda tener en otros caminos, que mi destino será entrar un día en un aula, echar la mirada atrás y acordarme de ti como una de las razones que me impulsaron a dar clase.

    Te hemos dado muchos momentos en los que era imposible seguir, porque hablábamos más de la cuenta o bromeábamos. A veces te desesperabas y nos mirabas, en silencio, hasta que callábamos. Otras, sonreías mientras te encogías de hombros, pero en los dos casos había un «callaos ya, leche» que retomaba el hilo de lo que explicabas. Aprovechabas algún hueco para preguntar por nosotros, te interesabas por nuestras aficiones y gustos, de tu parte había siempre una palabra amable o una de esas collejas cariñosas que nos hacían sentir que nos tenías en cuenta y que todos ocupábamos un lugar en tu clase, lo que no quita que el sonido de tus llaves por el pasillo fuera la advertencia para meternos dentro o para que fuéramos a pedirte que nos abrieras la puerta por la mañana y no estar tirados en el suelo. He echado de menos no tenerte en Historia del Arte o perderme en las excursiones a la Alhambra y los viajes de estudios a Toledo. Aun así, no me arrepiento de haberte tenido en Geografía, porque fuiste el profesor necesario, con clases que combinaban la teoría de los apuntes con los mapas que resolvíamos entre todos, casi como un juego, y que, al sonar el timbre pensara «¿ya está? ¿ya ha pasado la hora?». Y, respecto al arte, espero seguir nutriéndome de tus conocimientos durante más años.

    También he tenido la oportunidad de conocer tu humildad, al hablar de esa casualidad que unió nuestros caminos a mediados de septiembre de 2017, y asegurar que había salido perdiendo con el profesor, a lo que te respondo que, para mí, fue la mejor decisión que pude tomar, o por hacernos creer que no tienes formación literaria y luego leer, en contraste, esas maravillosas reseñas que echaremos de menos los que te hemos leído con asiduidad, y que lograban captar la mínima esencia del libro y que aun llegaban a emocionar más. Por eso me siento tan afortunado y privilegiado de que mi criatura cuente con una reseña hecha por ti.

    Me he formulado muchas veces la pregunta de cómo me gustaría ser, en un futuro, como profesor. Serio, pero no distante; amable, ganarme el aprecio de mis “críos” (como nos llamabas de vez en cuando); humilde y paciente… Todos esos valores que hemos podido observar en ti días tras día, hasta los que te tuvimos un único año.

Tu labor como profesor ha dejado una impronta en cada uno de nosotros que no se borrará jamás. Te escribo como un alumno que te admira, uno de tantos, y estoy seguro de que tus compañeros comparten mi opinión.

    Decía Cortázar que las palabras no alcanzan cuando lo que se tiene que decir desborda el alma, pero sirvan estas líneas para agradecerte tu trabajo y tu dedicación en todos estos años de docencia, tu pasión en las clases, los valores que nos has transmitido. Tu amistad, ser un modelo para mí. Por ser el principio de tantas cosas…

Gracias, muchas gracias.

Rodolfo Padilla Sánchez

Trafalgar, de Benito Pérez Galdós

Joaquín Medina Ferrer

La última tarea de este curso que tan raro final está teniendo. La obra con la que rendimos nuestro pequeño homenaje al escritor canario en el año que se cumplen los cien de su fallecimiento. No puede decirse que este año Galdós se vaya celebrando con gloria. Suele pasar en España. Y más con los tiempos que corren.

Es Trafalgar el primero de los capítulos que forman los Episodios Nacionales. Creo que utilizo bien esa expresión, capítulo, puesto que aunque la lectura separada de cada uno de ellos sea perfectamente posible ha de ser recomendable una lectura íntegra de lo que es una única obra. Monumental. Trafalgar sin duda por ser el primero debe ser el más leído de cuantas piezas los integran. Siempre se ha dicho aquello de la posición privilegiada de los que vieron primero la luz. Y dicho esto entono mi particular mea culpa. Además de Trafalgar sólo he leído Bailén y Arapiles. Y ya hace de ello. A ver si hubiera tiempo de recuperar el tiempo perdido. Sigue leyendo

World Environment Day

Here you are the work of several groups celebrating the World Environment Day (5 of June). We must express thanks to Mari Carmen Caravaca for the initiative.

We all have a great opportunity to make a better world after the pandemic.

Enjoy.

tierra

Aquí tenéis el trabajo de varios grupos conmemorando el Día Internacional del Medio Ambiente (el pasado 5 de junio). Agradecemos a Mari Carmen Caravaca la iniciativa.

Todos tenemos una gran oportunidad para hacer un mundo mejor tras la pandemia.

Aprovechémosla.

 

 

Un viejo que leía novelas de amor, Luis Sepúlveda

Joaquín Medina Ferrer

Es Un viejo que leía novelas de amor la obra más conocida de Luis Sepúlveda. Era una de las obras que, como si se tratara de un mal presagio, habíamos pensado elegir para su lectura en nuestro club. Pero no estaba claro que nos quedáramos con ella. Sabido es, es norma mes tras mes, que a la hora de la elección “ muchos son los llamados y uno solo el elegido”.

Todo se precipitó cuando el nombre de Luis Sepúlveda resonó como un mazazo en los informativos. En periodo de confinamiento y con las tertulias literarias moviéndose en el terreno de lo virtual, la obra del escritor hispanoamericano desbancó a El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite y a La madre de Frankestein de Almudena Grandes.

Algunos hemos aprovechado para leer las tres obras durante este impasse forzado. Y Un viejo que leía novelas de amor aguanta perfectamente la comparación pese a tanta diferencia en temática, estilo y extensión con cualquiera de las otras dos.

Luis, el escritor y cineasta chileno, fallecía a mediados de abril a causa de este maldito coronavirus que, a modo de moderna plaga bíblica, asola el mundo entero desde hace unos meses. Sepúlveda fue uno de los primeros que en nuestro país padeció esta enfermedad y aunque se resistió durante un largo tiempo a caer finalmente fue derrotado. Sigue leyendo

Sobre la nostalgia y el olvido (II)

Joaquín Medina Ferrer

Nos encontramos ante el primer título (reseñado por Antonio Alcaide en Territorio insomne) publicado por la granadina Editorial Nazarí, de un joven escritor, de Ogíjares por más señas, ante el que el autor de esta reseña no puede adoptar una postura imparcial y meramente crítica: Rodolfo Padilla.

Creo que nunca un lector, tampoco un crítico, puede ser del todo inmisericorde con el contenido de lo que lee. Hablo de literatura, claro está. Siempre, en cualquier escrito, hay algo que celebrar. No es nada fácil afrontar el vacío del papel en blanco y redactar unas palabras. Menos todavía dar con las justas y adecuadas para componer una frase, dar forma a un verso o hacer visible un recuerdo. Algo que a primera vista puede parecer tan sencillo, diez, quince palabras, ¿cómo no se me ocurrió antes a mí?, se puede convertir en una tarea ímproba.

Rodolfo Padilla autor del libro de relatos ‘Sobre la nostalgia y el olvido'(Ed. Nazarí)
08/02/2020
FOTO: ANTONIO ARENAS

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